Leonardo Padura o la anatomía del dolor

    Es una constante en la literatura de Caribe la estructura y el tema de la caída y la redención, el exilio y el retorno, la conciencia individual y la conciencia colectiva, como observó Roberto González Echevarría en su libro sobre Carpentier, al reflexionar acerca de algunas novelas como El reino de este mundo o El siglo de las luces. En la última narración de Leonardo Padura, todos esos binomios están traspasados por las deudas y las marcas que provoca el dolor, que se manifiesta en una escala mayor de decibelios, sobre todo los interiores, los más profundos y destructores. Podría adelantarse que el dolor o el sufrimiento se ha revelado en toda la producción narrativa de Padura, pero con distintas intensidades según dos variables: la del tiempo y la del género narrativo, que en ocasiones convergen o se cruzan. En las primeras novelas, las del Periodo Especial, escritas en los noventa, el conflicto descansaba en el estatuto de identidad de los miembros de la generación escondida o perdida, la generación de mandados, aquellos que nacieron en los cincuenta y se suponía que en los ochenta podrían ver los frutos del esfuerzo que habían realizado desde niños, cuando se les dijo que formaban parte de un sistema que iba cambiar la faz del mundo. Pero eso no ocurrió, y a ello se le unió la maldita circunstancia de la escasez por todas partes, hasta que llegó en el fin del siglo la ayuda venezolana. Esa generación de personas ya adultas vio partir a muchos colegas, amigos y familiares en aquellos años fatídicos, lo que supuso un nuevo tipo de desgarramiento, que se unía al identitario.

    El traspaso de poderes a Raúl Castro, la muerte de Fidel, la llegada a la presidencia de Díaz Canel, la muerte de Chávez en Venezuela y el fin de la ayuda del país del petróleo significaron sendas muescas en un grupo de cubanos que seguían avanzando en edad pero sus expectativas de crecimiento personal, económico y profesional era inversamente proporcionales a la acumulación de años y experiencia. Si la visita de Obama a Cuba pudo generar algunas ilusiones y esperanzas, fue solo un hilo de luz que se desvaneció “como polvo en el viento”, hasta tal punto que esta intertextualidad del «Dust in the wind» de Kansas llegó a titular una de las novelas de Padura con mayor índice de escepticismo y desencanto, al comprobar cómo se desintegraban y malograban las relaciones de amistad tanto de los que se iban como de los que se quedaban. Todas estas vicisitudes aderezan las obras de Padura, y cada una atiende al momento en el que se supone que tiene lugar la acción. En ese itinerario temporal, la novela más dolorosa es, sin duda, la recién publicada, Morir en la arena, porque la generación que ha ido transitando por las décadas sucesivas llega a los setenta años en el peor momento de la vida en la Isla, con una escasez absoluta de alimentos, dinero, medicinas, suministro eléctrico y con ninguna posibilidad de mejorar un tipo de vida que está llegando a sus etapas finales, en las que los individuos ya no tienen fuerzas ni ilusiones, y en general han agotado todas las posibilidades de salir del país y establecerse en otro lugar para comenzar ¿una nueva vida a los setenta años?

    Morir en la arena, de Leonardo Padura
    Morir en la arena, de Leonardo Padura

    Si atendemos ahora al parámetro del género narrativo, la obra de Padura se mueve, a grandes rasgos y simplificando el espectro, entre dos modalidades: las novelas policiacas, en las que Mario Conde, sea policía, expolicía, vendedor de libros o cuasi jubilado trata de resolver algún crimen, y el resto de su producción, en la que emergen a una superficie iluminada las batallas y frustraciones interiores de personajes envueltos en madejas de problemas individuales que adquieren alcance universal a partir de algún tipo de desarraigo. En las primeras, el dolor existe pero es algo que proviene de fuera, toda vez que el lector queda atrapado desde el principio por la trama policial llena de pistas, interrogatorios y problemas específicos del protagonista que investiga. Las muertes violentas, la corrupción de altos cargos, incluso dentro del cuerpo de policía, las fallas del sistema, las traiciones, las infidelidades, los fracasos, la soledad de muchos personajes, se sienten como parte de un todo crítico alrededor de una sociedad fallida, pero a una cierta distancia. Probablemente, nos sentimos más removidos por los efectos balsámicos de las reuniones de Mario Conde en casa de los amigos, las cenas lezamianas con manjares que salen de no se sabe dónde, las fases armónicas de la relación de Conde con Tamara, que con las tristes consecuencias de los defectos y las perversiones individuales y colectivas. Sin embargo, en las novelas del desarraigo, el dolor se clava en lo más hondo de los lectores porque afecta directamente a la línea de flotación del corazón humano de aquellos que sufren las consecuencias de sus malas actuaciones, las de los demás o las del sistema social o político viciado y condenado al fracaso y al desastre. En La novela de mi vida y en Como polvo en el viento es el exilio y las traiciones anejas a los procesos que han llevado a él, sufridas como puñales que todavía no se han desvinculado del cuerpo al que han sajado. En El hombre que amaba a los perros, la historia de Ramón Mercader y su entorno o el periplo de Trotski son impactantes, pero el poso de melancolía que deja el dolor de una vida atropellada está en la parte cubana, en las conversaciones de los dos amigos ajustando cuentas con la vida, subtrama que produce un efecto más profundo que la consideración del evidente paralelismo entre el estalinismo y el castrismo.

    Sin duda alguna, la novela que marca el recorrido extenso e intenso del dolor de una forma definitiva es Morir en la arena, porque relata el itinerario de un no retorno, o un retorno en falso, que es lo mismo, dado que historias personales y destino colectivo se asocian en aquello que la trama sugiere. La vuelta de Geni a casa, después de cumplir una condena de 30 años por matar a su padre, es la constatación de que la mayoría de las heridas no se han cerrado. La ausencia del parricida en el ámbito del barrio parecía haber aletargado los conflictos, pero todos los agravios, las violencias y las conexiones entre ellos vuelven al entorno familiar como el primer día, entre aquellos que todavía siguen vivos y tienen que lidiar con la condena del parentesco. Morir en la arena experimenta, por primera vez, el género familiar, las consecuencias de los lazos que unen y, sobre todo, separan a los consanguíneos. Ya lo dijo el narrador de Anna Karenina, que se presentaba, en la primera línea del primer capítulo, así: «Todas las familias felices se parecen entre sí; pero las desgraciadas lo son cada una a su manera». 

    Al mismo tiempo, el punto al que ha llegado la sociedad cubana de los años veinte del siglo XXI deja visible una hoja de ruta que no es halagüeña con lo que está por venir, pero tampoco permite un factor de corrección, una vuelta al punto de partida para aventurarse por otros derroteros. Derrotero y derrota se parecen bastante en esta historia, como si un destino inalterable hubiera llevado a la Isla a transitar por caminos que no van a ninguna parte, algo que, por ejemplo, ya se dejaba entrever sutilmente en La novela de mi vida, con una sustancial diferencia con respecto a la última, porque en la de Heredia, escrita en el principio de este milenio, la trama comienza en los años en que Cuba empieza a pensar en componer su propia identidad y convocar su propia historia para tomar las riendas de su propio destino, y termina unos años antes de la caída del Muro y la desintegración del campo socialista, cuando todavía se podría haber consensuado un espacio razonable para un futuro digno. En la novela actual eso es impensable, porque el grupo humano sobre el que se construye la trama ha vivido todas las etapas anteriores, y el grado de deterioro del momento en que viven no permite alternativas, porque ellos ya están jubilados y los jóvenes se han marchado. Solo sobreviven con dignidad económica, que no siempre corre paralela a la dignidad ética, aquellos jóvenes, muy escasos, o adultos que han conseguido introducirse en los canales de flujo económico, como mypimes en —menor grado— o colectivos de negocios más o menos turbios o más o menos selectivos para amistades o grupos, como es el caso de Humbertico, que ha logrado un alto grado de desahogo crematístico gracias a los vericuetos no muy transparentes del mundo de la «santería posmoderna». Con esas mínimas excepciones, el resultado vital de la mayoría de los personajes de la narración parece cumplir lo que el título de la obra indica: el «tanto nadar» del comienzo de la famosa sentencia no concluye con la tradicional muerte en la orilla, sino en la arena, que es mucho peor, porque quien muere en la orilla nunca ha tocado tierra pero el que muere en la arena tuvo, aunque fuera por algunos segundos, la esperanza de una hipotética salvación, al haber palpado un suelo firme.

    En este escenario casi apocalíptico, la palabra «mierda» es la que más veces aparece en el texto, y su polisemia es inabarcable. La novela comienza con la exclamación «Me cago en…» para hacer referencia al malestar de Rodolfo con la gata de Nora, la vecina, que ha dejado sus excrementos en una zona de su propiedad y él los ha pisado. Y son varias páginas las que se dedican a describir la escena que termina con la limpieza del zapato. En este comienzo, con una anécdota amplificada, Padura adelanta lo que se va a convertir en la historia del término más utilizado, que a veces es intercambiable con vida, pobreza, vejez, decrepitud, familia, enfermedad, país, control, historia o destino.

    A pesar de todo, algunas excepciones, en forma de reflexión, sazonan el controvertido ajiaco. Morir en la arena puede leerse también como un discurso sobre la posibilidad del perdón y la redención, pero habrá que esperar a la última página para toparse con la salida del laberinto. Más estimulante es el bosquejo de una segunda oportunidad en un amor que, en los albores de una vejez sin acicates ni retos, renace de sus cenizas. El proceso recuerda de alguna forma a El amor en los tiempos del cólera, aunque las circunstancias y los ingredientes de la historia son diferentes. El mensaje, sin embargo, podría ser similar: nunca es tarde si la dicha es buena. Eso, en la Cuba descrita por Padura en su última novela, es más que mucho, porque no hay más asideros a los que agarrarse para no morir en la orilla, para no perecer en la arena. 

    Newsletter

    Recibe en tu correo nuestro boletín quincenal.

    Te puede interesar

    Ver el muerto, mirar la muerte

    Ni la muerte ni el amor soportan testigos, escribió Boris Pahor. Sin embargo, detrás de cada muerte había siempre un velo, la aspiración de una historia oculta, un «lo mataron», un «no supieron atenderlo bien», un «ya no daba más».

    Luis Miguel Oña: otro nombre en el panteón de los presos...

    Luis Miguel Oña Jiménez tenía 27 años cuando gritó...

    «Basta ya de mentiras»: la cruenta verificación de la presencia militar...

    En 2019 la diplomacia cubana también insistía en negar que hubiese oficiales y soldados de la isla en Venezuela, pero la prensa internacional reveló que al menos desde mayo de 2008 había pactos castrenses entre ambos países para garantizar la conservación en el poder de Chávez.

    Celeste Fierro: la militante argentina que se embarcó rumbo a Gaza

    Más de 28 mil personas se inscribieron para participar en la Flotilla Global Sumud: la diputada cordobesa fue la única mujer dentro de la pequeña delegación argentina.

    La «Opción Cero» de Díaz-Canel: retorna el más temible fantasma de...

    La semana pasada, el mandatario agitó en su comparecencia pública la habitual retórica propagandística del régimen cubano, pero, más significativamente, anunció un paquete de emergencia en respuesta al bloqueo energético decretado por la Casa Blanca para espolear cambios en la isla.

    Apoya nuestro trabajo

    El Estornudo es una revista digital independiente realizada desde Cuba y desde fuera de Cuba. Y es, además, una asociación civil no lucrativa cuyo fin es narrar y pensar —desde los más altos estándares profesionales y una completa independencia intelectual— la realidad de la isla y el hemisferio. Nuestro staff está empeñado en entregar cada día las mejores piezas textuales, fotográficas y audiovisuales, y en establecer un diálogo amplio y complejo con el acontecer. El acceso a todos nuestros contenidos es abierto y gratuito. Agradecemos cualquier forma de apoyo desinteresado a nuestro crecimiento presente y futuro.
    Puedes contribuir a la revista aquí.
    Si tienes críticas y/o sugerencias, escríbenos al correo: [email protected]

    Artículos relacionados

    Ver el muerto, mirar la muerte

    Ni la muerte ni el amor soportan testigos, escribió Boris Pahor. Sin embargo, detrás de cada muerte había siempre un velo, la aspiración de una historia oculta, un «lo mataron», un «no supieron atenderlo bien», un «ya no daba más».

    Luis Miguel Oña: otro nombre en el panteón de los presos políticos cubanos

    Luis Miguel Oña Jiménez tenía 27 años cuando gritó...

    La «Opción Cero» de Díaz-Canel: retorna el más temible fantasma de los noventa

    La semana pasada, el mandatario agitó en su comparecencia pública la habitual retórica propagandística del régimen cubano, pero, más significativamente, anunció un paquete de emergencia en respuesta al bloqueo energético decretado por la Casa Blanca para espolear cambios en la isla.

    Las gorras de la discordia

    Un grupo de muchachos valientes ha salido en defensa...

    DEJA UNA RESPUESTA

    Por favor ingrese su comentario!
    Por favor ingrese su nombre aquí