Creo que, si Cuba cambiara mañana, pocos lugares se beneficiarían tanto como Viñales, en la provincia de Pinar del Río.
Hace diez años fue colocado en el décimo puesto entre 52 destinos turísticos recomendados en la travel list del diario The New York Times.

La afluencia de turistas era tal que algunos se veían obligados a dormir en los parques, y eso es mucho decir pues, además de los hoteles, en el pueblo casi todas las casas rentaban habitaciones.




Hoy, casi te sobran los dedos de las manos para contar los turistas que puedes encontrarte en sus calles, y así viene siendo por lo menos desde 2020.

Los viñaleros han visto reducidos drásticamente sus ingresos, y buena parte de la juventud se ha marchado en estos años. Claro, se trata de uno de los lugares de Cuba dónde más gente tenía recursos para emigrar.


El pueblo se ve azotado por prolongados apagones, y los pocos visitantes extranjeros que reciben los lugareños a menudo pasan las noches sufriendo el calor y los mosquitos.


Sin embargo, de alguna manera, Viñales ha sabido conservar su magia y su atractivo en medio de la crisis —incluidas la amabilidad y hospitalidad de su gente. Todavía se resiste al adjetivo de «fantasma» que tan bien viene en estos días a muchos pueblos de la isla.

