Tres, y otra vez a esperar…

    Una crónica personal en la periferia de la Marcha de las Antorchas, el último ritual político masivo en Cuba, ya sumida en crisis extrema, antes del bloqueo energético de Trump.

    Es 27 de enero en La Habana, en la Colina de la Universidad de La Habana.

    Es otro día «normal», en el resto de la ciudad; toca hacer lo habitual: chequear si hay electricidad o no y, en dependencia, lavar, adelantar las comidas, cargar los equipos, conectar la planta, el ecoflow o, en la mayoría de los casos, esperar – la mayoría de los días – esperar a que vuelva la luz o llegue el mensajero de la farmacia del mercado informal. Esta vez trae las pastillas de un tratamiento que parece más un ejercicio de fe: tres pastillas-bombas cada vez que duela para que se explote el núcleo duro, y otra vez esperar – que comience la secreción – esperar – que se caiga el gobierno – esperar – a ver si es que entran los americanos (rondan en la cabeza un montón de horas-imágenes en el matutino escolar, anunciando esa posibilidad, y se escuchan como un ruido de fondo los versos de Zulema Gutiérrez: «existe un punto en el que ustedes tienen la razón:/ hombre ensimismado y sin hondura/ cerrado a toda explicación/ o evidencia de fallo socialista»; tienen también la responsabilidad, la culpa) – y esperar – que se vayan los dirigentes por sus propios pies, Alguien dice ¡no! ¡qué descalabro!; alguien le responde ¿y ahora? ¿qué cosa está en orden? Yo busco, con los ojos tan abiertos que se me resecan, algún otro relato. Busco sabiendo que no lo encontraré. Mis amigxs que viven aquí lo buscan y lo encuentran, lo crean, lo llevan al gesto a duras penas. (Qué podré descubrir yo que ya escribo desde una mañana cómoda y soleada de Valencia – también espero – describo). 

    En todo el viaje a Cuba intento no cerrar los ojos más que cuando una basurilla se entromete, y entonces ahí, como en la intimidad con el propio cuerpo que regala un bostezo, aprovecho para soltar la lagrimita. Sin que nadie me vea; el llanto también se pega.

    la mañana

    Hoy mis padres y yo tenemos el plan de ir al estudio de Yornel Martínez. Hemos acordado una visita para ver el catálogo de Ediciones*. Para llegar hasta allí decidimos que lo mejor es pedir un carro directo. Vamos con un poco de retraso y mi madre se ha tomado una sola de las tres pastillas; continúa con dolor y seguimos viviendo bajo el mismo régimen hostil. Al salir a la calle nos damos cuenta de lo acertado de nuestra decisión. Los alrededores de la escalinata de la universidad, en donde estamos, son un caos de desvíos y embotellamientos. Montados en el Moskvich azul azul que, a través de la app, aceptó nuestro viaje, avanzamos muy poco a poco. «¡Qué barbaridad!», dice el chófer, ante la dificultad para salir de esa zona y ante una serie de personas que vamos viendo sentadas a lo largo de esas cuadras. Ellas también esperan, pero otra cosa, no sabemos qué, pero creemos que la merienda correspondiente por llenar las calles durante el día y, sobre todo, en la noche, cuando tendrá lugar la «Marcha de las Antorchas». Esta vez, además del natalicio de José Martí, es una más de las actividades dedicadas este 2026 al centenario de Fidel Castro. Junto a las personas se ven carros blancos; deben haber transportado a quienes ostentan algún poder dentro de esos grupos. El taxista continúa: «Mira, todos de brigadas enviadas. Yo no sé, en mis tiempos esta era una marcha que animaba a lxs estudiantes, era estudiantil, y no había tanto lío. Mira desde la hora en que están cubriendo la zona. Y para esto sí que hay combustible. Para esto, y para poner banderas de Pakistán, sí que hay combustible». Intuimos que se refiere a banderas de Palestina. El gobierno ha instrumentalizado el discurso en favor de Palestina para mantener su imagen progresista y pro-derechos ante ciertas agrupaciones de izquierda. Si el gobierno dice Palestina, la gente escucha Pakistán o cualquier otra cosa. Todo discurso que venga portavoces gubernamentales será rechazado y cambiado. Ocurrirán legítimos cortocircuitos en el cerebro que, hambreado y obstinado, mientras ellos hablan, más padece. 

    En el camino hacia allá, mientras mis padres hablan sobre los edificios en estado de ruina y el chófer comenta que se van cayendo cada vez más rápido porque la gente coge los ladrillos para arreglar sus casas o para venderlos —«¡Aquí todo es vendible!», exclama—, voy mirando las calles y creo que los grafitis lo explican todo: la flor recurrente, un grito ahogado-el susurro que emite cualquier grieta… No hay, Viva Cuba Libre, Circo sin pan, demonios de Mr. Myl o de Taiko, los pies fríos y numerados del cadáver. 

    la tarde 

    Debemos regresar al centro del avispero. Nos acercamos a coger otro carro en la piquera. El buquenque anuncia que continúa aquel atolladero. Grita: «¡Tienen tanto lío porque es la última marcha de esas! Ellos lo saben, les quedan 29 días. Y hace falta… A ver si se cae esto y me devuelven el carnet de identidad que hace 20 años me quitó la Seguridad del Estado». Lo miro y no parece tener mucho más de 30; me pregunto si hace 20 tendría edad para tener carnet o si creció desidentificado. No me da tiempo a salir de duda. El almendrón arranca a toda velocidad. 

    Una vez en San Lázaro, comenzamos a chocar con policías cada dos cuadras. Indican girar por una calle o por otra. Hacen a los carros dar vueltas en U, y alguna en círculo. No han establecido rutas coherentes ni eficientes; solo se sabe que cada dos esquinas debe haber un desvío, da igual hacia dónde. El chófer gira resignado y molesto; tardará más de lo habitual en terminar la ruta y gastará el combustible por el que pasó la noche en una de las extensísimas colas que se ven nacer de cada gasolinera. Una de las pasajeras que nos acompaña da en el clavo y me hace entender mucho de lo que he vivido en este viaje: «Es que aquí, con ellos [los policías] no hablamos el mismo idioma, es que aquí nadie habla el mismo idioma». La expresión de la muchacha, y el estado de cosas, me recuerda a Herta Müller: «el mundo se construía pieza a pieza en contra del sentido común».

    Nos bajamos del carro a varias cuadras de donde lo haríamos un día sin cercos. Debemos llegar caminando a nuestra calle. Atravesamos Infanta y San Lázaro por el centro de las avenidas. Vamos mirando con susto a los dos lados. No por el tráfico, las calles están cortadas. Sino por la cantidad de personas que también nos miran como cuestionando nuestra existencia. Personas de aquellas que esperaban y que se han mantenido en sus puestos. Algunas, ya que ha entrado la tarde, esconden latas de cerveza o pomitos con un líquido transparente y amarillento. Una de ellas, en la antigua esquina de la ostionera, parece estar desmayándose. Sentada, mantiene la espalda recta, es sostenida por varios hombres que la miran sin saber qué hacer; uno le presiona ese punto de activación que se encuentra entre el labio superior y la nariz. Les sigue preocupando más quiénes somos y tienen la habilidad, mientras auxilian a su compañera, de intimidarnos por mirar la escena. Quienes no la ayudan se limpian los dientes a la espera de la caída de nuestros ojos. Sostenemos la mirada y alcanzamos a ver, detrás de su piel, ese color perga del que tienen la sangre. 

    Casi llegando a la esquina de 27 y O, casi saliendo de la masa esbirra, mi padre me señala una mochila colgada en la reja de una casa. Es una mochila que denota cuán dueños se sienten de las calles y de la zona; pueden dejar sus pertenencias aparentemente al descuido. Como ya casi estamos a salvo, pienso que puede ser una buena foto. Saco el teléfono. Enfoco. La tomo. Cuando levanto la vista veo a mi madre haciendo una mueca que me traspasa. Está hablando con alguien que se acerca detrás de mí. Me giro. Un hombre manoteando nos pregunta qué hicimos. Nos dice que tiramos una foto y que tenemos que borrarla. Yo me asusto, mis padres se enfrentan. No sé si esconder la foto o dejarla a la vista. Quiero conservar el teléfono, pero también la foto —este hombre acaba de convertirla en algo importante. Mis padres le dicen que no hicimos nada y que vivimos ahí, que esa es nuestra calle. Mientras, vamos dando media vuelta y seguimos caminando. No hay más conversación posible con esa persona que también comienza a retractarse. Está seguro que tomé la foto, pero ha quedado en evidencia su falta de propiedad sobre el espacio, y no sabe cómo incriminarnos por querer capturar su mochila, Thaba, azul celeste, casi tierna, con sus cosas de represor metidas dentro, descansando, todas las horas de su espera, en la reja de nuestra supuesta casa.

    la noche 

    Con la misión de llegar una vez más a La Habana Vieja, y para esto, primero, la misión de encontrar dónde podría montarme en algún carro que me lleve hasta allá. Salgo a caminar. Esta noche se puede caminar porque, como han estado anunciando lxs vecinxs desde la mañana, difícilmente quitarán la luz en la zona. Bajo por N para alcanzar 23 y seguir por toda la avenida. Voy siempre en dirección contraria a grupos de personas entre 30 y 60 años que se dirigen a la Colina Universitaria; otros, como en la tarde, esperan… No hay esquinas vacías. En 23 y M, debajo de ese cartel neón en rojo, «Patria o Muerte ¡Venceremos!», que pusieron hace unos años cuando intensificaron la propaganda necropolítica, hay un punto estratégico que funciona, por lo menos, para la distribución de agua. También en ese cruce de calles los policías redirigen a los carros que suben desde Línea. La indicación es doblar hacia la derecha en 23 hasta llegar a G para, una vez allí, bajar unas cuadras y volver a subir esa avenida. Todo itinerario hasta la Habana Vieja debe hacerse por Carlos III. Esa es entonces hoja de ruta. A lo largo de la avenida 23 voy contra la marea de hombres grises, que tienen otro nodo en el parque El Quijote. Se recuerdan insistentemente ir tomando fotos. 

    Hoy Carlos III es más estrecha de lo habitual. Además de estar asumiendo la densidad de muchas rutas, dejaron ahí parqueadas las guaguas que acercaron a las masas al sitio de la marcha. Una exposición de P9, P5, 174 y 222, estáticas; una larga fila de guaguas. El silencio atónito que caracterizó al lento viaje hasta el parque El Curita fue interrumpido solo dos veces. Una por el chófer, quien al ver una mancha de humanos desanimados en dirección contraria a nosotrxs, es decir, avanzando hacia la zona universitaria, exclamó con ironía: «¡Mira, ahí va el pueblo enérgico y embravecido!», y apagó la frase en una risa incrédula. Y otra cuando, ante la exposición de guaguas, uno de los pasajeros dijo: «¡Ah! Para esto sí hay combustible, ¿no? Hace meses que no se ve ninguna de esas por la calle. ¡Es increíble, chico!». Nada más se habló en el trayecto. 

    Una vez en La Habana Vieja debo esperar un rato a la amiga con que he quedado. Como llevo aproximadamente 40 minutos de pie junto a una ceiba (mi amiga está atravesando lo que acabo de vivir), un señor se me acerca para preguntarme si soy del gobierno. Le digo que no, enfática. Se disculpa. Me explica que lo creyó porque él sabe que «cuando hay marchas y actividades “ponen” a gente en distintos lugares, para mantener todo controlado. ¡Tú sabes…! De todas maneras, yo no tengo nada en contra ni a favor, yo solo quiero saber si hoy pasará otra vez el P12». Se acerca al árbol desde la parada cercana. No puedo darle ninguna respuesta, pero le cuento lo que vi a lo largo de Carlos III. Decide partir hacia su destino por otros medios. Una señora mucho mayor que él se mantuvo atenta a nuestra conversación. Cuando me fui todavía esperaba que le quedara un último viaje a la guagua. El resto de personas habían renunciado; eran ¡ya! las 7 y 30 de la noche. 

    De regreso a la casa, ya no hay atolladero, no queda rastro de lo que había estado sucediendo durante todo el día. No hay hombres grises, ni, como esperaba, banderitas por el suelo, ni antorchas abandonadas, ni vallas, ni los latones de basura que dispusieron para la ocasión. Pienso en que mañana, día 28, las redes sociales se llenarán de frases martianas y análisis sobre lo que pasó hoy en la marcha. Habrá discursos encontrados y algunos que desde sus aparentes puntos opuestos hablarán de lo mismo: otra vez sobre el hombre, el héroe, el símbolo, el busto. Me aburro y recuerdo un grafiti de los que vi en la mañana: «El Drama de la Heroína». Pensando en eso me invito a salir del relato del Estado, de sus desvíos, vueltas en U y en círculos, de su violencia justificada siempre en la boca de algún hombre. Me pido atender aquello que también ha pasado hoy: desde adentro de las casas sale olor a limpio, hoy no se fue la luz, hoy se pudieron poner a lavar varias tandas de ropa, se recargaron los equipos, se adelantaron comidas, pero ¿cuántas… cuántas pastillas-bombas se han tomado hoy nuestras madres? 

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