Estas fotografías no intentan explicar Cuba. Tampoco resumen su crisis. Se sitúan en otro umbral: el de hacer visible su forma de desgaste.
No aparecen aquí los grandes acontecimientos, sino sus consecuencias más lentas y persistentes. Lo que se ve no es el estallido, sino el sedimento. No hay evento. No hay noticia. Sino aquello que se acumula lentamente en los cuerpos, en los gestos, en los muros, en los objetos mínimos.
El rostro no es entendido como retrato psicológico; más bien funciona como dispositivo de lectura, como superficie histórica, como espacio donde la nación se pliega y se delata. Lo que aparece en estas imágenes no es el individuo aislado, sino una condición compartida: la persistencia dentro del agotamiento.


Estas fotografías operan en el territorio de lo documental, hasta cierto punto, pero desconfían del impulso testimonial clásico, rehúyen la lógica del impacto. No buscan la denuncia frontal ni la eficacia del escándalo; no hay voluntad de denuncia directa, operan desde una ética de la permanencia. Hay una economía del silencio. La cámara no señala culpables, no acusa, acompaña, y en ese acompañamiento aparece una forma de verdad menos estridente, tal vez más fácil de digerir. Registra consecuencias. Desde ese gesto, la imagen se vuelve una forma de pensamiento antes que una ilustración de la carencia.


El hambre, la ruina, la infancia interrumpida, la vejez desprotegida, los cuerpos que esperan, los objetos que resisten hasta el agotamiento, los espacios que se agrietan: todo compone una gramática de la precariedad donde lo económico, lo afectivo y lo simbólico se cruzan sin separaciones nítidas, cada elemento funciona como signo de algo mayor que no termina de decirse. La escasez aquí no es únicamente material. Es también simbólica, afectiva, temporal, de futuro, de estabilidad, de promesas cumplidas.
La serie se organiza como un cortejo. No en clave melodramática, sino como una secuencia de estados. Cada imagen avanza sin clausura. No hay resolución. Hay continuidad. Un tiempo espeso donde la espera se vuelve estructura. Un tiempo espeso donde lo social y lo íntimo se confunden.




El gesto fotográfico no es heroico. La cámara no se impone sobre la escena. Es persistente. No irrumpe. No roba. No dramatiza, está lejos de estetizar la pobreza como espectáculo. Observa desde una ética de proximidad. Permanece a la altura del acontecimiento mínimo. Y es en esa cercanía donde lo político aparece no como consigna, sino como desgaste cotidiano. Sostiene la mirada cuando el impulso más común sería retirarla.
Estas fotografías no buscan conmiseración. Tampoco buscan provocar shock. Se sustentan en una tensión más delicada: la de obligar a mirar sin redención inmediata. El espectador no es invitado a consumir una tragedia, sino a permanecer frente a una realidad que no ofrece una salida clara. Una realidad donde la supervivencia no es épica, sino una forma agotadora de insistencia.



Aquí, la fotografía no intenta salvar nada. Pero tampoco abandona. Su función es sostener la mirada cuando todo invita a retirarla. El fotógrafo solo busca mirar directo a los ojos de Cuba, a través de las miradas de aquellos que más sufren esa nación encadenada.


***
Dainier Silva Fernández (Camagüey, Cuba, 1985) es fotógrafo, ensayista visual y curador independiente. Graduado en Estudios Socioculturales, comenzó su práctica fotográfica en 2018 desde una relación crítica con el documental, entendiendo la imagen no solo como registro, sino como espacio de pensamiento. Su obra se mueve entre la fotografía de calle, el retrato y la construcción conceptual, con un interés sostenido en los procesos de memoria, desgaste, identidad, persistencia y precariedad. Es coautor del fotolibro Rostros y rincones. 100 instantes de una Cuba.



(Statement y fotografías de Dainier Silva).




Deprimente. Deberia llamarse el fin de los tiempos. La densa oscuridad opaca cualquier asomo de luz.