Llamémosle X. Hace unas semanas me habló X., estadounidense, un tipo afable, entusiasta y periodista. Me pidió tips para aterrizar en La Habana, pistas que no pude ofrecerle, porque he empezado a desaprender un lugar que antes conocía milimétricamente, un sitio que cambia, aunque parezca que nada cambie. Me dice X. que está pensando en irse a Cuba unos días, hacer todas las fotos que pueda, hablar con toda la gente que encuentre, permanecer en la isla, porque si mañana Cuba «se cae», si mañana Donald Trump «tumba la dictadura», quiere que los grandes medios, digamos The New York Times, digamos The Washington Post o The Wall Street Journal, sepan que él está allí, donde están ocurriendo las cosas, el mejor lugar donde pudiera estar ahora mismo, algo que va a impulsar —esto no lo dice, pero lo dice— su carrera como periodista espectador de la caída del último bastión comunista de Occidente. La boca se le hace agua.
Hace al menos cinco años que Cuba están en un sitio tan oscuro como hoy, sin que nadie acudiera al llamado ni de los presos políticos, ni de las madres en busca de la comida de los hijos, ni de la familia a la que el techo está por caerle encima. Ha sido Trump quien ha vuelto despertar interés, menos por la isla en sí y más por el propio Trump, que mueve los hilos del mundo político y, desde una silla en el Despacho Oval o en Mar-a-Lago, dice que va secuestrar a Nicolás Maduro y lo secuestra, amenaza con va a atacar a Irán y lo ataca, y ha insistido en que va a resolver el problema cubano. Cuando Trump habla de Cuba pudiera estarse refiriendo a cualquier otro sitio: repite los mismos sustantivos y adjetivos como quien no nombra nada, ha dicho diez veces «nación fallida», otras diez que «no tienen dinero», con el desprecio de alguien que en realidad conoce poco de ese lugar que dice que va a salvar.
Ahora estamos todos a la espera de qué carta va a mover, si la de Cuba sin los Castro, o la de los Castro sin Cuba. Le respondo a X. que sí, que compre un pasaje y vaya. Pregunta si podría sucederle algo. Infiero que con eso habla de la represión o la cárcel. La han abierto las puertas a cualquier flotilla humanitaria que no salga de Miami, así que nada va a sucederle. No es cubano, él puede contar el país, convertirse en una estrella del oficio sobre la leyenda de la isla que se hunde; los que no estamos permitidos somos nosotros.
Ahí está mi amiga M., que apenas duerme creando contenido sobre Cuba en sus redes sociales. Le encantaría hacerlo desde su casa en Miramar y no desde el apartamento de Miami. Ahí está mi colega A., editando a la distancia reportajes sobre los basureros incendiados de La Habana, que no alcanza a imaginar. Por ahí está C., que recibe y publica propuestas sobre cacerolazos y apagones que no padece. Y acá estoy yo, que hago mil extravagancias para imaginar el país que nos quitaron. Es una estrategia astuta esa de ir alargando tanto la distancia entre el periodista y su realidad, hasta el punto en que ya el periodista no pueda captarla, ni encuentre palabras para describirla, teniendo como resultado un periodista mudo frente al desastre de su nación.
Hay más de nosotros por ahí, todos dispersos. Alguna vez fundamos un medio, cogimos la calle, ensayamos las historias. Hasta que lo permitieron. Ahora que está desfilando la prensa extranjera por Cuba, matándose por ser el último testigo del cuerpo agonizante del castrismo, somos nosotros quienes no podemos asistir al velorio. El país nos hizo periodistas, y cuando vio que no éramos quienes iban a contar el relato editado de su Revolución, nos apartó, uno a uno, a sitios muy extraños y distantes.
Le ha abierto, sin embargo, la puerta a los otros. Han desfilado por estos días los grandes reporteros ansiosos por contar el fin de una era; o los fotógrafos atraídos aún por el malecón y el Chevrolet, todos girando hacia Cuba el día en que lo decide Estados Unidos, y no ante el llamado real y desesperado de los cubanos. Para ellos Cuba se está cayendo ahora; a nosotros se nos cayó hace rato. Trato de no dejarme llevar ni por las noticias ni por el tiempo político y pienso en que, en realidad, esa muerte ya venía sucediendo y que la prensa independiente cubana ha estado ahí para contarla, como ha podido, incluso desde lejos. Cuba siempre ha sido tanto de los demás y tan poco de nosotros. Es una idea que me viene con dolor.
Mi amiga V. se fue a finales de enero de este año con la familia al hotel Barceló Solymar, un resort todo incluido que una tía de Miami les reservó para una semana de vacaciones en Varadero. A su llegada, les colocaron a ellos, los cubanos, una manilla blanca. A los turistas, mayormente canadienses y rusos, una manilla verde. Mi amiga no entendía qué implicaba o de qué manera los diferenciaba aquellos tonos, hasta que aprendió el lenguaje del color, la manera en que los separaban de los visitantes extranjeros. Para el verde había toallones afelpados, para el blanco toallas comunes; para el verde las mejores habitaciones, para el blanco unas en las que faltaba el agua o algún azulejo de baño; para el verde todo el Whisky y los licores; para el blanco el ron nacional y el vaso de cerveza dispensada. Hubo años en que los cubanos ni siquiera pudieron pisar las instalaciones de un hotel, construido para alojar al yuma.
Siempre fue de ese modo: ellos y nosotros, hasta hoy. Cuando en 2015 La Habana empezó a repletarse de fiestas, arte, restaurantes y eventos de moda, no entendí lo que ahora sí. Aquella gran fiesta citadina en realidad era para que asistieran Karl Lagerfeld, o Vin diesel, o Paris Hilton, incluso el propio Obama; no tanto para nosotros. Luego todo en Cuba ha sido represión. El estado cubano privilegió siempre al extranjero por encima del nacional; el dólar antes que el peso.
El sistema cubano no desató la guerra contra los gringos, sino contra su propio pueblo. A los estadounidenses los recibieron de brazos abiertos cuando desembarcaron en multitudes hace unos años a inyectar con verdes la industria del turismo, a los cubanos los echaron en barcos desde el Puerto del Mariel, o en balsas caseras desde cualquier punto de la costa. Hace unos días, la madre de un preso político me decía: «¿Cómo es posible que en mi país sean capaces de sentarse a escuchar y dialogar con cualquiera, menos con nuestros hijos, con nuestros hermanos, con este pueblo que se está, literalmente, muriendo?» Su hijo había salido a las calles el 11 de julio de 2021 a participar de la protesta masiva que lo convirtió en un preso político junto a más de mil personas. Les pidieron comida a su Gobierno y el Gobierno los agredió. Les pidieron Libertad, y los secuestró. La ciudadanía lleva tiempo exigiendo su excarcelación, pero el Gobierno no los sacará de las prisiones el día en que los cubanos lo pidan, sino cuando llegue un acuerdo con el Vaticano, es decir, cuando lo dicte Estados Unidos. El divorcio del castrismo es con su gente.
Ahora resulta que, en medio de la crisis histórica que el régimen enfrenta, son los cubanos los únicos que podrían salvar Cuba, a modo de justicia histórica. El Gobierno se ha virado hacia sus emigrados y les ha pedido que hagan un viaje de regreso, una travesía en reversa, para remendar una economía escuálida. Les ha prometido «acogerlos, escucharlos y atenderlos». No he tenido noticias del primer cubano que ha vuelto a poner el primer dólar. Más allá de un regreso —porque la gente tiene una vida y tiene memoria—, el cubano necesita que el país del futuro lo trate como tal, que le dé la bienvenida. Lo merecemos. Ya es hora.

Conmovedor