Los Delta Forte atraparon a Nicolás Maduro mientras intentaba refugiarse en un búnker en la madrugada del 3 de enero de 2026. Al menos 32 cubanos murieron durante el operativo de las fuerzas estadounidenses en Caracas. Cuando la noticia llegó a La Habana, desde la cúpula del emporio militar Gaesa hasta la sede del Partido Comunista, y en cada espacio donde se concentra el poder en la isla, debió instalarse una misma sensación: miedo ante lo que podría venir después.
Esa incertidumbre no quedó restringida a los pasillos oficiales. También atraviesa a buena parte de la diáspora y a los cubanos que, dentro del país, anhelan el fin de más de seis décadas de castrismo, precariedad y separación familiar. Casi dos meses después, las preguntas se acumulan: ¿existen conversaciones entre la Casa Blanca y el régimen cubano? Y si existen, ¿quiénes negocian? ¿Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl Castro y sobrino de Fidel Castro? ¿O Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias «El Cangrejo», nieto y escolta del general, como reportan medios internacionales? ¿Busca Estados Unidos una transición profunda o solo presiona por «libertades económicas» que desemboquen en una reforma autoritaria?
En medio del ruido político a ambos lados del estrecho de la Florida, persiste una interrogante: ¿quién protege las vidas de quienes sobreviven —sin importar el bando— a la desidia y la violencia del poder?
La economía cubana ha llegado a un punto de colapso que obliga a cambiar. Pero el colapso no garantiza democracia. Sin una transformación institucional profunda, lo que podría surgir no sería una transición, sino una versión más sofisticada del mismo poder.

Libertades económicas: ¿estrategia o antesala?
El secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, de ascendencia cubana, afirmó ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado el 28 de enero que Washington quería ver «un cambio de Gobierno en Cuba».
Más recientemente, en el marco de la Conferencia de Seguridad de Múnich, Rubio declaró en una entrevista con Bloomberg News: «Es importante que el pueblo cubano tenga más libertad, no solo política, sino económica». «Eso es lo que este régimen no ha estado dispuesto a darles, porque temen que, si el pueblo cubano logra mantenerse a sí mismo, perderán el control sobre él», añadió.
El republicano de Florida y primer latino en ocupar la Secretaría de Estado no ofreció detalles sobre el enfoque de Estados Unidos hacia la isla, porque —según dijo — «obviamente, estas cosas requieren espacio y tiempo para hacerse correctamente». Pero, advirtió que pujar por «las libertades económicas» es «una posible vía de avance».
Para Maykel (nos reservamos sus apellido por su situación migratoria actual), un cubano que hoy trabaja en un parque estatal en Jacksonville (Florida) tras volar de La Habana a Managua, atravesar Centroamérica y cruzar la frontera entre México y Estados Unidos, las palabras de Rubio fueron «más de lo mismo».
«Yo solo miro las noticias esperando que digan algo bueno sobre Cuba: capturaron a [Miguel Díaz] Canel, entraron a La Habana, llevaron comida a la gente, ya no queda ninguno de esos viejos que han destruido el país; ahora sí puedo ir en yate con mis socios a ver a mi viejo. Pero nada pasa. Siempre es igual. ¿Cómo puede ser que no le importemos a nadie? Los cubanos no salvamos a los cubanos, y nadie nos ayuda. Yo no soy mucho de hablar, no me sé explicar bien, pero lo resumo así: la vida de mis abuelos fue una mierda, la de mis padres también. La mía es mejor, es verdad, pero siento que vengo de un país condenado.
Aquí, en EE. UU., tenemos ciertos privilegios, sí. Pero los privilegios deberían estar en nuestro país. Y no tenemos la fuerza ni el poder para cambiar eso. Lo digo con pesar».

El fantasma de la continuidad
Cuando Marco Rubio habló de las necesarias «libertades económicas» para Cuba, y aparentemente se ensombrecía el tema de «cambio político», comenzó un debate en redes sociales sobre la llegada de un posible castrismo 2.0.
Para el abogado cubano exiliado en Serbia, Fernando Almeyda, la lectura alarmista peca de simplificación. «Me parece que se trata de una interpretación innecesariamente pesimista», dice. A su juicio, ni el Departamento de Estado ni el propio Rubio han hablado de continuidad del poder en Cuba. Y aunque el discurso oficial y parte del exilio repitan esa palabra como advertencia, Cuba —afirma— ha cambiado tanto desde 2021 que, sin haber seguido el proceso año a año, hoy sería irreconocible.
«El único elemento que permanece en la isla es el Partido Comunista y el maltrecho modelo económico», sostiene. Almeyda cree que el actual enfoque de Washington no prioriza la exportación del modelo democrático estadounidense, sino la alineación geoestratégica y los intereses hemisféricos. En esa lógica, Cuba continúa siendo una pieza clave: con Venezuela y Cuba fuera de juego, Nicaragua tendría poco margen para sostener su posición histórica frente a Estados Unidos.
Pero su argumento va más allá de la geopolítica. Para él, el sistema cubano no es reformable. «Debe ser desmantelado», afirma. Rubio —dice— parte del diagnóstico de que el modelo es un fracaso estructural.
Desde Cuba, al periodista y escritor Boris González Arena le parece «una estrategia sensata», «transitar hacia la libertad utilizando de manera coyuntural la estructura política existente». «Llena de riesgos, por supuesto, como será cualquier estrategia que se asuma en un país devastado por décadas de tiranía comunista», comentó en su perfil de Facebook.
En su caso, la esperanza no es ingenua; es casi un acto de resistencia. A González Arena, a quien las autoridades le impiden salir del país por su postura crítica frente al régimen del PCC, lo conmueve «lo que comienza a moverse sobre y dentro de Cuba». Y advierte que uno de los mecanismos más eficaces del castrismo ha sido, precisamente, asfixiar la expectativa de cambio.
La poeta, narradora y ensayista Mabel Cuesta, radicada en Estados Unidos, comparte una visión que oscila entre el pragmatismo y la cautela. Su valoración del enfoque es «positiva, aunque no ideal». La experiencia del deshielo entre Barack Obama y Raúl Castro es, para ella, la prueba más reciente de que las reformas económicas pueden convivir con la inmovilidad política.
Cuesta propone mirar el problema desde más atrás, desde la lógica de plantación que ha atravesado la historia cubana. Una estructura donde quienes controlan la tierra —y hoy el aparato estatal— difícilmente renuncian a sus privilegios. La apertura económica, admite, puede reconfigurar la sociedad civil y generar márgenes de autonomía. Pero también puede reforzar la arquitectura autoritaria si no se altera la propiedad real del poder.
No cree en transiciones exprés. «¿Va a traernos esto una transición democrática en 48 o 72 horas? No», dice con franqueza. Considera que existen condiciones para reformas económicas que impacten la vida cotidiana, pero no para una transición democrática pacífica inmediata. La oposición está fracturada, los resentimientos acumulados son profundos y el liderazgo es difuso, subraya.
Aun así, ve en una vía gradual una opción imperfecta pero posible. Lenta, negociada, llena de concesiones. Durante los años de deshielo, recuerda, el impacto en la sociedad civil fue tangible: «se abrieron brechas de clase, sí, pero también espacios de respiración económica para los sectores más vulnerables. La gente podía llevar un plato de comida a su casa». «En una ruta así tendríamos todos que tener la humildad y la paciencia de esperar a ver qué sucede con esas reformas económicas y con ese empoderamiento de la base en el curso, no sé, de tres o cuatro años», señala.
Lo que descarta con claridad es la salida armada. Una intervención militar, advierte, sería no solo desatinada sino neocolonial, y terminaría por erosionar el legado independentista cubano.
Entre quienes temen la continuidad maquillada y quienes aceptan una transición lenta y negociada, el fantasma que sobrevuela es el mismo: que la estructura se adapte sin desmontarse.

La aritmética del fracaso
El debate público ha girado en torno a las «libertades económicas», pero ¿libertades para administrar qué ruinas?
El economista cubano radicado en Estados Unidos, Miguel Alejandro Hayes, es tajante: «El estado actual de la economía cubana es de colapso. No es un término ideológico o político, es un término técnico a partir de estándares internacionales para considerar a un país desde el punto de vista económico».
Desde esa premisa, desarma la idea de que el problema pueda resolverse con simples aperturas parciales. «Una economía colapsada no se resuelve con libertades económicas, sino con un plan internacional de reconstrucción», afirma. Y aterriza la metáfora: «La libertad económica lo que te da es la fábrica, el que vende croquetas… pero la infraestructura la hacen planes gubernamentales, ayudas internacionales porque son montos muy grandes».
El diagnóstico no se queda en el comercio minorista ni en la pequeña empresa. Apunta a la arquitectura misma del Estado. A su juicio, la inversión privada solo funciona «cuando hay un acompañamiento institucional». Y ahí está el núcleo del problema: «La realidad cubana es de infraestructura colapsada, prácticamente no hay país».
En ese escenario, hablar de reformas sin política es, para Hayes, una ilusión técnica. «Para que existan esas instituciones que den un acompañamiento a ese proceso (…) hay que hacer inevitablemente cambios políticos». En términos concretos, eso implicaría «una reforma de la banca que es imposible, posiblemente una privatización de la banca», además de «transformaciones institucionales, eliminación de leyes de monopolio».
Sin ese desmontaje estructural, advierte, lo que podría haber «es una sofisticación de las relaciones de poder».
Sobre las más recientes declaraciones de Marco Rubio, Hayes sugiere cautela: «Esto a lo mejor es tirar carnada y ganar tiempo en una estrategia de negociaciones». Y añade un elemento sobre el cambio político en Cuba: la oposición cubana ‘no tiene cómo gobernar Cuba’ de manera inmediata. Cualquier proceso, considera, implicaría «mantener la parte de la institucionalidad castrista, por lo menos que garantice un funcionamiento y un orden mínimo en el país».
Aunque el economista advierte sobre el colapso económico del país y el necesario cambio estructural y político, reconoce que no imagina una ruptura abrupta. «Puede haber inicialmente cambios cosméticos», que traerían «un beneficio económico para un grupo de personas, porque el estado en que está Cuba, cualquier cosa es mejor», pero que no necesariamente «van a borrar el castrismo tal y como lo entendemos», pues ciertos núcleos de poder «tienen el know how para preservar —mal preservado, pero da igual— el orden en Cuba».
Entre la demolición y la continuidad hay una zona gris. Y es donde podría gestarse, no el fin del poder, sino su reconfiguración parcial.
En La Habana, aquella madrugada del 3 de enero cuando capturaron a Maduro, probablemente hubo miedo en los pasillos del poder. Pero el miedo no siempre cambia las cosas: a veces solo las reacomoda.
Maykel, desde Jacksonville, no piensa en geoestrategia ni en reformas bancarias. Piensa en su viejo, en su barrio en El Cerro, en una vida que pasó de generación en generación sin romper el mismo muro invisible. «Siempre es igual», dijo en reiteradas ocasiones en su conversación con El Estornudo.
Tal vez la hora incierta de Cuba no se decida en Washington ni en un despacho del Partido Comunista, sino en algo más simple y más radical: que una generación deje de heredarle a la siguiente la idea de que nació en un país condenado.
