El futuro de Cuba en las pinzas del «Cangrejo»

    Hay pocas certezas sobre Raúl Guillermo Rodríguez Castro. Se sabe, por supuesto, de su genealogía «real» y que por una malformación en un dedo de una mano le llaman «el Cangrejo», cosa que no le incomoda. Hasta ahora su vida pública ha consistido en aparecer detrás de su abuelo, Raúl Castro, cuidándole siempre las espaldas con una pose casi paródica de los agentes de seguridad en las películas de Hollywood. Su vida privada apenas se conoce, excepto por varias fotos y videos filtrados en que se le ve gozando de un viaje en yate, de comidas pantagruélicas, de la farándula musical en la isla. El mayor de los nietos de Raúl Castro ha sido un personaje del chismorreo popular, otro malcriado «hijo de papá» que disfruta las prebendas de su apellido. Y, sin embargo, ahora, en un giro de acontecimientos, parece que el futuro de Cuba depende de él. 

    Hace ya varias semanas que corren rumores sobre un posible diálogo entre Cuba y Estados Unidos. Después de lo sucedido en Venezuela y de la asfixia petrolera decretada por Trump sobre la isla, un amago al menos de negociación sería lo más lógico. En tal caso, el régimen de La Habana buscaría sobrevivir, mientras que Trump trataría de anotarse otra exitosa «gestión libertadora» en Latinoamérica y demostrar que la doctrina Donroe va en serio; todo eso sin que se le vaya de las manos una crisis humanitaria a 90 millas de sus costas. La Casa Blanca habla de conversaciones al «más alto nivel» con alguien «muy cercano a Raúl Castro», pero el castrismo continúa negando tal acercamiento. No es difícil decidir a quién creerle cuando al hombre que ocupa el Despacho Oval le gusta venderse como hacedor de great deals, mientras que el castrismo siempre ha preferido el secretismo y las sorpresas de último minuto. 

    Todos los rumores apuntaban a que el negociador por la parte cubana sería Alejandro Castro Espín, el único hijo varón de Raúl Castro, quien habría tenido a su favor el peso de su apellido, estudios y una carrera militar, experiencia en el manejo de la inteligencia y, lo más importante, la probada capacidad de sentarse a conversar con el mismísimo director de CIA si fuera necesario. Él fue la figura clave que desde las sombras orquestó el restablecimiento de las relaciones con Estados Unidos durante el segundo mandato de Barack Obama. El deshielo, el intercambio de presos y la reapertura de la embajada estadounidense en La Habana ocurrieron, en gran medida, gracias a su discreto trabajo en las sombras. En 2018 su protagonismo declinó, tras el escándalo del Síndrome de La Habana, y muy pocas veces se ha dejado ver hasta ahora. Ese historial indicaba que no hay nadie mejor que Alejandro, el «Tuerto», para sacar al régimen del aprieto. Pero Marco Rubio —ese otro hijo pródigo, pero del exilio cubano, que ahora ejerce como secretario de Estado norteamericano— parece haber identificado un interlocutor tan o más fiable, pero bastante más joven, o eso ha asegurado un reportaje en el medio estadounidense Axios firmado por el periodista Marc Caputo. Muchos todavía no salen del asombro. 

    Del Cangrejo, de 41 años, se dice que es el favorito de Raúl Castro entre toda su descendencia. Su abuelo lo ascendió en 2016 a teniente coronel del Ministerio del Interior y lo nombró jefe de la Dirección General de Seguridad Personal, es decir, jefe de su escolta personal. Las apariciones públicas del Cangrejo eran por entonces de traje o guayabera, con cara de pocos amigos, abriéndole la puerta de un coche al abuelo o parado detrás de él como una estaca. Cuando el viejo mandatario dejó sus cargos en el gobierno y el Partido Comunista, su nieto también dejó de verse en televisión, excepto por las contadas ocasiones en que el general de Ejército ha decidido aparecer para, indirectamente, desmentir los periódicos rumores sobre su muerte.

    Del mayor de los nietos de Raúl Castro se sabe también que tiene acceso a una vida de lujos y privilegios impensables para cualquier otro cubano. Hace unos años se filtraron las fotos de su boda (presumiblemente, la primera, antes de 2009), donde aparece rodeado de su familia y de La Charanga Habanera, una de las orquestas más populares de la isla, que pudo haber tocado para los festejados. Muchos cubanos también lo vieron, en 2017, despelotarse en un concierto ofrecido por el dúo Gente de Zona en el balneario de Varadero. Esa noche, según muestra un video que circuló de USB, el guardaespaldas circunspecto se subió de improviso a la tarima ataviado con una camiseta de los Yankees de Nueva York que, en la espalda, llevaba estampado su sobrenombre: «El Cangrejo». Allí, en un ridículo estado de éxtasis, se vació encima una botella de agua mientras movía, desenfrenado, la cintura y los hombros. Pocas veces más se le ha visto: fotos en yates, disfrutando una mariscada, y otra más en un almuerzo suculento junto a los hermanos Gourriel, que luego serían estrellas de la MLB.

    Entre las anécdotas sobre sus excesos está también el haber sido el supuesto causante de un desastroso accidente de tránsito en Mayarí, Holguín, en 2023. Según Yudelky Peña Fonseca, era él quien manejaba el coche turístico de renta que impactó a toda velocidad contra una carreta tirada por caballos en la que iban ella y su hijo. El niño, de tres años, tuvo que ser intervenido quirúrgicamente de urgencia y, aunque lograron salvarle la vida en un hospital, quedó con daños de por vida en el hígado y los pulmones. Las autoridades apenas le ofrecieron una mísera pensión a la madre y el niño, y nunca divulgaron la identidad ni procesaron a la persona que conducía el auto. 

    Excepto la cercanía afectiva con Raúl Castro, nada indicaría que el Cangrejo sea una pieza realmente decisiva en el tablero de ajedrez político en que le toca jugar al régimen cubano, y mucho menos que sea «el Delcy Rodríguez de Cuba», como algunos se aventuran a llamarlo ahora. En todo caso, sin dejar de disfrutar de los privilegios familiares, su perfil tiene más peso específico que el de otros miembros del clan Castro —incluida una figura tan escandalosa como su primo Sandro.

    El linaje particular del Cangrejo pudiera ser clave para entender su supuesto papel en las negociaciones secretas entre el poder cubano y Marco Rubio, pues se trata no solo del nieto, por parte materna, del único Castro histórico aún con vida, sino también del hijo de quien fuera uno de los hombres más poderosos y discretos de Cuba, el general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja

    López-Calleja, fallecido en julio de 2022, fue un personaje clave en la restructuración del castrismo que inauguró Raúl Castro; en cierto modo, convirtió el Estado revolucionario en una sucursal del Grupo de Administración Empresarial S.A. (GAESA), el emporio militar-corporativo que controla el país. Con López-Calleja al frente, GAESA se apoderó de casi el 70 por ciento los sectores estratégicos de la economía nacional, incluido el turismo, así como de cerca del 95 por ciento de las finanzas de la isla. Entre 2016 y 2022, se consolidó como el administrador del «neocastrismo empresarial» y, para muchos, era una suerte de eminencia gris en los oídos de su exsuegro.

    No es descabellado entonces pensar que, dado el comportamiento dinástico de los Castro, el Cangrejo haya heredado de su padre algo de ese poder administrativo y de esa legitimidad para negociar. Incluso se ha sugerido que trabaja activamente para GAESA, sobre todo desde que se supo que viajó una veintena de veces a Panamá en apenas un año y medio (2024-2025). En esos vuelos, todos en aeronaves privadas, fue acompañado a veces por otras figuras menos conocidas, pero vinculadas con la empresa militar que regentaba su padre. 

    Sea o no exacto lo que dice el reportaje de Axios —que no ha sido desmentido oficialmente desde La Habana—, la dirección en que apuntan las alusiones de Trump o Rubio —quien últimamente colocó el énfasis en un cambio económico, antes que político— y el ruido de fondo sobre un diálogo entre Estados Unidos y la cúpula cubana parecen confirmar algo que muchos sospechaban tanto dentro como fuera de la isla: Miguel Díaz-Canel y su círculo, esa generación de burócratas que supuestamente dirigen el país, carecen de poder real y han sido apartados de la mesa de negociaciones que decidirá el futuro del régimen. ¿Cuál será el resultado? Nadie podría augurarlo con seguridad, pero, si vamos a creerle al ocupante de la Casa Blanca, lo conoceremos muy pronto.  

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    Darío Alejandro Alemán
    Darío Alejandro Alemán
    Nació en La Habana en 1994. Periodista y editor. Ha colaborado en varios medios nacionales e internacionales.

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    2 COMENTARIOS

    1. Creo que si pasamos de ser una finca privada a una república mediatizada en la que Estados Unidos tenga poder de veto, algo habremos alcanzado. Como finca privada llevamos casi 70 años y cada día la situación para los cubanos está peor desde todos los puntos de vista. Los castristas han ido desmontando todos los mitos de igualdad y bienestar que enarbolaron al principio en la medida en que la ineficiencia premeditada de su sistema les ha ido impidiendo mantener la falacia del cuento de hadas socialisgta. Trump, con su verborrea y alardes o sin ella, es el único en estas casi siete décadas que está haciendo algo real para dar al traste con la tiranía. Ni las administraciones republicanas anteriores, con sus tímidas medidas de apretar tuercas ni la genuflexión de Obama dándose la mano con Raúl Castro en el Latinoamericano, han puesto al régimen en un disparadero, como está ahora. Queda por ver el desenlace. Pero sea el que sea, los cubanos no pudimos o no supimos quitarnos de encima el fardo que cargamos ya desde 1959. En Venezuela la Sra. Delsi se ha desligado del Partido chavista, que oportunismo el de ella, para tratar de mantenerse en la escena. Claro, tuvieron que experimentar la extracción de su máximo líder para darse cuenta de los inermes que estaban ante Estados Unidos. En sus últimas declaraciones, Trumpp dijo que no creía que hiciera falta llegar a ese extremo en Cuba. Pero tampoco lo descartó. Una velada amenaza de que, o se ponen para llegar a un arreglo o tendrán que atenerse a las consecuencias. Con las satrapías no caben paños tibios.

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