De noche en Marianao: unas madres cubanas contra el empujón del poder

    A Gisselle Ordóñez Milián le empujaron a su hijo en plena calle. Tiene diez años. No eran aún las diez de la noche en Marianao.

    El 12 de marzo de 2026, salió de su casa con él de la mano hacia una manifestación en el barrio Zamora de ese municipio habanero. Los vecinos bloquearon el tráfico en la intersección de 124 y 35, colocaron vianderos y otros objetos viejos en medio de la calle, obligaron a retroceder un autobús. Prendieron candela a la basura, tal como ha hecho por estos días el Estado, incapaz de gestionar los desechos en toda la ciudad, dejando humo y peste en lugar de soluciones. El fuego, más que un gesto de rabia, se antoja un lenguaje: precario, urgente, inevitable. Una forma de hacerse visibles en medio del abandono.

    Venían de otro apagón masivo. Uno más en la cadena de colapsos del sistema eléctrico. La luz había vuelto apenas unas horas antes de irse otra vez. Sin agua. Sin gas. Sin respiro. Por eso salieron. Otra vez.

    Gisselle Ordóñez, de 40 años, se define como activista feminista y anarquista. A su hijo, Fabio, le ha enseñado a pensar en términos de libertad, apoyo mutuo, rechazo a la imposición. «Somos él y yo solos, para todo, contra todo», dice a El Estornudo. 

    Esa noche del 12 de marzo, decenas de vecinos sostenían la protesta. «Hicimos una barricada. Un grupo de madres estábamos delante. De pronto venía una guagua [un autobús] que quería pasar por la calle que cerramos. Vi cómo un muchacho salió del grupo y agarró dos piedras grandes. Le toqué el hombro y le dije: “Dame las piedras porque si las tiras, ya la policía está entre nosotros y nos van a hervir. No hay necesidad ninguna, usa tu voz, exprésate. No seas violento porque los que estamos aquí no lo somos. Nuestro derecho es protestar”. Tenía tremenda guapería, pero me hizo caso y las lanzó hacia una esquina».

    «Yo siempre en las protestas estoy atenta al grupo», dice. «Cuando veo cualquier indicio de violencia, paso adelante y trato de aplacar para no se genere nada que pueda perjudicar a mi gente». 

    Protesta de vecinos en el barrio Zamora de Marianao, La Habana (12 de marzo de 2026)
    Protesta de vecinos en el barrio Zamora de Marianao, La Habana (12 de marzo de 2026) / Foto: Facebook/Zea Giselle

    Llegaron policías, agentes de civil, funcionarios del gobierno municipal. Empezaron a mover a las madres hacia una esquina, a despejar la calle bajo la promesa de «hablar».

    «En ese momento, un auto moderno, que yo había visto desde antes parqueado una cuadra más arriba, intentó avanzar por donde estábamos nosotros. Yo no había ido a hablar con nadie. Yo estaba parada en el medio de la avenida. Al lado mío estaba Fabio, por supuesto. El auto amenazó con acelerar, y yo seguía plantada, crucé los brazos y me dije: no va a pasar. Le hago un gesto indicándole que retroceda, que no nos vamos a quitar. Se quedó como a dos metros de nosotros». 

    Entonces, una respuesta habitual: la fuerza.

    «Uno de los agentes vestidos de civil —mulato, de unos 50 años o más, alto, con un lunar en la mejilla derecha, y un pulóver azul— fue para donde estábamos nosotros y cogió a Fabio de la mano y lo empujó para la acera. Fui y agarré al niño, lo abracé fuerte hacia mí. Y el hombre nos empujó y arrastró a los dos hacia la esquina. Todas las madres volvieron de nuevo al medio de la calle, también varios hombres, pero sobre todo madres, y le empezaron a gritar: “Oooh, los empujaste”». 

    »El oficial decía una y otra vez: “No los empujé”. Ellas respondían: “Sí lo empujaste, te vimos”. Apareció entonces la presidenta del Consejo Popular de Zamora-Coco y me empezó a decir:

    »—Mírame, soy Sandra, la presidenta del Consejo, dame al niño, dame al niño, dame al niño…

    »Le dije fuerte: 

    »—Y yo soy Giselle, su madre, y no te lo voy a dar. ¿Qué te parece?».

    No era solo instinto. Era memoria. Sabía cómo terminan esos forcejeos. Sabía lo que puede pasar cuando la violencia escala.

    «Si yo se lo daba, sentía que no lo volvía a ver nunca más. Me iban a inmovilizar, a patear. Como hacen con los manifestantes. Nosotros hemos pasado violencia [intrafamiliar] antes y su reacción no iba a ser de quedarse inmóvil: iba a morder, a tratar de defenderme, y le hubieran podido dar un mal golpe. Al final, otros oficiales fueron y sacaron al hombre del grupo porque se lo iban a comer vivo cuando la gente se dio cuenta DE que nos había agredido».

    Uno de los manifestantes, vecino de la calle 108 en Marianao, también conversó con El Estornudo: «Yo vi cuando los empujaron. Mi mujer —tenemos una niña de ocho años— estaba entre las que le gritaban al hombre. Se viró hacia mí como una fiera y me dijo: “Tú quédate ahí, que de esto nos ocupamos nosotras. Son unos singaos todos». 

    Pascual es un albañil que, según asegura, «todo el mundo conoce en el barrio», porque saben que pueden contar con él, y tiene «mucha paciencia», pero, dice, «no me toquen a los míos, porque ahí sí no entiendo». Según reconoció, «las mujeres eran las que estaban al frente, y después hablando con la policía, pero ellas saben que no están solas, ni en esa protesta, ni en las otras».

    Protesta en el barrio Zamora de Marianao, La Habana (12 de marzo de 2026)
    Protesta en el barrio Zamora de Marianao, La Habana (12 de marzo de 2026) / Foto: Facebook/Zea Giselle

    Dice Giselle Ordóñez que unos minutos después pusieron la electricidad. La protesta se sostuvo en esa línea fina entre la oscuridad y la luz. Y quedó una advertencia: si la quitaban otra vez, volverían a salir.

    Ella sintió que lo que había pasado «no se podía quedar así».

    «Me acerqué al hombre y le dije: tú debes tener hijos, nietos… cómo te atreves a empujar a un niño así. No me miraba a los ojos», recuerda. «Balbuceando cuestionó que como me atrevía a llevar a un niño a una protesta. Mi respuesta fue: si mi barrio sale a protestar, yo también. Yo vivo completamente sola con él, ¿a quién se lo dejo?, ¿me lo vuelvo a meter en la barriga? Yo no dejo a mi hijo con nadie, va conmigo para todos lados. Y si no les gusta que los niños protesten no los hagan sufrir.

    »¿Y quiénes salimos a la protesta? Sí, había muchos niños, sus madres estaban ahí. Madres pobres, con una pobreza muy tangible, personas que por su contexto no han podido formarse como merecen. La mayoría negras, de las zonas de “El Hueco” y “El Palo”».

    No es la primera vez que su hijo toma parte en actividades y redes de solidaridad comunitarias. «En el caso de Fabio», dice su madre, «él está adaptado a verme llevar medicamentos a personas que lo necesitan y no lo tienen, y grupos que entregan donaciones de la ciudadanía nos piden que lo ayudemos a entregar. Hemos apoyado comedores de ancianos, a mujeres víctimas de violencia. Ha visto el dolor de cerca, a gente que está peor que nosotros. Está acostumbrado a verme cocinar un plato de comida extra. Pero, por otro lado, ha visto cómo yo no tengo la loratadina que tiene que tomar él diariamente… y enseguida alguien se moviliza y la tenemos. Ha estado él con una crisis de asma horrible y aparecen personas que nos ayudan. No hacemos más que dar el amor que recibimos. Él, a pesar de ser pequeño, tiene conciencia política. Yo le hablo de derechos, de leyes, de la Constitución cubana… y él se interesa».

    En medio de la protesta, funcionarios del gobierno local le dijeron: «Parece mentira que con el color que tienes protestes contra el mismo gobierno que te hizo persona».

    Y ella respondió: «Parece que el color de la piel no identifica a nadie cuando se trata de usar un uniforme para pisotear dignidades. Parece que ser negro no te hace ni mejor ni peor. Y parece, sobre todo, que la Revolución que defienden se ensaña más con su población negra, empobrecida, con las mujeres, con las madres, con los niños».

    Recuerda a los oficiales pateando aquella noche un caldero usado durante la protesta. Y quitando, muy molestos, todo lo que habían ubicado en medio de la calle. Pateaban con rabia, con desprecio. Ese gesto —entiende— lo resume todo. 

    «Un día, pronto, van a ser juzgados», advierte.

    Ese día era el séptimo de protestas consecutivas en La Habana. Salieron a las calles hastiados por los apagones interminables… pero el reclamo creció rápido: ya no era solo luz o comida, también cambios políticos, «libertad». Porque el problema nunca fue solo la corriente.

    Las patrullas llegaron rápido. Se quedaron después, vigilando el barrio durante la madrugada y los días siguientes.

    Después vinieron las etiquetas: «delincuentes». Las presiones en la escuela de su hijo por parte de algunas profesoras. «Por qué tienes que llevarlo a las protestas», le cuestionaron. Y el teatro: funcionarios que llevaron caldosa a algunas casas del barrio, y, por supuesto, grabaron el gesto.

    Hambre como instrumento. Comida como escenografía. 

    «Alégrense que fue a ellas», declaró luego Giselle Ordóñez en una de sus publicaciones en redes sociales. «Porque de este lado no la queremos, no la necesitamos, usando su misma frase. Alégrense que fue a ellas, que necesitan alimentos para sus senos que amamantan […] En idioma barriobajero, chancleta en mano, porque lo culto no limita lo prosaico, ustedes hubieran recibido un Mé-te-te-la [por el cu…]; así, dividida en sílabas y todo, con cara de mucho asco».

    Desde la organización independiente YoSíTeCreoEnCuba lo resumieron así: «Es el retrato crudo de un sistema que ha normalizado el hambre, la desigualdad y la violencia. En Cuba, la pobreza tiene rostro de mujer. Y muchas veces, también tiene color: mujeres negras, empobrecidas, sosteniendo solas la vida en condiciones límite. Madres que no tienen qué dar de comer a sus hijes salen a la calle a protestar por supervivencia».

    Esta vez fue en Marianao. Pero no es un hecho aislado: es un modo de operar. Cubanos frente a otros cubanos —todos bajo el peso del mismo sistema—: unos, víctimas; otros, ejecutores.

    También ocurrió así tras la huelga del Movimiento San Isidro, en noviembre de 2020 —una protesta de artistas y activistas en la casa de Luis Manuel Otero Alcántara, en La Habana Vieja—, el oficialismo respondió con ferias de comida y actividades «culturales» en el barrio. Las imágenes se repitieron en la televisión estatal: espectáculo de la abundancia, ficción de la normalidad.

    Se repitió en el barrio de La Güinera. Allí, donde estalló con más fuerza la protesta antigubernamental en julio de 2021, donde un policía mató a Diubis Laurencio Tejeda, de 36 años. El lugar de donde salieron algunos de los presos políticos con las condenas más severas. Un barrio marcado por el abandono.

    Hasta esas calles llegó el gobernante Miguel Díaz-Canel el 20 de agosto de 2021. Fue a supervisar el «trabajo comunitario», la «atención social». Llegó con fotógrafos y cámaras.

    Protesta de vecinos en el barrio Zamora de Marianao, La Habana (12 de marzo de 2026)
    Protesta de vecinos en el barrio Zamora de Marianao, La Habana (12 de marzo de 2026) / Foto: Facebook/Zea Giselle

    ***

    Al día siguiente de que los funcionarios repartieran caldosa en Marianao, varias de esas madres fueron citadas por la Policía. Algunas de ellas, en junio de 2025, también se plantaron con sus hijos frente a la residencia de Díaz-Canel en La Habana, exigiendo mejores condiciones de vida.

    No quedaron detenidas, pero sí «advertidas». El lenguaje oficial lo llama «aconsejar».

    «Sí, yo cogí la caldosa. Y bien: ojalá hubieran traído más comida. Papelazos. Y mañana, si quiero volver a salir a tocar calderos, voy para la esquina. Mi mamá sí se puso muy nerviosa cuando nos citaron a mi hermana y a mí. Yo no les tengo miedo. Y no es que no sepa de lo que son capaces. Llevan años jugando con fuego. Esto es un desastre. No es que tenga muchas esperanzas de un cambio pronto, pero mis ganas de estar en esa protesta, en la calle, con mi gente, están por encima de todo», declaró a El Estornudo una joven de 21 años,* residente en la calle 126 entre 27 y 27D, en Zamora.

    La madre de Pascual, el albañil que participó en la protesta del 12 de marzo, también habló con El Estornudo, y cuestiona a su hijo y a su nuera por salir a las calles: «No van a conseguir nada. A mí me dejan aquí con el susto, sola y en medio del apagón. Yo sé lo duro que está todo, y los abusos de los barrigones del Partido, pero nada van a lograr con salir a la calle. Son muchos años ya así…», dijo Berta, de 78 años, con la voz entrecortada, en una conversación por WhatsApp.

    En la pared de la bodega del barrio permaneció durante días un mensaje: «Canel singao». En la calle aún permanecen los cartones de huevo que sostuvieron la fogata.

    Los niños, rememora Giselle Ordóñez, jugaban a pasarse una pelota por encima del fuego. «A pesar de todo el dolor, no pierden la sonrisa», contó Giselle en sus redes.

    Y lanzó una sentencia: «Ustedes des-gobiernan —por ahora—, pero ya perdieron lo más importante: a los niños, a los jóvenes. Perdieron el futuro».

    Las piedras que ella apartó siguen allí, en la misma esquina.

    Son huellas de una protesta profundamente política: vianderos vacíos convertidos en barricada, cartones de huevo ennegrecidos, restos de una fogata alimentada con lo que falta, con lo que no alcanza. Señales de una noche en que el barrio se miró a sí mismo sin miedo.

    Mientras, puertas adentro, ¿qué ha cambiado? Tal vez ya no son solo las carencias lo que se comparte, sino algo más difícil de contener: la decisión de no callar.


    *La identidad de la fuente fue protegida a petición suya dado el contexto represivo en la isla.

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