Irrumpió en la conversación y en plena calle habanera gritó: «¡Jama! Lo que hace falta aquí es jama… estamos en candela. ¡Échate pa’ allá! Eso es lo que hay que decir: jama. Jamaaaaaa…»
Los ojos desbordados, la voz ronca, las arrugas en la frente, la camisa blanca abierta como si tampoco alcanzara para cubrir el cuerpo. El tambaleo de quien bebe —tal vez— no por costumbre, sino para anestesiar el peso de vivir. Las imágenes de Juan Carlos González, conocido como Pánfilo, se hicieron virales en abril de 2009.
Mientras unos youtubers preguntaban sobre reguetón, él se coló en el encuadre para decir que en Cuba había hambre.
La respuesta estatal fue el castigo. Tras la viralización del video, lo internaron en un hospital psiquiátrico sin justificación médica. ¿Su delito? Decir en voz alta: «Hace falta comida, lo que hay es picadillo de soya, tremendo descaro, pollo viejo…». No fue una reacción aislada del poder, sino una práctica reconocible: convertir la disidencia en patología, medicalizarla, aislarla. Convertir el hambre en locura y al que la nombra, en paciente o preso.
Pánfilo salió del hospital. Volvió a la calle. Pero, ¿qué cambió? El hambre seguía ahí. La de él. La de tantos.
Falleció en La Habana el pasado 27 de marzo.
Tras su muerte, una imagen volvió a circular. En ella aparece junto a Luis Manuel Otero Alcántara. Pánfilo hace su gesto viral de pedir comida. A su lado, el artista sostiene un conejo blanco, el rostro intervenido, corbata en el cuello y una media sonrisa que parece sostenerse en el filo de la esperanza y el desafío.
Están a unos metros de la galería Collage Habana. Luis Manuel acababa de hacer el performance «Super Pijo». Y su público no era una élite ni un circuito cerrado: era la calle. La gente sin filtros, sin guiones, sin nada que maquille la urgencia.
Hoy ese artista está preso. Hace apenas unos días depuso otra huelga de hambre. Continúa vigilado, amenazado, castigado por convertir el dolor en denuncia pública.
Comer o no comer: lo que no se elige
Lo que Pánfilo gritó no era un exceso ni un arrebato, sino un diagnóstico. En Cuba, comer dejó de ser una rutina hace tiempo para convertirse en cálculo, en cola, en angustia.

Según el Food Monitor Program, en la isla existe una «grave crisis alimentaria», con casi el 97 % de la población en situación de inseguridad alimentaria.
Pero no se trata solo de comer —o de no poder hacerlo—, sino de la imposibilidad de decidir cómo llega la comida a la mesa. Es decir, la ausencia de control sobre los propios sistemas alimentarios.
Para explicar esta emergencia, el Food Monitor Program resume el problema con una frase que es, también, una denuncia: en Cuba «hay mucha hambre y poca ética».
En un sistema de economía centralizada y partido único, ni las comunidades ni los individuos tienen capacidad de decisión sobre la producción nacional, incluida la de alimentos. Tampoco participan en un mercado en condiciones justas. Sin margen de acción ni control, la población depende casi por completo de las decisiones del Estado desde 1959.
El hambre en Cuba no es solo una carencia: es estructural.
Hoy, alimentarse está fuera del alcance de muchos: una dieta básica puede costar varios salarios. Mientras los ingresos se mantienen en pesos devaluados, buena parte de los alimentos se vende en divisas, en una economía cada vez más dolarizada y desigual. A esto se suma la escasez generalizada y una alta dependencia externa: el país importa cerca del 90 % de lo que consume. La producción nacional está colapsada, pero el Estado ha priorizado sectores como el turismo por encima del campo. Y, en paralelo, el éxodo masivo ha vaciado al país de mano de obra y profesionales.
Yaxys Cires, director de estrategias del Observatorio Cubano de Derechos Humanos (OCDH), con sede en Madrid, declaró a El Estornudo que todas las semanas reciben «denuncias de personas, principalmente adultos mayores, que deambulan por las calles pidiendo comida o buscando en los basureros». «Llevar un plato de comida a la mesa se ha convertido en un acto heroico en Cuba. Según nuestro Octavo Informe sobre el Estado de los Derechos Sociales, siete de cada diez cubanos se han privado de al menos una de las tres comidas diarias por la escasez de alimentos o por sus altos precios; y si entramos en el aspecto nutricional, la situación es aún peor. Estamos ante una realidad que amenaza con afectar a varias generaciones», advierte.
Pero ese sistema no solo define lo que ocurre fuera de los muros. También se replica —con más crudeza— dentro de ellos.
En las cárceles de la isla, donde permanecen cientos de personas encarceladas por motivos políticos, la alimentación es cada vez más insuficiente y de baja calidad. «En la práctica, las personas privadas de libertad dependen en gran medida de los alimentos que les llevan sus familiares», explica Cires. «Quienes no tienen ese apoyo quedan expuestos a un deterioro progresivo de su salud», añade el especialista.
El hambre deja de ser únicamente consecuencia de la crisis y se convierte en castigo. En ese punto, cuando el cuerpo empieza a agotarse, algunos deciden que lo único que no van a entregar es precisamente eso: el cuerpo.
El cuerpo como último territorio.
El cuerpo como denuncia.
Ahí está Luis Manuel Otero Alcántara.
No como un símbolo, sino como alguien que nunca quiso ser héroe, pero al que la libertad —como dicen quienes lo conocen— se le desborda. Un artista que ha hecho de su propio cuerpo una obra y, al mismo tiempo, un campo de batalla.

Luis Manuel Otero Alcántara es uno de los artistas y activistas más visibles de la Cuba reciente. Fundador del Movimiento San Isidro, ha llevado el arte fuera de los márgenes institucionales para convertirlo en denuncia pública. Sus acciones lo colocaron bajo vigilancia constante, detenciones arbitrarias y campañas de descrédito. Fue arrestado en julio de 2021, en el contexto de las protestas del 11J, y en 2022 condenado a cinco años de prisión por «desacato», «desórdenes públicos» y «ultraje a los símbolos patrios», cargos cuestionados por organizaciones internacionales como Amnistía Internacional, que lo declaró preso de conciencia.
La desobediencia del cuerpo
El cuerpo de Luis Manuel volvió a ponerse en riesgo en los últimos días: por el agotamiento, las amenazas y la certeza de que el castigo no termina con la condena. Tras múltiples huelgas de hambre, secuelas físicas y años de encierro, decidió dejar de alimentarse otra vez. Solo bebió agua.
Cada huelga es una forma de negarse a ser usado. De resistir al chantaje. De decir, incluso desde la debilidad extrema, que hay algo que no se puede domesticar.
Después de ocho días, depuso la huelga que inició tras ser «amenazado de muerte [por parte de la Seguridad del Estado y autoridades penitenciarias] en la cárcel de Guanajay, en Artemisa, y porque él ya sospecha que querrán alargar su condena más allá de los cinco años, que terminan íntegramente en julio de 2026», según denunció en redes sociales la historiadora de arte y activista de derechos humanos, Anamely Ramos.

Para la también curadora de arte y activista cubana Yanelys Núñez Leyva, exiliada en Madrid, la persistencia de Luis Manuel no responde a un impulso individual ni a un gesto aislado.
«La fuerza, la insistencia de Luis Manuel salen, primero, de que está luchando por una causa justa, noble. Es una causa personal, pero también colectiva, familiar, nacional. No es un capricho, no es un hobby, no es un trabajo. Se trata de la construcción de un país, de un espacio para uno mismo y para las personas que uno quiere», expresó en entrevista a El Estornudo.
Esa decisión —insiste— no era inevitable. Había otras vidas posibles. Luis Manuel «hubiera podido estar en un espacio profesional más cómodo, sin correr riesgos, con amigos, disfrutando como el joven que es. Pero puso toda su voluntad y su energía en estar en Cuba. Ha puesto el cuerpo en esta causa. Y eso le ha dejado secuelas para toda la vida».

En él, dice, también hay otra dimensión menos visible: la del cuerpo entrenado para resistir. «Siempre pienso en Luis como deportista. Lo fue durante muchos años. Y ahí hay un punto clave: la disciplina, la resistencia, las herramientas para sobreponerse al dolor, a las derrotas».
Creció en el Cerro, en una familia humilde, y se formó como atleta en los años duros del Período Especial. «Eso marcó su carácter. Esa capacidad de resistir, de sobreponerse a la violencia tan fuerte del sistema».
Pero la historia no es solo política. También es íntima.
«Luis Manuel y yo tuvimos una relación de más de cinco años. Después se transformó en amistad, en familia. Crecimos juntos, acercándonos a la disidencia, descubriendo el periodismo independiente, el arte político. Nos fuimos adentrando en esa Cuba alternativa y la hicimos nuestra, de la mano uno del otro».
Acompañarlo hoy, dice, es otra forma de resistencia. Y también de desgaste. «No es fácil acompañar a un preso político. Es agotador, demandante, muy triste. Es un dolor que no termina, como si abrieras una herida todos los días. Da mucha impotencia. Y muchas veces te sientes solo».
«A nivel de comunidad internacional, el pueblo cubano está muy solo en su lucha. Y cuando eso se traslada a las familias, el peso se siente más: el abandono, la vulnerabilidad», añade.
Núñez advierte, además, que Luis Manuel está en constante riesgo. «El régimen puede fabricarle una nueva causa, provocarlo dentro de la prisión, incluso asesinarlo. Luis está en peligro desde que fue encarcelado. Basta con que le indiquen a otro preso que lo agreda a cambio de algún beneficio. Es posible».
«Que esté encerrado ya es bastante difícil. Para mí y mucho más para él y su familia», lamenta.
Lo que Yanelys describe no es solo una historia personal. En Cuba, donde todo está controlado, la resistencia también pasa por el cuerpo.
Pánfilo gritó por comida. Luis Manuel deja de comer. Uno expuso el vacío del estómago en plena calle; el otro convierte ese mismo vacío en lenguaje. No son gestos opuestos: se tocan. Hambre de pan, sí, pero también de dignidad, de voz, de un país donde vivir no sea apenas resistir. Por eso Luis Manuel se arriesga: porque cuando todo está controlado, incluso alimentarse puede ser una forma de obedecer. Y negarse —aunque duela— es lo único que no han logrado controlar.
