Esta doctrina no carece de su propia lógica interna. Identifica correctamente los fracasos del cambio de régimen tradicional. Reconoce las restricciones políticas domésticas sobre los compromisos exteriores prolongados. Explota la asimetría de poder entre Estados Unidos y las pequeñas naciones caribeñas y latinoamericanas con eficiencia despiadada.
A Trump le interesa obtener una capacidad de gobernar ilimitada para los próximos tres años; a los textualistas como Gorsuch o los institucionalistas como Roberts les interesa el legado que deje esta Corte Suprema. No se les escapa que una ampliación del poder ejecutivo podría ser igualmente usada por un gobernante demócrata, y esa visión a largo plazo quizá sea suficiente para ponerle algún freno a la agenda frenética del actual mandatario.
Un grupo de muchachos valientes ha salido en defensa de otros muchachos valientes que la Seguridad del Estado encarceló en Holguín por crear contenido...
La realidad es que en el sistema político norteamericano es prácticamente imposible quitar al presidente de su cargo. No existen, como sí en otras democracias, los votos de (no) confianza, la sustitución parlamentaria o el referendo popular.