Ahora, si escuchas a Benito, te incluyen en un bando. Lo quieras o no, te ubican ahí. Parecieras pertenecer a una ganga y vendrías siendo algo así como un delincuente que apoya el vocabulario vulgar y una música que degrada a la mujer y a la familia. Para los conservadores de biblia bajo el brazo y rosario en mano, somos casi una secta. Antes, el Conejo Malo no les preocupaba tanto, pero las cosas se aceleraron desde que Benito, que es como me gusta llamarlo, reivindicó pertenecer a la comunidad avasallada por el poder. Claro, Benito venía protestando desde mucho antes, en Puerto Rico, volviendo político el reguetón, pero, para algunos, la vida comienza en la estación Trump.
Me resulta ridículo tener que debatir sobre esto. Para mí, es sumamente sencillo, escucho una música, conecto con ella y no tengo que explicar a nadie por qué la conexión ocurre. Me niego a aceptar que gente sin swing quiera hacerme creer que se trata de una pose, y a la vez he descubierto que no defiendo a Benito cuando otros creen que lo hago, porque en realidad se trata de defender derechos. Ciertamente, me empodero si lo veo vestido de mujer, cantando y perreando sola, y me emociono cuando habla del pitorro de coco que le regaló su abuelo y yo recuerdo al mío, a mi abuelo en Santa Clara, que me regalaba una botella de ron el día que yo me iba a la calle a bailar para olvidar el país en el que vivía y del que desesperadamente ya quería escapar. Adoro el coro de «si tu novio no te mama el culo, pa eso que no mame», porque sé que les molesta a los conservadores, tal vez los primeros que no saben mamarlo.
Lo que más me llama la atención es el ensañamiento, el odio. Pero lo entiendo, porque Benito ha sido muy transgresor. No solo musicalmente. Se pinta las uñas, se viste de mujer, critica al poder político y pone en primer lugar a Puerto Rico, una isla que pertenece a Estados Unidos pero que gran parte de los estadounidenses no sabría siquiera ubicar en el mapa. Benito llena estadios. Hizo que la gente tomara un avión hasta San Juan y pagara hoteles y entradas para verlo, oxigenando así a una isla cansada y con apagones. Yo he crecido con Benito, me ha obligado a romper mis límites. Amo manejar con él, y una fiesta sin Benito y no es igual.
Este domingo, en una reunión familiar en Miami, un hombre se molestó porque dije que estaba esperando el half time del Super Bowl para ver a Benito. Enseguida me colocó en el bando contrario al suyo, el bando de los trumpistas. Me sentí muy orgullosa. Me cuestionó, lo cuestioné y, como casi todos los que adoran a su mesías, me mandó irme por la frontera. A estos tipos les molesta la gente que quiere amar a su mismo sexo, les molesta otro color que no sea el de ellos, les molesta que una mujer perree sola, y todo lo que no esté alineado a los estatutos de su partido. Vivimos en un tiempo donde ejercer tu libertad es algo muy peligroso, porque la libertad ofende y no deberías escuchar eso, bailar eso, pensar eso, y mucho menos decir eso.
Pero Benito funciona como un bálsamo y, más que odio, ha ganado el respeto de quien lo subestimó, de quien dice que no canta, pero aplaude su civismo y humanidad. Yo me siento plena de haberlo encontrado, de saber que comparto un lugar con mucha más gente que lo ama. Este domingo, el Conejo fue el rey del mundo, trece minutos de la fockin vibra más hermosa, del orgullo latino rompiendo en un estadio con miles de americanos. Plantó en medio del terreno un campo de caña y gente del caserío. No hizo falta andamiajes, ni colgarse del aire. Bastó con subirse a un poste de luz y gritar «cuidado con mi corillo, que somos un montón», declarando que es imposible sacarnos a todos de aquí, que vinimos a quedarnos, porque en Estados Unidos todo se mezcla y esa es justamente su grandeza.
El Caribe ocupó la escena, trascendió fronteras y campañas de odio. El amor triunfó. Benito trajo al césped todas las banderas latinoamericanas, haciendo que los que tienen que andar escondidos tengan todavía una esperanza, aun cuando saben que mucha gente de su propio pueblo votó contra ellos. Hay figuras con voz que no harán silencio. Aquí hemos de permanecer, porque no es lugar donde murieron nuestros abuelos, pero sí donde nacieron nuestros hijos. Por la mañana, café; por la tarde, ron.
