Amanecía apenas sobre el Malecón cuando las filas empezaron a moverse. A diferencia de todos los años no fue en la Plaza de la Revolución, ese escenario monumental que durante décadas ha servido de telón para la coreografía del poder. Este año se trasladó a la «Tribuna Antiimperialista José Martí», frente a la Embajada de Estados Unidos. «La patria se defiende», era la consigna, el hashtag, la frase que intentaba aunar y volvía a separar. Y allí estaban, otra vez, Miguel Díaz-Canel y Raúl Castro con sus 94 años: límpido y mortecino a la vez. Banderas, pancartas y miles de cuerpos marchando antes de que el sol apretara demasiado.
Desde lejos, muy lejos, incluso desde fuera del país, la imagen podía parecer imponente. De cerca, revelaba todas las grietas del sistema político.
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Yo también, como muchos niños, caminé esos primeros de mayo. Tendría siete u ocho años. Recuerdo el olor a sudor mezclado con el de los dulces que se vendían en las carretillas de las esquinas. Recuerdo las banderitas de papel, la emoción de ir con el sector de la Construcción, donde trabajaba mi abuelo, y ponerme un casco amarillo inmenso, y así sentir que formaba parte de algo grande, histórico, invencible. La «Revolución» era entonces una palabra con mayúscula, prácticamente religiosa. El desfile no era obligación para nadie, sino una fiesta para todos. O al menos eso creíamos. El niño que fui estaba genuinamente orgulloso, pero ese niño ya no existe. Lo desintoxicaron los años, los apagones, las colas, las promesas incumplidas y la certeza de que mucha de esa grandiosidad era escenografía acartonada.
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Este Primero de Mayo de 2026 no fue igual. Las autoridades reconocieron implícitamente la crisis cuando movieron el acto principal al Malecón. Argumentaron ahorro de combustible. La decisión tiene sentido práctico: en un país donde los apagones pueden durar muchas horas y donde el transporte público es un milagro diario, trasladar ida y vuelta a cientos de miles de personas hasta la Plaza de la Revolución habría sido un derroche obsceno. Pero esa misma austeridad selectiva resulta cínica, porque, aunque se redujo notablemente la logística primaria, el aparato estatal igual movilizó gente desde temprano, con guaguas, camiones y presión en centros de trabajo. En las provincias el circo fue idéntico: actos «descentralizados» por avenidas principales donde la asistencia sigue siendo más obligatoria que voluntaria. Pero muy bien sabemos que el decorado principal estaba en el Malecón habanero, junto la Embajada estadounidense. La esencia era más protesta tozuda contra Estados Unidos que orgullo proletario.
Los agentes de la Seguridad del Estado, siempre presentes en estos eventos, se mezclan entre la multitud vestido de civil. Los jefes de núcleo y los cuadros del Partido municipal y provincial anotan ausencias. No es nuevo. Es el mismo mecanismo de control que se engrasa desde hace décadas: convertir una fecha obrera en sufragio de lealtad.
Los números oficiales hablan de cientos de miles de participantes: medio millón. Fueron muchos. En Cuba todavía hay muchas personas que creen sinceramente en la Revolución, y todavía más que simplemente no quieren problemas. Pero también es verdad que la asistencia ya no es la de antes. Videos y testimonios en redes muestran filas más dispersas, rostros de gente que marcha porque «hay que estar». La diferencia con aquellos primeros de mayo de los noventa y dos mil es palpable. Antes había entusiasmo genuino en amplios sectores. Hoy predomina la resignación.

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Aquí viene el contraste más brutal. Mientras el gobierno gasta combustible y recursos en movilizar masas para demostrar que «la patria se defiende», la economía real sigue en colapso. El «cerco energético» de Trump —el endurecimiento de las sanciones y, por tanto, de las dificultades para importar petróleo— es también real, y duele, porque afecta directamente a todos en cada sector de la sociedad. Pero duele aún más el mal manejo interno: la ineficiencia crónica, la falta de incentivos, la corrupción y la prioridad política por encima de que es lógico.
Movilizar a tanta gente en un país sin gasolina suficiente implica decisiones dolorosas. Déficit de ambulancias, agricultores sin diésel para sus tractores, familias sin transporte para ir a trabajar. El derroche «revolucionario» choca con la escasez cotidiana. La ironía es cruel.
El acto incluyó la entrega de más de seis millones de firmas: otro redundante gesto de propaganda por parte del gobierno para mostrar legitimidad a toda costa. Dichas firmas son contra el bloqueo estadounidense, son de reafirmación popular, son para mostrar respaldo, etc. Las mismas fueron entregadas en manos del mismísimo Raúl Castro. Es un número impresionante, supuestamente. Pero también es un ritual conocido. Las firmas se recogen en centros de trabajo y escuelas gracias al mismo mecanismo de siempre: nadie te apunta con un arma, pero todos saben las consecuencias de negarse. Es reclutamiento más que consulta. En un país donde no existen mecanismos reales de participación democrática, esas firmas sirven, por supuesto, más como escudo propagandístico que como expresión libre de voluntad.
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El Primero de Mayo cubano tiene historia real. Desde 1939, cuando los obreros habaneros, organizados por la Confederación de Trabajadores de Cuba, marcharon desde la intersección entre la calle Belascoaín y la calle San Lázaro. Aquella marcha recorrió la zona del Palacio Presidencial y culminó en el Parque Central. Varios líderes del sector obrero, incluido Lázaro Peña. Ese día se le entregó una serie de demandas al secretario de Trabajo. Se marcó así un hito del sector proletario en la época de la «neocolonia».
Después de 1959 se convirtió en celebración del poder revolucionario. Durante un tiempo fue un acto genuino para las mayorías: la sensación de que se había conquistado dignidad, educación, salud. Pero con el tiempo el contenido obrero se vació, y quedó el acto de reafirmación política. En un país donde el Estado es el único gran empleador, el mismo que persigue a los pequeños empresarios mediante chantajes y coerción, donde las huelgas laborales o de cualquier tipo son ilegales y los sindicatos independientes perseguidos, ¿qué queda de la gran de lucha obrera, del poder del proletario? El gran desfile se transforma entonces en mascarada de obediencia, en acto de sumisión política.
En 2017, un hombre llamado Daniel Llorente rompió el guion. Corrió por la Plaza de la Revolución con una bandera estadounidense mientras las cámaras transmitían la marcha. Fue reducido rápidamente por la Seguridad del Estado, pero, aun así, el video dio la vuelta al mundo. Ese momento desnudó la fragilidad del espectáculo: bastaba un solo disidente con una bandera para desmentir el atrezo de la unanimidad. En 2020 y 2021, la pandemia obligó a cancelar los grandes actos. Por primera vez desde 1959. En 2023, fue la falta de combustible. Cada vez que el ritual se interrumpe o se minimiza, queda al descubierto que la grandiosidad depende de recursos que el propio sistema no genera.
Si en 2023 la razón para no realizarla fue la escasez de combustible, entonces ¿por qué sí este año? Al parecer, se impuso en 2026 la fuerza de la necesidad defensiva: «Contra el bloqueo genocida y las groseras amenazas imperiales», repitió el presidente Díaz-Canel. Una vez más: es cierto que las sanciones estadounidenses han endurecido la vida de los cubanos; también es cierto que la crisis nacional tiene causas internas más profundas: un modelo económico centralizado y fallido que lleva décadas sin producir riqueza suficiente. Desde luego, culpar solo al «bloqueo» es lo cómodo para el poder. El malgasto, la falta de libertades económicas y la emigración masiva de fuerza joven son problemas que ningún discurso antiimperialista conjura, que ninguna marcha con banderitas resuelve.
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La Habana de 2026 es una ciudad cansada: edificios que se caen, barrios grises, jóvenes que sueñan con irse. En ese contexto, un desfile masivo puede proyectar fuerza hacia afuera, pero hacia adentro genera más escepticismo que fervor. En provincias, el panorama es similar. El circo es nacional. Lo que cambia es la magnitud y los momentos de alto patetismo. Este viernes se pudo observar tantas escenas chapuceras: niños vestidos de mambises en carretones de caballo; una pancarta simulando una receta médica que daría a Donald Trump una dosis de Fidel Castro. La tumba de Fidel Castro hecha de papier maché encima de un carro como si fuese una carroza. Díaz-Canel marchando con unos Adidas portentosos, una foto zoom de la lista con los primeros reclutados y ubicuas pancartas con la cifra de supuestos firmantes, etc.

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El Primero de Mayo cubano ya no es lo mismo. Continúa siendo una herramienta de control y narrativa, que acaso funciona a ojos del mundo y, sobre todo de la izquierda occidental. Los que marchan por convicción son cada vez menos. Y los que ya no marchan —porque se fueron del país o porque decidieron no prestarse— son un número que crece más y más.
Como cubano que alguna vez sintió esa emoción infantil, miro estos actos con una mezcla de tristeza y lucidez. Tristeza porque aquel sueño de grandeza desapareció con la pérdida de mi ignorancia. Lucidez porque entiendo que un país no se defiende solo con marchas y consignas. Se defiende con resultados: derechos humanos, comida en la mesa, electricidad estable, libertades reales, futuro para los jóvenes. No con un ritual que es más teatro político que celebración obrera. La patria se defiende, sí, pero no hablamos de una patria de atrezo.
