Un grupo de muchachos valientes ha salido en defensa de otros muchachos valientes que la Seguridad del Estado encarceló en Holguín por crear contenido crítico sobre su país en redes sociales. Los mandamases de la isla siempre han sido de ego frágil. Se tomaron muy mal que Ernesto y Kamil montaran un ventilador —¿ruso?— destartalado encima de varios cartones de huevos sin huevos, sobre un escritorio, delante de una pizarra verde de bagazo, y dieran clases sobre realidad cubana al mundo entero.
Le llamaron a sus cuentas El 4rtico, pero también pudieron ponerle la escuelita.
Al principio, por allá por enero de 2024, comenzaron hablando sobre grandes temas universales: la amistad, la indiferencia, la autoestima, la confianza. Pero parece que le fueron cogiendo el gusto a expresarse y dejaron de jugar con la cadena y comenzaron a meterse con el mono. Los mandamases no lo perdonarían.

En diciembre de 2024, en un video sobre la represión, Ernesto decía: «Todo lo que se reprime, explota con más fuerza. Aquí todo el mundo sabe lo que es la represión. Al cuartico, nosotros como tal, no nos han reprimido. Yo lo tengo que admitir: no nos han reprimido. De hecho Kamil tiene dolor en el corazón porque a él no lo han ido a visitar dos señores en una moto a conversar con él».
Sin embargo, sí reconoció sentirse reprimido. «Porque es que ha habido evidencia de represión delante de mí fuertemente. ¿A cuánta gente no han metido presa un bulto de años por… por boberías? Y yo me siento con miedo», dijo.
No pararon. Al contrario. Cada vez fueron hurgando más y más en la herida abierta y supurante de la nación, que es su propia herida, y la de otros millones. Ernesto y Kamil —junto con otros jóvenes que fueron poco a poco desapareciendo de sus contenidos— siguieron hablando sobre los inspectores «que vienen a hacer las cosas más difíciles», el cambio que necesitamos en Cuba, las protestas universitarias contra los tarifazos de Etecsa, la balita de gas como «artículo que se volvió ornamental», la violencia del Estado y el mensaje del Jesús bíblico que vino a liberar a los cautivos.
En su pizarra, con tiza blanca o amarilla y letras grandísmas, escribían frases subversivas. La última que escribieron: «nueva criatura». Debajo: «CUBA LIBRE». Dos días más tarde, el viernes 6 de febrero, la policía fue a buscarlos. Registraron la vivienda de Ernesto, que era donde se encontraba la escena del “crimen”, es decir, el cuartico, y decomisaron varios equipos.

A los dos amigos se los llevaron detenidos para “Todo el mundo canta”, el nombre bajo el cual se conoce popularmente el cuartel principal de la Seguridad del Estado en Holguín, y donde continúan hasta hoy en privación de libertad. Se les acusa de propaganda contra el orden constitucional e instigación a delinquir; delitos por los que podrían sufrir entre cinco y nueve años de cárcel.
Desde La Habana, los otros cinco muchachos valientes salieron en su defensa. Muchachos muy jóvenes, tremendamente jóvenes, con distintas profesiones y oficios, que se nuclearon en torno a una iniciativa que llamaron Fuera de la Caja Cuba para ejercer su humano derecho a expresarse libremente. En la presentación de sus cuentas en Instagram y Facebook, donde acumulan unos 25 mil seguidores, colgaron una frase de José Martí que aparece en su artículo Tres Héroes, publicado en La Edad de Oro en 1889: «Libertad es el derecho de todo hombre a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía».
Anna Sofía Benítez, de apenas 21 años, talentosísima, es quizás la integrante más conocida de ese grupo. Muchos llegamos a ella en octubre de 2025, cuando publicó en sus redes un video de cuatro minutos denunciando la burocracia que retrasaba la entrega de su título como técnico superior en prótesis estomatológica, debido a un error en su nombre. Se volvió viral. Porque Anna Sofía hizo más que hablar de un título. Habló sin pelos en la lengua sobre su vida en Cuba: sobre lo difícil que es sobrevivir a la corrupción, al transporte inexistente, los apagones, la inflación, el paupérrimo salario estatal, la falta de alimentos y agua, la dolarización de la economía.
Su video alcanzó más de un millón de visualizaciones. No es usual que en la isla alguien tan joven salga al espacio público a echar en cara a quienes nos gobiernan lo mal que lo hacen. Ellos nada más aceptan cumplidos, las críticas hay que hacerlas puertas adentro y solo por personas previa y debidamente autorizadas, bien integradas al proceso. Pero ahí estaba Anna, delgadita, con sus rizos de muñeca, hablando sobre su mismísima vida, sin pedir permiso a los amos de esa gran plantación paralizada que es Cuba.
¡Cómo debieron haberse molestado! Ellos, que no toleran a una mujer valiente, menos si es joven, porque sienten que su valentía es un cuestionamiento dirceto a su hombría. Y molestos deben seguir, porque Anna Sofía no ha parado de decir lo que piensa y satirizar el poder.
Entonces reaccionaron como mismo llevan décadas reaccionando: con acoso, persecusión, amenazas, vigilancia, citaciones. Cinco meses más tarde, Anna Sofía ya no trabaja en el mismo salón de belleza donde solía trabajar para ayudar a su madre a sostener el hogar. En una reciente entrevista con Cubanet, contó que una parte de su familia no la apoya, que quienes sí la apoyan son su mamá y su hermana. Su hermana vive en Estados Unidos.
La Seguridad del Estado, como de costumbre, busca aislar y fatigar. Busca quebrar. Pero ya debería saber que, como mismo la disidencia aparta de tu vida a gente que se deja vencer por el miedo, también atrae a gente parecida a una, y probablemente esa sea la razón fundamental por la cual casi nadie se arrepiente de tomar ese camino. Esa y la paz en la conciencia —aunque tampoco ese camino tiene retorno, vale decir.
A mí me alegra sincera y profundamente ver a cinco muchachos en Cuba diciendo lo que piensan en redes sociales. Denunciando los abusos del régimen. Pidiendo libertad. Más que mi respeto al ejercicio de su derecho a expresarse, tienen mi admiración y apoyo. Además, concuerdo con casi todo lo que han dicho, y comparto sus esperanzas de ver una Cuba libre, justa, democrática y próspera. Ante todo, me importan sus vidas y temo por ellos porque conozco las fieras a las que se están enfrentando.
Pero ni mi admiración ni mi apoyo me impiden pensar críticamente las gorras que han utilizado en distintos momentos para crear contenido: gorras que dicen «Make Cuba Great Again» y que remiten a las gorras del movimiento «Make America Great Again» (MAGA) que condujo a Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos en 2016 y en 2024. Porque no son simples accesorios, gestos estéticos, travesuras o provocaciones, sino símbolos políticos cargados de sentido e historia; por tanto, cuando se debate sobre esas gorras —y no de otras— no se debate sobre gorras per se, o sobre outfits, sino sobre lo que ellas simbolizan.

Los muchachos han dicho en un video que, en su caso, sus gorras hablan de una explosión de prosperidad, donde el trabajo dé frutos y puedas ejercer lo que estudias, y que soñar con eso no los vuelve trumpistas. «Nuestra gorra significa que queremos una Cuba donde quedarse sea un orgullo, no un sacrificio», aclararon.
Pero un símbolo no es únicamente lo que quien lo porta dice que significa. No es un receptáculo que podemos vaciar y rellenar a nuestro antojo. No funciona apenas como un vehículo de lo que alguien quiere decir, sino también de lo que otros inevitablemente van a leer. Un símbolo no reside en un objeto, sino en las memorias e imaginarios de las sociedades donde emerge y gana fuerza. No basta con cambiar parcialmente el nombre del país bordado en la tela, y usarlo en otro territorio, para anular o transformar su referente político primario y vigente.
Algunos símbolos, ciertamente, son más versátiles y se resignifican. Pero hay símbolos que no son tan versátiles. ¿Cuáles son? Los asociados a experiencias violentas que han generado traumas en una comunidad. Y ese es el caso del «Make America Great Again».
Si bien es cierto que muchos estadounidenses —principalmente, según estudios, hombres blancos mayores, cristianos conservadores, nacionalistas— continúan nutriendo el movimiento MAGA, también hay muchos sufriendo sus políticas y discursos y combatiéndolo. Para la comunidad inmigrante que está siendo perseguida, encarcelada y deportada por agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), los símbolos asociados al maguismo hablan de un proyecto que implementa y legitima discursos y prácticas excluyentes.
En 2025, murieron 32 personas bajo custodia de dicha agencia federal, con lo cual registró su año más mortífero en dos décadas. Algunas de esas personas habían llegado en la infancia a Estados Unidos. Otras, recientemente, y habían pedido asilo.
Pero no se trata solo de la comunidad inmigrante. En las protestas contra Trump en distintas ciudades del país han participado estadounidenses nacidos aquí que están en contra de ICE. O en contra de la manera misógina en que Trump habla sobre las mujeres, en contra del culto a su personalidad, en contra de la criminalización de sus opositores, en contra de su racismo, en contra de su relación repulsiva con el peor pederasta conocido en la historia del país.
Las elecciones políticas y administrativas que se han realizado, además, revelan el rechazo y hartazgo de los electores con la actual administración.
Desde luego, es perfectamente válido apropiarse de ese símbolo. A fin de cuentas, sigue siendo legal su uso en el contexto donde surgió —aunque cada vez sea más raro encontrar gente con una gorra MAGA en la calle. Pero no hay discurso que logre erradicar, limpiar, purificar o transformar los significados que ese símbolo activa para las personas que padecen todos los días las múltiples violencias y exclusiones que promueve.
Quizás sea más fácil entenderlo si recordamos cómo nos hemos sentido muchos cubanos que hemos sufrido la represión del régimen cada vez que hemos visto a alguien, en otro país, en una causa que puede ser muy justa, utilizar una imagen de Fidel Castro como símbolo de liberación. No sé otros, pero yo he sentido un rechazo tremendo. Incluso, miedo. Y me ofendería muchísimo, me sentiría burlada, irrespetada, si me dijeran que «es que aquí le damos otro significado, lo estamos resignificando, este es otro contexto».
Porque no se trata de «solo una imagen inofensiva de una figura histórica». Se trata, para mí, para muchos cubanos, de un símbolo del terror, de la separación de familias, del hambre, de los apagones, de los presos políticos, de las ejecuciones, de los exilios. Ninguna buena intención borraría esa historia ni neutralizaría ese símbolo —y tantos otros similares. Por eso, por ejemplo, y salvando las distancias, la esvástica se prohibió en Alemania: porque los traumas asociados a experiencias violentas merecen respeto, porque los significados se construyen no solo ni principalmente a nivel abstracto o discursivo sino desde las historias de la gente.
Esa es la razón por la que decimos muchas veces: «no me hables de comunismo, que yo lo viví». Porque a muchos no nos interesa lo que dicen los libros, porque lo que he hemos vivido ha sido tan terrible, tan traumático en algunos casos, que no queremos un discurso que invalide nuestras historias. Este debate, aunque incómodo, es necesario; precisamente porque ese símbolo de las gorras envía un mensaje y abre una conversación que no hay que postergar. La Cuba del futuro no va a empezar el día después de la transición a la democracia: es una nación que se está imaginando, discutiendo, negociando y construyendo desde ahora. Preguntarnos sobre los símbolos que usamos para hablar de libertad es preguntarnos sobre el tipo de libertad y nación que queremos.
No hay por qué tener miedo al debate de ideas. Tener miedo al debate de ideas, al desacuerdo, es como tener miedo a la democracia. Debatir forma parte de los esfuerzos por democratizar Cuba. No nos debilita, nos fortalece. Demuestra al régimen, y al mundo que nos quiera ver, que existe una disidencia diversa y compleja en Cuba, que tampoco de este lado nos metemos en cajas herméticas ni esperamos que otros lo hagan. Cuba será libre en la medida en que los cubanos, en cualquier parte, lo seamos; asumiendo los riesgos y responsabilidades que implica.
Al menos yo, no pienso callarme. Mi compromiso con los derechos de los otros no pasa por el silenciamiento de mi conciencia. Yo lucho por una Cuba donde exista espacio para mí y para gente como yo, que no calla nunca lo que considera urgente, que defiende su verdad. Y me importan y duelen tanto las vidas de los inmigrantes acá, cubanos o no cubanos, como las de los cubanos allá.
También soy una convencida de que, para ser honrada, hay que pensar y hablar sin hipocresías.
