El fantasma autoritario en una Cuba poscastrista

    En las últimas semanas la canción «Yo no tanto como él» del cantautor Pedro Luis Ferrer generó incontables debates en múltiples espacios digitales cubanos. Varios nombres de relevancia, como el admirado actor Luis Alberto García, se hicieron eco de ella en sus perfiles de redes sociales, conscientes de que levantaría roncha en medio de una atmósfera de absoluto extremismo. «Mi padre fue fidelista,/ yo no tanto como él,/ pero quien toque a mi padre/ tiene que darme también», versa la primera estrofa de una pieza que, muchos años después de ver la luz, parece escrita al sol de estos días. 

    Pedro Luis Ferrer, en su padre «comunista, cederista, que lo vistió de pionero y lo enseñó a combatir», logra ver ante todo una figura cercana, con discrepancia y recelo político, pero con amor y compromiso. «No voy a pedir perdón/ por la vida mía./ Yo soy lo que supe ser…», aclara más adelante el poeta. Él, que no fue censor, sino censurado, que no fue represor sino reprimido; él, que se mantuvo fiel a su causa —muy suya—, a su público, a su gente. Él, que supo ver al padre —quizás errático, engañado, ciego— y no el rencor tras el padre. 

    Cuba lleva años fraccionada por una pugna de intereses extremistas tras los que se oculta el más vano oportunismo político. Por décadas, el poder político cubano logró deshacer y desunir familias, amistades y todo tipo de afectos amparados en su narrativa triunfalista y su discurso de plaza sitiada. El ser «revolucionario» se impuso dentro de la Cuba castrista como una directriz incuestionable, superior incluso a cualquier otro sentimiento o idea. Así, los procesos represivos contra disidencias de distinto tipo comenzaban, en muchos casos, dentro de círculos íntimos, generando desconfianza y paranoia incluso al interior de las casas. 

    Tantos atropellos cometidos por el totalitarismo fueron y son muy aprovechados por círculos reaccionarios de la derecha estadounidense y por diversos lobbies cubanoamericanos. Tanto daño cultural y tan poca experiencia en ejercer las libertades básicas, así como la mínima participación activa en la política nacional, hacen del pueblo cubano un sujeto histórico ajeno a todo tipo de construcción horizontal, democrática y participativa. En cambio, florecen apuestas de control y exclusión, plagadas de discursos reaccionarios y de aniquilación de la pluralidad, más centradas en proscribir ideas que, por ejemplo, en reanimar la agricultura en «la Cuba del día después». 

    Conmigo o contra mí: linchamientos políticos a las puertas del cambio

    A raíz de la entrevista que la agencia de noticias EFE realizó el pasado día 4 de febrero al líder opositor Manuel Cuesta Morúa —actual presidente del Consejo para la Transición Democrática en Cuba (CTDC)—, varios espacios en redes sociales se inundaron de ofensas e intentos de desacreditación contra el también historiador y analista político. Sus planteamientos fueron concisos: para lograr una «transición cubana entre cubanos», la defensa de la soberanía nacional es un elemento indispensable. Cuesta Morúa se apoyó en el actual escenario venezolano mientras criticó la política de asfixia del gobierno estadounidense contra la isla, que en la práctica afecta directamente al pueblo y no así a las altas esferas castristas. 

    Las reacciones desproporcionadas ante los criterios de una persona como Cuesta Morúa, curtido por años de oposición al régimen en Cuba, son un medidor de los niveles de intolerancia en el ecosistema político nacional. A episodios similares también se han visto expuesto otros conocidos activistas, como la profesora Alina Bárbara López Hernández o el escritor Jorge Fernández Era, por el hecho de encontrarse un poco más a la izquierda en el vector político de lo que la osadía de algunos opinólogos puede soportar. El auge de estas prácticas de linchamiento, tan peligrosas para los afanes democráticos del pueblo cubano, se convierte de a poco en normalidad al interior de ciertos espacios públicos que nacieron con el fin de propiciar debates constructivos y hoy solo abonan a la homogenización de los discursos. 

    Desde el inicio la Revolución, en enero de 1959, y su posterior secuestro por la élite militar afín al castrismo, diversos grupos de oposición nacieron, se desarrollaron y sufrieron la embestida represiva del régimen. Los colores políticos de esa disidencia eran tan variados que iban desde el anarquismo radical hasta propuestas reaccionarias prestas a restituir el batistato. Desde entonces el debate democrático fue anulado por las esferas del poder político y el derecho a opiniones tangenciales o apartadas del canon oficial resultó, en la mayoría de los casos, un problema mayúsculo. 

    En ese clima de hostigamiento y censura se formaron varias generaciones que, desde la frustración, el desespero y el resentimiento hallaron refugio en ideologías y discursos aparentemente opuestos al castrismo, pero muy similares en sus prácticas tanto como en el afán de uniformar criterios. Así llegamos a la última década, cuando propuestas muy peligrosas copan los espacios hegemónicos de la política mundial y asistimos a un momento histórico en que la democracia, tal y como la conocemos, está en absoluto colapso. 

    Desde la primera elección del magnate inmobiliario Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, en 2016, el movimiento Make America Great Again (MAGA) fue solidificando su base y, de a poco, colocándose en un territorio extremo. La propuesta al interior de la base trumpista, repleta de directrices segregadoras, llegó a gran parte del pueblo cubano filtradas desde el exilio con nicho en la Florida. La política de hostilidad que presentó la administración Trump al gobierno cubano, principalmente mediante el endurecimiento de las sanciones económicas, resultó atractiva para un número no despreciable de personas que depositaron sus esperanzas de transformación para Cuba en alguien que resultaría, con su segunda elección presidencial, uno de los mayores peligros para un sinnúmero de libertades democráticas.

    La base cubana del trumpismo es inmensa. Años de extremismo político, cancelación y uniformidad impuestos por el régimen castrista, difícilmente conducirían a quienes vivieron al interior de un proceso extenuante hacia un sitio menos extremo. El enfoque autoritario del máximo líder del Partido Republicano rememora en gran medida el papel que durante décadas jugó Fidel Castro dentro del universo Cuba. Líderes carismáticos que se enuncian como legítimos salvaguardas de ciertos pilares incuestionables que garantizarán la salud de la Revolución, la libertad o cualquier otro artilugio retórico que se acomode a sus pretensiones de omnipotencia.

    Conmigo o contra mí: sobre esa base se sientan los sistemas centralizados en un marco ideológico o político específico. Muchas de las personas que nacieron y se criaron al interior del totalitarismo castrista hoy solo encuentran abrigo en una lógica similar al interior de la óptica vigilante del movimiento MAGA. 

    ¿Con qué se escribe democracia?

    Luego de la inútil apuesta del poder político por aparentar un apoyo masivo durante el pasado desfile del Primero de Mayo en La Habana, el profesor René Fidel García González compartió una serie de reflexiones en su página de Facebook donde invitó a cuestionarnos críticamente la actualidad y el futuro político de la isla más allá de la frontalidad ante el aparato del régimen. En un momento señaló que «en los territorios del futuro, lo verdaderamente superior a la exclusión de hoy será el respeto efectivo y la garantía plena del derecho a la igualdad política para todos». 

    El horizonte cubano debe imaginarse con la ambición de alcanzar la garantía plena de esa igualdad política, sin regateos ni excusas. Ese mañana no puede admitir tachaduras ni pretensiones ideológicas o personalistas, si se quiere realizar la promesa incumplida de la revolución popular traicionada por el castrismo. La meta implica edificar el sueño republicano tantas veces mancillado, con instituciones sólidas que hagan valer la voluntad mayoritaria. El objetivo final no sería un simple recambio de élites, sino la instauración de un orden de construcción espiritual y cívica, participativo, verdaderamente democrático. 

    En nuestros días, cuando la política se reduce al espectáculo y al imperio del algoritmo, existe una confusión que merece ser cuestionada: la identificación de la democracia con la mera visibilidad de los distintos poderes o con las manifestaciones multitudinarias de sus partidarios. Hay una persistente tendencia a medir la salud de una sociedad, de un programa o una demanda por la capacidad de hacer resonar sus consignas. Pero tal imagen de fuerza es engañosa. La medida real de la libertad no está en la horda que vitorea, sino en la disidencia que resiste invisibilizada o cuestionada. La vitalidad democrática, en un sentido riguroso, se verifica en la protección del disenso y la pluralidad, en la garantía de participación en la vida política.

    El escenario cubano deja mucho que desear en ese sentido. Tanto el régimen como buena parte de la oposición más visible —en su respuesta a la lógica excluyente del castrismo— promueven y reproducen la cancelación del disenso y la uniformidad ideológica y política. Ese entramado binario se impone a fuerza de propaganda o apuestas represivas y no deja espacio para un ejercicio de genuina participación para las mayorías populares. 

    De esta manera asistimos, como antes he expuesto, a diversas embestidas contra figuras opositoras que no se encuentran en el punto conveniente para dicha oposición hegemónica, generalmente afín a la Casa Blanca, que busca acaparar la lucha anticastrista mientras, por otra parte, lleva en sí el tufo autoritario de la extrema derecha.

    ¿Derechos o privilegios? La pluralidad construye la democracia

    Retomo las palabras del profesor René Fidel García González en otra de sus publicaciones: 

    «Se inventaron la posibilidad del cambio como fraude, por miedo a cambiar./ Se inventaron la existencia de un daño antropológico, también por miedo a cambiar./ Se inventaron la policrisis por miedo a reconocer lo que ya no puede cambiar sin dejar de ser./ Estamos tan acostumbrados a no cambiar que, como sociedad y como individuos, le tenemos horror al cambio./ El bucle del subdesarrollo político en que hemos vivido durante tanto tiempo nos volvió inadaptados al cambio./ Todo cambió a nuestro alrededor; nosotros también. Pero en nuestro ADN de gobernados impotentes —ajeno, irascible y refractario— hemos sido extraños a la plenitud y a cualquier forma de autenticidad política que no sea la de lo mezquino y lo mediocre./ Lo que nos parece cambio es siempre el enemigo».

    Una gran parte de la política de oposición en los últimos años se ha construido en base a una condición mimética respecto al castrismo. Se han reproducido los esquemas de vigilancia, el escarnio público, las prácticas de nicho, la patologización de lo diverso, el molde como norma. Volviendo una vez más al post de René Fidel García González, se generó una «admiración con rabia» —al decir de Félix Benjamín Caignet Salomón— que llevó a muchos a ser simplemente reactivos y que alimentó la semilla del tan mencionado «Fidel que llevamos dentro». 

    En este punto debemos preguntarnos: ¿la lucha es por derechos o privilegios? Los derechos políticos que sostienen la condición de ciudadano no pueden concederse jamás a una parcialidad ideológicamente afín mientras se les niegan a otras, ya que la naturaleza del derecho en democracia es la universalidad. La diferencia entre derecho y privilegio es entonces de esencia. El privilegio es esencialmente excluyente. La militancia en cierto programa político o la afinidad con determinada praxis filosófica no puede significar en la Cuba poscastrista, como es en la actualidad, una función de privilegios o exclusiones. 

    Cuba está a las puertas de un cambio. Diversos movimientos luchan desde hace décadas por la democratización del sistema político, y activistas e intelectuales como los mencionados en este texto llevan años en busca de la unidad que consolide una transición dignificadora y verdaderamente democrática. Hoy algunos de los que juraron combatir las políticas del castrismo reproducen las mismas lógicas arbitrarias que solo consiguen agrietar más aún una nación casi deshecha por años de gobierno dictatorial y pugnas oportunistas. El futuro de Cuba está en la pluralidad tantas veces negada y en la voluntad para construir una nación justa, digna, equitativa, participativa y democrática. 

    El enemigo de mi enemigo rara vez es mi aliado; sobre todo, en política. Un escenario transicional que no garantice la soberanía y, en cambio, priorice intereses trasnochados como el anexionismo o el servilismo a las políticas de gobiernos extranjeros, significaría dar marcha atrás al calendario cientos de años y repetir nefastos procesos. La historia ocurre dos veces, una como tragedia, la otra como farsa, al decir de Marx. Es nuestra responsabilidad como pueblo revertir la tragedia y construir un nuevo proceso de dignificación y certezas. Para Cuba, entre cubanos. 

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