En el medio del mar hay un barquito. Hay dos, tres, muchos más. Van cargados de medicinas, de alimentos que, quisiera creer, llegarán a la gente de una isla que flota en el mismo mar que nos separa. Una isla que flota, pero se ahoga. Desde hace años se ahoga sin remedio. Duele ver esta muerte lenta en mi feed cada mañana.
Hace un tiempo dije que el día que dejara de escribir sobre Cuba sería uno de los más felices de mi vida porque significaría que ya todo estaría bien, que la pesadilla de los Castro sería cosa de una noche oscura, lejana, demasiado larga. El pecho no dolería más. Pero la pesadilla ha seguido invadiendo los días y noches de muchos. Aun así, he dejado de escribir en nombre de mi salud mental. He dejado de mirar compulsivamente las directas, los posts/gritos de auxilio. A pesar de todas las medidas de precaución tomadas, el pecho sigue explotado de dolor y ya no aguanta este silencio autoimpuesto. Ya los dedos no pueden contenerse ante el absurdo y la polarización que no vive solo en las redes. Ahora se ha colado en las barras de los bares, en las plazas tomadas por la imagen del Che, ese carnicero homofóbico. Mis pobres dedos no pueden más ante tanta ceguera, ante la esquizofrenia de la hoz y el martillo defendiendo un comunismo inexistente en una isla que se ahoga. Pero flota.
A veces quisiera no pensar tanto, no entender nada. Ser una ameba que se divierte en una gota de agua con su grupo de amebas-amigas (amibas). No entender, eso quisiera. Sería más feliz después de una lobotomía. Ser de izquierdas y anticastrista no debería ser un oxímoron. Ser de izquierdas, feminista, antirracista y aborrecer lo que han hecho esos machos blancos burgueses con mi país es solo coherencia. No puedo marchar de la mano con lo que me aniquila. Con lo que me desprecia solo por respirar, por no ser una ameba. En este rechazo hacia cuerpos y cabezas como los míos, como en tantas cosas, se dan la lengua Trump y los Castro. Verdades incómodas confirmando la complejidad del mundo.
En julio de 2021, cuando el pueblo de Cuba se tiró a las calles a protestar pacíficamente porque no podía más, la respuesta del régimen fue palos, balas y cárcel a la orden de combate dada por el dictador títere. No hubo diálogo posible. Ahora, cinco años más tarde, están los dueños de la isla sentados a la mesa dialogando con «el enemigo». Entonces, ¿con tu pueblo hambriento y cansado no y con el imperio sí? Hipocresía, que diría una canción. Quien no lo vea clarito es porque no quiere.
Hoy todas están preocupadas por el futuro de Cuba. Todas se enfundan en la bandera que mejor le sirva a su ideología política y salen para la calle. Hacen ruido, protestan por la amenaza que supone una inminente invasión de Estados Unidos al futuro de resistencia de un país entero. Pregunto: ¿dónde han estado todas durante estos tantísimos años cuando ha sido más que evidente la ausencia total de futuro de un pueblo que se ve forzado a irse por todas las vías imaginables?; ¿dónde han estado para protestar por la falta de una ley contra la violencia de género?; ¿dónde cuando secuestraron a un artista y activista negro en un hospital durante un mes?; ¿dónde están ahora para apoyar a la gente que lleva más de once días de protestas a golpes de cucharas contra cazuelas vacías?
El desencanto duele. Al caer la venda, los ojos arden de tanta luz. No todos pueden soportarlo. Pero el miedo al dolor que provoca la multiplicidad de verdades, la complejidad de una realidad como la cubana, o la venezolana o la iraní, es padre de grandes injusticias. Esto no se trata de bandos. No es una peli del oeste la realidad, aunque la ligereza de los autoritarios de turno para dar un gatillazo nos pueda confundir. Por eso, cuando una periodista de izquierdas a la que admiro me interpela, pequeñita, desde la pantalla de mi móvil al cerrar su reel, a propósito de la flotilla Nuestra América: «¿Y tú en qué bando estás?», mis dedos, hartos de enredarse en un nudo, no pueden más que desbordarse sobre el teclado.

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Mi bando es el de quien hable de Cuba desde la complejidad de un país doblemente secuestrado que hoy, mientras escribo, no es faro ni guía de nada. Secuestrado entre los manoteos de señoros a los que no le interesan nada las personas que sufren sus políticas de «a ver quién la tiene más grande». Secuestrado por los que juran proteger al pueblo desde hace casi setenta años sin relevo, y por las políticas imperialistas, sí. Por el embargo, sí. Pero el embargo no existiría si no existieran los miles de presos políticos, negros y pobres en su mayoría. Si hubiera en Cuba libertad de prensa, de expresión. Si mi país no fuera, en definitiva, una dictadura de izquierdas, que, «oh, sorpresa», no es un monstruo mitológico, no es una leyenda urbana. Existe. Sí que existe. Si no pregúntele usted a las madres presas, a los periodistas independientes desterrados, a los miles de muertos (en vida, gracias al ostracismo forzado; o literales, acribillados en la Cabaña a manos del Che o más recientemente por la policía el 11J). Mi bando es con el pueblo de Cuba siempre, que ahora mismo, en medio de una crisis que no empezó este año (ahí están los durísimos años noventa y todos y cada uno de los años que este proyecto fallido les robó a mis padres y a los padres de mis amigas) protesta a golpe de cacerolazos al grito de ¡Libertad! y ¡Abajo Fidel!, aunque ya ese esté lo más pabajo posible. Irónico, ¿no? Que se le grite abajo a algo que es como un dinosaurio en una pradera; no existe más. Gritan abajo el comunismo, que en el contexto de Cuba es como gritar abajo los unicornios, una ilusión, una utopía solo sostenida gracias a la ceguera selectiva de la izquierda del mundo. Gritan, en mi país gritan, que se vayan los que están al mando, por mucho que usted se tape los oídos y tararee canciones sin sentido en ese gesto tan infantil para no escuchar. Ojalá que la flotilla llegue y llegue bien. Con esto quiero decir que ojalá que llegue a quien necesite más esa ayuda y no sea vendida una vez más, como siempre, en las tiendas en dólares del estado cubano.
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Estoy bastante cansada de ver en redes y en todos lados la solidaridad con Cuba, ahora que cuadra con el discurso de muchas izquierdas, y cuando desde hace tantísimo tiempo la gente en la isla se está muriendo por falta de comida, combustible, libertades. Responsabilidad, en su gran mayoría, del régimen, y nadie ha hecho nada. El embargo (que no bloqueo) existe, es una realidad, pero no es el único responsable de la situación en Cuba.
Tienen que dejar de repetir las viejas consignas y de usar el martirio del pueblo de Cuba como bandera política. Hay que mirar hacia el centro del huracán; donde la gente, ahora mismo, está en la calle gritando su realidad. Dos verdades (y más) pueden ser ciertas a la vez y en un mismo espacio. Nadie dijo que era cosa fácil. Al contrario, ya lo he dicho antes: es complejísimo habitar esta realidad siendo una persona antimperialista y anticastrista. Una realidad en la que solo VOX y otras derechas, con las que no comulgo en lo absoluto, y también por conveniencia política, llaman al perro por su nombre: dictadura. Mientras, la izquierda calla.
Y en esta eterna lucha de poderes quedan relegados al último plano los que verdaderamente importan. No es una cuestión de bandos. Ojalá fuera tan sencillo. Es cuestión de aguzar la mirada, escuchar y poner en práctica la verdadera solidaridad.

Quiero dar las gracias a Claudia muñiz por su artículo tan lúcido y sentido sobre la situación de Cuba.
Es evidente que su artículo está hecho desde lo mas profundo de su corazon, el de una cubana que conoce y sufre el dolor de su pueblo.
Su título es genial «CUBA, A N TE LA CEGUERA Y EL DOLOR» esto lo abarca todo, como cuando dice,… FLOTA PERO SE AHOGA, SI Claudia, se ahoga, ya no puede mas y la ceguera continua, continua…
Gracias por tanta verdad.