La vida de Edenis Sánchez en Cuba estuvo siempre bendecida por el cariño de su gente. Actriz y presentadora de televisión, nunca le faltó trabajo en la isla, y su talento fue reconocido con el Premio Caricato a Mejor Actuación Femenina, un galardón que la consolidó como una de las intérpretes más destacadas de su generación.
Sin embargo, la abundancia de proyectos no significaba estabilidad: debía costear vestuarios, maquillajes y traslados, multiplicándose en dos o tres empleos para sostener la imagen que la pantalla exigía. Aun así, vivió feliz, rodeada de familia, amigas, atardeceres en el malecón habanero y excursiones a Soroa o el Salto de Caburní, con la certeza de pertenecer a un país donde el arte era parte de la vida cotidiana.

Nacida en Santiago de Cuba, licenciada en Arte Teatral por la Universidad de las Artes en La Habana, creció entre vinilos y artesanías que sembraron en ella la avidez por conocer el mundo. Una visa a Alemania le abrió las puertas de Europa: España, Berlín, Noruega, República Checa. Cada viaje fue un aprendizaje, aunque nunca pensó quedarse a vivir fuera de su país.



Su llegada a Chile fue fruto de un intercambio cultural. El estallido social, la maternidad y luego la pandemia marcaron un giro inesperado: no pudo regresar con su hijo a Cuba. «No decidí emigrar, fueron cuestiones extras a mi voluntad», confiesa.

El frío chileno no marchitó su esencia. Como el alelí que interpretó en la novela Al compás del son, Edenis Sánchez floreció en un país distinto, aprendiendo a valorar silencios, a reconocer energías afines y a construir un círculo de amistades que le devolvieron confianza.



Vive en el barrio Lastarria, el más bohemio de Santiago, donde gestiona proyectos culturales, organiza festivales, conciertos y desfiles de moda. Su paso por el Teatro Municipal de Santiago la hizo sentir realizada, aunque nunca del todo satisfecha: siempre irá por más.

La adaptación, sin embargo, no fue fácil. Se enfrentó a una sociedad que describe como extremadamente clasista», donde lo primero que se pregunta es la clase social. También le costó enfrentar la violencia psicológica y callejera, y la constatación de que Chile es uno de los países con peor salud mental del mundo. Aun así, insiste en que hay mucho trabajo por hacer, mucha alegría que dar, muchos puntos de vista que compartir para que el chileno disfrute más al abrirse a otras culturas.



En su experiencia migrante ha escuchado frases hirientes como: «¿En qué balsa llegaste?»; pero también ha encontrado aliados que la reconocen como un tesoro. Jon Toselli, dueño del local Navegante, le propuso vender una experiencia artística enriquecedora. Otros, en cambio, le ofrecieron pagar con una pizza o un show, denotando irrespeto y desconocimiento hacia los artistas.

Su hijo es su motor: «Quiero que mi hijo crezca en un país donde pueda acceder a la cultura, a espacios recreativos, donde haya lugares y gentes felices». Por eso organiza eventos, crea contenidos, asesora a emprendedores y gestiona espacios artísticos en Lastarria.



De Chile aprecia el respeto a la naturaleza, la fuerza de las mujeres que se levantaron para empoderarse, el cine y la música valiosa que aquí se producen, y las empanadas que ya no puede dejar. Pero reconoce que cubanos y chilenos son polos opuestos, culturas muy diferentes, y que un cubano recién llegado puede sentirse perdido en los códigos de esta sociedad, aunque comparta el idioma.

Extraña la vibración de Cuba: las conversaciones de balcón a balcón, el café compartido, la música alegre, el calor humano que abraza sin esperar nada a cambio. Extraña un mundo artístico donde el deporte y la cultura son parte de la vida cotidiana. Extraña ese tesoro de humanismo que aún resiste en la isla, a pesar de las dificultades económicas. «El cariño que siento por Cuba es mucho más grande de lo que imaginan. Ahora sí estoy llorando», dice con la voz quebrada.



Hoy, Edenis Sánchez es un alelí cubano que florece en tierras australes. No se marchita con el frío: se reinventa, se multiplica, y sigue ofreciendo su luz en escenarios que nunca imaginó, con la certeza de que la migración, aunque dura, también puede ser un acto de resistencia y creación.

Estas imágenes forman parte del proyecto de fotolibro Rastro de la diáspora cubana en Chile, realizado por el fotógrafo Ruber Osoria gracias a la beca de resiliencia para artistas cubanos migrantes, otorgada por Artists at Risk Connection (ARC) y PEN International.
