Desconozco su poesía. No me interesa ninguna escritura que delate su género. Desconocí, también, a su persona. Sin embargo, la vida cruzó varias veces nuestros desatinados destinos.
A finales de los ochenta yo soñaba con escribir. Leía muy poco, a pesar de que estaba de moda la frase de que «por cada página bien escrita hay que leer por lo menos mil». Mi tesis siempre ha sido un tin en reverso: «por cada página bien leída has dejado de escribir por lo menos mil».
Una fría tarde de lluvia cayó en mis manos un ejemplar de El Caimán Barbudo, la revista que pudo ser el vehículo intelectual de nuestra transición democrática, pero que, penosamente, terminó siendo un órgano de combate a favor del estalinismo en tiempos del Período Especial.
Eran poemas. Poemas probablemente muy menores. Un par de ellos estaban firmados por un tal Alberto Acosta-Pérez. Un poeta sin aspavientos en vida que, sin avisarle a nadie, al romper un mes de enero simplemente murió: 1957-2012.
Vuelvo a aquel 1989. Conservé durante mucho tiempo el recorte del magacín oficial. De paso, recorté otro poema sobre una «saya blanca» y «la eternidad» en la Calle G de El Vedado habanero, un texto de otro Alberto menor: el primero funcionario y después exiliado Edel Morales.
Los poemas del Alberto de apellidos Acosta-Pérez, con guion, hablaban de brazos abiertos movidos por el miedo, por el asco, por la nada, por ti. Sus versos libres enumeraban perros de ojos trágicos y una soledad huérfana de amigos, de familiares, de amor. Recuerdo que lo traduje al inglés como peor pude, ignoro con qué intención o con cuáles instintos: the open arms moved by fear, by loathing, by nothingness, by you…
A la vuelta de una década, expulsado de mi trabajo como bioquímico en 1999 y, a la vuelta de otra década, aprendiz de disidente en 2009, extravié en alguna casa de tránsito mi improvisada traducción, de la que recuerdo más versos que del poema original.
Alberto Acosta-Pérez nunca se enteró de esas pequeñas maniobras de un improvisado que la cogió por azar discurrente con él. Solo ahora, después de su súbita muerte en público, que seguramente fue larga y penosa en privado, le hago esta mínima confesión.
En los noventa, supongo que ambos pasamos hambre en paralelo, cada cual con su propio estilo estomacal. Años amablemente atroces, atenazados entre la neuritis y la neurosis, entre la resistencia y la represión, entre la cárcel y el crimen, entre el suicidio o la fuga. Y los dos nos quedamos, al menos por un rato más.
Una mañanita de sábado me lo topé en la decadencia del Gran Teatro de La Habana, asumo que como asesor cultural o relacionista público. Otro fin de semana fuimos jurados en un taller literario independiente, donde se cocinaba a fuego rápido la Generación Año Cero, gracias a los latigazos lúcidos de Jorge Alberto Aguiar Díaz (JAAD). Más tarde, yo sería parte de su audiencia, en una charla en el luego intervenido Centro Cultural de España (ojalá que haya cobrado en moneda dura por aquel descafeinado cursito délfico para principiantes).

Alberto Acosta-Pérez hizo carrera sin proponérselo. Maestrías, posgrados, conferencias, antologías, diplomas locales, lauros internacionales y una ristra de medallitas para paliar nuestra soledad insular. Se empieza con una nimiedad mediática y, cuando vienes a darte cuenta, ya ostentas un abultado curriculum vitae.
Sobran floristerías en su obra, por supuesto, como en la de todo poeta coloquial que se respete. Pero una lectura iniciática es, más que un error, un intento de inculcar ilusión. De suerte que ya nunca me alejé de mi Alberto Acosta-Pérez original. Así en su muerte como en su olvido, dos décadas después, lo seguiré leyendo a golpes de inocencia, sin hurgar en sus textos, los que tal vez no hayan sobrevivido a su autor.
Un poeta menor no necesita legarnos versos impresionantes (eso los salva del vacasagradismo). Los poetas menores son como pétalos que caen sobre el césped de un cementerio abandonado, sin el estrépito de los modismos ni las pedanterías del canon.
Alberto Acosta-Pérez había nacido pocos meses antes de 1959. No alcanzó a asomarse al colofón de la Revolución cubana. No se humilló perpetrando panfletos comprometidos, ni tampoco cruzó la raya más allá de las retóricas autorizadas por el poder (el político y el poético).
Nada más que añadir. Hay biografías así. Aves de paso humano, humildemente humano. Como una nota muda al margen de los grandes acontecimientos históricos en los que, a desgana, algunos simulamos participar.
Qué extrañeza sentir cariño ahora, al borde de la tan tardía intervención norteamericana, por este delicado desaparecido cubano. Qué dulce dolor no haberle dicho a un contemporáneo que lo vas a recordar para siempre cuando él muera. Y que, de hecho, antes de conocerlo ya lo querías.
No entiendo nada. No entiendas nada. Tal vez sea solo que se acerca la hora de que, en vertical o en horizontal, nuestros cuerpos ya vayan regresando a casa.
Descansa en poema, Alberto Acosta-Pérez.
*Tomado del libro Olvidos y obituarios, que se lanzará el viernes 13 de marzo en la librería Arenales de Madrid, publicado por Agni Ediciones de Daniel Díaz Mantilla y Zurelys López Amaya.
