Cerca de la 9:30 de la noche del 5 de enero de 2022, en el altoparlante del aeropuerto internacional de El Salvador, sonarían los nombres de Esteban Rodríguez y Héctor Luis Valdés Cocho, dos migrantes cubanos que esperaban el vuelo que los conduciría a territorio nicaragüense, su próxima parada en la ruta hacia la frontera sur de los Estados Unidos. Minutos después, agentes de Migración y Extranjería informarían a los viajeros la prohibición de acceso al país controlado por Daniel Ortega, uno de los principales aliados políticos de Cuba en la región.
Horas antes, Rodríguez había sido conducido desde el Combinado del Este al aeropuerto José Martí, esposado de pies y manos, con uniforme carcelario, por agentes de la Seguridad del Estado. El periodista del medio independiente ADN Cuba llevaba ocho meses en prisión. El 30 de abril de 2021, lo habían detenido junto a varios activistas, tras protestar en la calle Obispo para exigir la liberación del fundador del Movimiento San Isidro y preso político, Luis Manuel Otero Alcántara, quien se encontraba en huelga de hambre y sed.
Desde entonces, sufriría desde la tortura psicológica hasta el confinamiento en celdas de castigo en condiciones infrahumanas, y se sometería a una huelga de hambre que, debido a las enfermedades crónicas, pondrían en riesgo su vida. No sería el asma, la diabetes o la hipertensión agravada por una cardiopatía congénita el motivo de su excarcelación. En un cuarto de interrogatorios, Héctor Luis Valdés Cocho, su amigo y compañero de trabajo, exigía su liberación para aceptar la salida forzosa de Cuba. En la terminal, ambos serían advertidos de que, si intentaban regresar al país, serían procesados.

En septiembre de 2022, al activista Raúl Soublett, pareja de Valdés Cocho, y Dayamí Valdés, su madre, les notificarían la negativa de entrada a territorio nicaragüense. Pese a tener sus documentos en regla, quedarían varados durante una semana en el Aeropuerto Internacional de Tocumen, Panamá, hasta obtener la residencia temporal en ese país.
Medios independientes han denunciado que otros nacionales cubanos han enfrentado circunstancias similares. Tal es el caso de los reporteros Yoel Acosta Gámez y Enrique Díaz Rodríguez; los activistas Oscar Casanella, Dairis González Ravelo y otros opositores como Juan Eduardo Moreno, Niurcy Acosta Pacheco, Raúl González Manso, Carlos Sebastián Hernández Armas y Alexander Figueredo Izaguirre.
La aerolínea o las autoridades locales les informaban a estos pasajeros la prohibición de ingreso a Nicaragua. El pasajero quedaba en tránsito o debía regresar al lugar de origen. Jurídicamente, no había explicaciones; políticamente, habían sido excluidos por un régimen aliado del régimen que los empujó a partir. Managua mantenía abierto el flujo migratorio de ciudadanos cubanos, mientras bloqueaba perfiles concretos por indicación de La Habana. Para el viajero común, seguía siendo el punto de partida; para el disidente, un espacio restringido y, silenciosamente, hostil.
Estos hechos que revelan una dimensión menos visible, aunque no novedosa, del alcance extraterritorial de la represión ejercida por la dictadura cubana contra activistas, periodistas u opositores. Así, lejos de la atención mediática, tras una negativa administrativa y sin declaraciones oficiales, el régimen utilizaba a sus socios estratégicos para presionar voces críticas.
La apertura de la ruta
En mayo de 2019, la directora de Promoción y Mercado del Instituto Nicaragüense de Turismo (INTUR), Ana Carolina García, declaró a EFE el aumento de los cubanos que arribaban a su país: de 566 el año anterior a más de 5 mil hasta la fecha, cifra que ascendió a 44 829 a finales de año, según registros oficiales. «Ellos no tienen volcanes, entonces es impresionante para ellos que nosotros tengamos ese volcán de lago de lava activo —el Masaya—, y que lo pueden ver de cerca, que una de nuestras fortalezas o nuestros productos estrellas en estos momentos», comentó. Sus palabras serían resignificadas en el imaginario cubano para referirse a la ruta terrestre hacia los Estados Unidos.
El 22 de noviembre de 2021, el gobierno nica anunciaría la eliminación del requisito de visado para cubanos que viajaran como turistas, bajo el argumento de facilitar el tránsito, promover el turismo y los lazos familiares. En medio de una crisis económica agravada por la COVID-19 y el reordenamiento monetario y cambiario, el país centroamericano se convirtió en plataforma del mayor éxodo migratorio que ha experimentado Cuba.
Cifras migratorias ofrecidas por los Estados Unidos, certifican que, desde el 1 de octubre de 2021 hasta el cierre del año fiscal en 2023, cerca de 533 mil cubanos accedieron al país. Ante las dificultades para obtener asilo o visas por vías regulares, miles optaron por un trayecto que, desde Nicaragua, recorría Honduras, Guatemala y México antes de acceder a los Estados Unidos por su frontera sur. Durante años, el país funcionó como un corredor autorizado en el que operaban redes de tráfico de personas —los populares coyotes—, quienes cobraban sumas elevadas que rondaban los 12 mil dólares.
Tras el cambio en la política migratoria estadounidense con la llegada al poder de Trump, y pese a la disminución en cifras globales, miles de cubanos llegaron a Nicaragua en el intento de radicarse en naciones de la región, entre las que destaca México.
El pasado 8 de febrero, medios locales publicaron la información recibida por autoridades consulares y aerolíneas: la eliminación del régimen de libre visado para los cubanos. Desde entonces, los ciudadanos con pasaportes ordinarios pasaron de la categoría migratoria de exento de visa (A) a la de visa consultada sin costo (C), lo que implica la obligatoriedad de solicitar una autorización previa al viaje. Las modificaciones, formalizadas en la disposición 001-2026 de la Dirección General de Migración y Extranjería de Nicaragua, establecen que si bien las solicitudes de visa se realizan en línea, a través del correo electrónico institucional habilitado por las autoridades, en caso de ser aprobado el visado, se tendrá que acudir a la sede diplomática en el exterior.


Aparentar el cambio
En medio de un contexto geopolítico regional convulso tras la captura de Nicolás Maduro, con la amenaza estadounidense de aplicar aranceles a quienes envíen petrolero al régimen cubano, y la intensa presión diplomática hacia Managua, Ortega ha moderado el tono de su discurso para evitar la confrontación con la administración Trump. Sin ir más lejos, el pasado 10 de enero, al cumplirse 19 años de la llegada al poder del sandinismo, decenas de presos políticos nicaragüenses fueron puestos en libertad tras la reiterada denuncia de la oficina diplomática estadounidense en ese país.
La política antinmigrante, una de las puntas de lanza del trumpismo, pudiera ser utilizada como justificación para forzar un cambio de régimen. El sandinismo lo sabe, de ahí que justifiquen el cambio migratorio, invocando la soberanía del Estado para «establecer categorías migratorias y regular el ingreso, egreso y permanencia de extranjeros» en su territorio. Lo más probable es que se trate de un gesto de acercamiento de Managua a Washington, tras las denuncias recurrentes de facilitar la migración irregular —incluida la cubana— hacia territorio estadounidense.
La coincidencia de restricciones migratorias, sanciones, operaciones militares, la mutación del chavismo y la agudización de la crisis cubana y sus múltiples connotaciones, dibuja un escenario político en el que Nicaragua puede haberse visto obligada a alinearse con las demandas de Washington para aliviar las tensiones y subsistir.
Mientras tanto, a pesar de su gratuidad, la obligatoriedad de acceder a una visa consultada agrega para los cubanos un nuevo obstáculo en medio de las actuales condiciones de vida. En una Cuba paralizada, todo trámite queda sujeto a la incertidumbre. Los vuelos entre La Habana y Managua no escapan de la falta de combustible de aviación. Conviasa, la aerolínea estatal venezolana, operadora principal de la ruta directa Caracas–La Habana–Managua, ha reprogramado y suspendido temporalmente sus vuelos, mientras otras compañías internacionales se han visto obligadas a realizar escalas técnicas de reabastecimiento en terceros países.
Si se mantienen los vuelos, mucha gente partirá. También habrá voces díscolas que, como las de antes, permanecerán expectantes de la próxima estratagema política entre dos dictaduras aliadas ideológicamente. Aunque nadie pueda precisar cuándo, los cubanos viven una calma tensa en la que todos saben que algo está por estallar, no importa que seamos una isla sin volcanes.
