El gobierno cubano quiso enseñar músculo político tras el ataque del 3 de enero sobre Caracas y organizó dos jornadas seguidas de eventos masivos, remitiendo la decadente actualidad a sus buenos viejos tiempos.
Cortejo fúnebre en la mañana del jueves para custodiar el retorno de los cadáveres de 32 escoltas cubanos muertos en la incursión estadounidense que terminó con Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores en una cárcel de Nueva York, enfrentando cargos por narcotráfico. Fue el urgente sepelio de unos «héroes» que hasta la madrugada de su deceso —sin que, en el trámite, pudieran resguardar al gobernante venezolano, ni siquiera ocasionar alguna baja al enemigo imperial— no existían de ninguna manera en el discurso oficial isleño, que durante años negó obtusamente cualquier presencia militar cubana en la nación sudamericana.
Dirigentes, trabajadores, estudiantes fueron movilizados, como toda la vida, y apostados esta vez en los flancos de la avenida Boyeros, en las inmediaciones del Ministerio de las Fuerzas Armadas. (Estas imágenes pertenecen a la ocasión). Luego muchos pasarían frente a los restos expuestos en el edificio aledaño a la Plaza de la Revolución.



El presidente Miguel Díaz-Canel posteó una fotografía en que la plana mayor del régimen saluda en traje de campaña a los caídos en el aeropuerto. Raúl Castro y el incombustible Machado Ventura parecen fosilizados en vida, macilentos zombies encastrados en la resina ámbar de la más profunda senectud, pero ahí, como el país mismo…
Otras imágenes aparecidas en televisión han permitido a artistas, periodistas, activistas reconocer y señalar a varios de sus represores, compañeros que los atendieron —es decir, los acosaron, los detuvieron, los interrogaron, los amenazaron, los expulsaron al exilio— en nombre de la sacrosanta Seguridad del Estado.



Con la marea también emergió algún viejo náufrago, como el defenestrado excanciller Felipe Pérez Roque, otra forma de cadáver en las playas del totalitarismo.
Tal como —suponemos— indican los manuales de la guerra simbólica, este viernes era entonces el momento de pasar a la ofensiva: marcha y bravata frente a la Embajada de Estados Unidos en La Habana.
Cubadebate reseña el discurso de Díaz-Canel: «Ante todo, cubanos y venezolanos somos hermanos». Y: «No, señores imperialistas, no les tenemos absolutamente ningún miedo… No nos gusta, como dijo Fidel, que nos amenacen. No van a intimidarnos». Y otra cita infaltable de Fidel Castro: «El dolor no se comparte, el dolor se multiplica; y cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla». Y eso sí: «Cuba no amenaza ni desafía. Cuba es tierra de paz». Pero: «[esa] vocación de paz no menoscaba en absoluto la disposición para el combate en defensa de la soberanía y la integridad territorial». Así que existe disposición al diálogo y al mejoramiento de la relación bilateral con Washington, dijo, «siempre en igualdad de condiciones y sobre la base del respeto mutuo». Pero, ojo: «Cuba somos millones. Somos un pueblo dispuesto a combatir si nos agreden, con la misma unidad y fiereza de los 32 cubanos caídos el 3 de enero».
Es quizá el momento más oscuro de la crisis transversal que asuela el país: inflación, pobreza y desigualdad crecientes, escasez crónica de bienes de consumo básicos, depauperación de los servicios sanitarios y galopante epidemia de Chikungunya, proliferación de la basura en las calles, apagones omnipresentes, grave déficit en el abasto de agua a la población, un síndrome de esclerosis demográfica cuyo síntoma definitivo ha sido el éxodo sin precedentes de los últimos años…


Pero la vieja máquina ideológica del totalitarismo encuentra energía en los cuerpos sacrificiales.
Desde Río Cauto, un localidad muy pobre del Oriente donde golpeó con fuerza el último huracán, una madre llora a su hijo muerto, el más joven de esos 32 militares cubanos. Leemos en las páginas de Juventud Rebelde: «Esto ha sido terrible. Siento como si hubieran arrancado un pedazo de mí. Fue un hijo superdeseado, el único que tuve», dice. «Yo luchaba por él y él luchaba por mí», y agrega todavía: «Su padre falleció cuando él tenía 15 años, todo lo que yo hacía era pensado en mi hijito».
Un dolor intransferible e inabarcable que la propaganda limpia de toda interpelación al poder que puso allí al hijo amado, y que finalmente encapsula en el féretro glorioso de la gran necropolítica insular.





