Testimonios desde Venezuela: ¿es un terremoto?, ¿es un bombardeo?

    A las 1:50 de la madrugada del sábado 3 de enero de 2026, Daniel Guerrero,* monaguillo y estudiante universitario de Economía, estaba terminando de rezar en El Valle, parroquia del suroeste de Caracas. Había vuelto a su casa media hora antes, luego de un compartir con sus familiares y brindar por los propósitos del Año Nuevo.

    En la urbanización Rómulo Gallegos de Catia la Mar, en La Guaira, estado costero vecino de la capital venezolana, Cira González iba por fin a acostarse después de lidiar con sus hijos de ocho años, a quienes les costó mucho quedarse dormidos. 

    El abogado Enrique Hernández, en el noreste caraqueño, ya dormía profundamente, y el audiovisualista Ricardo Navas, en el centronorte de la ciudad, veía la serie Stranger Things, el capítulo en que atacan la base militar.

    No se conocen, pero esa noche de comienzos de año estas personas escucharon las mismas detonaciones, el mismo sobrevuelo de aviones.

    «Algo pasa», se dijo Daniel. ¿Son fuegos artificiales? No, no podía ser eso. El sonido era distinto, mucho más fuerte, ensordecedor. De hecho, su edificio, cercano al Fuerte Tiuna, sede de distintas instituciones militares, se estremeció. Las paredes vibraron, las ventanas crujieron. Daniel pensó que iban a romperse. «¿Acaso es un terremoto?». El hombre de 30 años descorrió la cortina de su habitación y vio cómo del cielo parecía llover bengalas: estallaban, producían un resplandor anaranjado. Se persignó asombrado: «¡Dios mío!».

    Cira, asustada, se fue de inmediato al cuarto de sus hijos; los encontró despiertos y les puso la mano en el pecho; estaban tranquilos, enmudecidos. Ahí se quedó con ellos. Enrique abrió los ojos, sobresaltado, y vio los flashes de luz: «¿Habrá explotado alguna fase eléctrica?». Ricardo creyó que los sonidos provenían de la serie de acción que estaba viendo, pero se levantó al baño, abrió la ventana, y se percató de los destellos. Como el estruendo era cada vez mayor, echó un vistazo a la red social X a ver si alguien decía algo: sí, algunos comentaban que había detonaciones en Fuerte Tiuna, en La Guaira, en distintos puntos de Caracas.

    En ese momento, le entró una llamada. Era su mejor amiga. 

    —Está pasando —le dijo ella.  

    Y al fondo escuchó a la mamá de la chica gritando: «Llegaron los marines, ahora sí llegaron los marines». 

    ***

    «No va a pasar nada, los gringos no van a hacer nada, lo de los barcos es puro show de Trump», les decía un joven a sus amigos, entre risas, en un ascensor de un edificio residencial de Caracas, el día de Navidad de 2025. 

    «Va a pasar, es cuestión de horas», le comentaba una mujer a su comadre, en una conversación casual mientras bebían café en una panadería de la ciudad, el 27 de diciembre de 2025. 

    El asunto de la posible invasión de Estados Unidos se volvió una conversación cotidiana, casi obligatoria y, en algunos contextos, se tornó ligera. Que sí pasará; que no pasará: cada quien se fue formando una opinión. Hubo gente que hasta apostó: que será esta semana, que será la próxima, que no será nunca.

    Los días transcurrían entre la duda, las conjeturas y una tensión creciente desde que, en septiembre de 2025, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ordenó que más de 15 mil efectivos y barcos de guerra —incluyendo el descomunal USS Gerald R. Ford, el portaviones más grande del mundo— se desplegaran en el Mar Caribe. Trump insistía que el objetivo era desarmar una estructura de tráfico de drogas hacia su país, dirigida —según él— por Nicolás Maduro, heredero político de Hugo Chávez, y quien permanecía como jefe del Estado luego de que a mediados 2024 se proclamó ganador de unas elecciones que, según las actas recolectadas por la oposición, perdió por un amplio margen

    De acuerdo con registros de prensa, entre septiembre y diciembre últimos se llevaron a cabo en aguas internacionales cercanas a Venezuela hasta 28 ataques que destruyeron 34 botes que, asegura la administración Trump, trasladaban drogas. Estas embestidas habrían dejado un saldo de 110 muertos. Son cifras no confirmadas por ninguno de los dos países, pero que dan cuenta de la situación beligerante del último trimestre de 2025. 

    En noviembre, tras considerar un éxito las operaciones militares en el mar, Trump advirtió que las fuerzas estadounidenses empezarían a detener a «los narcotraficantes» en tierra. Y sugirió a las aerolíneas no sobrevolar el cielo de Venezuela

    Así, la ansiedad atravesó la vida de los venezolanos. Hasta ese día —esa madrugada— que nadie creía que, en verdad, había llegado. 

    ***

    ¿Es un terremoto?

    ¿Es un bombardeo? 

    Cira González se hacía también esas preguntas mientras abrazaba fuerte a sus hijos. Los arropó. Y cuando escuchó caer unos vidrios a las afueras de la habitación, les pidió que, aunque sintieran mucho calor, no se quitaran la cobija de encima, para evitar que se cortaran. 

    Estuvieron acurrucados oyendo las explosiones ensordecedoras que cesaron de pronto. Se hizo el silencio. Todo estaba oscuro porque se había interrumpido el servicio eléctrico. Cira intentó buscar su celular para alumbrar el espacio. No lo conseguía; no estaba donde siempre lo pone antes de dormir. Al borde de la angustia, deseosa de ver qué era lo que había ocurrido, pidió a los niños que rezaran. Sí, oraron juntos, y ella se calmó. Mientras elevaban plegarias al cielo, el teléfono apareció. La mujer entonces se levantó, caminó hacia la sala y se detuvo ante un desastre: el apartamento estaba lleno de vidrios rotos; una ventana se había desplomado y una puerta de aluminio y vidrio templado se había hecho trizas. 

    —Salí como pude y vi en el pasillo a una vecina —cuenta—. Grité, grité: «¡Qué pasó, qué pasó!». «Nos bombardearon», me dijo una vecina. En ese momento vi a dos tíos míos que viven en otra torre del mismo conjunto residencial, y les pedí que me ayudaran a sacar a los niños. Cuando salimos, me di cuenta de que el apartamento de mi familia, ese que está en la torre de al lado, estaba tapiado por escombros. Pensé entonces en mis dos tías y un primo con autismo que estaban allí. «Ojalá estén bien», dije. 

    ***

    Durante 90 minutos, los funcionarios de la Fuerza Delta dispararon misiles en puntos estratégicos de Caracas. La base militar de Fuerte Tiuna, la base aérea de La Carlota, las antenas de comunicaciones en la zona de El Volcán, en El Hatillo, y el Comando General de la Milicia (cercano a el Cuartel de La Montaña, donde se encuentran los restos de Hugo Chávez). El ataque se extendió a las afueras de la capital, impactando la Base Sucre en Maracay, el puerto de La Guaira y el aeropuerto de Higuerote. Antes, los militares estadounidenses se encargaron de que los radares venezolanos quedaran ciegos para moverse a sus anchas. 

    El epicentro de la operación fue Fuerte Tiuna, donde aquella noche pernoctaba Maduro. En cuestión de minutos lograron capturarlo junto a su esposa, Cilia Flores. Así lo informó Trump en su red social cuando aún en Caracas no había salido el sol. También anunció que daría una rueda de prensa a las 11:00 de la mañana. 

    Maduro y Flores fueron trasladados a Nueva York, a donde llegaron bajo custodia de la DEA. «Buenas noches, feliz año», dijo Maduro en inglés. El video en que se aprecia la escena —él, escoltado y esposado, camina con cierta parsimonia— se viralizó de inmediato. Finalmente, el Departamento de Justicia de Estados Unidos emitió una imputación contra los dos por cargos de narcoterrorismo y conspiración para importar cocaína. Parecía el punto y final de esta historia.

    Pero no lo era. 

    ***

    —¿Es verdad lo que está pasando? 

    A las 2:00 de la madrugada, mientras la capital seguía siendo un escenario de terror, sonó el teléfono de Eleazar Abaroa. Ingeniero en Hidrocarburos, egresado de la Universidad de las Fuerzas Armadas, tiene 35 años y vive en Trujillo, una ciudad ubicada en los Andes venezolanos, a unos 500 kilómetros de Caracas; trabaja como técnico informático y reparando equipos electrónicos. Cuenta que nunca pudo ejercer como ingeniero en PDVSA, la petrolera estatal, porque, cada vez que aspiró a un puesto allí, le pidieron entre otros requisitos firmar una carta de lealtad a Hugo Chávez o a Nicolás Maduro, a lo que él se negó. Dice que siempre ha tenido posturas propias, una visión clara sobre el deber ser. Eso le inculcaron en casa. 

    —Me parecía que mi conciencia, mi individualidad, es más valiosa. Mantener un criterio es más importante que una lealtad absoluta. Siempre hay que mantener la capacidad de ser crítico. Eso es lo que mantiene al individuo como un ser pensante, un ser con criterio propio. La familia de mi abuela es de casa militar y nos enseñaron sobre el patriotismo, sobre el civismo, sobre el deber ser. Y por la familia de mi abuelo… Él peleó en la Segunda Guerra, en la resistencia contra Mussolini, y me enseñó mucho de lo que aprendió, cómo es vivir en un sistema fascista y cómo se debe resistir a un sistema como ese, hasta conseguir la victoria, hasta lograr ser libre. 

    A Eleazar le molestaban las injusticias, no podía ignorar que el Estado no cumplía con sus obligaciones. Fue por esas inquietudes que se acercó a la política. Participó como ciudadano en muchas protestas callejeras en contra del régimen de Maduro y vivió la brutal represión de las fuerzas de seguridad del Estado que dejó decenas de muertos y heridos. En 2016, fue miembro fundador en Trujillo de Vente Venezuela, el partido que dirige la líder opositora María Corina Machado. Con el paso del tiempo se fue distanciando de la militancia, aunque nunca dejaría de involucrarse, como un ciudadano comprometido, en los asuntos públicos. 

    Quizá quien lo llamó la noche del ataque del ejército estadounidense pensaba que él tenía alguna información fidedigna de lo que ocurría. Nada que ver; no tenía ni idea. Se levantó, entró a las redes sociales, y ahí se quedó, leyendo testimonios, viendo videos de lo sucedido. No pudo volver a dormir. 

    ***

    En el fragor de las detonaciones, Daniel Guerrero, el monaguillo, se vistió rápidamente. Quería llegar hasta la planta baja del edificio. No lo hizo porque en el chat del condominio alguien dijo que eso sería más peligroso. Y eso fue lo último que leyó en WhatsApp, porque se quedó sin señal. «¿Qué hago, Dios mío? ¿Cómo me pongo a salvo?». Sentía que los estallidos estaban cerca, muy cerca. Temblando, intentó sin éxito llamar a sus familiares, que viven en la misma zona. Le preocupaba que un misil cayera en el edificio donde estaban ellos. Que a su mamá, que es diabética e hipertensa, se le subiera la tensión. Que su papá, que ha sobrevivido a dos infartos, sufriera otro. Que su primo, que es paciente psiquiátrico, no supiera controlarse. 

    De pronto ya no escuchó nada. Ni explosiones, ni el ruido de los aviones. 

    —Era un silencio extraño. Sentía miedo porque pensaba que podría volver otro ataque. Ni siquiera logré rezar, no me concentraba. Gracias a Dios, a las horas, pude ir a la casa en que estaba mi mamá. Me abrazó fuerte y me dijo: «Hijo, en medio de todo, llegué a pensar que una bomba había caído en tu edificio». 

    Enrique, el abogado, no se despegó del teléfono, y trataba de confirmar versiones en medios de comunicación y cuentas de periodistas. Ricardo, el audiovisualista que estaba viendo Stranger Things, también se mantuvo pegado a las redes sociales y, frente a la pantalla, se quedó dormido. 

    Por eso se perdió la rueda de prensa del presidente norteamericano. Tan pronto despertó, encontró el video: Trump acababa de decir que su administración se encargaría de Venezuela. 

    —Mientras veía el discurso, me preguntaba: «¿En qué momento va a hablar de María Corina Machado, de Edmundo González?». Cuando dijo que Estados Unidos iba a administrar a Venezuela, entonces yo dije: «Bueno, las figuras para ser el enlace van a ser los que fueron elegidos por la población en 2024». Cuando le preguntan por María Corina Machado, ya que no la había mencionado, y él se expresa de esa manera, para mí fue un «¿qué está pasando aquí?». Fue como que el único momento en el que se me borró la sonrisa y me preocupé. Busqué otras transmisiones con subtítulos automáticos de YouTube y llegué de nuevo a ese punto: él dijo algo como que ella no tiene respeto institucional de la sociedad. «Ya va», pensé. «Él no está hablando de la población. Él está hablando del estamento militar, el estamento del orden público». Entonces fue como que… no estoy contento con la decisión, pero empiezo a entender un poco más qué es lo que está ocurriendo. 

    ***

    Cira se enteró después, no recuerda en qué momento. Dejó de ver noticias porque tenía demasiado de lo que ocuparse esa mañana. Con el derrumbe de un muro sobre el apartamento de su familia, una de sus tías, Rosa Elena, de 80 años, salió herida. La llevaron de emergencia a un centro médico donde poco después falleció. El acta de defunción, dice Cira, indica que el motivo de la muerte fue un infarto. 

    —Es fuerte todo lo que estábamos viviendo —se lamenta ahora, luego de una semana que ha parecido un siglo—. Es fuerte, es fuerte —insiste, como para que quede claro lo que significa que el mundo se le haya desmoronado de pronto—. Yo soy una mujer desempleada, con dos niños. La casa en que vivía, que quedó destrozada, ni siquiera es mía: vivo allí alquilada y la dueña ya me había dicho que me iba a aumentar la renta este año. No sé qué va a pasar con nosotros. Hemos estado viviendo un día a la vez, sin saber qué rumbo tenemos. 

    Las 16 familias que vivían en el conjunto residencial quedaron damnificadas. Cira no sabe cuántos vecinos quedaron heridos. Dice que hay muchos con fracturas y quemaduras.

    Todavía se desconoce con precisión cuántas personas fallecieron. No hay una lista oficial de decesos. La organización Monitor de Víctimas y la alianza periodística La Hora de Venezuela, contabilizaron 78 muertos, de los cuales al menos 42 son militares venezolanos y tres civiles, entre los que está Rosa Elena, la tía de Cira. El presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, informó que habían fallecido 32 militares cubanos que cumplían misiones en Venezuela, y decretó dos días de duelo en la isla. Cinco días después del ataque, Diosdado Cabello, ministro del Interior, aseguró en su programa televisivo Con el mazo dando que, hasta ese momento, eran 100 los fallecidos, y, agregó, “otra cantidad parecida de heridos”.

    ***

    En aquella declaración del sábado 3 de enero, Trump, al tiempo que se declaró a cargo de Venezuela, dijo que trabajaría con la vicepresidenta de Maduro, Delcy Rodríguez. Ella, aunque en principio condenó los ataques, pronto emitió un comunicado —inusualmente cordial— en el que declaró su disposición a cooperar con Estados Unidos. Y desde entonces los hilos se han movido en ese sentido. 

    La Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia, controlado por el chavismo, declaró la «ausencia temporal» de Maduro —evitando así la convocatoria a elecciones en un lapso de 30 días, lo que, de acuerdo con la Constitución, debía ocurrir en caso de «ausencia absoluta» del mandatario— y ordenó que Rodríguez asumiera como presidenta encargada. El 5 de enero fue juramentada en la Asamblea Nacional, encabezada por su hermano, Jorge Rodríguez. 

    ***

    Con el paso de los días, Eleazar, el antiguo militante Vente Venezuela, ha tratado de analizar en frío los acontecimientos y se ha preguntado qué sigue:

    —En el contexto actual, creo que una elección es buena idea: es una necesidad para la República. Inclusive, una serie de elecciones que puedan llevar a poderes legítimos; una transición hacia una República con poderes legítimamente constituidos por el voto popular. Los primeros cambios que me gustaría ver son la mejoría de los servicios públicos, que eso abarca tanto luz, telecomunicaciones, infraestructura de energía eléctrica y agua potable como salud, transporte, vialidad, y que mejore la capacidad adquisitiva. Que el salario obtenido por el ciudadano sea más que suficiente para vivir el mes y tener ahorros. Una mejoría económica, así sea poca, porque entiendo que trabajar en la macroeconomía nacional tampoco es fácil. Ojalá que por lo menos el ciudadano deje de pensar: ¿cómo llego a fin de mes? Eso en primera instancia. Ya más a mediano y largo plazo, llevar a Venezuela por lo menos al mismo nivel en que están los demás países del mundo que no han sufrido esto, donde hay cosas comunes que nosotros vemos acá como futuristas.

    ***

    —No te puedo decir qué opino de todo esto; tampoco quisiera contar lo que viví —dice a El Estornudo un profesor de historia de la Universidad Central de Venezuela que vive en Las Mayas, un barrio también cercano al Fuerte Tiuna—. Últimamente me cuido mucho, porque uno no sabe lo que le pueda pasar. 

    Lo dice porque ha leído el «Decreto de Conmoción Exterior» y sabe que la policía está autorizada para buscar y capturar a quienes promocionen o apoyen el ataque armado de Estados Unidos. La disposición también limita los derechos a reunirse, manifestarse y al libre tránsito. Ya se han reportado detenidos en el marco de esta medida: el 7 de enero, dos campesinos, de 64 y 65 años, habitantes de una comunidad rural del estado andino Mérida, fueron arrestados mientras celebraban, en estado de ebriedad, la salida de Maduro, informó Gonzalo Himiob, directivo de la ONG Foro Penal. 

    El polvo se ha asentado. Sin embargo, las dudas, la falta de certezas y el miedo siguen latentes y ello se advierte en estas expresiones de algunos ciudadanos consultados en el habitualmente concurrido bulevar de Sabana Grande, un corredor peatonal, lleno de comercios, que une el centro con el este de Caracas: 

    «Pareciera que todo está normal, pero no». 

    «Prefiero no hablar de esto, me pueden poner preso».

    «Si te cuento mi historia, ¿puedes cambiar mi nombre?».

    «No entiendo lo que está ocurriendo».

    «Ojalá venga un cambio». 

    «No quiero que me lleven preso».


    *Se trata de un seudónimo. En medio del actual «Estado de Conmoción Exterior», declarado por las autoridades venezolanas luego de los sucesos del 3 de enero, la fuente teme que haya represalias en su contra y solicitó que se proteja su identidad. 

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