Ver el muerto, mirar la muerte

    Que Dios conceda a cada cual su propia muerte.

    Rilke.

    Desde que vivo fuera de mi país no he vuelto a ver un muerto. 

    En mi país era cosa común. De niño me metía de vez en cuando en la funeraria del pueblo a mirar el rostro del muerto bajo el cristal y luego me sentaba afuera con los que allí se ponían a contar historias, genios perdidos de la narración oral de las noches en vela a la espera del café y las infaltables galletas de velorio. 

    A veces velaban a alguien en el barrio, al lado de la casa, la gente daba gritos y parecía tener un ataque, y allá me metía, en el calor y el olor de las flores amargas, a mirar el muerto. Nadie me dijo nunca que no fuera a los velorios ni que los niños no miraban muertos. Había una relación bastante fluida, estrecha con el lado fúnebre de la vida, sin tanto amago aséptico, ni tanta fumata blanca de falsa higienización. Era como si mirar muertos te reafirmara como miembro de la tribu, aunque tampoco era como que llegabas a la escuela al otro día y te preguntaran cuántos muertos viste ayer. 

    La nueva sociedad, la sociedad del hombre nuevo, tenía que seguir lidiando con excrecencias tan decadentes como los muertos. En aquella funeraria de pueblo no había quedado un solo crucifijo, pero no se habían podido quitar a los muertos de encima, los seguían exhibiendo y sacándolos en caravana hacia el cementerio, qué estorbo. Esos muertos allí tendidos restituían un pedazo de mundo ya sin tiempo, reclamaban el desfile de otras imágenes y palabras. La manera en que los regímenes totalitarios gestionan lo funerario hasta convertirlo en elemento inseparable de una narrativa es digna de estudiarse. Los vimos durante la pandemia y en estos días de virus rampantes en Cuba: de velar muertos en la casa pasaron a cargarlos en camiones o en precarios carretones tirados por unos caballos casi tan muertos como ese cuerpo que llevan ahí detrás.

    Cuántas de aquellas muertes se debían a algún hecho violento, a alguna serendipia o cosa imprevista. Daba la impresión de que cualquiera que pretendiera escribir sobre eso debería saber que toda sintaxis ha estado bañada en sangre y quizás el peso que toda esa violencia ha puesto en nosotros todavía no nos deja ver claro.

    II

    Ni la muerte ni el amor soportan testigos, escribió Boris Pahor. Sin embargo, detrás de cada muerte había siempre un velo, la aspiración de una historia oculta, un «lo mataron», un «no supieron atenderlo bien», un «ya no daba más». Había siempre alguien al que le pasaban cosas: aquel anciano se le había muerto en los brazos, estaba en la esquina cuando pasó la máquina que mató a la niña, fue al policlínico cuando de pronto trajeron al herido sangrando, fue quien le lanzó una frazada al cuerpo de mujer que pasó por su lado envuelto en llamas y también fue el primero en socorrer a aquel otro cuando el tren le cortó las piernas. 

    En aquel pueblo a algunos los enterraban a guitarrazos con boleros de José Feliciano o del que pidieran los familiares del muerto. Hubo un acuchillado que salió caminando, desangrándose, de la plaza del pueblo hasta su casa un sábado en la noche, y los muchachos antes de irnos a la escuela el lunes por la mañana hicimos el trayecto siguiendo la ruta de la sangre en el asfalto, con cuidado de no pisarla. 

    Si un guajirito de Oriente iba a La Habana, podía meterse sin muchos inconvenientes a ver muertos en cualquier funeraria de la capital, solo por placer, solo por morbo, por tener algo más que contar cuando regresara a su barrio. Por lo mismo, si algún habanero iba a pasarse un par de semanas con su familia del campo, podía colarse en la funeraria del pueblo y ver a los allegados pegando gritos como si no existiera un mañana después de tan notoria pérdida.

    Aquellas funerarias no eran meros tanatorios, sino recintos de exposición donde no solo se exhibían cuerpos, sino también se detenía el tiempo, para aquel que quedaba tendido y para los asistentes, se procuraba el mayor de los aislamientos del ruido exterior, es cierto que no se expulsaba a nadie, ni se le impedía a cualquiera que llegara y presentara sus respetos al finado, aunque solo lo moviera la curiosidad y el tener luego algo que contar.

    III

    Puedo recordar ahora mismo el primer entierro al que asistí. Unas cuantas casas más allá había muerto Céfiro, que tendría cien años. Yo lo veía a veces sentado en el portal de la casona de madera, tan delgado que no resistía una brisa, para dignificar su nombre. La tarde del entierro me subí a una de las guaguas y fui con todos al cementerio. Creo que fui solo, nadie de mi familia fue conmigo. ¿Qué edad tenía yo entonces? Diez años, quizás. Es lo que digo: uno lidiaba con muertos desde temprano y sin necesidad de supervisión.

    ¿Ya para entonces era la muerte, su parafernalia de familia humilde, el misterio que decían que era? No lo podía saber en aquel tiempo y no me lo planteo en esos términos hoy. Como esos escritores que mientras más que nos adentramos en sus biografías más desconocidos se nos hacen, la muerte va a ser la pregunta que crecerá con la edad, sobre todo aquella que inquiere sobre el qué nos deparará la ausencia repentina de alguien que amamos, cómo sobreponernos y gestionar todo a partir de la catástrofe. 

    De niño yo pensaba que uno debía estar bien muerto para que lo enterraran, pero también muchas veces me preguntaba qué pasaría si el muerto revivía. Decían que así le había pasado a cierto cantante famoso en la capital: lo habían enterrado vivo. Algunos años después supe que Poe había escrito la historia que provocó en la gente el terror de ser enterrada viva. ¿O fue al revés? 

    En el cementerio Green-Wood, de Brooklyn, hay unas catacumbas construidas a mitad del siglo XIX. Las construyeron en medio de rumores sobre enterramientos de personas vivas que crearon temor en la población. Es decir, no hacían enterramientos en tumbas selladas, por lo que, si alguien revivía, podía romper los cristales y salir. «¿Qué tal, señor Céfiro? Usted por aquí hoy». «Sí, me enterraron, pero reviví, y hacía calor, así que denme mi cerveza de siempre».

    Y que la casa invite.

    IV

    Seguramente alguien que lea este ensayo habrá visto un video en el que el ex futbolista de la selección argentina y del Real Madrid, Oscar Ruggeri, cuenta de su visita a un crematorio y cómo supo que las cenizas que te llevas no tienen que ser precisamente de tu familiar. El relato es hilarante, pero uno prefiere dejarlo en el plano del humor antes que disponerse a creerlo. Hay sitios donde puedes presenciar la cremación del cuerpo e incluso hay otros (Crestone, un pueblito de Colorado, al pie de las Rockies) en los que no tienes ni siquiera que pasar por trámites burocráticos, que suelen ser demorados y sobre todo caros. 

    La práctica se aproxima a la manera hindú de resolver el viaje del cuerpo al más allá y envuelve ecología, religión y métodos ancestrales que vienen desde mucho antes de que se cremara un cuerpo con fines funerarios, y también de una forma «moderna y científica» en territorio estadounidense. Eso ocurrió, se dice, en 1876 con el cuerpo del Barón Joseph Henry de Palm, preparado durante seis meses a base de un coctel de arsénico y ácido carbólico, y luego colocado sobre un lecho de rosas, siemprevivas y hojas de palma para ayudar con los olores.

    Escribí todo lo anterior hace algunos meses, al calor de la lectura de De aquí a la eternidad. Una vuelta al mundo en busca de la buena muerte, el magnífico ensayo de Caitlin Doughty (2017), donde indaga en la práctica tan de la cultura estadounidense de mostrarse «remilgada ante todo lo que tiene que ver con la muerte». Por este libro he sabido que no es ilegal llevarte el cuerpo de un familiar muerto de vuelta a casa y tenerlo contigo el tiempo que quieras, incluso cremarlo por tu cuenta. Vamos, que puedes hacer con él lo que te venga en ganas, siempre y cuando (y según el estado donde vivas) lo conserves en refrigeración y no sea profanado, y si deseas enterrarlo en el patio de tu casa hay algunas normativas para tener en cuenta. La autora es propietaria de una funeraria y algunos casos como ese ha debido atender. Asumimos que existe una conexión directa entre el hospital y una funeraria, pero no es necesariamente así, a pesar de que la inmensa mayoría sigue la lógica que impone una transacción de esa naturaleza, que al cabo se vuelve de negocios.

    Es interesante la distinción que en el libro se hace entre cremación comercial y la que podemos llamar sacramental. Tradiciones como la hindú, cuyos practicantes viven en Estados Unidos, entran en conflicto con la forma en que se realiza en Occidente, donde no se atiende a un «sacramento primigenio» cuando alguien nacido en otra cultura, muere y es cremado. En Newcastle, Inglaterra, hay activistas hindúes intentando legalizar iniciativas que respeten esas tradiciones —piras al aire libre y rotura del cráneo para que, mientras arde, el alma consiga evadirse y se evite el «akal mrtya», la mala muerte—, pero los obstáculos hasta ahora son considerables.

    V

    A menudo veo carteles en las funerarias por donde paso en Texas, proponiendo la sustitución del dolor que provoca la muerte por una celebración de la existencia de quien ha partido. Es un bonito subterfugio para revocar el duelo. La mayor contradicción que se me ocurre es, en primera instancia, la de intentar huir de un vacío para abrazar otro. En los Diarios de Kafka la muerte queda definida como «un fin aparente que produce un dolor real», y uno entiende que los humanos nos afanemos en alivios porque la muerte es la ausencia y es lo desconocido. O como leemos en Montaigne: no es pavor a morir, sino a la idea de estar muerto.

    Alguna de estas ideas las reencontré recientemente en el poema «La funeraria», de Legna Rodríguez Iglesias, en su libro La merma (Rialta Ediciones, 2024), ilustrado con objetos del museo cubano de María Antonia Cabrera. En ese poema, Rodríguez Iglesias evoca a un niño muerto de hemofilia a los doce años en el Camagüey de finales de los años ochenta y principios de los noventa. La niña Legna fue a la funeraria y delante del ataúd le preguntó al cuerpo yaciente: ¿Qué pasó?, delante de unos padres que lloraban como niños. ¿Qué fractura de la experiencia, qué nevada cultural le impedirá a un niño estadounidense hacerse la misma pregunta ante el cuerpo de su amiguito de escuela en los pueblos de su país?

    En Autorretrato en el estudio, Giorgio Agamben anota que entre los apuntes de Nicola Chiaromonte se halla una meditación acerca de qué queda de una vida. No se trata de qué cosas tuvimos o no tuvimos, sino más bien qué subsiste, qué queda de la serie de días y de años vivida como se podía, esto es, según una necesidad cuya ley ni siquiera ahora llegamos a descifrar, sino, al mismo tiempo, como venía dada, es decir, por casualidad. Reinaldo Laddaga, por su parte, comienza su libro Atlas del eclipse citando a unos académicos norteamericanos que dicen que los muertos adquieren una presencia en nuestras percepciones y pensamientos y que los imaginamos como fantasmas, como memorias, como residentes del cielo o del infierno. 

    Para Philippe Ariès, el aseo funerario es un retroceso que quiere enmascarar las apariencias de la muerte y conservar en el cuerpo los rasgos joviales de la vida. Los niños hoy son sometidos a ciertos conocimientos desde edades cada vez más tempranas, pero cuando preguntan por el abuelo muerto les dicen que se ha ido de viaje muy lejos (Francia) o que descansa en un jardín donde crecen flores (Inglaterra). Conecta con la idea de Plotino en el sentido de que lo que queda es el recuerdo de haber sido bellos —o al menos haberlo intentado, diría uno—, y la capacidad de mantenerlo aún vivo. Queda el amor si se ha experimentado, el entusiasmo por las buenas acciones, por haber actuado con nobleza y valor ante los rigores de la vida.

    Todo esto puede ser demasiado falaz, claro. Es muy fácil quebrar el pacto de respeto de los vivos con los que ya no pueden alzarse para defenderse, sobre todo en ciertos contextos de depauperación y tráfico abstruso, como el caso cada vez más alarmante de los cementerios cubanos, donde la práctica vejatoria de las tumbas parece estar a la orden del día. Hace unos días, una artista cubana denunció que el panteón de su familia en el cementerio de Camagüey había sido vaciado, sin notificar adónde habían sido llevados los restos que allí se encontraban o si habían sido robados para quién sabe qué manipulaciones. La facticidad de una tumba vacía es el penúltimo episodio de la depauperación gradual, y esperamos que no sin retorno, de una sociedad cuyo corrimiento hacia la catástrofe parece no conocer fondo ni final.

    En un tomo de sus diarios, el novelista español Andrés Trapiello ha contado que los restos de Azorín fueron trasladados desde Madrid a un pequeño pueblo llamado Monóvar. Dice que no había allí ningún escritor, fuera del propio cronista, pero sí había fotógrafos, estaba la televisión, un alcalde vestido de negro, un notario y algún representante de cualquier ministerio, nada que no haya contado ya Berlanga. Llegaron dos enterradores, se metieron en la bóveda y comenzaron a remover cuerpos. El de Azorín era el tercero y debió esperar porque sacaron al más reciente, un heredero, que todavía estaba, digamos, fresco. Fue entonces cuando uno de los enterradores gritó desde dentro: «¿Lo quieren entero o a trozos?» «Entero», respondió el alcalde. 

    Leí esta anécdota hace algún tiempo y siempre me sale recordarla porque no importa quién hayas sido en vida, conviene recordar que toca o bien ceniza o bien el fondo de una fosa. Y que si toca tumba prominente (la de José Martí en Santa Ifigenia y la de Oscar Wilde en Père Lachaise superan a todas), alguna término medio como las de Poe en Baltimore y Faulkner en Oxford (Mississippi), o una modesta como las de Sherwood Anderson en Marion (Virginia), Melville en Woodlawn Cemetery (Nueva York), Borges en Ginebra y Hemingway en Ketchum (Idaho), te puede pasar como a Julio Verne, enterrado en uno de los cementerios que el cine ha hecho célebre (la película La rose de fer, de Jean Rolin, ocurre enteramente allí) y no salir ni en un cuadro.

    En cuanto a mí, ningún encuentro con la muerte superó al de un accidente que ocurrió en el pueblo de San Germán una mañana de noviembre de 1997, y que debí cubrir para el semanario provincial de Holguín, donde yo trabajaba como recién egresado de la universidad. Un ómnibus cargado de personas se había quedado detenido en plena vía férrea segundos antes del paso del tren habanero. Murieron unas 56 personas. Cuando llegué al lugar, el personal sanitario sacaba restos humanos de las ruedas del tren y los metía todos en la misma bolsa. Nos mandaron a la Casa de la Cultura, donde habían reunido los cuerpos. Los habían tendido en un salón central, al que pude acceder, y mi mirada se posó en un médico que intentaba darle forma al rostro de uno de los muertos. El olor era insoportable, por nauseabundo, y creo que por primera vez supe que la reunida muerte huele a sangre coagulada y su olor es distinto del que yo había conocido de niño, aquel que había estado marcado por las coronas de flores que se integraban tan bien a la solemnidad del funeral. De alguna manera, el círculo había quedado cerrado.

    Newsletter

    Recibe en tu correo nuestro boletín quincenal.

    Te puede interesar

    La victoria que ningún país debería celebrar

    Ellos necesitaban una victoria. Ansiaban una victoria. Las tropas...

    El mar, la muerte y la misma narrativa

    El pasado 16 de febrero, Pavel Alling publicó en...

    El mar vuelve a traer hombres armados a Cuba, mientras EE.UU....

    En 1956, los hombres que llegaron en el yate Granma también fueron descritos por el poder establecido como delincuentes armados. El desenlace de aquella historia transformó el calificativo y moldeó por décadas la memoria oficial del país. ¿Qué convierte a unos en libertadores y a otros en criminales? Hoy, en un contexto distinto, pero con el mismo mar de por medio: ¿qué determina el juicio histórico sobre quienes cruzan las aguas con un propósito político? ¿La legitimidad de su causa, la fuerza que los respalda?

    La Doctrina del Negociante

    Esta doctrina no carece de su propia lógica interna. Identifica correctamente los fracasos del cambio de régimen tradicional. Reconoce las restricciones políticas domésticas sobre los compromisos exteriores prolongados. Explota la asimetría de poder entre Estados Unidos y las pequeñas naciones caribeñas y latinoamericanas con eficiencia despiadada.

    Guardafronteras cubanos matan a cuatro personas a bordo de una lancha...

    Las autoridades cubanas asumieron la muerte de cuatro personas...

    Apoya nuestro trabajo

    El Estornudo es una revista digital independiente realizada desde Cuba y desde fuera de Cuba. Y es, además, una asociación civil no lucrativa cuyo fin es narrar y pensar —desde los más altos estándares profesionales y una completa independencia intelectual— la realidad de la isla y el hemisferio. Nuestro staff está empeñado en entregar cada día las mejores piezas textuales, fotográficas y audiovisuales, y en establecer un diálogo amplio y complejo con el acontecer. El acceso a todos nuestros contenidos es abierto y gratuito. Agradecemos cualquier forma de apoyo desinteresado a nuestro crecimiento presente y futuro.
    Puedes contribuir a la revista aquí.
    Si tienes críticas y/o sugerencias, escríbenos al correo: [email protected]

    Artículos relacionados

    La victoria que ningún país debería celebrar

    Ellos necesitaban una victoria. Ansiaban una victoria. Las tropas...

    El mar, la muerte y la misma narrativa

    El pasado 16 de febrero, Pavel Alling publicó en...

    El mar vuelve a traer hombres armados a Cuba, mientras EE.UU. habla con el «Cangrejo»

    En 1956, los hombres que llegaron en el yate Granma también fueron descritos por el poder establecido como delincuentes armados. El desenlace de aquella historia transformó el calificativo y moldeó por décadas la memoria oficial del país. ¿Qué convierte a unos en libertadores y a otros en criminales? Hoy, en un contexto distinto, pero con el mismo mar de por medio: ¿qué determina el juicio histórico sobre quienes cruzan las aguas con un propósito político? ¿La legitimidad de su causa, la fuerza que los respalda?

    Guardafronteras cubanos matan a cuatro personas a bordo de una lancha de Florida

    Las autoridades cubanas asumieron la muerte de cuatro personas...

    2 COMENTARIOS

    1. Gracias por mencionarlo, Michael, yo también vi varios muertos siendo niña. Me entran ganas de continuar tu ensayo desde el trauma de no poder haberme despedido de otros.

    DEJA UNA RESPUESTA

    Por favor ingrese su comentario!
    Por favor ingrese su nombre aquí