Hay una escena en Parque Jurásico donde los personajes miran con fascinación un mosquito atrapado en un trozo de ámbar. El insecto lleva millones de años muerto, pero se ve perfecto: dorado, brillante, intacto. El pasado 1 de febrero, en la edición 68 de los Grammy, la música cubana volvió a «triunfar».
Los titulares celebraron que Gloria Estefan, Gonzalo Rubalcaba y el musical de Buena Vista Social Club se llevaran sus respectivos gramófonos a casa. Premios merecidos, sí, pero si apartamos el confeti, lo que aparece es un patrón: la industria musical global ha decidido que la Cuba que merece ser premiada es la que ya no existe.
No se trata de calidad ni de talento; lo que Estefan, Rubalcaba y los productores de Broadway trajeron son grabaciones de primer nivel. Pero mientras la música latina sigue mutando, mezclándose, borrando fronteras, los premios para Cuba son invariablemente ejercicios de memoria. La Academia nos quiere, pero nos quiere en pretérito. Nos aplaude desde la distancia, con la cortesía que se les reserva a las piezas de museo.
Días antes de la ceremonia, la periodista Judy Cantor-Navas se preguntaba en su newsletter Cuba On Record si los Grammy de Jazz Latino no eran siempre «la misma vieja canción». El diagnóstico, con todo, vale para algo más que una categoría.
Más que un mapa de nuestra evolución sonora, los ganadores cubanos del Grammy anglo en el siglo XXI forman un pequeño panteón de vacas sagradas encasilladas en géneros muy específicos. El jazz latino, por ejemplo, ha sido durante años una alternancia entre unos pocos nombres, con Chucho Valdés y Paquito D’Rivera repartiéndose la gloria con una regularidad casi burocrática. Son genios, pero que el reconocimiento siga orbitando casi exclusivamente en torno a los fundadores de Irakere revela menos sobre el jazz cubano que sobre la pereza de los votantes.
Como recordó la propia Cantor-Navas, el entonces director de la Academia Neil Portnow advertía en 2011 que en el Latin Jazz «los mismos artistas reciben el Grammy año tras año porque es una comunidad muy pequeña». Catorce años después, Portnow tenía razón en el síntoma y estaba equivocado en el diagnóstico. La comunidad no es pequeña, lo que es pequeño es el perímetro que la Academia le traza. Fuera de ese círculo hay una escena en movimiento que la institución elige no ver, y esa omisión se replica en casi todas las categorías donde compite música cubana.
Hay excepciones, claro: Los Van Van en el 2000 con Llegó… Van Van, Alex Cuba en 2022 con Mendó; momentos en los que artistas con un sonido propio y contemporáneo lograron cruzar la puerta por la que casi nadie pasa. Pero son exactamente eso, excepciones. En lo que va de siglo, la música popular cubana ha mutado, se ha mezclado con los sonidos urbanos, ha colapsado y ha vuelto a nacer en formas que la Academia ni siquiera tiene categoría para nombrar.
Sin embargo, en 2026 están premiando la adaptación teatral de un disco de 1997 que, a su vez, fue celebrado por rescatar del olvido a músicos y sonoridades de los años cuarenta. Es una matrioshka de añoranzas; Broadway tomó la historia real de esos viejos trovadores, la pulió con cuidado y la convirtió en una fábula diseñada para emocionar a Times Square.
Buena Vista hace tiempo dejó de ser una banda para convertirse en marca-país, en la «Cuba for export» definitiva. Es un parque temático de la memoria, un lugar donde la pobreza se disimula con guayaberas, donde las ruinas de La Habana funcionan sobre todo como decorado y donde el tiempo se detuvo convenientemente antes de que la Revolución complicara el paisaje. Al premiar el musical, la industria repite el mismo mensaje: esta es la Cuba que entiende; la que no abandona la tradición, la que no tiene reguetón, la que sonríe con humildad y toca el tres con esa elegancia rústica tan reconfortante.
La misma lógica, aunque más sofisticada, opera en el caso de Rubalcaba. A Tribute to Benny Moré and Nat King Cole, el disco con el que se llevó el Grammy de Jazz Latino junto a los saxofonistas Yanier Horta y Joey Calveiro, es un ejercicio de espiritismo de alta fidelidad que sienta al Benny y al King en la misma mesa y los pone a conversar. El resultado conmueve, pero la brújula vuelve a apuntar hacia atrás.
Gloria Estefan llega con Raíces y su quinto Grammy anglo. El año pasado, Bemba Colorá —el track de Sheila E. en el que compartía protagonismo con Mimy Succar— ganó en Mejor Interpretación de Música Global; una fusión afrolatina, pero reconocida en una categoría que implica diálogo con el presente. Este año, con un álbum que se llama Raíces y que suena exactamente a lo que promete el título, la Academia la devuelve al redil tropical, como si el precio de salir a explorar fuera pagar peaje y regresar al cuarto de las reliquias.
Aun así, sería exagerado decir que la Academia no escucha; las nominaciones a veces son una vitrina de la diversidad. En la carrera por el Grammy a Mejor Álbum Tropical, Gloria Estefan no estaba sola; por ahí andaba un tal Alain Pérez, la antítesis del museo. Pocas personas como él encarnan la evolución de la música cubana: un tipo que pasó por el flamenco con Paco de Lucía, que dirigió la orquesta de Celia Cruz y que regresó a Cuba para hacer una timba sofisticada, nerviosa. Alain, que representa el riesgo de mezclar el conservatorio con la esquina del barrio, perdió.
Alain Pérez no es una anomalía; es parte de una constelación de artistas —que incluye nombres como Daymé Arocena y Cimafunk— que hoy piensan la música cubana desde el presente. La Academia los conoce, pero a la hora de entregar el gramófono, la mano vuelve al mismo estante de siempre, al de la nostalgia empaquetada en alta definición.
Afuera del perímetro de lo que el radar institucional registra, la música cubana está siendo otra cosa. Land Whales hace shoegaze denso y envolvente desde La Habana, más cerca de Slowdive que del son. BeutNoise diseña bass music con tanta precisión que terminó firmando con Disciple Round Table, un sello global de dubstep. Chezca Zana convirtió el Palón Divino en un mosh pit y se volvió viral. Mamá Estoy Brillando*, llama a lo suyo «sad boy tropical», una mezcla de introspección post-pandémica con samples infectados por el flow repartero de La Habana. Ninguno de ellos existe para la Academia, ni como nominado ni como fenómeno.
¿Qué pasaría si la Academia aplicara los mismos criterios a su propia música? Si la maestría técnica, la reverencia histórica y la preservación de las raíces fueran los únicos parámetros válidos, Billie Eilish, Tyler, The Creator o Kendrick Lamar jamás habrían tocado un gramófono. Bajo este rasero, el Álbum del Año se lo seguirían dando, en un bucle piadoso e infinito, a Paul McCartney o a los Rolling Stones. O mejor aún, a una banda tributo a los Beatles que recreara con exactitud milimétrica el sonido de Abbey Road.
La Academia anglosajona, con todos sus defectos, entiende que su función es capturar el espíritu de los tiempos. Con Cuba, sin embargo, opera desde la condescendencia colonial. No se toma la molestia de escarbar en los estudios caseros, ni en la diáspora que está rehaciendo las reglas del juego; les basta con la postal.
Premiar a Buena Vista Social Club en Broadway es premiar una Cuba que no incomoda y que no obliga a la industria a actualizar sus categorías. Premiar a Rubalcaba por dialogar con Benny Moré y Nat King Cole es confirmar que el lugar asignado a los músicos cubanos de jazz sigue siendo el de intérpretes de una tradición. Premiar a Gloria Estefan por reivindicar nuestras raíces es celebrar la idea de que la cubanidad auténtica se entiende desde el patrimonio, no desde la experimentación.
Mientras tanto, la Cuba real apenas asoma en las listas largas de los nominados. Cuando aparece, suele llegar domesticada; se le liman los colmillos, se le pide que entre a la fiesta por la puerta de servicio de las categorías «alternativas» o «globales». En el mejor de los casos se la celebra como promesa; en el peor, se la archiva como rareza.
Me alegro por Estefan, Rubalcaba y por la memoria de Compay Segundo. Sus reconocimientos premian el oficio, y el oficio siempre es respetable. Pero no podemos dejar que el brillo de los gramófonos nos ciegue; seguimos ganando en la categoría de «Mejor Antigüedad». Nos celebran por ser los guardianes de la tradición, por nuestra capacidad para embalsamar el pasado y venderlo como si estuviera vivo.
Mientras los gramófonos cambiaban de manos en Los Ángeles, Axere y Drumglass acababan de soltar Otro año en Cuba, un tema de post-punk habanero en el que cabe todo lo que la Academia no sabe nombrar: la rabia, el humor negro, la contradicción de querer quedarse y necesitar irse. Nadie en el Crypto.com Arena los hubiera reconocido. La música cubana lleva rato siendo eso; impredecible, porosa, incómoda, viva. Eso no aparece en ninguna categoría. Tampoco lo necesita.
