La realidad es que en el sistema político norteamericano es prácticamente imposible quitar al presidente de su cargo. No existen, como sí en otras democracias, los votos de (no) confianza, la sustitución parlamentaria o el referendo popular.
A Trump le interesa obtener una capacidad de gobernar ilimitada para los próximos tres años; a los textualistas como Gorsuch o los institucionalistas como Roberts les interesa el legado que deje esta Corte Suprema. No se les escapa que una ampliación del poder ejecutivo podría ser igualmente usada por un gobernante demócrata, y esa visión a largo plazo quizá sea suficiente para ponerle algún freno a la agenda frenética del actual mandatario.