¿Venezuela será el «muro de Berlín» del régimen cubano? 

    «Cayó, marica, cayó Maduro, se lo llevaron los gringos». Los gritos de mi vecino venezolano en Lima se escuchaban en casi todo el edificio durante la madrugada del 3 de enero. Hablaba por videollamada desde un balcón. A ratos se apartaba de la pantalla, se doblaba sobre sí mismo. Lloraba.

    Minutos después, muy cerca, comenzaron a estallar algunos fuegos artificiales. Aunque no habían dejado de sonar durante las noches previas, esta vez el alboroto no celebraba el Año Nuevo. Se trataba de otros venezolanos que, como mi vecino, festejaban.

    Sobre el ataque de Estados Unidos a Caracas y otros puntos se sabía poco a esa hora. Bastaron, sin embargo, unos minutos para que entre muchos venezolanos exiliados se impusiera un sentimiento de alegría. Sí, alegría ante el anuncio de una posible captura del sucesor de Chávez.

    A la mañana siguiente, cuando salí al parqueo, alguien me gritó desde un piso cercano: «cubana, vamos a ser libres, llegó nuestro momento». Apenas había cruzado palabras con el joven, pero ese día sintió —y yo también— que algo nos unía. Y tenía razón.

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    Primera fotografía de Nicolás Maduro tras su captura en Venezuela, compartida por Trump
    Primera fotografía de Nicolás Maduro tras su captura en Venezuela, compartida por Trump

    En los días siguientes comenzaron a conocerse los detalles de la operación militar relámpago de fuerzas especiales norteamericanas para capturar a Nicolás Maduro y Cilia Flores, ahora recluidos en una cárcel federal de Nueva York, donde serán juzgados por delitos vinculados al tráfico de drogas hacia Estados Unidos.

    Maduro —el heredero del chavismo que días antes de su captura bailaba ante las cámaras y desafiaba a Washington con un «vengan por mí, cobardes»—, fue sacado con su esposa de un cuartel militar venezolano en plena madrugada, luego de que las fuerzas estadounidenses burlaran los anillos de seguridad, integrados en parte por militares cubanos. Su imagen, esposado de pies y manos, recorrió las primeras planas del mundo.

    Apenas cinco días después de la captura, desde el Palacio de Miraflores, la dupla formada por Delcy Rodríguez y su hermano Jorge Rodríguez anunció la excarcelación de presos políticos y un supuesto momento de «apertura», «diversidad» y mayor «espiritualidad» en el país sudamericano. También informaron sobre llamadas cordiales con Donald Trump, mientras el director de la CIA, John Ratcliffe, llegaba a Venezuela.

    El servicio de inteligencia exterior estadounidense fue parte de la «Operación Resolución Absoluta» del 3 de enero, que dejó destrozos en el Fuerte Tiuna —principal complejo militar de Caracas—, la base aérea de La Carlota, el recinto de antenas de El Volcán y el puerto de La Guaira, además de un saldo de al menos 100 fallecidos, entre ellos 32 militares cubanos. Pero las noticias desde Venezuela ya no dibujan un escenario muy hostil hacia el ejército y la inteligencia estadounidense.

    Los expertos advierten que el chavismo-madurismo sigue en el poder y no se ha desmantelado la élite que condujo al colapso económico del país y al exilio de más de ocho millones de personas. Sin embargo, algo comenzó a resquebrajarse, al menos en el plano simbólico: la idea de la invulnerabilidad del poder.

    También comenzó una refriega verbal entre Washington y La Habana, mientras se expandía la idea de una posible «caída» —más temprano que tarde— del régimen cubano.

    El chavismo se ha impuesto durante 27 años; el castrismo, por más de seis décadas. Pero, ¿qué ocurre cuando el poder deja de percibirse como eterno?

    En Cuba no se observa lo que ocurre en Venezuela desde la distancia. Desde hace más de dos décadas ambos regímenes han funcionado como aliados políticos y socios estratégicos. La supervivencia del Estado cubano ha estado ligada, en buena medida, al sostén venezolano: petróleo subsidiado, financiamiento y una arquitectura económica diseñada para compensar la improductividad interna.

    El chavismo no fue solo un aliado ideológico, sino un salvavidas material tras el colapso soviético. Por eso, cada sacudida en Caracas se siente en los pasillos del poder en La Habana como una amenaza directa, no simbólica, sino existencial. También lo intuyen los cubanos.

    «He estado pensando en que es tiempo de levantar la cabeza. No es un secreto para nadie que, a raíz de los últimos sucesos ocurridos en Venezuela, se ha disparado la esperanza de que ocurra un cambio radical en Cuba que permita el final de la dictadura y el inicio de una era de democracia y prosperidad», escribió en redes sociales el sacerdote católico Alberto Reyes.

    «Sin embargo, junto a la esperanza, el miedo ha hecho nido en los corazones de muchos cubanos (…) En realidad, la vida hay que empujarla, hay que asumir los dolores del parto y hacer nacer a la criatura porque, cuando tengamos al niño en brazos, ya iremos aprendiendo cómo lidiar con él; pero el niño, esa sociedad nueva, necesita nacer», agregó el párroco, una de las voces más críticas en la institución religiosa.

    ¿Puede Venezuela convertirse en el «muro de Berlín» del régimen cubano? ¿Estamos ante un momento comparable al de 1989, un punto simbólico de quiebre para un orden político que durante décadas se percibió como invulnerable?

    Estudiantes de Alemania oriental sentados sobre el muro de Berlín en noviembre de 1989 / foto: Universidad de Minnesota
    Estudiantes de Alemania oriental sentados sobre el muro de Berlín en noviembre de 1989 / foto: Universidad de Minnesota

    La caída del Muro de Berlín no fue solo la apertura de un paso entre dos ciudades. Fue la grieta más visible del quiebre de un sistema que parecía inamovible. En cuestión de meses, los regímenes comunistas de Europa del Este aceleraron su derrumbe: Polonia, Hungría y Checoslovaquia transitaron hacia salidas negociadas; Rumania vivió un colapso violento; Alemania se reunificó en menos de un año. En 1991, la Unión Soviética dejó de existir.Nada de eso fue ordenado ni inmediato. Pero el quiebre ya era irreversible: el comunismo dejó de percibirse como un horizonte eterno y el «socialismo real» pasó a ser un sistema históricamente agotado. El muro no cayó porque alguien lo decretó, sino porque dejó de ser obedecido.

    Aquel noviembre de 1989 se erosiona la idea de que ciertos sistemas estaban blindados frente al tiempo, la presión social o su propio desgaste interno. No marcó el fin inmediato de los autoritarismos comunistas, sino el inicio de una grieta mental —irreversible— en la noción de obediencia perpetua.

    Para Cuba aquel derrumbe externo no produjo un desmantelamiento del poder de Fidel Castro, sino su reconfiguración. Mientras el socialismo en Europa del Este desarmaba sus viejas estructuras, el Estado totalitario cubano convirtió la crisis en método de control y la escasez fue aprovechada como instrumento de disciplinamiento político. El castrismo no cayó: se cerró sobre sí mismo, hasta que encontró en la Venezuela de Hugo Chávez un organismo que colonizar.

    La grieta en el caso cubano vendría mucho después de 1989 y no fue solo una intuición importada. Se abrió desde dentro.

    El 11 de julio de 2021, miles de personas salieron a las calles del país para reclamar una vida digna y dar gritos de «libertad». Fue la mayor protesta antigubernamental desde 1959 y la demostración más clara de que el miedo —pilar central del control político— podría romperse. Durante un par de días el poder dejó de parecer intocable.

    No cayó el régimen. Se sostuvo a través de la represión, con cientos de presos políticos y una narrativa de guerra interna que aún persiste.

    El castrismo sobrevivió al 11J por la fuerza, no porque se haya alcanzado ningún consenso social. Pero algo cambió para siempre: quedó demostrado que la obediencia no era natural ni eterna, solo administrada.

    Hoy, luego de que en Venezuela un régimen que se creyó inexpugnable fuera vulnerado en cuestión de horas, la pregunta no es si la historia se repite, sino qué hacen los poderes que observan esa escena desde sistemas construidos sobre la promesa de eternidad. Los momentos simbólicos no derriban regímenes por sí solos, pero los obligan a mirarse en un espejo incómodo: el de su propia fragilidad. 

    Cuando esa imagen se filtra —aunque sea por un instante— y cala en las personas sometidas, el poder deja de gobernar desde la certeza y empieza a hacerlo desde el miedo.

    Símbolos, miedo y supervivencia

    Maduro junto a Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel / Foto tomada de Internet
    Maduro junto a Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel / Foto tomada de Internet

    Por estos días el Estado cubano no exhibe fortaleza, sino nerviosismo. Tras el ataque en Venezuela y las insinuaciones de Donald Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, sobre un posible «colapso» del régimen de La Habana, el tono oficial se volvió más agresivo. 

    En la prensa estatal y en las redes proliferan imágenes del aparato militar cubano —a ratos rozando la caricatura—, la propaganda se acelera y el discurso de plaza sitiada se infla a toda velocidad. Los regímenes seguros no reaccionan con premura. Los que se sienten interpelados, sí.

    Aun así, se trata de un sistema diseñado para sobrevivir a los colapsos ajenos. En Cuba, la invulnerabilidad política se reconfiguró tras el derrumbe socialista de finales de los 80: el Estado convirtió la crisis permanente en método de control y desplazó el poder desde la figura del líder menguante hacia una red militar, económica y familiar. Por eso, figuras como Miguel Díaz-Canel resultan intercambiables frente a la estructura que las sostienen.

    Pero los símbolos pesan más de lo que los regímenes están dispuestos a admitir.

    «Lo simbólico siempre va a jugar un papel. La política está cargada de simbolismos permanentemente», dice el politólogo argentino Felipe Galli. 

    Para él, Cuba es, desde hace décadas, un caso extremo: un sistema que ha sobrevivido menos por su capacidad de ofrecer futuro que por su habilidad para administrar gestos, fechas, consignas y rituales de poder.

    No es casual, apunta, que uno de los golpes más profundos al castrismo en los últimos años no haya sido económico ni institucional, sino simbólico: «El 11 de julio, la sola fecha, ya le provee a la oposición cubana de un simbolismo abrumador. No contaban con esa fecha, no contaban con su 26 de julio».

    No obstante, el analista advierte que los regímenes no se evaporan de un día para otro, aunque sus estructuras formales sí puedan ser barridas en cuestión de horas. Golpes militares, disoluciones institucionales o capturas espectaculares pueden producir un quiebre inmediato sobre el papel. Lo que no cambia con la misma rapidez es la forma en que la sociedad percibe el poder.

    «Hay cosas que sí pueden cambiar de un día para otro —por ejemplo, la posibilidad de salir a celebrar en la calle—, pero las huellas del autoritarismo tardan décadas en desaparecer», explica.

    El politólogo advierte que los resabios del autoritarismo no desaparecen con la caída de un gobierno y, en muchos casos, ni siquiera con el exilio. Estos vestigios, menciona, «se ven incluso en sectores de la diáspora cubana», donde persisten lógicas aprendidas en sistemas totalitarios: la intolerancia al disenso, la idea del enemigo absoluto, la dificultad de convivir en un marco democrático.

    «Hay resabios del autoritarismo que a la sociedad cubana le va a costar décadas superar, y hay personas concretas que quizás no lo superen nunca», agrega Galli.

    A su juicio, el problema central en Cuba no es que la población no perciba la fragilidad del castrismo.: «Hace mucho tiempo que los cubanos se han dado cuenta de que el régimen está débil; lo que no existe es la articulación de una fuerza alternativa que pueda decir: “yo puedo asumir el poder mañana con este plan determinado”».

    En Venezuela, explica Galli, figuras como la líder opositora María Corina Machado, o su candidato a las elecciones de 2024 —amañadas por Maduro—, Edmundo González, han logrado encarnar esa posibilidad, incluso sin garantizar una transición inmediata. En Cuba, en cambio, ese vacío persiste.

    El escenario más peligroso, advierte, no es la ausencia de cambio, sino una transición falsa: una reconfiguración del poder sin democracia real, aceptada por actores externos.

    «Podría darse una salida a la rusa: se eliminan los símbolos más visibles del castrismo, se retocan algunos marcos legales, se levantan sanciones, y nada cambia de fondo».

    Para evitar ese desenlace, insiste el politólogo, no bastan la presión externa ni las fisuras internas del poder. Es indispensable una fuerza política alternativa con un programa mínimo de transición: atender la emergencia humanitaria, garantizar libertades básicas y convocar elecciones libres. 

    «Los símbolos ya están. Lo que falta es quién empuje el muro cuando empiece a ceder», opina Galli.

    Dentro de la isla, hay quienes todavía creen que ese muro parece inamovible. 

    Mercedes Guerra, residente en Villa Clara, dijo a El Estornudo que, aunque no consume el noticiero ni otros espacios de la propaganda estatal, lo poco que le llega del oficialismo repite una fórmula conocida: Trump es una amenaza, Maduro es una víctima del imperialismo y los militares cubanos convertidos en héroes.

    «A mí me da igual lo que digan. Nada de esa propaganda me da de comer; de hecho, por eso estamos como estamos. Pero tampoco creo en esas advertencias recientes de que Estados Unidos vaya a intervenir en Cuba o de que estemos cerca de un cambio real», dice.

    Guerra, una profesora universitaria retirada, mira el momento actual con una perspectiva más larga. «Yo pasé el Periodo especial —y ahora estamos peor— mientras en Europa del Este ocurría algo radicalmente distinto: no la supervivencia del viejo orden, sino su desmantelamiento acelerado. Y aquí siguieron en el poder los mismos jefes del Partido Comunista».

    Dice que en Venezuela «cayó Maduro, y ellos [en el Gobierno cubano] siguen ahí, en el mismo lugar y con la misma gente. Yo no tengo esperanzas. No creo que vaya a vivir para ver un cambio en este país, tan perdido y a la deriva».

    En tanto, desde Houston, Roberto Darío Guevara cuenta que conducía su rastra en la madrugada del 3 de enero de 2026, cuando paró a comer y se encontró con venezolanos y otros latinos celebrando la captura de Maduro.

    «Me emocioné muchísimo. Lo único que pensaba era si a nosotros, los cubanos, nos pasaría algo así algún día. Me di cuenta de cuánto me importaba un cambio radical en Cuba, de lo mucho que quería ver a mi madre allá, pero celebrando que esa mierda se cayó. De verdad, la noche no será eterna. Ninguna lo es».

    Para la doctora en Ciencias Filosóficas, Alina Bárbara López Hernández, «lo que resulta innegable es esta verdad: los ciclos históricos son implacables». «Ningún gobierno mantiene eternamente el apoyo popular si no se lo gana. Gobernar no es un cheque en blanco, aunque algunos gobernantes así lo crean. Sobre eso debería tomar nota el gobierno cubano, y no porque yo piense que los norteamericanos harán lo mismo acá, donde no hay petróleo ni azúcar ni industria ni nada atractivo que estimule una intervención imperialista; pero, viéndose en el espejo de Maduro, deberían aprender a ser menos prepotentes; tampoco tienen ya la base social que hace décadas tuvieron. Están tan solos como la dictadura de Maduro», publicó en un artículo de Cuba X Cuba, la profesora y ensayista cubana. 

    Nombrar un muro no lo derriba. Tampoco la caída de otro, lejos. Caen cuando la grieta simbólica encuentra un empuje político, social y humano capaz de hacerla irreversible. Sin eso, los regímenes aprenden a sobrevivir incluso a sus propias derrotas.

    Aquella madrugada en Lima, mientras un vecino lloraba desde un balcón y otros celebraban, la sensación fue real: algo se había movido. No en Cuba, no todavía. Pero sí en la idea —tan cuidadosamente cultivada— de que el poder es intocable. Tal vez eso sea lo único que puede caer de un día para otro: la ilusión de eternidad.

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