Las primeras semanas de 2026 han sido tumultuosas para Venezuela. La madrugada del 3 de enero, cuando la gente ni siquiera había terminado de celebrar el Año Nuevo, fuerzas estadounidenses irrumpieron en el país. Lanzaron misiles en distintos puntos de la Gran Caracas y capturaron a Nicolás Maduro, quien se mantenía en el poder aun cuando, según las actas presentadas por la oposición, perdió por amplio margen las elecciones de julio de 2024. También se llevaron a su esposa, Cilia Flores. Los trasladaron a Nueva York, donde ahora enfrentan un juicio por narcotráfico.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se declaró a cargo de Venezuela, y dijo que trabajaría de la mano de Delcy Rodríguez, hasta entonces vicepresidenta de Maduro. En efecto, ella asumió la presidencia de la República: juró ante la Asamblea Nacional, presidida por su hermano, Jorge Rodríguez.
Más adelante, el mandatario norteamericano se reunió con María Corina Machado, líder de la oposición y la más reciente Premio Nobel de La Paz. También con los ejecutivos de las petroleras interesadas en invertir en Venezuela. Y advirtió que Cuba no disfrutaría más del petróleo venezolano. Delcy Rodríguez, por su parte, se reunió en Caracas con John Ratcliffe, director de la CIA, y, por supuesto, ha emprendido cambios en el gabinete que dejó Maduro.
El tablero se ha movido tanto que enero pareció infinito; el tiempo se ha estirado como una liga; los días se atascan en una maraña informativa que cuesta desenredar para entender.
¿Cuáles son las dimensiones de lo ocurrido? ¿Qué impacto tendrá (o está teniendo) en Cuba? ¿Qué viene para Venezuela? A un mes del ataque norteamericano sobre Caracas, y en medio de esta densa neblina que impide ver el porvenir, El Estornudo ha recogido las visiones de dos analistas muy conocedores de la realidad venezolana. Benigno Alarcón (BA), abogado venezolano y fundador del Centro de Estudios Políticos y de Gobierno de la Universidad Católica Andrés Bello, es un especialista en Gerencia Pública, resolución de conflictos y negociación, mientras que la venezolana-americana María Isabel Puerta Riera (MIP), doctora en Ciencias Sociales y profesora adjunta de Ciencia Política en Valencia College, en Orlando, Florida, investiga temas como autoritarismo, crisis de la democracia, y democracia y gobernabilidad. Estas son sus miradas individuales, que pueden coincidir o diferir en ciertos puntos, pero que en general resultan complementarias.



¿Cuáles considera que son las principales oportunidades y desafíos para una transición democrática en Venezuela, tomando en cuenta los planes anunciados por el presidente Donald Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio?
Benigno Alarcón (BA): Estamos ante una buena oportunidad para que se concrete un proceso de transición. Va a depender de la acción internacional; en este caso, de Estados Unidos. Es muy importante lo que el liderazgo venezolano pueda hacer para encauzar esto en la dirección correcta. Se ha ido avanzando. Con baches, con problemas en el camino, con malentendidos, con cosas que se dicen hoy y se desdicen mañana, pero se va avanzando. Esa es una realidad.
María Isabel Puerta Riera (MIP): Mi impresión es que para esta administración es indispensable controlar la situación migratoria en Estados Unidos. Eso fue lo que Donald Trump ofreció a su base política: deshacerse de todos los inmigrantes indeseables. Creo que apuesta a eso. Por otro lado, estamos viendo que habla de controlar el negocio petrolero. A mí me parece que va quedando claro que la democratización de Venezuela —el llamado a elecciones, la búsqueda de un consenso para que la oposición pueda participar de esas elecciones en condiciones competitivas— no está dentro de las prioridades. De hecho, el secretario Marco Rubio lo dijo: «No hay condiciones para que eso ocurra en este momento». Esta probablemente es una transición dentro del régimen autoritario. Lo que parece es que para Trump es más práctico negociar con Delcy Rodríguez. Si se da un proceso de democratización, vendrá después. Ellos hablaron de una tercera etapa. Pero la primera es estabilizar el país, levantar el negocio petrolero, y después se verá.
¿Cuál considera que puede ser el rol del ciudadano común en estas circunstancias?
BA: El ciudadano común, a pesar de que está muy convencido de que hay que hacer algo, se ha inhibido de manifestar lo que piensa (de colocarlo en redes o decirlo públicamente) por miedo. El temor está jugando un rol muy importante. Si no fuera por el miedo a la represión, el comportamiento del venezolano sería más activo y mucho más importante en medio de este proceso. El gobierno ha puesto en práctica una estrategia de represión que le ha dado buenos resultados. Pero el venezolano tiene un rol importantísimo: movilizarse para apoyar un proceso de transición. Y cuando digo movilizarse, lo digo de manera amplia: no solo la protesta, que es válida y es constitucional y debería estar protegida, sino expresarse por los diferentes medios que tenga a su alcance. Por medios de comunicación, por redes sociales, por donde pueda. Tú ves que los venezolanos en el exterior se comportan de una manera distinta. No es porque los que se oponen al gobierno estén fuera y los que apoyan al gobierno están adentro; porque, si fuera así, pues el gobierno hubiera ganado las elecciones. La realidad es que los que están afuera no tienen miedo a la represión.
MIP: Creo que ese es uno de los aspectos más importantes de esta conversación y creo que lamentablemente todos lo estamos dejando a un lado. Por una parte, veo que hay alegría, y yo particularmente celebro la liberación de los presos políticos: eso para mí es motivo de gran satisfacción, que al menos en esta coyuntura tan difícil haya algún respiro. Pero no encuentro cómo se justifica que, después de lo que lucharon los venezolanos por unas elecciones en 2024, después de que fueron a votar, ahora su voluntad sea ignorada. Me parece que es un error gravísimo. No es nada más ignorar la voluntad popular, sino que se está minando la confianza en las instituciones democráticas y en el voto como un ejercicio democrático. Estoy leyendo gente que sabe mucho más que yo decir: «Bueno, no importa, esto es algo momentáneo, de aquí va a salir algo bueno, al menos se llevaron a Maduro». La gente lo que quiere ver es, primero, que sus derechos sean restablecidos, y el hecho de que hayan sacado a Maduro del poder no quiere decir que en este momento los venezolanos tengan derechos. Hay periodistas que están siendo detenidos por hacer su trabajo. Ustedes tienen que estar escondidos, no pueden firmar sus trabajos, tienen que trabajar con pseudónimos. Eso no es normal. Además, trae como consecuencia que los venezolanos estén desinformados. No puedo hablar de política con mi familia por ningún lado, ni por mensaje, ni por llamada, por el temor a que sean perseguidos. Entonces, ¿dónde está la posibilidad de que los venezolanos puedan escoger su propio gobierno? Un protectorado no resuelve el problema. Y mucho menos en manos del chavismo.

¿Cómo se gestiona o debe gestionar o puede gestionar la frustración ciudadana si este proceso no se traduce en mejoras inmediatas en materia de servicios públicos, economía o institucionalidad democrática?
BA: El Centro de Estudios Políticos y de Gobierno, que dirigí hasta hace pocos meses, hizo un estudio en noviembre de 2025 donde básicamente se le preguntaba a la gente qué tan rápido esperaban resultados si se producía un proceso de transición de cambio político. Obviamente, para el momento en que se hace la pregunta nadie pensaba que llegaríamos a la situación que tenemos hoy. Ante esa pregunta nos dimos cuenta de que la gente no espera milagros. Es más, la gente inclusive decía que estaba dispuesta a esperar. Los que querían resultados más inmediatos eran un porcentaje ínfimo, muy pequeño, y hablaban del lapso de un año. La mayoría de la gente estimaba de tres a cinco años para tener resultados. En ese sentido, pareciera haber cierto nivel de madurez política para esperar a que los ajustes puedan reflejarse en resultados positivos.
MIP: El presidente Trump ha dicho que va a tener el control. Nosotros sabemos muy bien que el problema de los grupos que están en el poder es que son corruptos, que han robado lo que han podido. Entonces, si no hay una manera en que los venezolanos puedan participar de ese proceso —porque las decisiones las están tomando en Washington, desde donde quizás le informan a los Rodríguez qué es lo que van a hacer—, ¿quién garantiza que habrá un retorno de los servicios públicos? ¿Quién garantiza que va a haber acceso a la salud? Estamos hablando de algo que no tiene asidero político formal ni legal. Sin embargo, aquí estamos, hablando de que un país extranjero es el que va a tomar las riendas de otro país. Donde sus ciudadanos no van a tener absolutamente ninguna posibilidad de expresar su opinión al respecto.
¿Qué precedentes históricos indicarían que una intervención de este tipo puede terminar en una democracia estable?
BA. Tengo desde 2012 estudiando procesos de transición. Casi todo lo que he escrito en la última década tiene que ver con eso. No registro en mi memoria ningún caso que se haya manejado con las características de este. Así que el modelo de transición por el que pareciera estar apostando los Estados Unidos en Venezuela es inédito. Por eso, tratar de predecir los resultados no es fácil. Hemos tenido, por ejemplo, transiciones por intervención. En Panamá, cuando apresaron a Noriega. Granada creo que fue exactamente el mismo año, bajo el gobierno de Ronald Reagan. Está el caso de Irak, después del derrocamiento de Saddam Hussein; hay tropas que entran al país, que se mantienen por un tiempo y ponen a otro presidente vía elección o por alguna otra vía para que se empiece a gobernar. Aquí lo que se está intentando es una política de control sobre el sistema que los sostuvo a ellos, y se apuesta a que el mismo gobierno que controla el sistema lo desmonte. La idea quizá es que después llegue un nuevo gobierno en circunstancias de mayor estabilidad, [mejores] condiciones económicas, políticas… Obviamente, es una apuesta muy riesgosa. El tiempo terminará diciendo si funciona. Lo que sí creo que no podemos pensar es que el gobierno de Estados Unidos haya hecho y siga haciendo esto para dejar al gobierno que está allí, y tutelar la manera en que se comporta, para tomar ventaja del tema petrolero. No, honestamente, no lo veo.
MIP: No recuerdo en la historia reciente. En Estados Unidos, congresistas —de los dos partidos— están alertando del peligro que implica que Trump no solamente haya extraído a Maduro, sino que ahora diga que se van a encargar del negocio petrolero. Hablan de las experiencias en Afganistán, en Irak. Porque sabemos que muchas de las intervenciones de Estados Unidos no han salido bien. Ni en el caso nicaragüense, ni en Honduras, ni en Chile. Es decir, si vamos a ver los antecedentes, son todos negativos. No hay nada que nos indique que esto es una buena idea. Y no se trata de discutir que Maduro haya salido del poder: ese no es un problema, esa no es la discusión; la discusión es dónde estamos ahorita. Estamos hablando de que los venezolanos no van a tener la posibilidad de tomar decisiones sobre sus propias instituciones; ese es el problema.
¿Qué puede significar para la sociedad cubana lo que está pasando en Venezuela?
BA: Si este proceso es exitoso, podría significar el principio de un cambio político para Cuba. Como lo ha manifestado Marco Rubio, en su agenda están Venezuela, Cuba y Nicaragua, como las autocracias de América que hacen ruido y molestan a un continente que tiene vocación democrática. Cuba tiene una dependencia de Venezuela en materia energética y económica. En la medida que la situación en Venezuela se ha deteriorado, lamentablemente se ha deteriorado también en Cuba. Entonces, la impresión que tengo es que en la medida que haya una transición política en Venezuela, Cuba podría estar acercándose también a una transición política.
MIP: Cuando en Venezuela comenzó a sentirse el impacto de las sanciones petroleras, Cuba empezó a experimentar una crisis económica porque dependía de Venezuela, y Venezuela tuvo que recortar el suministro petrolero y las ayudas. En general, con el inicio de estos ataques en el Caribe y luego los decomisos de los buques petroleros, sabemos que la economía en la isla ha sentido las repercusiones; el impacto ha sido fuerte, severo. Esa es la preocupación que hay en el régimen de La Habana. Y también sabemos que hay desde hace tiempo una tirantez —según han reportado algunos medios, como The Economist— entre La Habana y, en particular, Delcy Rodríguez. Al parecer, hay incomodidad por parte de quien es ahora la cabeza del gobierno en Venezuela debido a la carga que representa Cuba en cuanto al suministro petrolero. Y resulta que uno de los aspectos más graves de la extracción de Maduro es que se supone que el régimen cubano tenía a la élite de los servicios de inteligencia trabajando para Maduro y su protección. O sea, su primer anillo de seguridad era fundamentalmente cubano. En Cuba hay un escándalo por el hecho de que se hayan muerto todos esos militares. Por otro lado, una de las condiciones que le ha puesto el presidente Trump a Delcy Rodríguez es que tiene que cortar relaciones con China, Rusia, Irán y Cuba. No sabemos si realmente eso es lo que va a ocurrir. Honestamente, no veo que ella pueda hacer algo distinto. Ella podrá, para las bases, para los medios, jugar un poco con eso, y manejarlo con la administración norteamericana como algo de control de daños a lo interno de su coalición. El presidente Trump ha dicho que ella tiene que cumplir porque si no le va a pasar algo peor que a Maduro. O sea, más explícito no puede ser.

