Ellos necesitaban una victoria. Ansiaban una victoria. Las tropas se les habían desmoralizado tras la actuación de los Delta Force en Venezuela: se llevaron al bueno para nada de Nicolás Maduro de Fuerte Tiuna, en plena madrugada, vestido con un mono deportivo gris, marca Nike, que ahora Shein nos promociona en versión falsa en las redes sociales, porque los productores chinos no pierden tiempo, y hasta una foto le sacaron. En su residencia en Mar-a-Lago, Palm Beach, Florida, a más de 2000 kilómetros de distancia, Donald Trump vio en vivo la Operación Resolución Absoluta; «como si estuviera viendo un programa de televisión», diría en la mañana a Fox News. Detrás, el comando élite dejó un reguero de 32 muertos cubanos. Miguel Díaz-Canel, durante el homenaje que les hicieron en la isla tras la llegada de sus restos, aseguró que pelearon «sin más chalecos que su moral y su lealtad al compromiso con la misión que cumplían».
No, no era suficiente con volver mártires a los militares que —según habían asegurado, en más de una ocasión, varios funcionarios cubanos— no existían en Venezuela. No era suficiente con con haber mandado a morir a 32 hombres, en su mayoría orientales, a un país extraño. Tampoco era suficiente con andar persiguiendo a influencers, a muchachos que filman videos contestatarios en un cuartico de Holguín, o a gente desesperada por los apagones que agarra una cazuela y sale a la calle oscura para protestar contra el régimen, exigir que vuelva la corriente y gritar libertad. La épica revolucionaria demandaba acción, enemigos de otro nivel, que defendieran sus verdades no con celulares ni cazuelas, sino con armas. Seguro ya echaban de menos esos tiempos en que el exilio en Miami se organizaba para sacar a Fidel Castro del poder a punta de pistola, ese traidor de la causa de la libertad de Cuba, y en que Fidel Castro sobrevivía una y otra vez a cada tentativa del exilio en Miami, como si ganara contra el destino las elecciones en las que nunca participó.
Quizás no sea tan divertido después de todo concentrar tanto poder durante tanto tiempo: controlar los fallos en los tribunales, la redacción de leyes, la llave de las cárceles, los medios de comunicación, los grandes negocios e inversiones, la explotación de los recursos naturales, los textos con que se aprende a leer en las escuelas. Todo, absolutamente todo. Quizás acabaron volviéndose sedentarios, perezosos, torpes, o peor, acabaron aburriéndose. Entonces, de repente, ocurre el ataque en Venezuela que les echa en cara que han envejecido y mal; que han durado 67 años gracias a que la CIA abandonó a la Brigada 2506 en el momento decisivo de la invasión de 1961, en Bahía de Cochinos, o gracias a que ninguna administración americana ha querido mandar a sus mejores soldados a hacer su magia en la isla. Deben saber que nadie los echaría de menos. Desde una fecha tan temprana como 1961, Fidel Castro desconfiaba del afecto del pueblo. Por eso, para derrotar al “imperialismo” en Playa Girón, tuvo primero que encarcelar a diez mil personas, según sus propios cálculos, que sospechaba que podían ofrecer apoyo a sus adversarios, en caso de que avanzaran país adentro.
Los diez cubanos que decidieron que la libertad de Cuba no podía continuar postergándose, ni siquiera por las gestiones del secretario de Estado Marco Rubio, que no fue criado apenas por Mario y Oriales, sino por buena parte del exilio cubano, cayeron como regalo del cielo para el régimen cubano. Supusieron una oportunidad para construir una narrativa de victoria. Pero no podían ser presentados como un grupo de opositores que se había conocido o coordinado, en mayor o menor medida, por TikTok, y que había llegado a Cuba a bordo de una embarcación de pesca modesta —cuyo dueño, porque ya se supo que fue robada, ha descrito como «una palangana». No podían ser presentados como expedicionarios dispuestos a dar su vida por una causa. Desde 1959, en la versión oficial de la historia, Cuba no ha tenido otros expedicionarios. Los últimos habían sido los que habían desembarcado del yate Granma, en 1956, bajo el liderazgo de Fidel Castro. Los de la Brigada 2506 habían sido catalogados como «mercenarios».
Para estos diez cubanos, sin embargo, se eligió otro término, más a tono con el presente siglo: «terroristas». Así los caracterizó el Ministerio del Interior en su segunda nota informativa sobre lo sucedido este 25 de febrero en cayo Falcones, municipio Corralillo, provincia Villa Clara: «participantes de infiltración armada con fines terroristas». La primera nota se limitó a hablar de un «incidente» con una «lancha rápida infractora», con matrícula de Florida, que abrió fuego contra una unidad de superficie de Tropas de Guardafronteras que le pidió identificarse. El enfrentamiento habría dejado un saldo de cuatro muertos y siete heridos: casi todos de la «lancha rápida infractora». Las Tropas de Guardafronteras, con apenas cinco hombres, solo tuvieron un herido. Pero la segunda nota, que salió bastante pronto, con el propósito de identificar a los cubanos procedentes de Estados Unidos, sí fue tajante, y precisó que se habían ocupado fusiles de asalto, armas cortas, artefactos explosivos de construcción artesanal, chalecos antibalas, mirillas telescópicas y uniformes de camuflaje.
Circula una hipótesis de que los estaban esperando. Que se sabía que irían, por dónde, y que los dejaron llegar. Tiene sentido. Históricamente, la Florida ha estado infestada de agentes del castrismo. Es posible que ese grupo que viajó a Cuba estuviera infiltrado. No sería la primera vez. Además, justo un día antes, en su discurso por el aniversario de la creación de las asambleas del poder popular, Díaz-Canel había hablado sobre supuestos «planes para hechos terroristas que están siendo apoyados, se están financiando y están preparándose en Estados Unidos para agredir a Cuba». Pero, tal vez, en este caso, bastó con que el Ministerio del Interior vigilara las redes sociales con suficiente atención. Varios de los cubanos que han sido identificados reivindicaban públicamente la lucha armada como vía para conquistar la libertad de Cuba. Dos de ellos, de hecho, figuraban en una lista del régimen de personas y entidades presuntamente vinculadas al terrorismo. No llevaban vidas anónimas ni sus ideas en silencio. Por otra parte, en declaraciones a periodistas locales, algunos familiares de los miembros del grupo han dicho que estaban al tanto de sus maneras de pensar, aunque no de sus planes concretos. Otros, en cambio, han reaccionado con asombro.
Marco Rubio, desde San Cristóbal y Nieves, donde se encontraba participando en la Reunión Ordinaria de la Conferencia de Jefes de Gobierno de CARICOM, despejó rápido cualquier duda sobre una posible implicación de Estados Unidos con la expedición armada. Cuando le preguntaron al respecto, respondió con un no rotundo. Aseguró que investigaría los hechos y ratificó el discurso que lleva varias semanas defendiendo: cambios graduales en la isla, que empiecen con abrir espacio para la libertad económica y, eventualmente, para la política. «Cuba necesita cambiar. Necesita cambiar, y no tiene que cambiar de golpe»; dijo, según reporte de The New York Times. Rubio debe saber que se mueve en aguas turbulentas. Va camino a convertirse en el primer político estadounidense que convence de una salida negociada a ese lado del exilio cubano que, durante décadas, ha repetido que con la dictadura no se dialoga. Este jueves, en medio de todo lo que ocurre, el Nuevo Herald informó que miembros de su equipo se reunieron con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias El Cangrejo, en un hotel en San Cristóbal y Nieves; otro capítulo en la saga que comenzó Axios hace una semana, al afirmar que ambos sostenían conversaciones sorprendentemente amistosas sobre el futuro de Cuba.
Lo que realmente sucedió en Villa Clara el pasado miércoles, en la mañana, todavía es muy pronto para saberlo. Para el castrismo, para cualquier poder, no existen los hechos sino los relatos que contribuyen a su continuidad. El problema es que el relato del castrismo es prácticamente impenetrable. Nadie puede en Cuba ahora acceder a los cubanos sobrevivientes. Protestar en la calle, si se quisiera, o reportar al menos en la zona de los hechos. Hay quien dice que, en cualquier momento, cuando las torturas de Villa Marista comiencen a surtir efectos, los veremos en la televisión nacional ofreciendo declaraciones. Me pregunto si la decisión de llamarles «terroristas», en lugar de «mercenarios», más que una intención modernizadora de su narrativa, expresa un gesto de buena voluntad hacia Marco Rubio; una forma del régimen de decir que no culpa a su administración. Resulta cuando menos curioso que Estados Unidos haya sido mencionado en las dos notas nada más que para puntualizar el lugar de residencia de los cubanos o la matrícula de la lancha que utilizaron. ¿Qué les obligarían a decir, si pusieran a los sobrevivientes frente a unas cámaras?
Hasta ahora, no he visto ningún indicio de que esta tragedia vaya a interrumpir la gestación de negociaciones entre Cuba y Estados Unidos. Todavía hay quienes no creen que sea posible que Rubio y El Cangrejo, el nieto favorito de Raúl Castro, puedan estar conversando; como si el poder no fuera capaz de entenderse con el poder. Lo más importante que necesitan tener en común ya lo tienen. A lo mejor ahora sienten que ciertas cuentas quedaron saldadas tras Venezuela. Mientras, el castrismo, que no es lo mismo que decir el país, celebra una supuesta victoria. Intenta consolarse por las 32 muertes en Venezuela con las tres o cuatro muertes en Villa Clara —que ni siquiera han sido informadas con consistencia, pues aún no queda claro si fueron tres o cuatro, y en un primer momento se incluyó entre los lesionados a un joven que se encontraba en Estados Unidos y que tuvo que desmentir públicamente cualquier participación. Pero esa es una victoria que ningún país debería celebrar. Un país donde la política no sirve a todos sus ciudadanos por igual, y quienes disienten se ven empujados a tomar las armas y dar la vida para defender sus ideas, ya fue derrotado como país.
