La diplomacia del régimen del PCC empieza a incendiarse

    «Parrillada de papeles», escribió en redes sociales el presidente de Ecuador, Daniel Noboa, junto a un video en el que varias personas queman documentos sobre el techo de la Embajada de Cuba en Quito.

    En cualquier misión diplomática del mundo, los archivos sensibles se destruyen cuando una embajada cierra de forma abrupta. Es parte de los protocolos. Lo inusual en este caso es la escena: con un horno improvisado y una parrilla de leña y carbón, funcionarios cubanos alimentan el fuego con carpetas y papeles, mientras el humo se eleva sobre la sede diplomática. Desde el aire, drones captan las imágenes de esa quema apresurada.

    Horas antes, el Gobierno ecuatoriano había dado el paso que precipitó la escena. Declaró persona non grata al embajador cubano, Basilio Gutiérrez, y le otorgó 48 horas para abandonar el país junto a toda la misión diplomática. Al mismo tiempo, Quito anunció el fin de las funciones de su propio embajador en La Habana, José María Borja.

    La Cancillería cubana calificó la decisión como un «acto inamistoso y sin precedentes». Pero no lo es del todo. Apenas unos meses antes, en noviembre de 2025, el Gobierno de Perú también había anunciado la salida del embajador cubano en Lima, Carlos Zamora Rodríguez, a quien se acusó de actuar como agente de inteligencia y de reunirse con organizaciones políticas y sociales de izquierda con el supuesto objetivo de «desestabilizar la democracia».

    Cuba, uno de los países más pobres de América Latina, es también uno de los Estados con mayor presencia diplomática en el mundo. Durante décadas, sus embajadas no solo han funcionado como representaciones oficiales, sino como nodos de influencia política, narrativa y propaganda del Partido Comunista. 

    Sin embargo, los episodios recientes plantean interrogantes sobre qué está ocurriendo con ese aparato diplomático. ¿Se trata de incidentes aislados o del síntoma de una erosión más profunda de la legitimidad internacional del régimen del PCC?

    Durante años La Habana cultivó aliados y silencios. Hoy, en cada vez más escenarios internacionales, a sus diplomáticos les responden con otra agenda: derechos humanos, presos políticos y represión.

    Las imágenes de los funcionarios cubanos en Quito quemando papeles en una parrilla, parece resumir algo más que el final de una misión diplomática: también el desgaste de una maquinaria política que durante décadas pretendió controlar el relato sobre Cuba en el mundo.

    La comunicación sobre la declaración de persona non grata a la misión diplomática de Cuba en Quito.
    La comunicación sobre la declaración de persona non grata a la misión diplomática de Cuba en Quito.

    El Dr. Juan Antonio Blanco Gil, académico y exdiplomático cubano, explicó a El Estornudo que «la ‘diplomacia cubana’ es la conducción de un sistema de relaciones exteriores que coordina el Partido Comunista, el Ministerio de Relaciones Exteriores y el Ministerio Interior, que convocan y coordinan a otras instituciones del Estado como el Ministerio del Comercio Exterior y la Inversión Extranjera (Mincex), pero también organizaciones de la sociedad civil oficial, para procurar la expansión de apoyos políticos, financieros, tecnológicos y comerciales para el Estado totalitario cubano». 

    «En un contexto internacional de pérdida de apoyos y de crisis de legitimidad del poder cubano, esa manera de entender y organizar la ‘diplomacia’ entra también en crisis», subraya. 

    Más embajadas que prosperidad

    La red diplomática cubana, gestionada por el Ministerio de Relaciones Exteriores (Minrex) desde 1959, no es pequeña. Según los listados oficiales de la Cancillería, el país mantiene más de setenta oficinas consulares. España, por ejemplo, cuenta con al menos cinco consulados cubanos, mientras que México y Canadá albergan varios más. En total, la estructura exterior de La Habana supera el centenar de misiones diplomáticas —entre embajadas, consulados y representaciones ante organismos internacionales—. Si se calcula un promedio conservador de personal por sede, el servicio exterior cubano podría contar con una cifra entre 600 y 700 diplomáticos desplegados en el mundo; una cantidad notable para un país con una economía profundamente deteriorada. Si se incluyen funcionarios técnicos y administrativos, el número total de trabajadores en misiones exteriores supera con facilidad el millar. Se trata de una presencia internacional considerable, heredera de una estrategia política que durante décadas convirtió a las embajadas y consulados en piezas centrales de la influencia y la proyección ideológica del régimen.

    La historiografía oficial señala que la diplomacia cubana nació como una herramienta de «solidaridad y liderazgo internacional». Bajo la conducción de Fidel Castro —y con figuras como Osvaldo Dorticós, Ernesto «Che» Guevara y el canciller Raúl Roa— la isla habría construido una política exterior basada en «el internacionalismo, el apoyo a los movimientos de liberación, el liderazgo en el llamado Tercer Mundo y la cooperación médica y militar». En ese relato, las embajadas y alianzas con países socialistas o proyectos regionales como el ALBA aparecen como expresiones de una diplomacia que buscaba desafiar «el orden internacional dominado por Estados Unidos».

    Pero esa es, sobre todo, la versión que el propio poder ha contado sobre sí mismo. Durante décadas, junto a esa narrativa, se han acumulado denuncias de gobiernos, investigadores y desertores que señalan que muchas de esas estructuras diplomáticas también han funcionado como plataformas de inteligencia, influencia política y propaganda, con diplomáticos señalados por actuar como agentes encubiertos, e intervenir tanto en conflictos armados como en operaciones de inteligencia para favorecer a un bando político en conflictos internos.

    Portada del Álbum de la revolución cubana / Archivo
    Portada del Álbum de la revolución cubana / Archivo

    En 2025, el Gobierno peruano pidió la salida del embajador Carlos Zamora, tras recibir «informes de inteligencia que relacionan al enviado cubano con protestas antigubernamentales, reveló entonces la Unidad de investigación de El Comercio. El medio, decano de la prensa peruana, citó a fuentes policiales propias, cuyos informes «señalaban que “El Gallo” Zamora (…) tuvo injerencia en las últimas marchas que fueron convocadas por jóvenes de manera pacífica, pero que acabaron en actos violentos en ciertos puntos de la manifestación».

    Enrique García, exoficial de inteligencia de Cuba y exiliado en Estados Unidos, ha afirmado que Zamora tendría el rango de coronel de la Dirección de Inteligencia cubana. «No es cualquier espía, es un espía con vasta experiencia, acumulada en sus más de 50 años, y hoy está en mejor posición que otros para realizar su trabajo en beneficio de los intereses de la dictadura cubana», señaló García en 2021, a propósito del nombramiento de Zamora embajador en Lima.

    Carlos Zamora también estuvo como representante del régimen de La Habana en Panamá (1998), Brasil (2009), El Salvador (2017-2018) y Bolivia (2019), y en este último país también fue acusado de incidir en protestas a favor de mantener a Evo Morales en el poder durante la crisis política de ese año. 

    A finales de diciembre de 1998, Estados Unidos también ordenó la expulsión de tres diplomáticos cubanos en Naciones Unidas por haber realizado «actividades incompatibles» con su cargo. La Casa Blanca no dio más detalles, pero el diario The Washington Post señaló que la expulsión estaba relacionada con actividades de «espionaje». El entonces vocero del Departamento de Estado de EE. UU., James Rubin, indicó que la decisión se tomó «como resultado de pruebas desarrolladas durante una exhaustiva investigación del FBI».

    En 2003, Washington volvió a anunciar la expulsión de 14 diplomáticos cubanos por involucrarse en «actividades consideradas dañinas para el país», lo que en lenguaje diplomático también significa espionaje. Siete de los funcionarios estaban acreditados ante la ONU y los demás eran de la sección de intereses de la isla en la capital estadounidense. 

    Investigadores de política exterior han señalado durante años la injerencia del régimen castrista en conflictos armados internos, el uso de agregadurías culturales y comerciales como cobertura para aparatos de inteligencia y el papel de estructuras como el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (Icap) en la construcción de redes internacionales de influencia política y solidaridad con el régimen. Para varios analistas, esa dimensión no fue un fenómeno marginal, sino parte estructural del sistema creado por Fidel Castro. El historiador y exanalista de la CIA Brian Latell, autor de Los secretos de Castro: La CIA y la máquina de inteligencia cubana, sostiene que el líder cubano fue durante décadas el arquitecto de esa maquinaria. «Castro fue el jefe supremo del espionaje en Cuba», afirma Latell, quien señala que desde los primeros años de la Revolución la diplomacia y los servicios de inteligencia de La Habana evolucionaron de forma estrechamente entrelazada.

    No es que las embajadas, en general, no cuenten con funcionarios de inteligencia adscritos. Eso forma parte de las prácticas habituales de muchos Estados. La diferencia es que, en el caso cubano, la fachada diplomática ha sido utilizada durante décadas para monopolizar el relato sobre lo que ocurre en la isla, favorecer la permanencia en el poder del mismo régimen y sostener su financiamiento político. Desde esas sedes se ha proyectado hacia el exterior la narrativa épica de la Revolución mientras, dentro del país, la realidad es otra: una nación que se hunde en la crisis y una estructura de poder sostenida fundamentalmente por la represión. Durante años esa dualidad funcionó con relativa eficacia. Pero los episodios recientes sugieren que algo empieza a resquebrajarse: cada vez más gobiernos, instituciones y opiniones públicas parecen menos dispuestos a aceptar la máscara diplomática sin mirar lo que ocurre detrás.

    Esa lógica también ha sido descrita por antiguos funcionarios del propio servicio exterior cubano. Joel Suárez, quien formó parte de la misión de Cuba ante Naciones Unidas en 2020, asegura que dentro del sistema diplomático la lealtad política pesa más que cualquier función representativa del Estado.

    El exdiplomático afirma que, tras negarse a continuar trabajando para el régimen, sufrió años de vigilancia, impedimentos laborales y prohibiciones de salida del país: «intentaron convertirme en una ‘no persona ’, fue un asesinato moral». Finalmente logró salir de la isla como balsero. Antes de escapar, pasó por una cárcel en Ciego de Ávila. «Ahí supe lo que era una prisión en Cuba: la represión, el abuso y la falta total de derechos» (…) el Gobierno cubano es el verdadero enemigo del pueblo cubano», sostiene. 

    El apagón diplomático en Venezuela y las grietas del relato oficial cubano

    En los últimos años, el Gobierno de La Habana enfrenta un escenario internacional cada vez menos complaciente. En foros multilaterales, debates parlamentarios y espacios de derechos humanos crecen los cuestionamientos al historial del régimen, especialmente tras la represión de las protestas del 11 de julio de 2021 (11J). Incluso en instancias como el Examen Periódico Universal (EPU) del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, varios países han formulado recomendaciones directas sobre presos políticos, libertades civiles y detenciones arbitrarias.

    En septiembre de 2021, durante la VI Cumbre de la Celac celebrada en México, el entonces presidente de Uruguay, Luis Lacalle Pou, se dirigió directamente al gobernante cubano Miguel Díaz-Canel y citó fragmentos de «Patria y Vida», la canción convertida en consigna de las protestas antigubernamentales dentro de la isla el 11J. El gesto, transmitido en directo ante otros mandatarios, rompió un código tácito que durante años había protegido al régimen cubano de cuestionamientos frontales en este tipo de foros.

    Otros episodios han reforzado esa tendencia. En 2024, el presidente argentino Javier Milei destituyó a su canciller, Diana Mondino, después de que Argentina votara en la Asamblea General de las Naciones Unidas a favor de una resolución contra el embargo estadounidense a Cuba, una decisión que el mandatario consideró incompatible con su postura crítica hacia el régimen caribeño. Más recientemente, el presidente chileno Gabriel Boric afirmó que «Cuba es una dictadura», al subrayar que en la isla «no hay democracia, es un régimen de partido único y no hay libertad de expresión».

    Las críticas tampoco se limitan a América Latina. En los últimos años, varios parlamentarios europeos han denunciado reiteradamente las violaciones de derechos humanos en Cuba y han presionado para revisar la relación política del bloque con La Habana.

    Sin embargo, el movimiento más significativo se ha producido en Venezuela. Durante más de dos décadas, el régimen cubano contó con el respaldo político y económico de aliados autoritarios como Rusia, Irán, China, Bielorrusia, Nicaragua y, sobre todo, la Venezuela de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Esa alianza estratégica comenzó a tambalearse tras la captura de Maduro por fuerzas estadounidenses en Caracas el 3 de enero de 2026.

    Tras el operativo, la vicepresidenta Delcy Rodríguez asumió el poder como presidenta encargada. Lejos de reforzar la alianza con La Habana, la nueva etapa ha estado marcada por una llamativa frialdad diplomática.

    La distancia se hizo evidente desde los primeros días. Cuando el canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla viajó a Venezuela para repatriar los cuerpos de militares cubanos muertos durante el operativo —muchos de ellos miembros de la escolta de Maduro—, apenas hubo gestos públicos entre ambas delegaciones. No se registraron reuniones bilaterales de alto nivel, ni declaraciones conjuntas, ni pronunciamientos del nuevo liderazgo venezolano en defensa del régimen cubano o contra el corte petrolero impulsado por Washington.

    En paralelo, las misiones médicas cubanas en Venezuela —las más amplias y estratégicas del sistema de cooperación internacional de la isla— comienzan a mostrar señales de desarticulación, según reportes independientes.

    Mientras la Casa Blanca y Caracas exploran vías de entendimiento, Díaz-Canel queda progresivamente al margen de una relación que durante años fue uno de los pilares de la supervivencia económica y política de La Habana.

    Desde Washington, Trump y el secretario de Estado, el cubanoamericano Marco Rubio, multiplican los pronunciamientos contra Cuba mientras reconfiguran la presión regional. En Medio Oriente, el reciente ataque contra Irán y la muerte del ayatolá —uno de los aliados de la isla— alteran otro de los ejes del entramado político que sostuvo al régimen durante años. Al mismo tiempo, potencias como Rusia y China mantienen un apoyo cada vez más prudente, marcado más por el cálculo que por la retórica ideológica. A La Habana aún le quedan altavoces —como el Gobierno de México, cuya presidenta ha mantenido la línea política heredada de Andrés Manuel López Obrador—, pero el margen de maniobra parece reducirse. 

    La diplomacia del Partido Comunista de Cuba enfrenta un entorno más hostil y menos predecible que el que moldeó Fidel Castro durante décadas. Y mientras ese equilibrio externo se erosiona, la isla sigue siendo, sobre todo, un país envejecido, con millones de familias separadas por la emigración y una sociedad que carga con las consecuencias de ese tablero político construido desde el poder y sostenido, hasta hoy, por el mismo régimen.

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