Durante los últimos días de diciembre de 2025, la Flotilla Global Sumud (GSF, por sus siglas en inglés) anunció su intención de zarpar nuevamente rumbo a Gaza. La fecha prevista: la primavera de 2026, con 100 barcos de ayuda humanitaria y más de tres mil participantes de un centenar de países, el doble de la misión interceptada en octubre pasado.
La GSF defendió el anuncio como una «expansión decisiva». El objetivo va más allá de la entrega —o del intento de entrega— de ayuda humanitaria: busca reconstruir «la infraestructura civil básica destruida por dos años de genocidio». Dos años de genocidio, pienso. Dos años de genocidio, vuelvo a pensar.
Lo siguiente que me viene a la mente es Celeste y sus rodillas. ¿Será que el cuerpo guarda memoria o que, como en los partos, los recuerdos se atenúan por una combinación extraña de endorfinas y oxitocina? Tampoco le he preguntado si formará parte de este nuevo llamado.
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Cuando ella me habla del contacto entre sus rodillas y el cemento áspero, intento hacerme una idea del dolor, parecido quizá a muchas agujas finas clavándose en la piel. Luego multiplicar esa sensación por la cantidad de horas que, me dice, los mantuvieron arrodillados. Pienso, inevitablemente, en la vez que me caí y me raspé las rodillas en las canchas de cemento de la primaria. No sé por qué los seres humanos hacemos esto —si por empatía o por egoísmo—, pero de mi boca no va a salir un «entiendo lo que se siente».
Porque yo nunca estuve en Ketzio, pleno desierto del Néguev: una cárcel israelí de alta seguridad, donde históricamente han sido confinados palestinos, y donde Celeste, junto a otros 460 miembros de la Flotilla Global Sumud, pasó casi siete días tras ser secuestrados en aguas internacionales.
Hace poco más de dos años que fotografío a la argentina Celeste Fierro, a quien todos llaman «Cele». La primera vez, cuando cubría el búnker del Frente de Izquierda – Unidad en las elecciones presidenciales de 2023, y salió victorioso el ultraderechista y autodenominado anarcocapitalista Javier Milei.
Ella —quien poco después asumiría una banca como diputada de la Ciudad de Buenos Aires— cargaba una bandera de Palestina para dirigirse a los militantes que, fuera de recinto, esperaban algunas palabras que mitigaran la derrota.
El Frente de Izquierda es una coalición electoral trotskista, incómoda para el progresismo argentino —dígase el peronismo—, odiada por el histórico Partido Comunista, y a veces obviada por la Libertad Avanza (capaz de meter en el mismo saco a cualquier personaje woke). Un frente conformado por cuatro partidos: el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS), el Partido Obrero (PO), Izquierda Socialista (IS) y el Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST). A este último, Celeste Fierro, de 40 años, le ha dedicado más de la mitad de su vida: empezó a militar a los 18, mientras estudiaba la licenciatura en Trabajo Social en la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco.
Desde el principio, la causa palestina formó parte de su horizonte político. Ya desde su época universitaria cualquier crítica al Estado de Israel era etiquetada como «antisemitismo».
«El Estado sionista de Israel es el mayor antisemita, porque está eliminando a todo el pueblo palestino. Es su objetivo. Desde octubre de 2023, cuando la situación escaló, el genocidio sigue siendo televisado», me dijo un día de noviembre 2025 sentada a las afueras del Congreso.
Yo llegué al MST en 2024, después de una de las múltiples veces en que el gobierno cubano decidió hostigar a Raymar Aguado, representante de la agrupación de izquierda crítica «Socialistas en Lucha».
Toqué las puertas de varios espacios políticos en busca de ayuda para denunciar el caso de Aguado; el MST —que desde hace décadas ha denunciado el autoritarismo cubano— me las abrió. En el MST encontré un espacio para ser cubana de izquierdas: el despojo de contradicciones internas y externas. Militar dejó de ser una mala palabra en mi cabeza y Celeste se convirtió en una de mis referentes.
Mi Fujifilm la ha captado dentro del Congreso, en las calles siendo gaseada, gritando a militares, acompañando luchas obreras. Ella fue una de las representantes del FIT-U que entregó una carta al embajador cubano para demandar la liberación de los presos políticos del 11J. No sé qué habrá hecho con esa carta el embajador cubano en Buenos Aires, pero puedo imaginar alguna que otra cosa.
La militancia internacionalista siempre ha definido a Celeste Fierro. Estuvo en Chile durante la revuelta popular, en Brasil acompañando las movilizaciones del «Ele Não», y en Perú durante las protestas contra Dina Boluarte. En buena medida, esa trayectoria la llevó a sumarse a la primera misión humanitaria naval no autorizada que logró acercarse a menos de 70 millas náuticas —unos 130 kilómetros— de las costas de Gaza tras la imposición del bloqueo israelí en 2009.
Celeste Fierro, nacida en Sierra Chicas, un cordón montañoso de las Sierras de Córdoba, madre de Emilia —una niña de nueve años que es su viva imagen—, se montó en un barco cuando creyó haber hecho todo lo que estaba a su alcance, desde Buenos Aires, respecto a la situación en la Franja. Habla abiertamente de «genocidio» para definir la ofensiva israelí que vino a raíz del ataque terrorista de Hamás el 7 de octubre de 2023.
Más de 28 mil personas se inscribieron para participar en la Flotilla Global Sumud: la diputada cordobesa fue la única mujer dentro de la pequeña delegación argentina.
«Lo intentamos desde las legislaturas, en el Congreso, en las calles, impulsando acciones para exigir la ruptura de relaciones diplomáticas y comerciales. Pero parecía que no alcanzaba. Entonces, cuando surgió la oportunidad de ser parte de esta flotilla, de ponerle el cuerpo a las ideas, lo discutimos colectivamente, y también fue una decisión personal», cuenta.
La GSF fue una iniciativa marítima internacional impulsada por la sociedad civil a mediados de 2025, y sus antecedentes comprenden episodios que llegaron incluso a ser letales. En 2010, miembros de la Marina israelí abordaron un barco de otra flotilla humanitaria y la incursión culminó con el asesinato de al menos nueve personas y una treintena de heridos.


El objetivo esta vez era similar, aunque se trataba de una situación mucho más grave: desafiar el bloqueo impuesto por Israel sobre Gaza, exigir la apertura de un corredor humanitario permanente, atraer la atención internacional sobre lo que denuncian como un genocidio y exponer el uso deliberado del hambre como arma de guerra por parte del Estado israelí.
Las 52 embarcaciones que conformaron la GSF llevaban tripulantes de 46 países —figuras de la política y la cultura como Greta Thunberg y Mandla Mandela, nieto de Nelson Mandela— y cientos de toneladas de alimentos (incluida fórmula para bebés), agua y medicinas para la población civil gazatí.
Los barcos zarparon a finales de agosto desde diferentes puertos en España, Italia, Túnez y Grecia. El Adara, donde iba Celeste, se retrasó por mal tiempo y salió del puerto de Barcelona el día 5 de septiembre.
La cordobesa describe la vida a bordo del Adara como una «actividad 24/7»: una rutina ininterrumpida que iba desde la limpieza y la cocina hasta las guardias rotativas cada dos horas. Al mismo tiempo, debían mantener informado al mundo fuera del GFS sobre lo que ocurría en la flotilla, las noticias que llegaban desde Gaza y las acciones de apoyo que se multiplicaban en distintos países.
El desayuno a las 6:00, el almuerzo a las 13:00, la cena a las 20:00, y a las 20:30 se apagaban las luces. La disciplina era esencial y siempre estaban alertas.
«Al ser un barco muy pequeño, en relación con la cantidad de personas que había, la rotación para dormir era necesaria para tener espacio y poder descansar al menos un par de horas», recuerda.
Las primeras denuncias de ataques con drones por parte de las fuerzas de defensa israelí (IDF, por sus siglas en inglés) llegaron entre el 9 y el 10 de septiembre, cuando fueron blancos los barcos Family y Alma. Desde el comienzo de la iniciativa, el gobierno de Benjamin Netanyahu había dejado claro que haría todo lo necesario para impedir que la flotilla pudiera llegar a Gaza. Incluso, se acusó a los tripulantes de tener vínculos con Hamás.
«Se tomarán las medidas necesarias para impedir su entrada en la zona de combate», advirtió, antes de que zarparan los barcos, un comunicado del Ministerio de Exteriores de Israel.
Durante la madrugada del 24 de septiembre, el ejército de Israel lanzó químicos que provocaron explosiones en algunos barcos. Tras esos incidentes, Italia y España enviaron buques de guerra —el Alpino y el Furor— para acompañar la flotilla durante parte del trayecto. Ninguna de las embarcaciones de Girogia Meloni o Pedro Sánchez decidió cruzar la zona de exclusión; abandonaron la misión para evitar «incidentes diplomáticos».
Seis días después, la radio pública israelí Kan informó que la flotilla sería interceptada al ingresar en aguas de «alto riesgo». El operativo, a cargo de la unidad de élite Shayetet 13, tenía la misión de tomar control de los barcos, reunir a los activistas, interrogarlos y deportarlos desde el puerto de Ashdod, el más cercano a Gaza. Las embarcaciones que no fueran remolcadas serían hundidas.
Cerca de las 20:40 del 1 de octubre, con el protocolo de seguridad ya activado, las fuerzas israelíes rodearon la flotilla con navíos y lanchas rápidas. Todo fue rápido, rememora Celeste. El Alma, el Adara y el Sirius fueron los primeros en caer a unas 74 millas náuticas —137 kilómetros— de la costa de Gaza. La intercepción total del convoy culminaría el 3 de octubre.
Celeste Fierro habla de los rostros de sus compañeros, sentados unos junto a otros, esperando…; las luces cegadoras de los navíos que los apuntaban y aquellas voces que les hablaron primero en español y luego en inglés. Poco después, el aparato propagandístico israelí difundió que los barcos habían sido detenidos «sin incidentes», que los tripulantes estaban «sanos y salvos» y a la espera de ser deportados.
«Soy Celeste Fierro, diputada del MST en el Frente de Izquierda, representante de la Liga Internacional Socialista de Argentina, y si estás viendo este video es porque el ejército de Israel ha frenado nuestra misión humanitaria», dice en un material publicado en redes sociales que había grabado días antes del desenlace. «En este momento, desde acá, lo que te pido es que salgas a la calle, que denuncies, que exijas nuestra libertad y también el fin del genocidio».
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A partir del momento en que el ejército de Israel tomó control de la flotilla, los tripulantes estuvieron más de 24 horas encerrados en los camarotes, hacinados, sin comida. «Nos sacaron con mucha más violencia, nos dejaron en un estacionamiento de cemento, de noche, arrodillados, muchos con las manos atadas en la espalda», relata la legisladora argentina.
La escena, donde aparece Ben-Gvir, ministro de Seguridad Nacional, gritándoles a los tripulantes de GSF se hizo viral. El político ultraderechista los llamó terroristas. Entre rugidos desacredita que los barcos cargan con algún tipo de ayuda humanitaria. La ayuda «legítima» debía haberse canalizado por corredores autorizados. Esa retórica me suena…
«Fue el inicio del proceso que terminó con nuestra detención en una cárcel de máxima seguridad, donde nos quitaron absolutamente todo y permanecimos incomunicados al menos 48 horas», añade.
Los activistas fueron trasladados al complejo de Ketzio. Organismos de derechos humanos —entre ellos la ONG israelí B’Tselem— han denunciado en reiteradas ocasiones las pésimas condiciones sanitarias de la instalación: aislamiento, restricciones a las visitas y trato cruel hacia los reclusos, la inmensa mayoría de origen palestino. Celeste Fierro pensó todo el tiempo en su familia y en sus compañeros de militancia en Argentina.
«La mayor preocupación era que se supiera dónde estábamos y qué nos estaba pasando», dice.
Después de la liberación de los primeros detenidos, se pudo reconstruir una imagen de la vida de los miembros de la flotilla dentro de la prisión israelí. Los testimonios describen privación de alimentos, agua y medicamentos durante más de 36 horas; humillaciones; registros corporales abusivos; exposición al calor sin resguardo; el uso de perros para intimidar. Agresiones físicas y psicológicas. «La violencia fue constante», asegura Celeste Fierro.
A Greta Thunberg, específicamente, la arrastraron por el suelo e intentaron forzarla a besar la bandera israelí. Le decían en sueco: «Greta puta» y «asesina de bebés».
«La incertidumbre de qué puede pasar con nosotros, teniendo en cuenta que enfrente está uno de los ejércitos más preparados y más crueles», dice la argentina. «Se terminaron todo tipo de derechos desde el momento en que fuimos interceptados en aguas internacionales por parte del ejército de Israel».
Pasaron dos días hasta que algún representante argentino en Tel Aviv hiciera contacto con la delegación detenida en Ketzio. «El cónsul, no el embajador», puntualiza.
Según la activista, no hubo ninguna acción diplomática por parte del gobierno de Javier Milei para agilizar la liberación de los argentinos o mejorar las condiciones en que se encontraban. Cuando lograron salir rumbo a Jordania, fueron acogidos por la Oficina Consular de Uruguay.
«Estamos en casa gracias a nuestras compañeras y compañeros —en mi caso, del MST de Argentina y de la Liga Internacional Socialista—, que garantizaron los pasajes de regreso desde Jordania», explica.
El accionar de la Cancillería argentina no fue una sorpresa para nadie. Responde explícitamente a la línea política del Ejecutivo argentino, que apoya sin ambages a Netanyahu.
En Argentina hay dos personas procesadas, Vanina Biasi, dirigente del Partido Obrero, y Alejandro Bodart, del MST, por publicaciones en la red social X en que denunciaron crímenes de guerra por parte del Estado de Israel. En los últimos meses se han registrado otros episodios de persecución: el despido de Daniel Otero, docente de Geografía, tras abordar en clase la expansión israelí, y las sanciones impuestas a estudiantes de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires por colgar en el edificio una bandera de Palestina.
En Argentina rige la Ley Antidiscriminatoria 23.592, que hace uso de la definición de antisemitismo de la International Holocaust Remembrance Alliance (IHRA) para judicializar las voces críticas.
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Celeste Fierro estuvo presa siete días en Ketzio; mientras tanto, el mundo «afuera» parecía arder. En Barcelona hubo una concentración frente al Consulado israelí que bloqueó la Ronda del Mig. En Roma, miles marcharon frente a la Embajada israelí; en Nápoles se ocuparon estaciones de tren; hubo acciones en universidades de Milán y Turín. El sindicato CGIL convocó una huelga general en Italia.
En Argentina, el MST y el FIT-U se movilizaron en Plaza de Mayo.
Cuando se cumplieron las primeras 72 horas de su detención, publiqué un video en mis redes. Por obra —o magia— del algoritmo, el reel llegó a un público que se tomó el tiempo de preguntarme si no me daba vergüenza llamarme cubana y defender a una mujer militante de un partido con la palabra «socialista» en su nombre. O cómo me atrevía a apoyar una causa que, según ellos, era apoyada por el gobierno cubano.
Me avergüenza como fotorreportera y como ser humano que desde el 8 de octubre de 2023 el IDF haya asesinado a más de 250 periodistas. La ofensiva de Israel contra Gaza continúa posicionado como el conflicto más mortífero para la prensa: acumula más muertes de trabajadores de medios que la Guerra Civil estadounidense, las dos guerras mundiales, la de Corea, la de Vietnam, las de la antigua Yugoslavia y la guerra posterior al 11-S en Afganistán, todas juntas.
Me avergüenza, especialmente, la muerte de Mariam Abu Dagga, fotoperiodista asesinada el 25 de agosto de 2025 en un ataque israelí contra el Hospital Nasser, en Jan Yunis, al sur de Gaza.
Me avergüenza un poco ser cubana y ver que, por el simple hecho de que Díaz-Canel se coloque una kufiyasobre los hombros, la vida de 18 mil niños palestinos asesinados parezca valer tan poco para algunos de mis compatriotas.
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El 8 de octubre, cerca de las 21:00 (hora argentina), Celeste Fierro aterrizaba en Buenos Aires, vestida toda de negro y con el pelo en una trenza deshecha. Solo un pequeño pin con la bandera palestina sobresalía en su figura. En el aeropuerto de Ezeiza hubo un despliegue militar que derivó en forcejeo extremo. Las fuerzas de la Gendarmería no permitieron que la abrazáramos en paz, ni siquiera Emilia.
«¡Es su hija!», gritaban los presentes.
No importó: Celeste besó a Emilia y se la llevó a cuestas. Alguien le colocó a la diputada una bandera palestina sobre los hombros.
«Lo que vivimos nosotros va a ser la historia más importante de nuestras vidas por el objetivo que tenía —abrir ese corredor humanitario—, pero no se compara con lo que le hacen al pueblo palestino todos los días», dijo alto y claro aquella noche. «Eso es lo que nos mantenía fuertes, compañeros».



Han pasado más de cuatro meses desde su regreso. Ninguna de las embarcaciones de aquella misión de la Flotilla Global Sumud logró llegar a Gaza. Tampoco el cargamento de ayuda humanitaria compuesto por medicamentos, leche en polvo para bebés, alimentos, pañales y prótesis. La nave más cercana alcanzó apenas las 25.5 millas náuticas de la costa.
Desde entonces se decretó un alto el fuego que Israel ha violado en múltiples ocasiones. El Estado sionista aún mantiene cerrados casi todos los pasos fronterizos y bloquea la llegada de ayuda humanitaria a Gaza, pero Celeste Fierro asegura que cada tripulante estuvo en el lugar correcto: la presión internacional obligó a gobiernos que durante dos años miraron para otro lado a priorizar el tema en sus agendas.
A la pregunta de ¿qué viene ahora? ¿Qué viene después? Ella responde: «Organizarse. Ponerles cuerpo a las ideas: romper relaciones diplomáticas y comerciales, boicotear… Cada vez somos más quienes abrazamos la causa palestina, y vamos a dejar todo para que triunfe la Palestina libre, del río al mar».
La primavera de 2026 todavía no ha llegado. Los barcos aún no han vuelto a zarpar. Celeste Fierro está acá, en Buenos Aires. Gaza sigue sitiada. Pienso de nuevo en sus rodillas contra el cemento de Ketzio… Entiendo que hay luchas que no avanzan en línea recta ni llegan de inmediato a buen puerto… Y aun así desplazan el eje del mundo.







