Durante los últimos 11 días, La Habana ha vivido noches consecutivas de apagones que han dejado a la ciudad en un estado de agotamiento social visible. Desde la caída del Sistema Electroenergético Nacional (SEN) el 4 de marzo —una más en una lista que ya nadie lleva con precisión— los cortes se hicieron más largos y frecuentes, sin otra explicación que la excusa geopolítica que ya a pocos importa. La sensación general es que la infraestructura eléctrica está al borde del colapso todos los días, y que la llamada «opción cero», aquella frase del Período Especial que significaba ausencia total de combustible, vuelve a aparecer como fantasma que recorre la isla.
En los barrios, el impacto se siente en lo cotidiano: refrigeradores apagados, agua que no sube a los tanques, calor acumulado en las casas, mosquitos que anuncian la llegada de la primavera antes de tiempo. Los basureros desbordados fermentan en las esquinas y los salarios no alcanzan para enfrentar una vida que se encarece incluso sin electricidad. La ciudad parece avanzar con un cansancio que se nota en los gestos, en la forma de hablar, en la manera en que la gente observa el reloj esperando que la luz regrese, con la dolida certidumbre de que no regresará en toda la noche.
A partir de esa caída del SEN, los apagones comenzaron a extenderse por más de doce horas en varios municipios de la capital. La Habana, que durante años fue una de las provincias menos golpeadas por los cortes, entró en un ciclo de interrupciones que afectó a la mayoría de los barrios de toda la provincia. Cada noche, cuando la luz solar desaparece, la ciudad queda suspendida en una oscuridad que es más que la falta de fluido eléctrico; es una señal de que algo más profundo se ha deteriorado por completo.
Primero llega el apagón sobre la hora de almuerzo. Algunas maldiciones y ofensas a los nombres de los políticos de siempre. Varias horas hasta que cae la noche, luego el silencio breve, mezclado con la rara esperanza de que vuelva la electricidad. Cuando pasan los minutos y el calor se mezcla con el ocio molesto, la ciudad empieza a hacer ruido. Primero un único murmullo aislado y constante. Después otro. Luego diez, veinte, cincuenta personas. En pocos minutos un barrio entero comienza a latir violentamente.
No ha habido convocatorias ni llamados públicos… no se necesita organización alguna. La gente simplemente sale a los balcones o a las calles con cazuelas y espumaderas. El ruido se ha vuelto un lenguaje frecuente, el pueblo ha encontrado, al menos por ahora, una forma de insubordinación. En medio de todo esto, la ciudad sigue funcionando entre la resignación y resistencia. La gente protesta para que vuelva la luz, para poder dormir, para que el ventilador funcione, para «matar el tiempo». Cuando la electricidad regresa, el ruido de metales se detiene de inmediato. Cada uno vuelve a su casa, enciende lo que puede, carga en la electricidad lo que puede y se prepara para la próxima noche, porque todos saben que habrá otra.

***
Las protestas se extendieron por La Habana como un hábito nuevo. Cada noche, cuando la corriente se iba, el ruido comenzaba. Si no es esta manzana, es la otra más arriba; si no la otra. Así en Marianao, Diez de Octubre, Arroyo Naranjo, Centro Habana o el Vedado.
La ausencia policial también ha llamado la atención. En barrios donde normalmente la presencia del Estado es visible, esta semana no se vio a nadie. Algunos lo atribuyen a la falta de combustible para trasladarse; otros, a la decisión de priorizar zonas más conflictivas. El Vedado, considerado durante años un barrio tranquilo, quedó a oscuras y sin vigilancia. La sensación general fue que cada cual debía arreglárselas como pudiera. Pero, ¿qué puede hacer la policía además de reprimir inútilmente? ¿Para qué enviar patrullas a azorar personas, si al día siguiente seguirán las quejas, las molestias y los apagones?
Maritza, vecina de 13 y F en el Vedado, lo resumió así: «Aquí no viene nadie. Ni para informar, ni para ayudar, ni para meternos presos. Lo que publican en las redes es toda La Habana virada al revés, porque no pueden ya ni quitarnos el Internet». Cuando único se reportaron patrullas dando vueltas por distintos barrios de Plaza de la Revolución, fue la noche del jueves 12 y la madrugada del viernes 13, aunque varias personas afirman que cumplían con el chequeo rutinario a los autos que cruzaban el puente Almendares y el Túnel de Línea, algo nada común como práctica policial. Revisaron incluso a bicicleteros, abrieron los maleteros de cada automóvil que detenían. Lo que sí es cierto es que se respira un aire tenso; de miedo, quizá.
En algunos lugares, los vecinos encendieron piras de basura como gesto de inconformidad. En 11 y F, en el Vedado, un cesto ardió hace tres días y la única iluminación de la cuadra fue el reflejo del fuego. Nadie llamó a los bomberos. Al rato, cuando llegaron, posiblemente alertados por algún vecino que sintió cierto remordimiento o preocupación al percibir el olor que deja la basura rostizada, solo quedaban restos humeantes y plástico derretido.
Pero no ha sido el único caso. En varias esquinas del propio Vedado, la basura acumulada se termina convirtiendo en montículos cenizas. En Línea y J, la noche del pasado jueves 12, también se incendió un cesto como parte de las protestas. La luz del fuego iluminó la cuadra completa, según relatan algunos vecinos.
Roberto, que estaba en la cola en dólares de la gasolinera CUPET, afirma que estuvo cerca del primero de los incendios y lo vio desde la distancia y la protección de su carro. «Ya era hora de que alguien hiciera algo», comentó, sin sorpresa. Para él, el fuego y las cazuelas son una forma de decir que la paciencia se ha agotado. Sin embargo, también afirma que él nunca se atrevería.
Las protestas en toda La Habana no han seguido un patrón único. En algunas barriadas, la gente salió a la calle con cazuelas y cucharones. En otras, se quedaron en los balcones golpeando metal. En ciertos puntos, el sonido se transformó en una especie de conga improvisada. No era celebración, pero sí una forma de resistir el cansancio: la burla jocosa del cubano ante las adversidades.
En Lawton, Diez de Octubre, la tensión subió más que en otros lugares. Un grupo de personas detuvo un tren y bloqueó una calle con fuego. La imagen del tren inmóvil, rodeado de gente, circuló entre los vecinos como un símbolo. La policía intentó llegar, realizando un despliegue; posiblemente el más dinámico en todas las protestas hasta ese momento. Aun así, el tren bloqueó el paso durante un buen rato. Fue uno de los momentos más comentados de la semana.
En la comunidad de Mantilla, en el municipio Arroyo Naranjo, también se ha vuelto una costumbre salir a protestar cada noche y practicar un cacerolazo diario. Allí los pobladores, luego de arrojar la basura al medio de la calle para bloquear el paso de autos, han incendiado las montañas de desechos y las han rodeado como quien practica un ritual pagano.
En Buena Vista, municipio Playa, también se han registrado fuertes protestas producto a los largos corte de energía. Aunque no alcanzaron la magnitud de los eventos Lawton o Mantilla, se trata de otra de las barriadas donde las protestas han sido diarias durante toda la semana.


***
En Morón, Ciego de Ávila, las protestas fueron más feroces que en La Habana. La gente salió a la calle en la madrugada del 13 de marzo y, tras recorrer todo el municipio dando gritos de libertad, se concentró frente a la sede municipal del Partido Comunista. Algunos manifestantes lanzaron piedras y otros rompieron vidrios de puertas y ventanas para entrar al edificio por cualquier acceso. La sede en Morón terminó con parte del mobiliario incendiado en una pira inmensa. Las brigadas de tropas especiales (boinas negras) respondieron con detenciones, perros y tonfazos, intentando retomar el control del municipio. En medio del tumulto, un joven resultó herido de bala durante el enfrentamiento, según reportes de periodistas independientes. La imagen del joven de quince años siendo auxiliado por vecinos circuló rápidamente y se convirtió en uno de los símbolos más fuertes de todas las protestas.
Esa misma mañana, Díaz-Canel había ofrecido una conferencia de prensa donde hablaba de un posible acercamiento con Estados Unidos. La geopolítica de la que ya nadie quiere escuchar se repetía nuevamente. Horas después, el país veía imágenes de fuego, represión y protestas en Ciego de Ávila. Para muchos, la distancia entre el discurso oficial y la realidad diaria quedó expuesta de forma contundente.
A partir de esa noche, varios municipios fuera de La Habana y de otras partes del país comenzaron a mostrar señales de militarización. En Bauta, vecinos reportaron la presencia de camionetas militares y patrullas recorriendo las calles, algo inusual para un pueblo que normalmente mantiene un ritmo tranquilo. En San Antonio de los Baños, donde en 2021 estallaron las protestas significativas del 11 de julio, la vigilancia aumentó de forma visible y se ha mantenido así por varias jornadas.
La tensión se sintió también en localidades más pequeñas, donde la gente observó movimientos de tropas y controles reforzados. No hubo grandes protestas como en Morón, pero sí un ambiente de alerta. La sensación general fue que el país había entrado en una fase de contención preventiva, como si las autoridades temieran que cualquier apagón prolongado pudiera desencadenar una réplica de lo ocurrido en Ciego de Ávila.
El 16 de marzo, mientras todas las protestas seguían desarrollándose, el Sistema Electroenergético Nacional volvió a caerse. Otra vez. Aunque nadie lleva con exactitud la cuenta de la cantidad que estos ha sucedido, sí se sabe que solo pasaron doce días desde la última vez que ocurrió. El país está atrapado en un ciclo que no logra romper, pero se presiente que falta poco para que algo cambie.
***
Yackeline trabaja en una tienda Mipyme en 15 y G, que abre toda la noche. «Siempre se va la corriente cuando estoy de turno. Y sin luz, cualquiera puede entrar. No tengo descanso, siempre tengo miedo», dijo mientras acomodaba mercancía con la linterna de su celular. Su miedo no es exagerado: la avenida queda completamente a oscuras, las cámaras de seguridad apagadas y ella está sola cada noche.
En otra cuadra de El Vedado, Yasser Mario, estudiante de Medicina, hablaba del calor que pasa su abuelo de 90 años en las noches sin electricidad. «Lo veo empapado y no puedo hacer nada. Esto es culpa de quienes dirigen, no de nosotros», dijo sin levantar la voz. Para él, la protesta no era un acto político, sino una reacción inevitable.
La Habana, y muchísimos lugares de Cuba llegaron a este punto de marzo con una mezcla de cansancio y lucidez. Las protestas no han cambiado la situación eléctrica, pero dejaron una marca visible: la ciudad entendió que el silencio ya no sirve para nada. Cada noche, los apagones se repiten y, con ellos, el ruido de las cazuelas. No es un gesto heroico ni un movimiento organizado. Es la reacción en cadena de malestar acumulado, una forma de decir que la vida cotidiana hace tiempo se volvió insostenible.
El desgaste se nota en todas partes. Las escuelas funcionan a medias, los hospitales trabajan con lo que queda, y el calor empieza a sentirse incluso antes de tiempo. Los basureros desbordados adornan nefastamente las esquinas, y los mosquitos, ratones y enfermedades se multiplican. La ciudad inmóvil, con una sensación de espera, sabe que algo tiene que pasar, aunque nadie sabe qué. Algunos hablan con ímpetu de las negociaciones con Estados Unidos, otros sueñan con un cambio de régimen, otros solo quieren dormir una noche completa sin interrupciones.


En muchas partes, cuando la corriente regresa, el ruido se detiene de inmediato. La calle queda en silencio y cada vecino vuelve a su casa. Esa retirada rápida deja una imagen clara: la protesta directa es contra el apagón. Pero la repetición diaria muestra que el malestar ya no es un episodio aislado, sino una rutina que se instaló en la ciudad, y no existe una razón real para que las protestas se detengan… mucho menos cuando el SEN volvió a colapsar en menos de dos semanas.
La Habana ha vivido más de unas jornadas donde el ruido se volvió rutina, donde la oscuridad dejó de ser un accidente, una rotura en alguna termoeléctrica, un disparo en el transformador cercano, la caída de todo el Sistema Eléctrica. La oscuridad se convirtió en una verdad más profunda; unos días donde la gente entendió que, aunque no haya soluciones, el silencio ya no sirve. Y aunque esta noche no cambie el país, no mejore la salud ni la educación, no recojan la basura, no prioricen al pueblo, no se caiga el comunismo, las cazuelas seguirán sonando.
