Si intentamos entender el panorama actual de la energía en Cuba, no basta con mirar los destartalados postes del alumbrado público, ni oír los comentarios vecinales, ni siquiera leer los posts de Facebook de páginas oficiales. Hay que adentrarse en la «Gaceta Oficial» con una calculadora en la mano y atender a quien intente traducir la Resolución 76/2025 (GOC-2026-242-O30) del Ministerio de Energía y Minas, cuya actualización, el pasado 26 de marzo, busca que los ciudadanos ayuden a financiar parques solares a cambio de ciertos beneficios. Esta estrategia no es fortuita, sino el clímax de una crisis que ha transformado, como nunca antes, la relación del cubano con la red eléctrica del país.
La historia de la «potencia fotovoltaica virtual» comenzó en 2021. En aquel entonces, el gobierno lanzó un primer salvavidas al Sistema Eléctrico Nacional (SEN), permitiendo que las personas naturales importaran paneles solares y equipos de generación sin fines comerciales. Pero, más que un salvavidas, era un anzuelo, uno de MLC (Moneda Libremente Convertible). Los precios, sin embargo, eran prohibitivos y la moneda virtual, aunque necesaria para comprar comida, no inspiraba la confianza suficiente para inversiones a largo plazo.
El escenario empeoró entre 2023 y 2025. El SEN, dependiente de termoeléctricas con más de 40 años de explotación, entró en un ciclo de colapsos sistémicos. La falta de divisas para comprar combustible y piezas de repuesto o dar mantenimiento convirtió los apagones en una constante de 12 a 18 horas diarias en muchas provincias.
Con la suma de las presiones, el bloqueo petrolífero de Estados Unidos, y la desaparición del combustible subvencionado, este norma recién publicada representa una afirmación: el Estado acepta que no tiene el capital para construir los parques solares necesarios y decide «vender» la potencia de esos futuros parques a los ciudadanos. Pero solo hay dos cambios clave con respecto a la norma de 2021: la actualización de los precios de los contratos, los cuales se fijan exclusivamente en dólares (USD), y la rebaja de estos en un 50% respecto a la norma anterior, para intentar atraer el efectivo que circula en el mercado informal o que llega vía remesas.

¿Qué se paga y qué se recibe?
El sistema es un modelo de inversión financiera, no una instalación técnica doméstica. El usuario firma un contrato con la Unión Eléctrica (UNE) por una potencia determinada (desde 0.5 kW hasta lo que el cliente pueda permitirse). Los precios cada 1 kW quedaron establecidos de la siguiente forma: 90 USD por una vigencia de 2 años / 195 USD por 5 años / 345 USD por 10 años / 600 USD por 20 años. A cambio, la UNE se compromete a descontar 125 kWh mensuales de la factura eléctrica en pesos cubanos (CUP) por cada kilovatio contratado. Si el usuario consume 200 kWh y tiene contratado 1 kW, solo pagará a la empresa por los 75 kWh restantes. Si consume menos de 125 kWh, su factura llegará en cero.
Además, para incentivar a los nuevos actores económicos (MiPymes), la Resolución 41 de 2026 del Ministerio de Finanzas y Precios permite que el monto invertido en estos contratos sea deducido de la base imponible del Impuesto sobre los Ingresos Personales. Se trata, en esencia, de un subsidio fiscal para quienes ayuden a capitalizar el sistema eléctrico, pero, en las calles de La Habana, para muchos, todo esto suena tan lejano como complicado de entender.
La lógica matemática de la ley choca frontalmente con la lógica de la supervivencia. Y no se comprende bien si en un futuro la UNE sea capaz de alimentar a las viviendas que contraten con un sistema independiente, una forma aparte de la conexión estándar. Entre que es difícil entender, y que suena a mentira regurgitada, la gente confía muy poco. Porque si se fuese la luz en determinado circuito, la UNE no tendría forma de alimentar una vivienda con la energía solar de manera independiente. Esto llevaría un sistema de instalación complejísimo para una empresa que ahora mismo se encuentra «pidiendo» divisas.

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Cerca de la intersección de las calles 23 y L, en El Vedado, Alberto Oropesa (59 años), un antiguo contable estatal que ahora sobrevive con trabajos de auditoría privada, analiza los números. «Esto es aritmética simple de bodega», dice. «Hoy el dólar en la calle está por las nubes. Si yo saco 600 dólares de mi colchón, que no los tengo, para regalárselos a la UNE por 20 años de descuento, estoy perdiendo dinero desde el día uno. Con esos mismos 600 dólares, cambiados a pesos cubanos, yo puedo pagar mi factura de luz actual, que son unos 400 pesos al mes, durante casi 40 años. Además, de aquí a 20 años, ya yo no estoy en este mundo».
En el municipio de Diez de Octubre, Lázaro García (44 años), quien trabaja reparando electrodomésticos, señala la confusión más peligrosa de la medida, la diferencia entre beneficio económico y servicio eléctrico, y señala que «la gente se cree que porque pagó algo en dólares va a estar bueno, que se va la luz y su casa sigue encendida. No es así. Yo le he explicado a mis clientes: ‘tú estás pagando por un papel que dice que te descuentan dinero, pero el cable que entra a tu casa es el mismo que el mío’. Si a las ocho de la noche quitan la corriente al bloque 2, se va en el bloque 2 completo, hayas pagado lo que hayas pagado. Tú te vas a quedar a oscuras igual que yo, aunque hayas pagado 600, mil o un millón de fulas. Lo único es que tu factura vendrá en cero, pero la vela la vas a tener que prender igual. Para quitarse el apagón de verdad hay que comprar paneles propios y baterías, y eso cuesta miles, no 90 pesos».
En la parada de guagua frente al Hospital Calixto García, Elena (38 años, enfermera) mira la noticia en su teléfono y muestra una resignación profunda. «Para mí», se desahoga, «estas resoluciones y leyes son como leer en chino. Yo gano 4 mil pesos al mes. Después de comprar la comida y los mandados, no me queda nada. ¿De dónde voy a sacar yo para un contrato de esos? Eso son meses y meses de mi trabajo. Siento que el Estado se está burlando de nuevo del pueblo, como cuando subió los precios de Etecsa, que supuestamente era para mejorar la conexión y los equipos».
En el sector de las MiPymes, Roberto (41 años), dueño de una pequeña carpintería con cinco empleados, ve una oportunidad de supervivencia para su negocio, pero afirma que tiene que estudiarla con detenimiento porque «a mí los números me cierran. No por el ahorro de la luz en sí, sino por lo que viene a futuro. Mi taller consume mucha energía y la tarifa para nosotros es ‘no residencial’, mucho más cara que la de una casa. Es una forma de ‘limpiar’ mis ingresos y asegurar que, pase lo que pase con la inflación del peso cubano, yo ya tengo una parte de mi costo operativo prepagado. Es una apuesta al futuro de mi taller, aunque el sistema eléctrico siga siendo un desastre. Lo otro es que cuando ‘esto’ se caiga, las estructuras burocráticas que operan en divisa extranjera son las que van a sobrevivir, y es mejor estar activo y del lado correcto de la economía mundial».
A su vez, Mariela (29 años), quien emigró en 2023 y envía remesas a sus padres en Centro Habana, analiza la posibilidad de contratar el servicio desde el extranjero. «Yo lo veo como una forma de aliviar a mis viejos, aunque no acabo de entender bien. He visto videos y leído en internet las explicaciones, pero por gusto», dice. «Yo prefiero mandarles a ellos el dinero, que lo guarden ahí y, cuando yo vaya, ponerme a preguntar bien. Si al final es para independizarse de la UNE, y para que en un futuro los apagones nacionales esos no jodan la comida que le mando a mis padres, pues bien. Aunque me entra la duda. Si el Estado no tiene dinero para arreglar una termoeléctrica, ¿quién me asegura que los paneles solares van a estar limpios y funcionando dentro de tres años? Siento que es un préstamo que les estamos haciendo para que ellos resuelvan su problema, pero las garantías para la gente es poca. Estoy indecisa, como puedes ver».

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Lo que abunda en la calle es desconcierto y desconocimiento. Muchos ciudadanos no tienen idea de que salió una normativa oficial, otros ni siquiera saben qué es una Gaceta Oficial… y algunos ni les importa. Igualmente, puede presuponerse que la Resolución 76 es más una maniobra financiera que una solución técnica inmediata al déficit de generación. Al reducir los precios y aceptar dólares, el gobierno busca una inyección rápida de efectivo para aliviar la asfixia económica que impide la compra de combustibles y piezas.
Sin embargo, la medida se enfrenta a la realidad de una moneda nacional (CUP) totalmente devaluada frente al dólar. Para la mayoría de la población, el ahorro en pesos no justifica la entrega de divisas. El plan solo parece viable para el sector privado emergente y para aquellos familiares en el exterior que buscarían simplificar la precariedad de sus parientes en la isla.
La gran ironía es que, mientras Cuba abre sus parques solares a la inversión ciudadana y privada, la red eléctrica sigue siendo un sistema centralizado y frágil. Durante el mes de marzo, la crisis de combustible aumentó y ocurrieron tres desconexiones del Sistema Electroenergético Nacional. No es, ni de cerca, el mejor momento de credibilidad de la Unión Eléctrica. El ciudadano que pagaría en dólares seguirá sufriendo el calor y la oscuridad de los apagones, con la única diferencia de que, al final del mes, el papel que certifica su deuda con el Estado llegará con un número un poco más pequeño.
La incertidumbre es mucha y la capacidad de acierto de las instituciones gubernamentales, nula. Hay que esperar a ver las estadísticas de inversionistas e inversiones hacia qué lugar caen. En muchas oportunidades previas, las medidas y cambios establecidos por el gobierno, y que también han salido en la Gaceta Oficial, no han resultado acertadas ni traído beneficios reales para los ciudadanos. En este caso en particular se trata de «oro a cambio de espejos» y para ello redactó, como de costumbre, un mamotreto confuso con tecnicismos molestos para el propio cubano, aunque quizá no esté pensado para las personas corrientes, sino para las MiPymes y formatos extranjeros. Sea lo que fuese, se trata de otro intento de dolarizar otro sector más de la economía, un fenómeno que recuerda los albores oligarcas que se vieron en la recién nacida Rusia luego de la caída de la URSS.
