Cuba en los labios de Trump: de la línea dura a una «toma amistosa… o no»

    A unos días de que Estados Unidos e Israel lanzaran su ofensiva militar contra Irán, Donald Trump afirmó que Cuba sería el siguiente «en caer». Ya Nicolás Maduro, aliado de La Habana, había llegado esposado de pies y manos a Nueva York, y ahora trascendía la noticia de la muerte del ayatolá Alí Jamenei, líder supremo iraní desde 1989.

    Tras la eliminación de Jamenei y de otros mandos de seguridad iraníes —un golpe que prácticamente decapitó el poder en Teherán—, y mientras en Caracas se reconfiguran nuevas ecuaciones políticas con el visto bueno de la Casa Blanca, ¿sobrevivirá el castrismo?

    «Qué pase lo que tenga que pasar. Pero que sea ya», declara desde la isla a El Estornudo una anciana del barrio habanero de Marianao. 

    El comentario anterior de Trump todavía ocupaba titulares cuando el mandatario republicano, frente a Lionel Messi y las demás estrellas del Inter de Miami, le aseguró al dueño del equipo de fútbol, el magnate cubano Jorge Mas, que pronto estarían «celebrando en Cuba». «Va a ser un día increíble», respondió Mas.

    Tras ese encuentro, comenzaron a viralizarse en redes sociales las imágenes de la estrella argentina del Inter de Miami sonriendo por los comentarios del presidente estadounidense; al lado de otras de Maradona chocando puños con Fidel Castro. 

    Los tiempos cambian, diría alguien. Cambian las fotos, los protagonistas, las consignas. Lo único que en Cuba parece no cambiar es la promesa —siempre inminente— de que el final está a la vuelta de la esquina.

    Donald Trump ratifica sanciones contra Cuba en memorando de Seguridad Nacional NSPM-5
    Donald Trump ratifica sanciones contra Cuba en memorando de Seguridad Nacional NSPM-5 / Foto: Gage Skidmore

    Lo que Trump dice de Cuba (y lo que muchos cubanos intentan descifrar)

    «Cubano que se respete, amanece y trata de averiguar qué dijo Trump en la noche», escribió en Facebook un artista en la isla. «Tiene el tema prendío, pero, no pasa nada. Dicen ahora que acuerdos económicos, yo no creo eso. Pero sí, sí, lo sigo, quiero saber por dónde van los tiros», comenta a El Estornudo el cubanoamericano José Miguel Fernández, residente en Houston, refiriéndose a las recientes declaraciones del mandatario estadounidense.

    Desde la captura de Maduro en Caracas en enero de 2026, el tema Cuba ha aparecido de forma reiterada en las declaraciones públicas del presidente estadounidense.

    Hemos repasado todas sus afirmaciones relacionadas con la isla desde entonces. Identificamos que ha hablado de un posible colapso inminente; de la presión económica; de las posibilidades de acuerdos; del rol del secretario de Estado Marco Rubio, de origen cubano, y hasta de una posible «toma amistosa» de la isla.

    Esto último tuvo un giro 24 horas después. «O puede que no sea una toma de control amistosa. Y no importaría, porque están realmente acabados. Están en ruinas, como dicen. No tienen energía, no tienen dinero. Están en serios problemas humanitarios, y en realidad no queremos ver eso», dijo Trump en una rueda de prensa en Doral, Florida. 

    Además, Trump ha reiterado que Estados Unidos «espera con interés el gran cambio que pronto se producirá en Cuba» y que el liderazgo comunista «está llegando al final del camino». «Cuba está en sus últimos momentos de vida tal y como era», ha dicho. 

    La comunidad cubana del sur de Florida es la más "republicana" de todas las comunidades latinas / Imagen: Sarah Yáñez-Richards (eldiario.es)
    La comunidad cubana del sur de Florida es la más «republicana» de todas las comunidades latinas / Imagen: Sarah Yáñez-Richards (eldiario.es)

    Pero en medio del aluvión de declaraciones de la Administración Trump sobre Cuba, tampoco han faltado quienes —desde el oficialismo en la isla o desde sectores de la izquierda internacional— las desestiman como otra muestra de la fanfarronería habitual del presidente: desvaríos, desinformación y un guiño calculado al electorado de Florida.

    Sin embargo, mientras desde ese lado se señala como ningún gobierno en la Casa Blanca ha logrado «tumbar» al poder del Partido Comunista, también circulan reportes sobre posibles acuerdos, negociaciones discretas y nuevas presiones económicas sobre un régimen al que ya poco le queda como carta de negociación, más allá de los presos políticos. Ni azúcar, ni turismo, ni petróleo, ni cobre. Nada. Un país devastado en setenta años de poder absoluto, pero cuyos gobernantes siguen custodiando a los cubanos como si fueran rehenes.

    Qué dice Trump, cómo lo dice y a quién va dirigido es algo que muchos cubanos siguen cada día. Porque, aunque en la isla las protestas, los carteles antigubernamentales o las sentadas pacíficas a los pies del Alma Mater de la Universidad de La Habana no han dejado de aparecer, la represión tampoco. Y, en medio de esa tensión permanente, las señales de un posible cambio siguen buscándose —con ansiedad— en cualquier palabra que llegue desde afuera.

    Rafael Díaz, cubano residente en Florida, también sigue con atención cada una de las declaraciones recientes de Donald Trump sobre Cuba. Cree que, si el presidente estadounidense insiste en que el régimen «va a caer pronto», es porque detrás podría haber algún tipo de negociación en marcha. «Ahora, que la dictadura caiga de una vez, no lo sé; eso depende de lo que ellos quieran lograr. Parece que buscan que un acuerdo económico acelere la caída», comenta. Al mismo tiempo, admite que la posibilidad de conversaciones con sectores del poder en la isla le genera dudas: «Al parecer están hablando con los Castro y eso no me gusta».

    Aun así, Díaz reconoce que, desde una perspectiva humanitaria, cualquier cambio que alivie la crisis en la isla sería bien recibido. «Para quienes están viviendo en un estado terrible de miseria en Cuba, cualquier cosa que mejore la situación ayudaría. Y eso, para mí, ya sería un avance», señala. En su opinión, la comunidad cubanoamericana sigue muy de cerca el discurso de Trump y permanece dividida, como ha ocurrido históricamente entre republicanos y demócratas. Él se ubica en una posición intermedia: «No soy trumpista. Hay cosas que veo bien y otras con las que no estoy de acuerdo. Pero sí me parece bien lo que ha hecho con Venezuela e Irán, y si logra algo con Cuba sería espectacular».

    Según Díaz, entre los exiliados hay tanto escepticismo como expectativa. «Hay quienes dicen que es un oportunista y que no va a lograr nada. Pero también hay muchos como yo que queremos que pasen cosas. Mucha gente tiene ese sentimiento de libertad, más allá del impacto económico: se habla meramente de libertad». Si tuviera la oportunidad de dirigirse directamente a Trump, asegura que pondría condiciones claras para cualquier negociación con La Habana: «Lo primero sobre la mesa tiene que ser la libertad de los presos políticos. Lo segundo es que, mientras haya rastros o dominio indirecto de la familia Castro, no vamos a ser totalmente libres». Y concluye que no tiene certeza de «si hay un plan de transición en diferentes etapas, pero Castro y Cuba libre no deberían ir en la misma oración».

    Cuba como relato político en Washington

    Para el periodista cubano Roberto Céspedes, residente en Estados Unidos, el discurso sobre el «colapso inminente» del régimen de la isla que ha posicionado Donald Trump «debe analizarse no solo en función de las dinámicas internas de Cuba, sino también en el contexto doméstico electoral que atraviesa el exilio cubano de cara a las elecciones de medio término».

    El exasesor de la Agencia de EE. UU. para los Medios Globales y de la Oficina de Transmisiones a Cuba, señala que, por un lado, «Cuba enfrenta la peor crisis económica, social y humanitaria de su historia moderna» y el régimen tiene un fuerte control político, y de todo «el aparato policial, de inteligencia y militar, como demostró en la reciente desarticulación de una operación paramilitar en la costa norte de Villa Clara. Pero, ante la caída catastrófica del nivel de vida de la población, el final del sistema parece más cercano que nunca, especialmente por los efectos del congelamiento de los suministros de petróleo. No obstante, la historia ha demostrado que, en el caso de Cuba, conviene evitar apostarlo todo a una sola carta».

    «Por otro lado, en lo que respecta al exilio cubano, Donald Trump y su equipo enfrentan un escenario multidimensional. Un electorado casi cautivo, que votó por él de manera militante —más del 65% del voto de origen cubano—. Sin embargo, muchos exiliados también han sufrido directamente las consecuencias de sus políticas migratorias, que han generado un estado casi de pánico en cientos de miles de personas con I‑20A/B, parole humanitario… Y a ello se suman los efectos de sus políticas económicas y de salud», explica el experimentado periodista.  

    Para Céspedes, en ese contexto también «se sitúan los tres congresistas de Miami. Sus votos resultan determinantes en un Congreso dividido casi a la mitad y, aunque suelen tener gran visibilidad mediática, Trump ya ha demostrado que puede presionarlos e imponerse a ellos con relativa facilidad. Al final, [María Elvira] Salazar, [Mario] Díaz Balart y [Carlo] Giménez terminarán cuadrándose y chocando los talones». «En ese escenario, el discurso de la Casa Blanca sobre el ‘colapso’ intenta conectar emocionalmente con ese exilio y sus esperanzas largamente acumuladas de un cambio inminente en Cuba», agrega.

    No obstante, el reportero cubanoamericano apunta que «el discurso beligerante de la Administración ha venido acompañado, una y otra vez, de señales de que se negocia algún tipo de entendimiento con La Habana, encaminado a priorizar la apertura económica como vía para forzar cambios estructurales en la política y la sociedad. Un ‘Obama con fórceps’ sería, quizá, la imagen que mejor describiría el tipo de parto democrático que parece intentar impulsar Trump en Cuba».

    Entre la presión y la negociación

    El politólogo Felipe Galli explica a El Estornudo que las reiteradas declaraciones de Donald Trump sobre que Cuba está «a punto de caer» responden a una lógica distinta a la que ha guiado la política estadounidense hacia otros países.

    En casos como Venezuela o Irán, señala, los intereses de Washington han estado ligados a factores estratégicos más concretos, como los recursos energéticos o la seguridad regional. «En Venezuela el interés primario de Estados Unidos era el petróleo. El interés de la oposición venezolana es la democracia y la libertad; el de Trump venía a ser la hegemonía estadounidense en la región y el petróleo», afirma.

    Algo similar ocurre con Irán, donde confluyen variables geopolíticas y de seguridad. «Puede ser el petróleo hasta cierto punto, la hegemonía regional, la seguridad de Israel o el terrorismo. No es esencialmente la libertad y la democracia; eso corresponde al interés del pueblo iraní y de la oposición», añade.

    En el caso cubano, sin embargo, la lógica sería distinta. Según Galli, la isla no representa un interés estratégico comparable en términos de recursos o amenaza militar directa para Estados Unidos. «Cuba no tiene un recurso natural de relevante interés ni representa una gran amenaza militar directa. Quizás haya cuestiones de inteligencia internacional, pero principalmente Cuba es una joya de la corona ideológica».

    La narrativa de la «liberación de Cuba», explica Galli, conecta con el peso electoral y simbólico de la diáspora cubana. «Hay una comunidad con influencia electoral que está ideológicamente marcada por el conflicto con el castrismo, y varios de sus segmentos no quieren negociar con el régimen». Para Galli, las reiteraciones de Trump buscan reforzar esa base política. 

    El tema también tiene un peso particular dentro de su propio entorno político. «Para Marco Rubio es un asunto político y personal», señala Galli, quien considera que el discurso público sobre Cuba está cargado de una «emocionalidad narrativa» alimentada por uno de los lobbies más influyentes dentro del círculo de Trump.

    El secretario de Estado, Marco Rubio, junto al presidente Donald Trump durante una reunión del gabinete en la Casa Blanca (30 de abril, 2025)
    El secretario de Estado, Marco Rubio, junto al presidente Donald Trump durante una reunión del gabinete en la Casa Blanca (30 de abril, 2025) / Foto: Evan Vucci/AP/Vía: www.npr.org

    Sobre la ambigüedad del presidente estadounidense —que descarta una intervención directa en Cuba, pero advierte de posibles «consecuencias» si La Habana no negocia—, Galli considera que se trata de un rasgo característico de su estilo político. «La ambigüedad es algo que caracteriza a Trump. Supongo que sí tiene interés en generar incertidumbre», afirma.

    Según el analista, esa estrategia ya se ha observado en otros escenarios. Sin embargo, el caso cubano presenta una dificultad adicional: la estructura de poder dentro de la isla. «En Cuba hay un eje de poder interno, un complejo militar-industrial que no tiene una cabeza visible», explica. «Cualquier analista que diga que Díaz-Canel es quien hoy tiene el poder debería devolver el título».

    Esa falta de un liderazgo claro complica cualquier escenario de presión externa. «El dilema es: ¿a quién sacas y a quién dejas?», resume.

    Por eso, Galli considera que las declaraciones de Trump podrían formar parte de una estrategia destinada a observar cómo reacciona el sistema político cubano ante la presión. «Trump está viendo cómo se mueve la situación interna en Cuba. Quiere ver si sus amenazas logran precipitar una revuelta interna, probablemente desde el ala civil, que sería la más dispuesta a dialogar».

    Sin embargo, el politólogo considera poco probable que un cambio de ese tipo ocurra en el corto plazo. A su juicio, la oposición dentro de la isla sigue enfrentando limitaciones estructurales. «Mientras no se articule una fuerza de oposición alternativa que construya un programa político unificado y logre desarrollar un aparato político interno, eso es prácticamente imposible en las condiciones actuales».

    Para Roberto Céspedes, los acontecimientos recientes deben leerse dentro de un deterioro mucho más profundo. A su juicio, durante los últimos seis años —y especialmente tras la pandemia— Cuba ha entrado en una fase de «degradación aguda» de un sistema que, dice, lleva décadas mostrando su fracaso. «Es una espiral descendente cada vez más profunda… y al mismo tiempo interminable», afirma. En ese contexto, sostiene que el boicot petrolero ha revelado un límite estructural del modelo: «ha permitido vislumbrar por primera vez en el horizonte cómo podría lucir ese final. Ninguna nación puede sostenerse indefinidamente con cero combustible».

    Sin embargo, advierte que esa misma debilidad extrema podría convertirse, paradójicamente, en una tabla de salvación para el régimen. «¿Quién aceptaría impasible la tragedia de una pequeña nación empobrecida donde las salas de terapia intensiva colapsen por falta de electricidad y las personas mueran en las calles como hormigas?», plantea. Céspedes cree que, ante un escenario así, ni Estados Unidos ni el resto del mundo «civilizado» permitirían que la situación llegara a ese punto. De ocurrir —añade— el relato sobre las causas de la catástrofe correría el riesgo de simplificarse peligrosamente, «justo en el sentido que muchos intentan evitar».

    ¿Para el régimen del PCC, incluso el colapso puede convertirse en una forma de supervivencia? ¿O será la sociedad cubana —agotada tras décadas de crisis— la que termine decidiendo cuándo llega realmente el final?

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