El Torito Ribeño: una danza casi eterna

    El tiempo es tan afanoso, descorazonado y arrasador. Asusta hablar de la muerte cuando se piensa en el tiempo, pero para el viejo Alfonso Fontalvo no es así, él no olvida a los que se fueron: sus ancestros son el amuleto para bailar con garbo en el Carnaval de Barranquilla, uno de los más reconocidos en el mundo. 

    El sábado, el primer día de la popular fiesta, antes de disfrazarse, se toma un café mientras recuerda su infancia al lado de su padre. Si se trata de definirlo, parece no haber en sus recordaciones ni una sombra de duda: «Mi padre, Marcos Fontalvo, es una leyenda».

    Recordar es su fuente de energía para bailar con perrenque y desenvoltura durante los cuatro días que dura el carnaval.

    El nacimiento de El Torito Ribeño, la danza más antigua de esta gran festividad, ocurrió cuando Elías Fontalvo —abuelo de Alfonso Fontalvo— fue rechazado por la danza El Toro Grande debido a que era menor de edad. Él no se sumergió en la frustración, siguió pa’lante y, en 1878, armó su propio combo con muchachos que todavía no habían cumplido los 21 años de edad. Fue el primer director. Sus hijos Campo Elías —tío de Alfonso— y Marcos Fontalvo —padre de Alfonso— le sucedieron. 

    Un año antes de fallecer Marcos, en 1970, Alfonso Fontalvo tomó las riendas y se convirtió en el cuarto director de la danza El Torito Ribeño, que tiene más de un siglo de vigencia.

    Luego del café, Alfonso ojea el periódico sin afanes y lee en voz alta las noticias que más le impactan. Algunos vecinos y familiares llegan temprano a su casa, lo rodean en la terraza, le regalan cervezas, y conversan… Algunos niños del barrio disfrazados de animales se reúnen en el patio de la casa de Alfonso para bailar y cantar un rato. Ellos son parte de la danza y siguen los pasos de los adultos.

    A las 12 del mediodía se levanta y se dirige a su habitación para disfrazarse. Luce un pantalón acampanado con volantes coloridos, capa, gafas oscuras y un sombrero blanco para distinguirse como director. 

    Los otros integrantes, además del pantalón, la capa y las gafas oscuras, llevan un bastón o machete —que simboliza la lucha de guerreros africanos, por eso se identifican como una danza guerrera—, un turbante repleto de flores y de espejos, y se pintan la cara de blanco con círculos rojos en las mejillas. Se hacen llamar congos para rendir un homenaje justamente a las danzas guerreras que practicaban los negros congoleses durante la colonia española para manifestar sus emociones y su espíritu libre cuando no estaban presentes los opresores. 

    Los colores vivos, y cada elemento que lucen, son toda una experiencia visual. La gente que los observa bailar puede verse también reflejada en los espejos que cada uno porta en el disfraz. Es un gran jolgorio, un disfrute colectivo: yo soy tú, tú eres yo. 

    El bigote de Fontalvo es como un telón, es admirable ver su movimiento antes de escucharlo; cada palabra sobre la danza es melódica.

    «Al bailar en la vía 40 estoy pendiente de los congos, que esté coordinado el grupo para que todo salga bien», dice. «Yo no cojo rabia porque mi danza tiene excelentes integrantes».

    Al bailar ante miles de personas es todo felicidad. Fontalvo se considera un hombre que no tiene enemigos. Las multitudes son parte de su día a día, pues no es solo en la vía 40 —escenario principal de las danzas y comparsas del Carnaval de Barranquilla— donde se siente acogido. En la terraza de su casa siempre hay gente que lo acompaña, y en otros países se ha quedado en los corazones de quienes lo conocieron.

    «Soy feliz. Estoy agradecido con Dios… Mamo gallo, me tomo mis traguitos, río y trajino. Y cómo decir que no conozco la felicidad si he tenido la oportunidad de recorrer varios países de Europa y América Latina para representar a mi danza», dice. 

    La casa de Alfonso se ubica en el barrio San Roque de Barranquilla —que también es la sede principal de esta danza longeva, y punto de encuentro y de partida de todos los miembros o congos—; es amarilla y está atiborrada de fotos, afiches, certificados, menciones, trofeos y recortes de periódicos, evidencias de la gozadera entre amigos, de una trayectoria que enorgullecen a Barranquilla y a la región del Caribe colombiano, de una huella cultural difícil de borrar, de una nostalgia lúcida que ampara la memoria.

    Cuando están todos reunidos y completos en la sala de la casa de Alfonso es porque la vaina ya se formó. Ensayan un rato y después se suben emocionados al bus para dirigirse a la vía 40 y gozarse el carnaval.

    Alfonso resume esa alegría con una frase asombrosa: «El Carnaval de Barranquilla es bacano, pero no vaya a creer que nada más quien lo vive es quien lo goza; el que lo vive se lo come entero». 

    Dicen que eternizar es riesgoso porque se marchita lo que se lleva en el corazón, porque se está llamando a gritos a la fugacidad. Por eso la danza es casi eterna, digámoslo así. Pero es imposible no hablar de la inmortalidad cuando se trata de una pasión que abraza más de 140 años y que se ha conservado con respeto y fervor. La avaricia nunca ha sido una aliada, y Alfonso lo tiene claro: «La ambición destruye la felicidad. Aquí no miramos el dinero, pensamos siempre en el porvenir de la danza». 

    El reloj no ha podido acabar con esta danza. Sigue siendo una historia de largo aliento, de corazón apasionado, de pasos gallardos, de espíritu carnavalero inagotable y de gratitud y solidaridad para con sus antepasados y las nuevas generaciones: «A los jóvenes les digo que si quieren triunfar en esto deben apartarse del egoísmo y de la codicia». 

    Si David Sánchez Juliao, ese estupendo narrador del Caribe colombiano, escribía para que la muerte no tuviera la última palabra, los congos danzan para que no llegue el ocaso de la tradición. Combaten con los pies al ritmo del tambor, de la guacharaca y de los versos improvisados.

    Ya llegó la fiesta brava
    El Torito empezó a bramar
    Por su lujo y por su fama
    La que alegra al Carnaval

    ¡Ay!, tiempo, parece que la danza El Torito Ribeño no se va a cansar de embestirte.

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    Linda Esperanza Aragón
    Linda Esperanza Aragón
    Comunicadora social-Periodista, fotógrafa documental y especialista en Gerencia de la Comunicación para el Desarrollo Social, con residencia en el Caribe colombiano. Desde la escritura y la fotografía cuenta historias sobre la vida cotidiana y la cultura popular de los lugares que visita. Ha expuesto en varios países de Latinoamérica y publicado en GatopardoHayo MagazineEl EspectadorEl TiempoSemana RuralCartel Urbano, entre otros. Ganadora del segundo lugar en la categoría Turismo del Xilópalo, Premio Nacional de Periodismo Digital (2023), con la crónica «Palenque late en los cinco sentidos», publicada en El Estornudo.

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