Desde principios de año, cuando Estados Unidos intervino en Venezuela, nos hemos acostumbrado a llevar nuestra vida en torno a la desorganización. Los intervalos sin corriente pueden ir de seis a doce horas sin aviso ni planificación.
Acababa de recibir un mensaje de un amigo avisándome que se había caído el SEN, el Sistema Electroenergético Nacional, por tercera vez en marzo. El apagón nacional, que ya alcanzaba las cinco horas, duraría al menos un día completo más. En La Habana restablecen la corriente más rápido que en el resto del país; conozco personas en otras provincias que se han pasado 16 o 20 horas a oscuras antes de que ocurra una desconexión total del SEN.
La ausencia de electricidad lo arrastra todo consigo. No hay propulsión para que el agua suba a los tanques en la mayoría de los edificios. Los alimentos se echan a perder en los refrigeradores y el olor fétido inunda los hogares. Cocinar se vuelve más difícil de lo que ya era: ¿qué se puede preparar rápido? ¿qué no necesita refrigeración? ¿cuánto gas queda? ¿Sacamos esa carne de cerdo que guardábamos para una ocasión especial? ¿Bebemos toda la leche antes de que se corte con el calor? Dichosos los que tienen gas licuado; muchos compran sacos de carbón semanalmente para lidiar con esto.
El ventilador, cuando funciona, deja de ser una comodidad y se convierte en una de las necesidades básicas del cubano. Dormir sin él es casi imposible en ciertas noches donde el calor del Caribe se vuelve insoportable. La conexión a internet se vuelve inestable o desaparece en determinadas zonas. Los negocios privados cierran o trabajan a medias. La ciudad empieza a apagarse tanto literalmente como funcionalmente.
Comprobé las noticias, las páginas de Facebook de la empresa eléctrica y algunos periodistas afines al gobierno para confirmar que era cierto. Siempre tengo esa rara ilusión de que las malas noticias podrían ser falsas o bulos. Maldije, casi susurrando, porque ya he maldecido a gritos muchas veces en estos últimos años. Vivo en El Vedado, en un apartamento con mis padres y mi abuela. Mi madre llegó con una vecina preguntando si era verdad. Ellas tienen incorporada la duda de las mil promesas que nunca se cumplieron.
Es extraño cómo hemos normalizado estas condiciones extremas de vida. Nadie se sorprende demasiado. Se molestan, sí, pero no se sorprenden. Como si el colapso de la sociedad tuviera ya un lugar fijo dentro de la rutina diaria. No es masoquismo. Es que hemos aceptado que nuestro gobierno es inútil y perfectamente capaz de cometer un error tras otro sin pedir jamás disculpas. Sabemos que no vendrá ninguna solución ni de manifestarnos en la calle ni pidiendo ayuda externa. Así que encogemos los hombros y normalizamos. Es mejor que ser prisionero de la esperanza.
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Cada cierto tiempo aparece la noticia de nuevas restricciones del gobierno americano, de barcos petroleros que no llegan o que demorarán en llegar, de sanciones que complican aún más las importaciones. Los medios oficiales entregan estos anuncios en frases enrevesadas, casi como jeroglíficos políticos, pero los cubanos no necesitamos traducción: sentimos directamente sus efectos en la piel.
Las colas para conseguir combustible se han hecho más largas e inciertas. Hay días en que una persona puede pasarse horas esperando sin ninguna garantía. El gobierno gestiona esto de dos formas. La primera es mediante la aplicación «Ticket», donde el cubano debe descargar la app, introducir sus datos personales y los de su vehículo, y esperar a que le toque. Actualmente existe una lista de espera de más de nueve meses para poder repostar. La otra vía es solo para los carros con matrícula de turista: simplemente hacen una cola en determinadas gasolineras y el mismo día pueden llenar el depósito. He aquí otro ejemplo claro del interés del gobierno en captar divisas, priorizando a quienes puedan pagar en dólares.
En paralelo, los precios siguen subiendo de manera brusca, descolocando cualquier intento de organización personal. Productos básicos que hace unos meses eran caros, ahora son directamente inaccesibles para muchos. La moneda pierde valor con una rapidez que se siente en cada compra. Un cartón de huevos, por ejemplo, puede costar más de tres mil pesos cubanos, mientras el salario mínimo ronda los dos mil 100 pesos. No hay mucho más que explicar.
De un tiempo a esta parte ha habido también una renovada atención internacional: noticias, análisis, declaraciones, flotillas simbólicas de apoyo desde fuera. Hay una guerra mediática entre voceros de izquierda y de derecha, muchos panfletos y panfletarios. Estos esfuerzos desde el exterior pueden ser bienintencionados y hasta urgentes para quienes los impulsan, pero desde dentro del país se perciben lejanos, a veces como un simple lavado de imagen. Décadas de aislamiento y represión han dejado a muchos cubanos indiferentes o desconfiados ante la política.
Como captaba muy bien Herberto Padilla en su poema «Viajeros» de 1971:
Sus cámaras Nikon, Leica, Roliflex relucen, perfectamente
aptas para la luz del trópico,
para el subdesarrollo.
Las libretas de notas están abiertas
para los interrogatorios objetivos,
aunque, claro, sienten un poco ilícito, parcial
el corazón, porque ellos aman las guerrillas,
la lucha, la vida a la intemperie
y el extraño español de los nativos.
En dos o tres semanas ya tienen experiencia
suficiente para escribir un libro sobre los guerrilleros,
sobre el carácter cubano (o ambas cosas)
y sobre la especificidad del español un poco descarado
pero excitante de los cubanos…

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Esta última crisis a veces se fecha desde diciembre, cuando la Marina estadounidense cercó Venezuela, luego capturó a Nicolás Maduro y anunció sanciones contra cualquier país que suministrara combustible a Cuba. Históricamente, la isla ha dependido del combustible extranjero a precios asequibles para sobrevivir. Esta última medida fue, sin dudas, la gota que vino a colmar un vaso que llevaba rebosando demasiado tiempo. Pero la historia no empezó con el regreso al poder de Donald Trump. Los apagones, la escasez de alimentos y medicinas llevan años marcando la vida cotidiana.
Para entender al menos una porción del presente cubano y cómo llegamos hasta aquí, hay que retroceder al menos hasta 2019, cuando comenzó a hablarse de la «coyuntura». Miguel Díaz-Canel, recién designado presidente, la anunció en respuesta al endurecimiento de las sanciones estadounidenses durante el primer mandato de Trump. Se afectaron los vuelos turísticos, la importación de combustible, determinadas importaciones de insumos y se limitaron las remesas de los cubanos en Estados Unidos. Se temían muchas cosas ese año, pero entonces llegó la pandemia de COVID-19, que dejó cualquier sanción en un segundo plano. La pandemia liquidó de golpe el turismo, el principal pilar económico del país. Por un tiempo, el virus ralentizó todo y contuvo la percepción de ese deterioro«coyuntural». El problema no desapareció, solo quedó soterrado. Cuando el mundo empezó a reactivarse, la estructura interna del país no estaba en condiciones de responder como antes.
No se puede ver a Cuba solamente a través de la lente de la política exterior americana, por inmoral y dañina que sea. Nuestro gobierno también tiene una gran responsabilidad. Las decisiones económicas tomadas desde entonces no lograron estabilizar la situación, sino que la empeoraron. La llamada «Tarea Ordenamiento», que buscaba reorganizar el sistema monetario y salarial, terminó generando un aumento sostenido de los precios sin una mejora proporcional en los ingresos. La inflación dejó de ser una percepción y se convirtió en una experiencia diaria. El salario perdió su valor real en pocos meses y la población empezó a medir sus ingresos en dólares, no en pesos.
Al mismo tiempo, el propio Estado reconfiguró el acceso a los bienes básicos y los desplazó hacia mercados y tiendas en divisas o en Moneda Libremente Convertible (MLC). Esto creó una brecha social evidente entre quienes podían acceder a dólares y quienes solo contaban con ingresos en moneda nacional. Poseer una tarjeta MLC se convirtió en una marca de distinción social. Aquellos que no podían acceder se resignaban ver cómo otros hacían colas en tiendas especiales y salían con productos de calidad que en ningún otro lado se encontraban (o se encontraban mucho más caros en el mercado negro).
Fue bajo estas circunstancias que Cuba vivió las mayores protestas civiles desde 1959, el 11 de julio de 2021. Mientras los manifestantes denunciaban la desigualdad y el autoritarismo, Díaz-Canel los calificó de mercenarios de un «golpe blando» estadounidense y dio la orden de combate. Más de mil personas fueron encarceladas y una murió. En ese sentido, la coyuntura nunca terminó, solo se agravó progresivamente.
En el plano energético, la falta de inversión sostenida en infraestructura durante décadas, el tardío salto hacia las energías renovables y la dependencia crónica de importaciones de combustible fueron debilitando el sistema. Las averías se volvieron más frecuentes, los mantenimientos a las termoeléctricas menos efectivos y las soluciones cada vez más provisionales y chapuceras. El resultado es el que vivimos hoy: apagones y más apagones de un sistema que colapsa con facilidad y que no logra mantener una estabilidad mínima.
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Cuando pienso en la condición en la que viven muchos cubanos hoy, la palabra que me viene a la mente es desesperanza. No como una frase grandilocuente o pasajera, sino como una condición crónica, profunda, que se manifiesta no solo en grandes declaraciones sino en algo más íntimo: en la certeza fatalista de que nada va a mejorar nunca. La sanidad ha empeorado. La educación ha empeorado. Ya ni siquiera caminar por la calle en horas de la noche trae tranquilidad, porque la delincuencia ha aumentado notablemente. Más allá de esos hechos, existe una sensación persistente: el país se está desgastando y nos está desgastando con él. Se nota en la forma en que la gente habla del mañana o, mejor dicho, en la forma en que evita hablar del mañana.
Esta desesperanza tiene raíces profundas en nuestra historia después de 1959. Durante mucho tiempo la vida en Cuba se sostuvo gracias a una promesa: cada sacrificio tenía un sentido de cara al futuro. Hubo momentos en que esa promesa parecía materializarse, pero con el paso de los años y las crisis que iban y venían, esa estructura de promesas se fue debilitando. La distancia entre lo que se esperaba y lo que realmente ocurría se hizo cada vez más difícil de ignorar, aunque no se nos permitiera reconocerlo abiertamente. Una generación entera se quedó esperando a que se pusiera «el último ladrillo del socialismo» que siempre estuvo por construirse. Hoy esa generación camina como un enjambre de zombis, malviviendo, sobreviviendo, como si el colapso social fuera algo perfectamente natural, como si vivir así fuera solo otra forma posible de organización.
Mi generación nació al final del Período Especial. No perdimos ni recibimos tierras en las reformas agrarias, no comimos la llamada carne rusa en los ochenta, ni, como algunos cubanos, comimos carne de gato durante el Período Especial. Cuando aprendí a leer, Arnaldo Ochoa ya llevaba años muerto y el caso del niño Elián González ya no estaba de moda. No somos los hijos del adoctrinamiento, sino sus nietos. Cuando llegó internet en la década de los 2010, muchas de las mentiras del Estado se desmoronaron. El pueblo, y sobre todo los jóvenes, empezamos a conocer otra parte del mundo y a querer irnos.
Tengo mucho dolor y tanta o más desesperanza que los millones de cubanos que aún viven en la isla, pero dentro de las cosas que nunca le perdonaré a la dictadura está el haber provocado, directa o indirectamente, que se marcharan muchísimas personas en pocos años. Del 2021 al 2024, Cuba vivió el mayor éxodo de su historia: más de dos millones de personas, según estimaciones. Se separaron familias, parejas, grupos de amigos. A mí, personalmente, la dictadura me rompió. A veces pienso, con dolor, si debí irme del país cuando tuve la oportunidad. Tal vez me quedé porque aún guardaba esperanza en un cambio que nunca llegó, o quizá para cuidar a mis padres y a mi abuela —sé que no podría soportar el duelo a distancia si alguno de ellos muriera. O tal vez porque nunca tuve el dinero suficiente para ir a Nicaragua o pagar una carrera en España. O simplemente porque tengo miedo a ser extranjero. Estos días trato de no pensarlo demasiado. Decidí que mi salud mental estaba por encima de todo.
Aquella noche del apagón nacional, después de que la comida estuviera lista, salí a la calle para intentar relajarme un rato. Mis equipos eléctricos tenías poca carga y preferí no gastarla. Con una linterna caminé por la calle Línea hacia el Malecón. Vi varios carteles ideológicos durante el trayecto, uno enorme con Fidel, Raúl y Díaz-Canel que decía «Somos continuidad». Sentí asco y furia.
Después de caminar más de dos horas, empecé a oír las cazuelas sonando en cada cuadra. Un sonido que se ha vuelto hábito en las calles habaneras. El ruido se prestaba al ritmo de conga en varios momentos. Un chiste amargo: cazuelas vacías y utensilios de cocina convertidos en música. Era como si las protestas también se hubieran adaptado y hubieran encontrado un ritmo dentro de la escasez. En cualquier otro país del mundo, con más de tres semanas de protestas como las que se vivieron en marzo, el régimen se habría caído. Pero el pueblo, en realidad, le interesa poco la política: solo quiere luz eléctrica, comida y un futuro que no esté marcado por la incertidumbre. ¿Era esto una expresión de resistencia o de resignación, de supervivencia o aceptación? Quizás todo junto. Solo algo estaba claro: por unos breves momentos, mientras las cazuelas sonaban, la desesperanza pareció desvanecerse.
