La noche del domingo 18 de enero del 2016, medio centenar de cubanos se congregó en las instalaciones del canal 41 América TeVé, en Hialeah Gardens, para una transmisión especial. Hacía frío, pero una emoción contagiosa impregnaba el ambiente. Estaban allí para recibir a un grupo de familiares que había recorrido casi tres mil millas por carretera, entre Centroamérica y Miami, tras escapar de Cuba. Meses de incertidumbre y peligros a lo largo del continente concluían con un «final de teletón», emitido en vivo a todo el sur de la Florida.
Entre la concurrencia resaltaban, eufóricos, los alcaldes de Miami, Tomás Regalado, y de Hialeah, Carlos Hernández. La llegada al canal debió ser una experiencia desconcertante para aquellos 19 cubanos a bordo de un autobús de la compañía Omnibus Express: una escolta de vehículos policiales abría paso con luces rojas y azules centelleantes, mientras camarógrafos, presentadores y familiares se aglomeraban frente a la entrada principal. Quienes apenas días antes sobrevivían en campamentos de tiendas militares y albergues improvisados, recibían ahora una bienvenida digna del Real Madrid.
Conozco la historia de primera mano. Semanas antes, había recomendado a los directivos de la estación documentar en directo el éxodo de miles de cubanos que intentaban atravesar varios países de la región con la promesa americana en mente. Asignaron al presentador Juan Manuel Cao y al camarógrafo Luis Quián para viajar embedded junto a uno de aquellos grupos, entonces atascado en un precario campamento en Liberia, una pequeña ciudad costera capital de la provincia de Guanacaste, Costa Rica.

En enero del 2016 la situación de los cubanos en Centroamérica era crítica. Unos 7 mil 500 llevaban meses varados en refugios sin condiciones en suelo costarricense. El régimen de Nicaragua les había impedido el paso —con disuasión de militares y gases lacrimógenos—, bloqueando así el trayecto hacia Estados Unidos.
Cinco años después, los vuelos desde el aeropuerto José Martí de La Habana a Managua se convertirían en la opción predilecta para huir de Cuba. Pero por entonces Daniel Ortega representaba el mayor obstáculo en la travesía, obligando a muchos a iniciar su periplo mucho más al sur, en Ecuador. Desde el 2008, el gobierno de Rafael Correa mantenía una política de visado libre que atraía a quienes querían abandonar la isla. Se estima que entre 100 mil y 150 mil cubanos ingresaron a Ecuador en esos años; menos de la décima parte se quedó a vivir en el país. El resto emprendió el corredor del éxodo a través de Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala y México, hasta alcanzar Estados Unidos.

Cuando el equipo de América TeVé arribó a Costa Rica, en enero del 2016, el gobierno de ese país había aprobado una solución de emergencia para evadir el bloqueo nicaragüense: un puente aéreo trasladaría a miles de migrantes varados en Liberia hasta el aeropuerto internacional Oscar Arnulfo Romero, en San Salvador. De allí continuarían por tierra hacia Guatemala y México.
Completada la primera fase de la operación, 46 refugiados y el equipo de televisión abordaron un autobús fletado en el sur de México para recorrer las 1200 millas hasta la frontera entre los dos Laredos. Una noche, mientras transitaban entre Veracruz y Puebla, fueron inspeccionados una docena de veces por efectivos militares, pero lograron sortear el peligro mayor: los «peajes» de narcos y redes criminales. En ese primer grupo viajaban solo adultos; los niños habían quedado atrás mientras se evaluaba la seguridad de la ruta.
El trayecto se extendió por varios días, con enlaces en vivo desde el autobús a los distintos shows del canal 41, mientras un mapa en pantalla mostraba el avance a través de la geografía mexicana.
Los refugiados llegaron al límite fronterizo entre Nuevo Laredo (México) y Laredo (Texas) el 15 de enero. Recorrieron a pie los últimos 320 metros del Puente Internacional «Puerta a las Américas» y se entregaron a los agentes de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) para ser procesados. Por entonces, el estatus de «pies secos» les garantizaba el acceso seguro al país, así como permisos de trabajo y una senda sólida a la residencia a través de la Ley de Ajuste Cubano (CAA, por sus siglas en inglés).
Concluido el trámite, los cubanos se reagruparon junto al equipo de televisión para abordar otro transporte rentado y continuar la cobertura durante el viaje de 35 horas a Miami.
Yosniel Monzón, un joven negro que había pasado tres meses en Costa Rica y a quien llamaban «el Yabó» (por Iyawó, iniciado la religión yoruba), confesó ante las cámaras que estaba especialmente «feliz» porque cumpliría «cinco meses de santo» justo en la recta final a Miami. «Eso es de la religión afrocubana, vas a un lugar donde hay que explicarlo», le advirtió el presentador Cao y, tras una breve pausa, agregó: «…aunque yo creo que en Hialeah no hay que explicarlo tanto ya».
Durante el viaje a Florida, la mitad de los refugiados fue abandonando el autobús a medida que se reunían con familiares en distintas ciudades. Los últimos 19 llegaron entrada la noche del 18 de enero a la sede de América TeVé, en una zona de almacenes al noroeste de Miami. Formaban el primer grupo de un proyecto piloto para evacuar a los cubanos de Liberia. En total, 4.346 cubanos serían trasladados mediante aquel puente aéreo con destino inicial a El Salvador y México.
«Esta es una escena que se ha repetido a través de las décadas: la reunificación familiar», dijo el Alcalde Regalado durante la ceremonia de recibimiento.
«Bienvenidos. Ha sido un largo viaje para todos ustedes. Ahora ya están con sus familias», agregó en tono similar el de Hialeah.

Según estimaciones, unos 47 mil cubanos atravesaron Centroamérica para llegar a los puntos fronterizos en Texas, Arizona y California entre octubre del 2015 y los primeros meses del 2016, durante el clímax del «deshielo» entre Washington y La Habana.
Las cifras oficiales sobre inmigración suelen ser parciales y desagregadas, pero se calcula que durante los ocho años de la Administración de Barack Obama ingresaron a Estados Unidos entre 350 mil y 400 mil cubanos, tanto legalmente (visas, sistema de lotería y programas de reunificación familiar) como a través de la frontera con México.
Washington también había retomado una práctica suspendida por largas décadas. A partir del 2013 comenzó a entregar en La Habana Visas B2 de entradas múltiples, con validez de cinco años. Unos 70 mil cubanos resultaron beneficiados, hasta que la primera Administración de Donald Trump paralizó el programa.
Wet Foot, Dry Foot
Justo un año después de la ceremonia de recibimiento en el canal 41, la Administración Obama puso fin a la política Wet Foot, Dry Foot (Pies Secos, Pies Mojados en español), establecida en 1995 por Bill Clinton en respuesta al éxodo de 35 mil cubanos durante la Crisis de los Balseros un año antes.
A partir de entonces, todos los cubanos que intentaran ingresar a Estados Unidos sin visado serían considerados «mojados», como el resto de los inmigrantes irregulares del mundo.
Con «efecto inmediato», el jueves 12 de enero del 2017 la Casa Blanca derogó la política que durante 22 años había garantizado un status legal —y residencia— a los cubanos que accedían por vía terrestre a través de algún punto fronterizo, mientras forzaba la devolución a la isla de aquellos interceptados en el mar.

A ocho días de concluir el mandato, la Administración Obama argumentó que dicha política otorgaba a los cubanos un trato preferencial que incentivaba riesgos humanitarios y travesías peligrosas, además de ser «inconsistente» con la normalidad que trataba de imprimir a las relaciones con el régimen cubano.
La Habana, por su parte, se comprometió a aceptar la repatriación de individuos con orden de deportación por antecedentes criminales, incluidos algunos considerados «excluibles» desde la época del Mariel, así como a continuar recibiendo a los balseros interceptados en travesía hacia la Florida.
En la lógica de la Administración saliente, la medida era congruente con su política de engagement hacia el régimen cubano para forzar reformas internas: restablecimiento de relaciones diplomáticas en 2015, promoción del sector privado, flexibilización de viajes y comercio, expansión del acceso a Internet y la histórica visita presidencial de marzo del 2016.
La Casa Blanca también justificó el giro en términos del interés nacional de Estados Unidos. Una emigración «ordenada, legal y segura» desde Cuba contribuiría a reducir los flujos irregulares que tensaban la frontera sur y generaban convulsiones en países de tránsito. El nuevo enfoque permitiría destinar más recursos a otras prioridades de seguridad.
El fin de la política de Pies Secos, Pies Mojados desencadenó una avalancha inmediata de denuncias por parte de sectores del exilio y políticos cubanoamericanos, que acusaron a Obama de darle la espalda a fugitivos de una dictadura represiva y reacia al cambio.
«Aquel fue un acto de cinismo clásico del exilio republicano», afirma Joe García, demócrata nacido en Miami que ganó un escaño al Congreso federal y que había viajado por primera vez a Cuba con motivo de la reapertura de la Embajada americana frente al malecón. «Las razones de interés nacional de Obama eran muy similares a las que después invocaría Trump para proteger la frontera, pero esta gente nunca ha perdido oportunidad para atacar al primero mientras defiende ciegamente las prácticas abusivas del segundo».
La opinión más extendida entre los críticos de la Administración actual sostiene que, de haberlo querido, Trump habría podido restablecer de inmediato Wet Foot, Dry Foot. Sin embargo —afirman— no solo no lo hizo, sino que terminó convirtiéndose en el Presidente con mayor número de deportaciones de cubanos registradas: 3 mil 385 en su primer mandato y más de 7 mil 600 en lo que va del segundo.
Por otra parte, desde los primeros días de su presidencia en 2017, CBP comenzó a procesar a los cubanos en la frontera con el formulario I220A. Ese status terminaría volviéndose un atolladero migratorio para los cubanos que entrarían al país desde entonces, en especial para quienes llegaron durante la presidencia de Joe Biden.

García, quien mantuvo contactos con la Administración demócrata tras dejar el Congreso en 2015, sostiene que la Casa Blanca no tomó a la ligera la eliminación del trato preferencial para los «pies secos», como aducen sus críticos. «Obama buscaba mejorar las condiciones dentro de Cuba, de modo que la gente no se viera obligada a emigrar», dice.
Al mismo tiempo, añade, en Miami se había desatado un clima político favorable a restringir la entrada de cubanos, «con los propios congresistas cubanoamericanos intentando dinamitar la Ley de Ajuste».
En efecto, desde el 2012 el congresista David Rivera había promovido una legislación para modificar la CAA. El republicano pretendía establecer una diferenciación formal entre «migrantes económicos» y «verdaderos refugiados», con el objetivo final de revocar la residencia a cualquier cubano que regresara a la isla antes de obtener la residencia.
La medida no prosperó, pero la ofensiva contra la Ley promulgada en 1966 por Lyndon B. Johnson no se detuvo. El 15 de diciembre del 2015 el también legislador republicano Carlos Curbelo presentó otra propuesta para eliminar la condición de «refugiado automático»: la Ley de Oportunidades de Trabajo para Inmigrantes Cubanos. La iniciativa buscaba sancionar, incluso con pérdida de estatus, a quienes retornaran a Cuba tras acogerse a la CAA. Proponía, además, un sistema bajo el cual solo los asilados políticos fueran elegibles para recibir beneficios federales. Aquel intento también fracasó.
Con matices, el congresista Mario Díaz-Balart y el entonces senador Marco Rubio también respaldaron la revisión de programas de ayuda para cubanos, proponiendo que se exigiera una prueba de persecución política o «temor creíble» como condición para acceder a dichas prestaciones.
Dentro de las filas republicanas, solo una figura se opuso de manera firme a cualquier modificación de la CAA. La congresista Ileana Ros-Lehtinen insistió en todo momento en preservar la letra y el espíritu originales de la ley, en lugar de someterla a ajustes o restricciones.
El fin de Pies Secos, Pies Mojados no desanimó a los cubanos a seguir intentándolo. Las caravanas fronterizas retornaron conforme se fue agudizando la crisis económica en la isla. De hecho, y contrario a lo que podría suponerse, registros oficiales sugieren que la suspensión de esa política no causó una caída drástica en la concesión de residencias a cubanos.
Según el Departamento de Seguridad Nacional, en el período 2017-2023 se otorgaron entre 250 mil y 300 mil green cards a ciudadanos de Cuba, con un récord de 81 mil 600 en 2023, bajo la Administración Biden.
Los números cayeron dramáticamente tras el regreso de Donald Trump al poder. Si en octubre del 2024 —un mes antes de la elección presidencial— el Servicio de Ciudadanía e Inmigración de Estados Unidos entregaba un promedio de 10 mil residencias mensuales, esa cifra se hundió a únicamente 15 aprobaciones en enero del 2026, un desplome del 99.8%, de acuerdo con Cato Institute.

Al día de hoy, decenas de miles de cubanos tienen sus trámites de residencia paralizados debido a sucesivas pausas de seguridad ordenadas por la Administración Trump. Otra cifra indeterminada, en procesamiento bajo la CCA, lleva meses sin poder renovar siquiera sus permisos de trabajo. Adicionalmente, entre 400 mil y 500 mil cubanos con I220A viven en un oscuro limbo migratorio, rezando por una decisión judicial definitiva que frene al gobierno y les permita ajustar su estatus.
Miami, por su parte, se ha erigido en la capital nacional de las detenciones de ICE, con 41 mil 300 arrestos desde enero del 2025, según registros oficiales. En promedio, 120 detenciones diarias, más que cualquier otra gran ciudad de Estados Unidos. La abrumadora mayoría de esos casos corresponde a inmigrantes sin antecedentes criminales.Sin embargo, cuando se abordan estos temas en el sur de la Florida —lo mismo en la calle que en redes sociales—, la narrativa sigue apuntando, mayoritariamente, a un villano conocido: Obama y el fin de la política de Pies Secos, Pies Mojados.

Es inhumano pedir a un cubano que se quede en Cuba, viviendo como vivimos al lado de los Estados Unidos de América.
No nos vamos a quedar nunca más en Cuba, así vuelva a ser la Suiza de América.
De hecho, no nos gusta Suiza: muchos ya hemos estado y salimos echando de allí.
Son los Estados Unidos de América los que nos pertenecen a nosotros los cubanos por derecho propio, y no al revés.
Si no nos paró el socialismo, tampoco nos parará el sol ni su reverso.