Listos para la guerra, pero no éramos el blanco

    Nos prepararon para la guerra desde que nacimos, nos vistieron de verde olivo y nos hicieron anudar en ballestrinque, pero resulta que nosotros no éramos el objetivo. Es lo que pienso cuando recuerdo ese día en que estaba yo en el portal de una casa vecina, en Playa Baracoa, un pueblito de más de siete mil habitantes al oeste de La Habana que parecía gobernarse a sí mismo, un pequeño estado autoabastecido, donde casi todo sucedía hacia adentro. La gente se alimentaba de la pesca del día o de la cría de cerdos, traficaba bienes de puerta en puerta, confiaba en la misma medida en el curandero que en el doctor y se casaba con el vecino de al lado, por lo que casi todos en el barrio terminaban siendo familia, e incluso si el romance ocurría tan lejos como en otro barrio, cabe suponer que casi todos en el pueblo tuviéramos, a la larga, algún tipo de parentesco. Lo tenemos.

    Desde aquel portal de tejas bajas, a mis nueve, acaso diez años, mis amigos y yo divisamos aviones sobrevolando el cielo despejado del pueblo, y pensamos que, finalmente, habían llegado los americanos. En cualquier momento iban a llegar, nos dijeron que era cuestión de tiempo que se robaran el país. Entre mis miedos de niña había dos, que terminaban siendo el mismo: uno, la muerte de mi padre, y otro, que llegaran los yanquis y yo estuviera lejos de él, porque si tiraban bombas, o disparaban a quemarropa, yo tenía que estar abrazada a mi padre para morirnos juntos. Mis afectos eran menos patrióticos que filiales, aunque fuera entrenada para lo contrario, para colocar el amor a la Patria en el lugar que naturalmente ocupaba mi papá. La pesadilla venía a mí con más frecuencia de lo que hubiese querido. Nunca nadie nos invadió.

    El pueblo parecía un lugar administrado por su propio tiempo. La gente se levantaba con el amanecer, los niños iban a la escuela, los adultos al trabajo. Los ancianos y amas de casa se mecían horas y horas en los sillones de los portales anchos por donde corría la brisa del mar, en el que pocos se bañaban, porque la gente que nace cerca del mar tiene una relación extraña con el agua, el disfrute no es precisamente mojarse, no existe el riesgo de que se acabe el verano, el secreto es la permanencia, saber el mar eterno en el patio trasero de la casa. Una vida buena.

    Había, sin embargo, algo más allá de toda aquella normalidad, de la rutina apacible de los pueblos en general. En algún sentido, Playa Baracoa también era un pequeño fortín diseñado para un futuro que no acababa de revelarse. Se alzaba sobre una red de refugios subterráneos que pertenecían a una realidad paralela, a la que nadie se atrevía a asomarse excepto nosotros, los niños. Sin saber exactamente de qué se trataba todo aquello, jugábamos a explorar refugios interminables, como serpientes kilométricas de concreto de las que no sabíamos casi nada, ni quién las había construido, ni en qué tiempo o con qué motivo, más que como tesoro de nuestra niñez. Dentro, encontrábamos algún zapato disparejo, una rata muerta, excremento humano, y salíamos más tarde al barrio con noticias de un mundo completamente inhabitado por los adultos, que no solo no parecían interesados en descubrir, sino tampoco darse por enterados de que existiera. Más de una vez nos regañaron, nos advirtieron que eran sitios donde pernoctaban violadores y matones. Seguimos yendo. 

    Por esos años yo era una niña que memorizaba poesías e himnos con una rapidez envidiable, a modo de tributo a los héroes vivos y muertos, el prototipo de pionera con la que la Patria contaba. Habitaba, a esa edad, dos mundos casi divorciados. Cuando acababan las clases, yo volvía a mi casa, a una familia de pocos altares, sin pedestales religiosos o patrióticos. No era una familia propiamente disidente, pero mucho menos un núcleo comunista. Entre todos, la que parecía más comprometida con el relato de la nación era yo, a quien la vida aún no había dejado ningún tipo de huella. Ese fervor venía directamente de la escuela y se dinamitaba en cuanto yo terminaba las clases. Con el mismo entusiasmo con que repetí que «el imperialismo yanqui» quería adueñarse de nosotros, recibía a los primos y tíos que llegaban de Miami, un lugar tan presente, a casi media hora en avión, pero tan lejos, como si un mundo entero se nos interpusiera. Por más que pronuncié consignas antimperialistas, nunca logré sentir odio por «el norte», nunca logré entender muy bien, a aquella edad, por qué nos decían que nos iban a atacar, por qué éramos su objetivo, por qué razón iba a llegar la guerra, o por qué yo juraba, como todos los del aula, que iba a morir por Cuba, cuando en realidad yo no solo le tenía pánico a la muerte, sino tremendas ganas de estar viva. Lo estaba.

    La época de secundaria llegó como descubrimiento. La escuela se ubicaba en otra zona del pueblo que conocía muy poco, un reparto militar llamado Los Cocos, maquetado con tristes edificios de microbrigada que le habían asignado a soldados, cadetes, tenientes, coroneles o personal retirado de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Aquel mundo me parecía raro y distante de lo que, a la larga, éramos yo y mi familia. Gente uniformada, con esa vestimenta almidonada que confería lejanía y altura, incluso cierto erotismo entre las mujeres del barrio. Algunos militares llegaron casados desde Rusia; otros dejaron hijos atrás, que nunca recuperaron, en un mundo que había dejado de existir. Según las historias que oí, por años estuvieron impedidos de poder hablar por teléfono o ver a sus familiares en el extranjero; a veces los saludaban a escondidas. Era gente que hacía guardias cederistas, que tenía un carro asignado, cuya descendencia, con frecuencia, les seguían los pasos, y aspiraban a ser como ellos, o sea, admitidos en la escuela militar Camilitos, ascendidos a algún alto rango, o a ganarse una estancia gratis en Varadero. Siempre me pareció un mundo lejano, incluso más lejano que Miami. Lo era.

    Cerca de allí estaba el pequeño aeropuerto, una de las bases de la defensa aérea cubana, donde a cada rato aterrizaba Hugo Chávez, o algún otro presidente. Lo sabíamos cuando la larga calle Panamericana permanecía custodiada por oficiales. Se decía que, como base militar al fin, era uno de los puntos claves cuando llegaran a atacarnos, en la permanente Guerra Fría que vivíamos, la contienda mental a la que sometieron a niños, adultos, y a todos los cubanos a la larga. El pueblo, bajo esas lógicas, se iba a extinguir en el primer ataque, con todos nosotros dentro. 

    Luego crecí, descubrí el amor y La Habana, y en esa primera juventud el miedo a la guerra se fue extinguiendo, un conflicto que parecía menos posible en la medida en que el país era menos país, en la medida en que Fidel Castro se ponía más viejo, en la medida en que había menos combustible para llevarnos en autobuses Girón a los actos por el Primero de Mayo, en la medida en que nuestro relato se fue tragando a sí mismo. Me hice más adulta. Me fui del país. 

    La pregunta sobre quiénes éramos o, en realidad, a quién le interesábamos, llegó con fuerza en otras tierras, el día en que me di cuenta de que, al final, al menos desde hace tiempo, ya no le importábamos a nadie. Que nos habían estafado con frases y consignas, al exigirnos estar alertas, porque la guerra era, sin chistar, de todo el pueblo. Nos entrenaron para desconfiar, para vigilar al de al lado, en un mundo que ya era otro cuando yo nací. Hace 35 años.

    En la vida que me ha tocado, el momento en que más cerca vi desaparecer la idea de Cuba fue cuando a La Habana la invadieron no los mercenarios, sino cantantes de culto, desfiles de moda y comerciantes de arte. No lo supe entonces. Los expresidentes Barack Obama y Raúl Castro habían anunciado el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, y la gente se apuró en ir a retratar la pobreza sin saber lo que la pobreza era en sí. Por esos días visité bares y galerías, me impresionaron, corrí a decirle a mi papá que había otra vida allá afuera, como nunca había visto en mi ciudad, y le dije que qué buena estaba La Habana, que qué divertida estaba La Habana, que qué movida y repleta de gente linda. Mi papá, que nació y apostó por permanecer toda su vida en el pueblo, me preguntó, desentendido, que dónde era eso, que qué bueno, pero que él no se enteraba, que la vida en Playa Baracoa seguía normal, siendo la misma, y ellos, la gente, en la luchita, en el día a día, en lo de siempre. Fue un mazazo. ¿Para quién estaba cambiando Cuba? 

    Esa es la única invasión que he conocido por parte de los americanos, que llegaron en cruceros y aviones, y abarrotaron las calles, poniendo en jaque a un gobierno preparado para la contienda, que no sabía cómo lidiar con la abundancia. La penetración no llegó en forma de guerra, sino de fiesta. Duró poco. 

    Por estas semanas he visto nacer, otra vez, el discurso belicista con el que crecí, y cuando a la distancia percibo las imágenes del pueblo honrando a los militares caídos en el ataque gringo a Venezuela, o las marchas de repudio en la Tribuna Antimperialista, o la alerta que dice ahora mismo que el país se declara en Estado de Guerra, me parecen placas de otra época, cartas que se tardaron décadas en llegar, y que, cuando llegaron, ya el mundo irremediablemente había cambiado. Letras que anuncian una inminente desmantelación del comunismo, cuando el comunismo se extinguió. O que amenazan con dinamitar el socialismo, cuando ya nadie sabe lo que el socialismo es. O que piden estar en pie para defender la Revolución, ¿qué Revolución? 

    Resulta que el blanco de los yanquis no éramos nosotros, o sea, no era el azúcar, no eran las arenas blanquísimas de Varadero, ni la posición estratégica en el Caribe. Ahora que a Venezuela le han extraído quirúrgicamente a Nicolás Maduro (Estados Unidos, «con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América»), hay gente nuestra que se pregunta por qué. Se suponía, o al menos eso nos dijeron, que nosotros estábamos de primeros en la lista, éramos todo lo que quería Washington desde los sesenta. Vestida y sin ir al baile está Cuba, en un orden expansionista que tiene los ojos en el petróleo de Sudamérica, incluso en el ártico, no en las Antillas. 

    Sea lo que sea, escribo esto desde un lugar donde no se suponía que escribiera, en una ciudad que no es La Habana, lejos de mi pueblo, en el que ya quedan cada vez menos de nosotros, sin idea de a cuánto está el dólar en la calle, o cuánto hay que zapatear un cartón de huevos, es decir, completamente fuera del sitio para el que fui concebida. Viviendo en un país que expulsa, y aborrece, a la gente como yo. Si llega la guerra, yo estaré en el lugar donde la Revolución que me forjó no imaginaba que estuviera. Ese es el resultado de esa Revolución. Si algo pasa, si llega la guerra, me va a agarrar en ese país que no se nombra y en el que muchos terminan; en ese corredor llamado exilio.

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    2 COMENTARIOS

    1. Reflexión incisiva llegando hasta el vericueto en el cual finalmente recalaste.

      Conocí tu poblado porque viví en Bauta y ese litoral era nuestro «playground» en verano. Exploramos algunos de esos refugios subterráneos y más de uno aprendimos a nadar a la brava tirándonos del muellecito solitario y ruinoso al este del «balneario». También recuerdo el arribo de los asesores rusos que preñaron a varias por aquellos lares.

      Me apena la gente que fue estafada por los que vendieron un paraíso socialista, que no fue ni nunca será. Mi padre, un hombre que con una educación formal de octavo grado, llegó a un puesto gerencial en una empresa foránea. La revolución lo despidió por haberse confabulado con los explotadores del pueblo. Más tarde le expropiaron un modesto taller de ebanistería que montó porque la empresa privada estaba reñida con los principios revolucionarios. Mi padre y madre, sin estudios ni intelectualidad más allá de trabajar para ganarse el sustento honestamente, tener un techo y criar a sus hijos decentemente, se dieron cuenta de la estafa. Y desde la mitad de la década del sesenta nos convertimos en exiliados por falta de libertad, no en emigrados por estrechez económica.

      Los cubanos muertos en Venezuela son los proverbiales corderos sacrificados en un cruel trueque de sangre por crudo. Los venezolanos entregaron a Maduro sin un rasguño, pero los personeros del régimen no se lo dicen a ese pueblo al que ahora le piden, por enésima vez, ponerse en pie de lucha.

      Saludos Carla Gloria

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