Hoy, en una de las pequeñas cajas artesanales construidas y pirograbadas por mi padre en Cuba, cajas que me traje al Uruguay con algunos de mis más preciados recuerdos, encontré su antiguo reloj de pulsera. El reloj, un Vostok («Boctok» o «Wostock» significa, en ruso, «Este») en su metal opaco y desgastado, nunca reclamó miradas curiosas. Sin brillo —del tipo «submarino»— era un objeto sin glamour y fabricado en grandes cantidades. Objeto pesado y casi tosco, sobrio y descolorido, fue hecho para durar y no para seducir o satisfacer deseos o pulsiones subliminales. Pienso en él y no puedo verlo solo como un artefacto para medir el paso del tiempo, sino, además, como una forma de estar en el mundo: la forma socialista de estar en el mundo. Un modo, también, de aceptar el paso del tiempo sin dramatismo, sin ansiedad. El tiempo y la sociedad no como espectáculos del capital, tal como señalaba el francés Guy Debord, sino el tiempo como trabajo; como trabajo del tiempo sobre el tiempo y, sobre todo, trabajo del tiempo sobre los cuerpos. Y esto, que era ideología en aquellos regímenes —un engranaje gigantesco del que Cuba fue una pequeña rueda dentada destinada a transmitir movimiento—, es el verdadero drama y horror de esta forma histórica y social de estar.
En otro texto he apuntado algunas de las peculiaridades de mi padre. Era un hombre, digamos, con un «sublime» egoísmo; pero un hombre que, al mismo tiempo, no tenía en su vida casi posesiones materiales o de valor. Por tanto, no hablaba mucho de los objetos que tenía. Y, por supuesto, tampoco hablaba de su reloj Vostok… pero el reloj siempre estaba en su muñeca. No como algo elegido en algún momento; estaba ahí porque, sencillamente, no podía estar en otro lugar. Junto con la sortija —primero de oro con una piedra negra; después, plateada, también con piedra negra—, no recuerdo que se lo quitara salvo para dormir o para bañarse.
He dicho en otro lugar que mi padre amaba el jazz y, en especial, al trompetista norteamericano Chet Baker. Ahora pienso en el reloj, en mi padre y en Chet Baker, y veo, o intuyo, un paralelo: una línea simbólica de continuidad. Miraba su reloj con la misma atención con que escuchaba al trompetista. No eran, creo, gestos casuales; poco hay de casualidad en algunos destinos, como en algún lugar dice José Lezama Lima. El trompetista norteamericano, el ángel con el rostro arrugado y marchito, con su tono melancólico y apagado, era el acompañamiento predilecto en sus horas de trabajo artesanal. Y el Vostok, con su sonido mecánico, tierno y casi apagado, parecía responder al ritmo íntimo de esos sonidos del jazz de la West Coast —no el bebop ni el hard bop, por supuesto—, creando una simbiosis entre el sonido y la materia: entre la música y el tiempo, entre la vida y lo que suavemente se despeña por un precipicio. Reloj y trompeta midiendo, no los minutos musicales o temporales, sino la densidad de cada instante que se vive, se goza o se padece.
El reloj de mi padre venía de lejos, como tantos objetos en la Cuba de los años «soviéticos». Más de diez mil kilómetros de distancia. Desde el corazón del continente ruso. Otro mundo natural y biológico. Otra forma política. Y más: otra forma mental y corporal de estar en el tiempo histórico. Esta otra «forma» que, por oportunismo y ambición, quiso imponerse en la caribeña Cuba, que tiene otra densidad, otra materialidad de la naturaleza, las cosas, los hombres y las vidas. En resumen: otra pulsión vital. El Vostok de mi padre era un objeto soviético —no ruso, no es lo mismo—, y eso, que como niño no significaba nada para mí, lo cargaba de una gravedad especial y diferente. No era solo un mecanismo de acero y engranajes que funcionaba, sin olvidar sus pequeñas piedras rojas y preciosas a lo interno: era, lo dije arriba, una concepción del tiempo distinta a la caribeña insular; una concepción continental y más «esteparia»: de grandes extensiones y de un milenio de cultura euroasiática. Toda una filosofía silenciosa de resistencia y utilidad. ¿Cómo no recordar, ahora, aquel paciente constructor de campanas de iglesia en Andréi Rubliov, la película de Andréi Tarkovski? Lo nuestro, Cuba, es la isla abierta a los cuatro vientos y a su propia violencia: violencia del barracón, la esclavitud y el mayoral. Isla y violencia atravesada tantas veces por su propia ingravidez e intrascendencia.
El reloj de mi padre me recordó, también, mi primer reloj de pulsera. Un Poljot que, con el dinero de uno de sus libros científicos nunca publicados, pero sí pagados, mi padre me compró en los años ochenta por solo 75 pesos. Recuerdo cuando me lo trajo en su pequeña y hermosa caja rectangular. Era un reloj con una esfera azul oscuro, como de cielo estrellado y constante. En ese momento, por supuesto, yo hubiera preferido un reloj de moda, un Orient o un Seiko, tal vez un Casio digital, todos relojes japoneses. Hoy no cambiaría por nada esa pequeña maravilla que era el Poljot. Con él, supongo, aprendí a medir mis propias horas diferenciadas de las horas de mis padres; aprendí a medir mi propio tiempo vital y social. Ese Poljot no fue solo un reloj; fue un objeto, un gesto del cariño; un fragmento de su mundo mecánico de horas, traspasado a mi mundo adolescentario, no mecánico aún, sino vital y fragmentario. Un mundo —el de mi padre— que me fue transmitido para acompañarme. Un mundo que, quiéralo yo o no, me ha dado conciencia de la paciencia, del tiempo de espera necesario en todo del tiempo encarnado que debemos respetar, cuidar y legar a nuestra descendencia.
A diferencia del tiempo medido en forma digital, ningún reloj mecánico —mucho menos este imperfecto reloj soviético— promete precisión absoluta. Y esto, por la sencilla razón de que su mecanismo en constante roce se desgasta, acero sobre acero, es el tiempo y su pátina, o la pátina que el tiempo va dejando sobre los objetos que toca. En lo digital no hay roce, solo transmisión de señales, números, signos, algoritmos. Pero un Vostok, y cualquier reloj mecánico, transmite y promete resistencia. Promete seguir funcionando, aunque el mundo a su alrededor se deteriore o se derrumbe. Por ejemplo, cayó el mundo socialista, cayó la URSS y cayeron sus satélites, y él siguió funcionando. Un reloj soviético de pulsera, al igual que los automóviles, la ropa, el calzado y demás objetos domésticos, no se fabricaron para una vitrina inútil y bien iluminada; se hicieron para la rudeza del uso diario, para soportar frío, nieve y otras inclemencias: golpes, agua, humedad y abandono. Y hasta, quién sabe, un culatazo en una prisión perdida en la taiga solitaria. Esto, en algún sentido, lo hacía afín a mi padre que trabajaba en un central azucarero, aunque evidentemente su mundo espiritual no correspondí al central y la producción con máquinas.
Al igual que su reloj, mi padre era un hombre que tampoco prometía mucho. Es más, no lo recuerdo haciendo ninguna promesa. Así, tampoco hacía grandes declaraciones en su cotidianidad. No hablaba de sueños imposibles o posibles. Cumplía. Se levantaba temprano, cinco de la mañana, para irse al central Granma en Coliseo, provincia de Matanzas. Volvía del trabajo sobre las tres de la tarde, en un camión o cualquier otro medio de transporte. Volvía cansado, supongo. Repetía el gesto día tras día. Cuando lo visitaba en San Miguel de los Baños, después del trabajo lo veía doblar por la esquina con su sonrisa perenne. En ese repetir quiero ver una ética silenciosa del trabajo y de estar en la vida y en el tiempo. Una ética como el sonido apagado del reloj: constante, pero sin épica.
A veces, yo también, imitándolo a él, me ponía el reloj en la oreja y escuchaba su sonido, no fuerte pero presente; un sonido constante que confirmaba que aquel «animal» seguía vivo. Un latido mecánico que no tenía nada que ver con el silencio pulido de los relojes actuales.
Como todo reloj, el Vostok medía el tiempo, sí, pero también lo marcaba. Lo marcaba en el cuerpo de mi padre tantas veces expuesto en el Central a un sol inclemente: la muñeca ligeramente más clara donde el reloj cubría. El gesto automático y pausado de mirarlo sin prisa; la costumbre que tenía de apoyarlo contra el oído para comprobar que seguía funcionando. Era un gesto que, en cierta forma, a mí me impresionaba. Es decir: su mente científica hacía que no confiara ciegamente, inclusive, cuando veía la aguja del «segundero» moviéndose sobre la esfera oscura. ¿Escuchaba? ¿Verificaba con el oído? No lo sé con certeza, puesto que mi padre con el transcurso de los años se fue quedando sordo por el ruido que hacia la maquinaria también en movimiento del Central. Comoquiera, años después he pensado que el tiempo fue para él no otra de sus fórmulas matemáticas, ni tampoco una abstracción segura, sino algo que debía ser confirmado con regularidad.
Con la música que escuchaba he llegado a pensar lo mismo. Ponía el cassette en la pequeña grabadora de periodista que le regaló una amiga mexicana. Cerraba los ojos y parecía medir cada compás, cada respiración, o el aliento cansado de la voz y la trompeta de Chet Baker. Se veía: no había precipitación. No había impaciencia. Solo la escucha y la presencia. Hoy lo pienso y lo veo ahí sentado en su pequeño estudio mientras pirogrababa la madera. La combinación de jazz, reloj y artesanía construían un universo en miniatura, privado, donde la fidelidad al sonido de la música, al reloj que estaba, pero, por supuesto, no se escuchaba, y a nuestras propias voces, creaba un acontecimiento interior más importante que cualquier cosa que ocurriera «afuera».
Como el origen de tantos objetos de la era soviética en Cuba, el del Vostok era difuso. Nunca supe cómo llegó a la muñeca de mi padre. ¿Un regalo de alguien? ¿Un intercambio con algún amigo del trabajo? Una compra en alguna de las tiendas de Centro Habana, antiguas tiendas del capitalismo de los años cincuenta en Cuba, convertidas en tiendas paupérrimas y miserables con algún que otro producto o mercancía del campo socialista, y sobre todo de la URSS. Y si fue así, también, supongo que mi padre lo haya comprado sin mucha reflexión o capacidad de escoger entre varios modelos. Aquellos también eran años de desabastecimiento crónico en Cuba.
Cabe la posibilidad de que, al tener su nombre en ruso en la esfera, «Boctok», el reloj haya venido directamente en la muñeca de algún cubano que, por alguna razón, estuvo en la URSS, y mi padre lo haya obtenido en algún intercambio. A mi hermano mayor le escuché una historia de intercambio por su reloj Enicar —del que sí no recuerdo absolutamente nada— y algo más de dinero, es decir, algo de dinero para mi padre.
Creo que esa vaguedad en el origen de los objetos de la cotidianidad en Cuba, también era coherente con la sociedad en que vivíamos. Estos objetos de la era soviética no siempre, por no decir casi nunca, llegaban envueltos en una historia de decisiones propias y claras. A veces simplemente aparecían en casa y por alguna razón se quedaban. Así recuerdo su pequeño tocadiscos alemán de color gris en su maleta, o su ventilador, de un hermoso rojo vino, que llamábamos «el circulador». Y ni hablar de los tantos pares de sandalias que le vi a lo largo de los años, sandalias que tanto le gustaban, y que también venían del campo socialista. Hasta yo, en mis 20 años, heredé un par, de cuero carmelita y de excelente calidad. No me las quitaba, hasta que las suelas se partieron irremediablemente.
El Vostok se fabricaba en la Unión Soviética, en la fábrica de Chistopol, en el corazón de Tatarstán… la Tartaria. Era producto de una industria que, en realidad, nunca despuntó, salvo en la construcción de maquinaria pesada; «modo de hacer» industrial que, entre los años sesenta y ochenta, se extendió como suministradora de objetos esenciales para la vida cotidiana en los países del llamado «bloque socialista». Una vida mezquina y miserable en un supuesto bloque de naciones amigas, hermanas que, años más tarde, nos enteramos que estaba lleno de grietas y fisuras, de odio visceral y resentimiento cubierto con sangre y dolor humano. Cuba, integrada al CAME [Consejo de Ayuda Mutua Económica], con el soporte logístico y vital que le brindaba la URSS, el pulmón de hierro que mal que bien la sujetaba a aquel modo de organización social, era un diente más en aquella maquinaria «rusqui-parrusqui», tantas veces diabólica. ¿Nuestra función dentro del engranaje? Aparte del suministro de algunos productos tropicales y del mar, la exportación e infiltración de la Revolución Socialista en países del llamado Tercer Mundo, sobre todo, en América Latina y África; una función que, por demás, jamás estuvo exenta de roces y conflictos entre La Habana y Moscú.
Paradójicamente, el reloj era también símbolo de la relación complicada de mi padre con la historia en general, y con su historia personal en la Cuba socialista de los años setenta y ochenta. En el otro texto lo mencioné: mi padre fue un furibundo anticomunista y antisoviético formado en la lectura de las revistas Reader´s Digest que circulaban en la Cuba de los años cincuenta, con su interminable propaganda —después también supimos que era real— sobre los crímenes del estalinismo. Así, paradójicamente, tenía en la muñeca un fragmento de otro lugar y otra lógica vital que despreciaba profundamente. La desilusión de mi padre con respecto a lo que iba a ser Cuba llegó bien temprano. Un día —me contó— caminaba por una calle de Matanzas. De repente ve a un joven vestido de verdeolivo y con un pequeño prendedor en la solapa de la chaqueta. El prendedor era una bandera soviética: la hoz y el martillo. Ahí —me dijo— confirmó lo que ya sospechaba: aquello era comunismo al modo soviético. Claro, la vida siempre es más compleja que nuestras limitadas apreciaciones. Toda su vida mi padre intentó irse para los Estados Unidos. Nunca lo logró. Con 60 años, en 1993, logró viajar allá con su esposa, invitado por un amigo de su infancia que estaba de vacacionista en el Balneario de San Miguel de los Baños. Fue a Estados Unidos, a Miami, y «aquello» no le gustó. No era la sociedad norteamericana que él conoció en los años cincuenta. Recuerdo que me decía: las dos sociedades son una mierda… pero esta, Cuba, ¡es mi mierda!
En aquella Cuba gris de las consignas y la ideología omnipresente y desaforada, aquella Cuba de las cartillas de racionamiento donde había que escoger si comprabas un calzoncillo o un par de medias, aquella Cuba de colas interminables hasta para comer en un restaurant o para tomarse un helado en Coppelia, aquella Cuba sin artículos de consumo duraderos y de calidad, donde la espera era parte metafísica de la compra y la paciencia casi un requisito ético y moral, en aquella Cuba imagino que tener un Vostok podría significar casi un lujo técnico, una verdadera tierra firme bajo los pies: suponía poseer algo que, en principio, estaba hecho para no romperse, algo que se mantendría firme en el tiempo mientras otros bienes cedían al desgaste, la escasez, la rotura sin posibilidad de reposición.
Ahora recuerdo la ceremonia casi protocolar en que Hernán Henríquez, creador de Gugulandia, dibujante de animados y carteles de cine —esposo de mi tía Liana, hermana de mi madre—, le regaló a mi padrastro —quien tenía un Raketa, cuadrado, gris y feo— su flamante y bonito Orient de esfera azul. El hecho ocurrió cuando ellos, en 1980, como «escorias», se fueron en una lancha por el puerto de Mariel, después de haber entrado y salido de la embajada del Perú en Miramar. También recuerdo a mi abuela Nena, madre de mi madre y su hermana Liana, a quien Hernán le puso con toda razón «vieja arpía», quitándole el Orient a mi padrastro porque alguien en el barrio le había ofrecido comprárselo. Finalmente, el reloj no fue vendido y le fue dado a mi hermano, por nuestra abuela, cuando este comenzó a vivir en su preciosa casa de 9na y 60 en Playa, La Habana. Pero cada vez que mi hermano hacía algo mal o que disgustaba a mi abuela, entonces Nena, «la vieja arpía», lo amenazaba con quitarle el dichoso reloj. Un día mi hermano se cansó del chantaje continuado y se lo devolvió. En pocos días el Orient de esfera azul fue vendido a un vecino que se lo pagó a 350 «guayacanes» (palabras textuales de mi abuela). Así eran de miserables nuestros días heroicos en la Cuba de los setenta y ochenta.
Pasaron los años y pasaron, no una, sino cien águilas sobre el mar. Pasó el tiempo y el reloj envejeció. Se rayó su acero. Perdió el brillo. El cristal se llenó de ralladuras, de marcas, como si un cuchillo lo hubiera dañado en forma irremediable. La manilla de metal se rompió y tuve que cambiársela. Pero creo que nunca ha dejado de funcionar. Solo cuando he dejado de darle cuerda. Hoy, viviendo en Uruguay, puedo restaurarlo, dejarlo como nuevo, e incluso —por lo que he visto en otros Vostok restaurados— dejarlo mejor de cuando era nuevo. Pero no me interesa. No sería, creo, el mismo reloj de mi padre. Y el de mi padre es el que yo quiero conservar.
Al igual que el reloj, mi padre envejeció. Y murió de un fulminante ataque de asma en 2012. Envejeció de manera similar al reloj: sin quejarse, sin dramatizar el desgaste corporal. Con una aceptación tan cercana al estoicismo filosófico y al budismo zen y su metáfora central de la impermanencia. Eso sí, siempre delgado y ágil; la mente afilada, lúcida, perfecta, y generadora de ideas nuevas. Fue en sus cinco años finales que aprendió japonés de forma autodidacta. Esto, hasta el punto de cartearse con japoneses… Cuando murió, ya lo he contado, preparaba clases de física y de inglés para sus estudiantes. En resumen: cuerpo en marcha y reloj andando.
Después de cumplir los 50 años a mí me ha dado por pensar en este reloj, el Vostok. Y creo que el tiempo que medía era un tiempo diferente al que vivimos ahora, y al que yo estoy viviendo en Uruguay. No era el tiempo del consumo mercantil, el de andar haciendo cien cosas rápidas y atropelladas en un día: trabajo, pagar facturas, compras de alimento en el mercado, rápida consulta del email y las redes sociales. Diríamos: un tiempo exterior a nosotros mismos: tiempo de la productividad frenética. El tiempo del reloj Vostok, y el del mundo que con él se extinguió, ese «mundo de ayer» —un poco en el sentido que le da Stefan Zweig—, era un tiempo de jornadas y días largos, de conversaciones más despaciosas, de trabajos y ritmos laborales que se repetían cotidianamente, de pequeñas rutinas en el hogar y en el trato con nuestros semejantes: un tiempo… ¿más humano?
Hoy los relojes prometen una exactitud milimétrica. Un golpe de sincronización global; qué digo global, ¡casi a nivel galáctico! Una conexión permanente con el ritmo acelerado del tiempo que fluye. Y eso es lo nos lleva como bueyes conducidos por el narigón. Nos duele, nos sangra la nariz lacerada, y seguimos como si nada. Vivimos anestesiados. Lo peor de esta danza macabra tecnológica que llamamos vida es lo siguiente: sabemos del siniestro final que nos espera. Y es como si no nos importara tirarnos por un precipicio.
El reloj de mi padre no prometía nada de esto. Solo prometía no romperse, y hoy lo llevo en la muñeca casi a diario. Prometía no traicionar el tiempo marcado y signado por él mismo, y ahí está, funcionando y con solo un atraso de dos minutos cada 24 horas… Y en ese simple compromiso vital de seguir trabajando, el Vostok sostuvo, quizá, la ética de un hombre —mi padre y toda una generación de cubanos— que nunca reclamaron a la vida más de lo que la vida le —les— podía dar para sostenerse.
Cuando mi padre murió, el reloj quedó. Como quedan los objetos personales cuando el cuerpo se va rápido y sin avisar —aunque, en realidad, el cuerpo se queda. Quedan sin asidero vital, sin un núcleo que organice estas diferentes existencias y sus pulsiones inorgánicas, que tributan a la necesidad y la vida humanas. Objetos cargados con una presencia extraña, dada, tal vez, por la propia dispersión que en un segundo invadió sus vidas de objetos inanimados… quedan. Ya no marcan el tiempo personal e íntimo de alguien, pero de alguna manera pueden comenzar a marcar el tiempo en general, y este tiempo general convertirse en el tiempo humano de alguien más. Así, los objetos comienzan a vivir una nueva vida. Esto puede haber ocurrido con el reloj de mi padre y con mi propio tiempo personal.
Un día, mi hermano, que con regularidad viajaba a San Miguel de los Baños, Matanzas, donde vivía mi padre, me trajo dos de sus pertenencias. Un libro y el reloj. El arco y la lira de Octavio Paz, con todos los subrayados y notas que mi padre había hecho en sus márgenes. Y el Vostok. No creo en coincidencias. Menos en este caso.
Tomar en mi mano aquel artefacto descolorido y dañado no fue un acto difícil, o cargado de alguna trascendencia. Ese viejo reloj solo ha tomado esta dimensión, cuasi metafísica, ahora que sobre él escribo. Y este es, para mí, el sentido mayor de la escritura. Sentido que no está, más o menos, en su perfección formal, sino en las «avenidas del recuerdo», no exentas de errores y de significativos olvidos, que se abren en el acto mismo de escribir.
Lo que sí es seguro es que pesaba menos de lo que yo recordaba. Claro, yo también era otro: un niño. Y ahora lo recibí siendo un adulto. Escuche nuevamente su sonido. Andaba sin problemas. Probé el mecanismo de la cuerda en la corona. El lugar exacto, y no otro, donde el mecanismo comienza a funcionar. Y enseguida, al darle cuerda, sentí esa resistencia que siempre me ha gustado tanto. En ese sonido, en esa resistencia, en el movimiento de las agujas con la corona, encontré la continuidad que había sostenido toda la vida del reloj: un hilo mecánico y rítmico que ajustaba el pasado (la vida de mi padre), el presente (momento en que lo recibo el reloj y lo uso) y el futuro (el reloj en mi destino).
El Vostok de mi padre no es un recuerdo sentimental, no es una reliquia ni un fetiche, sino el símbolo de un naufragio: individual, la vida de mi padre, truncada por un sistema que no acepta o permite el disenso y la crítica; social y colectivo, un sistema de convivencia entre los seres humanos que hizo de lo aburrido y lo feo, lo romo y lo torpe, convertidos en lo macabro y lo siniestro, su razón fundamental de existir. Por supuesto, no lo uso todos los días. A veces lo guardo. A veces me lo pongo y lo exhibo en mi muñeca, sabiendo que a nadie le interesa, que la mayoría de las personas que me rodean acá, en Uruguay, no saben lo que es un reloj Vostok y, posiblemente, no saben siquiera qué fue la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Y yo solo quiero que siga siendo lo que siempre ha sido: un reloj que marcha.
Cuando lo llevo puesto en mi muñeca me siento diferente. Como si me habitara algo similar a un continuo silencioso. No una herencia grandilocuente, zarista imperial o soviética revolucionaria, sino una transmisión menor, mínima, minoritaria, en sentido deleuziano. Seguir, hacer, durar… La música de Chet Baker, que aprendí a escuchar solo de adulto, pareciera encontrar un eco apagado en el suave tic-tac del Vostok; un acompañamiento desde lo invisible que cada día me recuerda que la presencia de un hombre se mide, no solo por su legado —hijo, libro escrito, árbol sembrado—, sino también por lo que dejó funcionando a su alrededor en el momento de su muerto.
El reloj de mi padre no me enseña a medir mejor el tiempo. Creo que su enseñanza fundamental es no exigirle, al propio tiempo, más de lo que puede dar. Aceptar que pasa con o sin nosotros, con nuestros seres queridos o sin ellos, en la vida y en la muerte, en su cursar indetenible de «oscuro enemigo que nos corroe el corazón» (Baudelaire). O, quizá, idea antigua, que el tiempo no transcurre y somos nosotros los que pasamos, devastándonos, a través de él. Y que lo único ético, lo único digno de nuestra condición humana es acompañarlo. Quiero creer que mi padre hizo eso por mí, y que aún continúa haciéndolo. El reloj también. Y tal vez eso sea todo lo que verdaderamente importa.


