Ahora que la serie de ciencia ficción Stranger Things ha vuelto a ser tendencia en la industria del entretenimiento mainstream, tras el lanzamiento de su quinta y última temporada a finales del año pasado, quiero recuperar un elemento de esa ficción para analizar el ataque militar de Estados Unidos en Venezuela y la captura del dictador Nicolás Maduro: el Upside Down. No tanto con el ánimo de simplificar sino de iluminar con una metáfora una realidad un poco difícil de percibir y todavía más de explicar.
Para quienes no han visto la serie de los hermanos (Matt y Ross) Duffer, lanzada en Netflix en 2016, vale precisar que el Upside Down es una dimensión paralela del mundo real, bastante siniestra, donde existe un ecosistema formado por criaturas monstruosas que buscan conquistar y colonizar el mundo real. No sabemos mucho acerca de sus orígenes, pero eso no importa. Lo que importa es que, debido a una serie de experimentos científicos y militares, entre ambas dimensiones se abre una grieta que genera múltiples puntos de acceso entre ambas dimensiones, y ahí básicamente comienzan los problemas que impulsan la historia.
Algo similar podemos decir que ocurre de nuestro lado de la pantalla. Mientras millones de personas vivimos enfocadas en ganarnos la vida, pagar la renta y poner un plato de comida sobre la mesa, hay fuerzas distintas y opuestas que operan en una dimensión paralela, subterránea, preferiblemente lejos de la luz pública, donde se negocian y deciden nuestros destinos. Se trata de un Upside Down real, no fantástico, en el que no hay monstruos sobrenaturales sino Estados, corporaciones y aparatos militares batallando despiadadamente entre sí por la conquista y preservación de la hegemonía en el mundo.

A ese Upside Down, por lo general, le llamamos geopolítica. Un término que puede parecer demasiado abstracto, pero que hace referencia a un juego brutalmente concreto, que dispone del planeta como tablero y desafía los sistemas de valores tradicionales. Aquí no hay reglas que busquen garantizar justicia para cada participante: hay lógicas de reproducción de poder. En el mejor de los casos, hay equilibrios y desequilibrios.
Así como en Stranger Things las criaturas monstruosas del Upside Down no actúan movidas por ideologías, creencias o proyectos políticos, sino por un instinto expansivo de supervivencia, en la geopolítica los poderes en pugna actúan como ecosistemas que buscan garantizar lo mismo. La diferencia central radica en que, en Stranger Things, las criaturas monstruosas no necesitan elaborar discursos para legitimarse y, en el mundo real, esos poderes sí necesitan relatos y argumentos, porque los seres humanos necesitamos significados. Pero no hay manera de entender a profundidad el ataque de Estados Unidos en Venezuela si no despojamos a los distintos poderes de sus vestiduras ideológicas.
En medio de tanto fuego cruzado, de tantas discusiones filosóficas, políticas y morales sobre lo que ocurre ahora mismo, conviene no pasar por alto que, en este juego, la mayoría de nosotros estamos relegados a la posición de espectadores, cuando no de víctimas directas. En el tablero de la geopolítica, no solemos ser sujetos hacedores de historia ni ciudadanos con derechos plenos, sino fichas desplazables o sacrificables; como si mirar o morir fueran los únicos roles previstos para nosotros. Y nuestra única oportunidad para alterar un poco el equilibrio del tablero a nuestro favor dependerá de nuestra capacidad para entender que lo que mueve a las grandes potencias no son tanto las ideologías que declaran como los intereses que persiguen.
Claro que Estados Unidos no mandó a la Delta Force a capturar a Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores porque estuviera obedeciendo a nobles ideales de justicia, o porque Donald Trump tuviera un arrebato de altruismo y se conmoviera por las opresiones que el pueblo venezolano ha venido sufriendo durante casi 30 años. Está de más intentar aleccionar a quienes celebran los arrestos de sus opresores, que no suelen engañarse pensando que Venezuela le importa a Estados Unidos más allá de sus propósitos. Quienes se engañan son quienes creen que un pueblo que sobrevive a un sistema autoritario, en desesperación por quitarse de encima la bota militar que lo asfixia, va a seguir la misma línea de razonamiento que un pueblo que vive en un sistema democrático que, aunque imperfecto, ofrece opciones electorales, parlamentarias, civiles y judiciales para tramitar sus conflictos.
Venezuela no es un país que pende de un hilo en el espacio. Venezuela se encuentra en la zona de influencia de un imperio —Estados Unidos— que atraviesa un momento tenso de su rivalidad con otro imperio: China. Aquí no hay héroes ni villanos en el sentido clásico. Lo que está en disputa no es una abstracción ideológica, sino el control de recursos estratégicos, cadenas de suministro y tecnologías clave para la seguridad y la defensa en el siglo XXI, en la que también inciden otros centros de poder importantes, como Rusia, Irán o la Unión Europea. Y Nicolás Maduro, muy imprudentemente, quizás como consecuencia de pasar tantos años en el poder, subestimó ese escenario de rivalidad.
Trump tuvo varios momentos de sinceridad en su conferencia de prensa del 3 de enero. Ahí no habló solamente a la opinión pública, a la que mintió sin el menor pudor cuando dijo que ya Venezuela era libre. No habló solamente a las figuras políticas y militares del régimen de Maduro, que continúan dominando el Ejército, el Estado y las instituciones públicas, a quienes amenazó con capturar en nuevos ataques militares si no cooperaban con su administración y trataban bien al pueblo. Trump habló, sobre todo, a sus adversarios y vecinos.
El líder republicano dijo que, bajo su nueva Estrategia de Seguridad Nacional, «el dominio estadounidense en el hemisferio occidental nunca volverá a ser cuestionado», y reconoció que planea mantener las «leyes de hierro que siempre han determinado el poder global». Sin embargo, la frase más clarificadora de todas fue la siguiente: «El futuro estará determinado por la capacidad de proteger el comercio, el territorio y los recursos que son fundamentales para la seguridad nacional. Estos son fundamentales para nuestra seguridad nacional».
Pero esos «recursos fundamentales para la seguridad nacional» no son las reservas de petróleo. Más que el petróleo, tan repetido en las discusiones —y acusaciones— de todos los bandos que han opinado sobre el ataque de Estados Unidos en Venezuela, porque el mismo Trump insistió en ese tema durante su discurso, en la rivalidad geopolítica contemporánea importan las tierras raras y los chips. Estados Unidos no necesita el petróleo de Venezuela. Aunque no cuenta con reservas probadas como las de Venezuela, que son las más grandes que existen, Estados Unidos sí es el primer productor de petróleo del mundo —seguido por Rusia, Arabia Saudita y Canadá—, mientras que Venezuela se ha ubicado últimamente en el número 18.
¿Por qué Estados Unidos no necesita el petróleo venezolano?
Desde 2021, Estados Unidos exporta más petróleo y productos derivados de los que importa. En 2023, importó unos 8,51 millones de barriles diarios (b/d) desde 86 países, según la Administración de Información Energética de Estados Unidos. La mayor parte de esas importaciones, cerca del 76 por ciento, correspondió a petróleo crudo. En paralelo, las exportaciones estadounidenses ascendieron a 10,15 millones de b/d, con destino a 173 países y a tres territorios estadounidenses (Samoa Americana, Puerto Rico e Islas Vírgenes de Estados Unidos), lo que consolidó a Estados Unidos como exportador neto de petróleo y derivados.
Si bien la llegada de Hugo Chávez al poder tensó las relaciones entre Venezuela y Estados Unidos —en especial tras el proceso de nacionalización y expropiación de activos en el sector petrolero, que afectó a empresas estadounidenses—, el comercio entre ambas naciones no se interrumpió de inmediato. Estados Unidos había sido el principal mercado del petróleo venezolano durante buena parte del siglo XX y lo siguió siendo durante la primera década del siglo XXI. Sin embargo, en la década siguiente esa primacía comenzó a erosionarse de forma gradual, en la medida en que Venezuela buscó diversificar sus vínculos comerciales y China comenzó a posicionarse como comprador.
El único período en que las ventas de petróleo venezolano a Estados Unidos se interrumpieron de manera casi total fue entre 2019 y 2023, como resultado de sanciones impuestas por Donald Trump al sector petrolero venezolano, que luego Joe Biden mantuvo, con licencias muy acotadas. El objetivo declarado fue presionar a Nicolás Maduro y forzar una transición política tras elecciones presidenciales fraudulentas, ampliamente cuestionadas por la oposición y la comunidad internacional, que suscitaron una crisis política en 2018.

Ahí, en ese contexto, China se convirtió en el comprador dominante del crudo venezolano. Llegó a absorber, en distintos momentos, entre 55 y 90 por ciento de sus exportaciones, muchas de ellas canalizadas de forma indirecta. Por su parte, Estados Unidos reorganizó sus suministros y sustituyó el crudo venezolano con importaciones desde Canadá —su proveedor dominante—, México, Arabia Saudita, Irak y Brasil. Cuando en 2023 se produjo una reanudación parcial del comercio petrolero entre Venezuela y Estados Unidos, los volúmenes quedaron muy por debajo de los niveles previos a 2019.
El 4 de enero, en una entrevista con “Meet the Press” de NBC News, el Secretario de Estado Marco Rubio reconoció que, aunque a la administración de Trump le importa la democracia del país suramericano, su prioridad es «la seguridad, el bienestar y la prosperidad de Estados Unidos». Ante la pregunta de por qué necesitaban tomar el control de la industria petrolera venezolana, respondió: «Nosotros no necesitamos el petróleo de Venezuela. Tenemos mucho petróleo en Estados Unidos. Lo que no vamos a permitir es que la industria petrolera en Venezuela sea controlada por adversarios de Estados Unidos».
«Tienes que entender por qué China necesita su petróleo, por qué Rusia necesita su petróleo, por qué Irán necesita su petróleo —agregó Rubio. Ellos ni siquiera están en este continente. Este es el hemisferio occidental, donde nosotros vivimos, y no vamos a permitir que el hemisferio occidental sea una base de operaciones para adversarios, competidores y rivales de Estados Unidos».
¿Significa esto que Estados Unidos perjudicaría a China por controlar el petróleo venezolano? En lo absoluto. Bajo el mando de Nicolás Maduro, Venezuela no representaba para China lo mismo que China representaba para Venezuela. China, el mayor importador de petróleo del mundo, no depende del mercado venezolano para garantizar sus necesidades y consumos. De Venezuela importaba menos del cinco por ciento de su consumo. El resto, lo compra principalmente a Rusia, Arabia Saudita e Irak, y a muchos otros países de Medio Oriente, África y América.
Hay que aclarar que el petróleo representa apenas menos del uno por ciento de la generación eléctrica en China. Su sistema energético se alimenta, sobre todo, con carbón y fuentes renovables. En 2023, según datos de la Administración de Información Energética de Estados Unidos, 64 por ciento de la electricidad provino de combustibles fósiles —carbón (59,3 por ciento) y gas natural—; cerca de 31 por ciento, de energías renovables (hidroeléctrica, eólica y solar) y, el resto, de plantas nucleares. China importa petróleo principalmente para sustentar sus gigantescas redes de transporte y la industria petroquímica.
Incluso, en 2024, China importó cerca de 320 mil barriles diarios de Estados Unidos; una cifra pequeña con respecto al total que compró, que fueron unos 11 millones, pero no muy distante a la que importó de Venezuela, estimada en 350 mil barriles diarios —incluyendo las vías indirectas utilizadas para esquivar sanciones. Ya en 2025 la dinámica cambió.
Según datos citados por Reuters, las exportaciones de crudo y combustibles de Venezuela superaron los 900 mil barriles diarios en algunos meses del año pasado, y China se posicionó como su principal destino. En noviembre, por ejemplo, adquirió cerca del 80 por ciento de esos envíos, equivalentes a unos 746 mil barriles diarios. Al finalizar el año, Venezuela había exportado a China entre 390 mil y 470 mil barriles diarios, y a Estados Unidos, entre 100 mil 150 mil barriles diarios.
Tierras raras y chips avanzados
¿Qué sí necesita Estados Unidos? Tierras raras, que no son ni tierras ni raras. En sentido estricto, son un grupo de 17 elementos metálicos, con propiedades físicas y químicas similares, que incluye 15 lantánidos, más el itrio y el escandio. Su nombre es un residuo del lenguaje científico de los siglos XVIII y XIX, que consideraba esos 17 elementos metálicos como óxidos estables, porque aparecen mezclados entre sí, casi nunca en concentraciones puras, y en ese entonces no existía la tecnología necesaria para aislarlos.
Su origen último no es terrestre, sino cósmico: provienen de explosiones estelares, supernovas y colisiones de estrellas de neutrones que ocurrieron hace miles de millones de años, antes del nacimiento del sistema solar, y se incorporaron al material primigenio con que se formó la Tierra. Son literalmente polvo de estrellas.
No son metales preciosos, como el oro, ni especialmente escasos en la geología del planeta, pero sí se han vuelto estratégicos. Ricardo Prego Reboredo, profesor del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España, decía a BBC Mundo en 2023 que, sin ellos, nuestras sociedades no serían de alta tecnología. «Es decir, cuando empezaron a desarrollarse y a descubrirse sus propiedades y aplicaciones, en la década de 1960 con la televisión en color, se desarrolló toda la parte de electrónica y otra serie de dispositivos, de tal manera que si ahora los quitaras de la sociedad volveríamos a la década de los 60», argumentó.

Las tierras raras están presentes, aunque de manera casi imperceptible, en gran parte de nuestra cotidianidad: en pantallas de celulares, televisores computadoras; en motores de vehículos eléctricos, neveras y aires acondicionados; en aleaciones que refuerzan estructuras de aviones, bicicletas deportivas o raquetas de tenis; o en bombillos fluorescentes y luces LED. Además, se utilizan para generar fuentes de energía renovable (eólica y solar), realizar resonancias magnéticas y fabricar láseres médicos y equipos de diagnóstico y tratamientos oncológicos.
Pero su aplicación más sensible es la militar. Las propiedades magnéticas y electrónicas de esos 17 elementos son vitales para la fabricación de drones, sistemas de guiado de misiles, radares, submarinos y aviones de combate, que contribuyen a volver más letales, precisos y autónomos los sistemas de defensa de un Estado.
Juan Diego Rodríguez Blanco, profesor asociado del Trinity College Dublin e investigador del Centro de investigación de Geociencias Aplicadas de Irlanda, también consultado en 2023 por BBC Mundo, las describió como el petróleo del siglo XXI. «No hay prácticamente rama de la ciencia de la tecnología que no emplee tierras raras», dijo.
Todavía hoy su rareza sigue dada por la complejidad técnica, industrial y ambiental de los procesos de extracción, separación, refinado y producción de componentes para otras industrias. «Es como si tienes un plato de sopa y tienes que extraer de ahí la sal que has utilizado. Si hubiera que extraer los fideos a lo mejor sería más fácil, pero la sal está en muy pequeña cantidad y es más trabajoso», explicó Rodríguez Blanco.
¿Cuál es el problema? Que China domina la cadena de suministros de tierras raras: concentra alrededor del 90 por ciento de la capacidad de procesamiento y entre el 60 y 70 por ciento de la producción. Un monopolio que construyó durante décadas de inversión industrial y subsidios estatales. Y también ofreciendo precios competitivos que eliminaron del mercado a otras industrias y asumiendo inmensos costos humanos y ambientales —sobre los cuales no permite cobertura periodística— que otros países eligieron evitar. Como consecuencia, hoy el nivel de dependencia a China para que las sociedades no retrocedamos al 1960 es mayúsculo.
Para rematar, China dispone de las mayores reservas de tierras raras conocidas del mundo: 44 millones de toneladas, cerca del 49 por ciento del total, según estimaciones del Servicio Geológico de Estados Unidos. Le siguen Brasil, con 21 millones; Rusia, con 10 millones; Australia, con 4 millones; y Vietnam, con 3.5 millones —aunque aquí existe controversia. Estados Unidos cuenta con un aproximado de 1,9 millones de toneladas, localizadas sobre todo en el yacimiento de Mountain Pass, en California. Ahí opera desde 2017 la empresa MP Materials, que el Departamento de Defensa de Estados Unidos consideró oportuno comenzar a «apadrinar» en julio de 2025, al realizar una adquisición de capital valorada en 400 millones de dólares. Sin embargo, cerca del 70 por ciento de las tierras raras que consume Estados Unidos provienen de China.
Un peldaño por encima de Estados Unidos en el ranking de reservas, con estimaciones que oscilan entre 1,5 y 2 millones de toneladas, se halla una de las obsesiones de Donald Trump: Groenlandia, territorio autónomo bajo soberanía danesa, que tras el ataque en Venezuela regresó a los titulares de noticias como otro blanco hipotético de una operación militar.
¿Dónde China pierde preponderancia? En la producción y diseño de chips, sobre todo de los avanzados, y semiconductores. De esta parte menos «sucia» del negocio se encargan distintas empresas privadas, principalmente en Taiwán, Países Bajos, Corea del Sur y Estados Unidos, que suelen operar con gran apoyo gubernamental y bajo estrictos controles. Intervienen también otros países, como Japón y Alemania, la cadena es extensa y compleja, pero estos son los vitales.
La Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC) produce cerca de 90 por ciento de los chips avanzados del mundo, que resultan indispensables para inteligencia artificial, sistemas militares, vigilancia, y entre 55 y 60 por ciento de los semiconductores por contrato —incluyendo chips de todas las gamas. Holanda, con la Advanced Semiconductor Materials Lithography (ASML), alberga la única empresa que fabrica máquinas de litografía ultravioleta extrema (EUV), necesarias para imprimir transistores y fabricar chips de última generación. Corea del Sur, mediante Samsung Electronics, aporta entre 15 y 17 por ciento de la producción global de semiconductores; especialmente chips de memoria. Y Estados Unidos es el cerebro domina el software, el diseño y la propiedad intelectual de los chips avanzados, con compañías como NVIDIA, que lidera el desarrollo de procesadores gráficos y aceleradores de inteligencia artificial.
Si bien Taiwán o Corea del Sur fabrican los chips, el gobierno de Estados Unidos, mediante diversos mecanismos legales —como la Regla de Productos Extranjeros Directos— puede intervenir en el proceso de comercialización, cuando se trata de chips que utilizaron software, tecnología o equipos estadounidenses. Y así lo hace para intentar impedir que China continúe ganando ventaja en el tablero; aunque no siempre lo logra. Cuando no, se vale de la diplomacia y pacta con gobiernos aliados para cerrar las brechas de acceso a los chips y tecnologías que considera de interés para la seguridad nacional.
Por su parte, China desarrolla su propia industria, encabezada por empresas como Semiconductor Manufacturing International Corporation (SMIC), que produce chips maduros y de gama media, pero todavía no ha logrado producir de forma autónoma los más avanzados, los de 5, 3 o 2 nanómetros. Para tener una idea de las dimensiones, acudiré a una explicación que realizó un periodista de The New York Times a partir de una vista a TSMC: «Un glóbulo rojo humano mide alrededor de 7000 nanómetros (milmillonésimas de metro) de ancho, y TSMC está desarrollando chips de 1,4 nanómetros».
Durante varias décadas, Estados Unidos y China sostuvieron una relación comercial bastante sana y estable. Pero en 2017 empezó la crisis en torno a los chips y las tierras raras, cuando la administración de Donald Trump, en su Estrategia de Seguridad Nacional, consideró a China —y también a Rusia, pero puso énfasis en China— como una amenaza potencial. Ya en octubre de 2022, con Joe Biden, en la Casa Blanca, la crisis escala a otro nivel, cuando cambia drásticamente la política hacia la nación asiática y se implementan medidas para intentar frenar su desarrollo tecnológico y militar. Por ejemplo: impedir a las empresas estadounidenses exportar equipos de fabricación de microchips de alta gama a China.
Gina Raimondo, secretaria de Comercio, dijo entonces: «Queremos promover el comercio y la inversión en áreas que no amenacen nuestros intereses económicos y de seguridad nacional fundamentales ni los valores de los derechos humanos».
China, por supuesto, respondió al golpe. En 2023 comenzó a cerrar los suministros de tierras raras, de los imanes que producía con ellas, y de tecnologías para extracción minera de las mismas. Luego, en 2024, el forcejeo entre ambos países se volvió más serio. De un lado y de otro se han ido extremando los controles. Ha habido espionaje, encarcelamientos en China, robo de información en Holanda, hasta que llegamos al presente. Que con Trump casi todo luzca más espectacular, por su discurso beligerante, muchas veces grosero, no significa que esta rivalidad empezara con él ni se limite a su mandato.
La luz al final del túnel
Maduro fue un pobre diablo que quedó atrapado en el centro del ring. Además de tirano, fue torpe, negligente, soberbio. Cometió el error de creer que se encontraba en igualdad de condiciones para negociar con Estados Unidos. Confío más de la cuenta en las figuras políticas y militares de su entorno. O quién sabe quiso dejarse llevar.
Los cargos de implicación de su régimen en el narcotráfico —sobre los cuales el periodismo independiente venezolano ha aportado evidencias— ofrecieron no el motivo pero sí la oportunidad. Permitieron construir un relato ante la opinión pública y un sustento legal, más o menos defendible, ante el sistema americano. El pueblo venezolano no protestaría y quienes quedaran en la estructura de poder en Venezuela protestarían ante las cámaras y negociarían en privado. Y si de paso se resquebrajaba un poco el crimen organizado en torno al tráfico de drogas, Estados Unidos ganaba algo extra.
Pero la sensacional operación militar de Estados Unidos en Venezuela fue, ante todo, una demostración de fuerza. Si surtirá o no algún efecto positivo para Estados Unidos en su pugna con China, Rusia e Irán, el tiempo lo dirá. No es mi interés aquí discutir su estrategia para intentar mantener la hegemonía mundial. Mi interés es exponer el juego del que somos parte nosotros, los simples mortales, para analizar nuestras posibilidades; no con cinismo, no con resignación, sino con conciencia crítica de las relaciones de poder en las cuales existimos.
Más que identificar los intereses de Estados Unidos, China, Irán o Rusia, porque Estados Unidos no juega contra sí mismo en este tablero, el desafío es encontrar la manera de usar esta fractura a nuestro favor. Si no para ganar, para conseguir la tan anhelada transición a la democración, al menos sí para avanzar un poco más. La lucidez no tiene por qué quitarnos la esperanza.
La lección más importante que podemos sacar de la historia es que siempre existe un margen para lo inesperado. Puede parecernos estrecho ese margen, pensado en el contexto de la geopolítica, pero ha alcanzado más de una vez para cambiar el destino de los pueblos.

Excelente analysis: iluminador, abarcador, profundo. Gracias! soy fan de Stranger Things. resulta genial la metafora.