Durante años, en el cuarto piso del Instituto Superior de Diseño —el ISDi— había un pasillo por el que, en teoría, nadie debía caminar. No había una barrera real que lo impidiese, sino una fila de macetas, advertencias de la directiva del centro, comentarios entre estudiantes y una sensación vaga de peligro que con el tiempo terminó por convertirse en parte del paisaje cotidiano. Muchos pasaban igual.
Un egresado recuerda que ahí comprendió que algo no estaba bien: «Una vez me fijé en la pared que daba al patio interior y vi que no tocaba el piso. Había una separación entre el suelo y la pared. No era una grieta pequeña. Era una abertura clara. Entonces entendí por qué se suponía que no debíamos pasar por ese pasillo».
Para muchos estudiantes del ISDi, esa imagen —una pared separada del suelo en el cuarto piso de la única universidad de diseño del país— terminaría funcionando como una especie de presagio. El edificio llevaba años deteriorándose, pero en la escuela todavía persistía la idea de que aquello podía repararse.

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Fundado en los años ochenta, el ISDi se convirtió durante décadas en una institución peculiar dentro del sistema universitario cubano. De sus aulas salieron generaciones de diseñadores industriales y gráficos (comunicación visual) que luego trabajarían en editoriales, instituciones culturales, empresas estatales y proyectos independientes. El edificio donde funcionaba la escuela, situado en Centro Habana, nunca fue concebido originalmente como una facultad universitaria. En la época colonial, funcionó como hotel militar español y asilo de las viudas y huérfanos españoles de la Guerra de los Diez Años. En la república, a principios del siglo XX, fue sede de la Secretaría de Sanidad y Beneficencia, Ahí le construyeron un tercer nivel, y años más tarde un cuarto piso. La estructura antigua había sido adaptada a cada circunstancia del país y en 1984, luego de una nueva reparación, el edificio acogió talleres, aulas y oficinas en la fundación oficial del Instituto.
Con el tiempo, las adaptaciones empezaron a pesar sobre la estructura. Los entrepisos de madera convivían con losas de hormigón añadidas décadas después. Se hicieron ampliaciones, refuerzos parciales, cambios funcionales. Como suele ocurrir en muchos edificios de La Habana, las soluciones fueron acumulándose unas sobre otras. Lo que durante años funcionó como un arreglo provisional, terminó convirtiéndose en parte permanente de la estructura. Entre 2005 y 2007, hubo una última reparación que sería puntual, pero no suficiente para un edificio de más de 150 años con dos plantas más que las concebidas sus planos originales.

Para las generaciones de estudiantes más nuevas, el deterioro del edificio ya era evidente. Los estudiantes recuerdan columnas apuntaladas, vigas reforzadas y zonas donde el acceso estaba limitado. «Desde que entré al ISDi había partes del edificio que estaban apuntaladas por el patio interior», recuerda otro egresado. «Era algo normal. Uno caminaba por allí y veía las estructuras de soporte. Con el tiempo te acostumbrabas a verlo».
En muchas universidades del país ese tipo de improvisación estructural forma parte del paisaje cotidiano. En el ISDi, sin embargo, la contradicción tenía un peso particular: se trataba de una escuela dedicada a pensar el espacio, los objetos y la forma en que las cosas funcionan. El lugar donde se enseñaba diseño estaba, lentamente, perdiendo su propio diseño estructural. Aun así, la vida académica seguía, y también la expectativa de que el edificio, finalmente, fuera reparado.
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En marzo de 2020, con la pandemia de COVID-19, las clases se suspendieron o pasaron a modalidades improvisadas. Los edificios quedaron vacíos. Para el ISDi, sin embargo, la pausa provocada por la pandemia tuvo un efecto inesperado: congeló momentáneamente una crisis que ya estaba en marcha. El edificio, que apenas semanas antes había mostrado señales de colapso, quedó sin estudiantes en sus pasillos. Durante meses la escuela existió solo de forma virtual o fragmentada. Pero la pregunta sobre el futuro de la sede seguía flotando. Cuando eventualmente se intentase regresar a la normalidad, la realidad estructural del ISDi ya no podría ignorarse.
También en 2020 comenzaron algunas intervenciones visibles para un intento de renovación dentro de la escuela. Las paredes fueron pintadas. Se instalaron nuevos elementos de señalética. Parte de esa señalización había nacido como proyecto de tesis de estudiantes y se aplicó para renovar la identidad visual del instituto. El cambio, aunque superficial, generó entusiasmo. Los pasillos lucían distintos. Las señales nuevas organizaban mejor los espacios. Había una sensación de renovación que contrastaba con el estado estructural del edificio. Durante un tiempo muchos pensaron que aquello era el inicio de un cambio más profundo, pero la realidad era otra.

Aproximadamente un mes antes de la reapertura del curso, en uno de esos momentos en que los efectos de la pandemia parecían disminuir, ocurrió algo que marcaría un punto de inflexión. Un fragmento de pared que descendía desde el cuarto piso colapsó. No fue, todavía, el gran derrumbe que años después aparecería en las noticias, pero sí un evento que confirmaba lo que muchos ya intuían. El problema era estructural. Parche sobre parche. Después del incidente, la respuesta fue inmediata, aunque limitada. La pared afectada fue apuntalada desde el interior del patio. Se colocaron refuerzos provisionales para evitar nuevos desprendimientos. No era la primera vez que se hacía algo así. El edificio llevaba años sobreviviendo gracias a ese tipo de soluciones temporales.
«Lo que hicieron fue sostener la pared», explica uno de los egresados consultados. «Pero la verdad es que gran parte de la estructura ya estaba apuntalada desde antes». Mientras tanto, la actividad administrativa dentro del ISDi prácticamente no se detuvo. Incluso cuando las condiciones del edificio eran cada vez más preocupantes, las oficinas continuaron funcionando allí. «Lo curioso es que la administración nunca dejó de trabajar dentro del instituto», recuerda un antiguo estudiante. «Las oficinas siguieron ahí. No se mudaron». La contradicción era evidente: mientras algunas zonas se declaraban inseguras para estudiantes, la estructura seguía siendo utilizada por parte del personal administrativo.
La escuela sin sede
Cuando las universidades comenzaron a reabrir, tras la pausa impuesta por la pandemia, el problema del edificio del ISDi ya no podía posponerse. Las grietas, los apuntalamientos y el colapso parcial ocurrido antes del cierre sanitario habían dejado una pregunta: ¿dónde iba a funcionar realmente el ISDi? Durante un tiempo la respuesta fue difusa. Las clases tuvieron lugar en otros espacios: La Casa de la FEU de la Universidad de La Habana, la Facultad de Economía, la Facultad de Artes y Letras y los alumnos de primer año, como eran más, radicaban en la sede de la Oficina Nacional de Diseño (ONDi). Algunos cursos se impartieron en instalaciones como el espacio comunitario «Estudio 50».
El instituto, en la práctica, se dispersó. Para una carrera como diseño —que depende de talleres, laboratorios, materiales y espacios específicos— aquel no era un detalle menor.
La presión estudiantil
A medida que pasaban los meses, el malestar comenzó a crecer entre los estudiantes. No se trataba únicamente de la incomodidad de estudiar en espacios prestados, también existía la percepción de que nadie parecía tener una solución clara para el instituto. Entonces comenzaron a aparecer carteles. Intervenciones gráficas dentro y fuera de los espacios donde se reunían los estudiantes, mensajes dirigidos a las autoridades universitarias y al Ministerio de Educación Superior, piezas visuales que pedían algo básico: una sede para el ISDi.
Afiche tras afiche, los estudiantes utilizaron precisamente las herramientas que estaban aprendiendo en la carrera: tipografía, composición, lenguaje visual. La demanda era simple: una solución institucional clara para la escuela. Pero durante meses esa solución no apareció. En algún momento, las autoridades plantearon una posibilidad: trasladar el ISDi a una sede en Bauta, un municipio situado a varios kilómetros de La Habana. La idea no tardó en generar rechazo. Para muchos profesores y estudiantes, la propuesta no tenía sentido.
El diseño —sobre todo el diseño gráfico— está profundamente conectado con el entorno urbano, con las instituciones culturales, con editoriales, galerías, imprentas, eventos, espacios de exposición. Mover la escuela fuera de la capital implicaba aislarla de buena parte de ese ecosistema; además, crear un sistema de becas con un mínimo de calidad desde cero no era tarea fácil, y la propuesta cayó en saco roto. Finalmente llegó una solución intermedia y momentánea. Las autoridades informaron que una parte del edificio del ISDi había sido evaluada como segura y que los estudiantes podrían volver a utilizarla. No todo el instituto. Solo una zona específica.
Para separar los espacios, se instalaron nuevos paneles de pladur que delimitaban físicamente la parte accesible del edificio. Más allá de esos límites comenzaba la zona considerada estructuralmente peligrosa. Según recuerdan varios egresados, a los estudiantes les dijeron explícitamente que cualquiera que cruzara hacia el área restringida sería expulsado. La advertencia parecía extrema, pero reflejaba la tensión que rodeaba el estado del inmueble.
Aun así, el regreso al edificio tuvo un efecto ambiguo. Por un lado, significaba recuperar parcialmente el espacio histórico de la escuela. Por otro, hacía visible el nivel de deterioro que existía dentro de él. Años después de aquel semestre en el que el instituto funcionó parcialmente, el edificio comenzaría a sufrir derrumbes mucho más serios. Y esta vez no serían solo grietas o paredes apuntaladas, sino colapsos completos de partes de la estructura
El derrumbe
Durante años, el deterioro del ISDi había sido un problema interno de la escuela: grietas, columnas apuntaladas, pasillos clausurados, advertencias que circulaban entre estudiantes. Sin embargo, en algún momento el proceso dejó de ser silencioso.
Los derrumbes más graves comenzaron a registrarse a partir de 2024, año en que la institución debió haber celebrado su 40 aniversario. Para entonces, el instituto llevaba tiempo funcionando de manera fragmentada, con parte de sus actividades desplazadas hacia otras instalaciones. El edificio histórico ya no contaba con el flujo constante de estudiantes que había tenido durante décadas. Aun así, no estaba completamente vacío. Cuando ocurrió uno de los primeros derrumbes importantes, todavía había personal administrativo trabajando adentro. La estructura había entrado en una fase de colapso progresivo.

La construcción original tenía entrepisos de madera y una lógica estructural distinta a la que se le añadió después. Décadas más tarde, cuando el inmueble fue adaptado para funcionar como facultad, se incorporaron elementos más pesados —pisos de hormigón, ampliaciones, refuerzos— que terminaron alterando el equilibrio de la estructura. Durante años el edificio resistió gracias a reparaciones parciales. Pero ese tipo de soluciones tiene un límite.
Cuando el deterioro alcanza cierto punto, cada intervención deja de ser una reparación y se convierte simplemente en un retraso del colapso. El ISDi parecía haber llegado a ese punto. En enero de 2025 se produjo uno de los derrumbes más graves. Una sección del edificio colapsó hacia la calle San Carlos, entre Estrella y Maloja. Parte de la estructura cedió completamente, afectando el entorno inmediato. Los escombros bloquearon accesos y provocaron alarma entre los vecinos.
Las autoridades ya habían declarado esa área del edificio en estado de riesgo meses antes. Sin embargo, el colapso volvió visible algo que durante años había permanecido dentro del perímetro de la escuela. La calle San Carlos fue clausurada para el paso de autos y personas. El ISDi ya no era solo un edificio deteriorado, sino un peligro para cualquier vecino o transeúnte. Después del suceso, el inmueble quedó prácticamente abandonado. Sin vigilancia constante y con parte de la estructura abierta tras los derrumbes, el lugar fue habitado por ciudadanos en situación de calle e igualmente visitado por personas que entraban a buscar materiales reutilizables.
La gente llenaba carretillas con ladrillos, trozos de cabillas, ventanas. El saqueo de edificios en ruinas no es raro en ciudades con escasez de materiales. En este caso, sin embargo, la escena tenía un matiz particular: dentro de esos espacios se habían producido durante décadas tesis, proyectos, maquetas y archivos que formaban parte de la memoria del diseño cubano. Profesores y algunos voluntarios comenzaron a trasladar equipos y objetos importantes que aún permanecían en el centro.
Mesas de dibujo, muebles y otros equipos fueron reubicados en el sitio en Miramar que, desde agosto de 2025, se convirtió en la nueva facultad. Cuando estos profesores entraron al edificio a trasladar las cosas, se percataron de que no había ningún guardia cuidando la entrada. Muchos documentos académicos habían desaparecido, y otros estaban desparramados en el suelo, llenos de suciedad, heces y basura. Ese material simplemente se perdió.
Para muchos exalumnos, lo ocurrido con el ISDi fue, más que el derrumbe de un edificio, una especie de metáfora. «Es la única universidad de diseño en Cuba», dice un egresado. «Y terminó cayéndose sin que a nadie pareciera importarle demasiado». Otro exestudiante lo formula de manera aún más directa: «La importancia que se le dio al ISDi fue más o menos la misma que se le da al diseño en muchas instituciones estatales».
Basta mirar, dicen muchos diseñadores, la calidad gráfica de numerosos eventos oficiales —ferias, festivales, campañas institucionales— para entender la distancia entre la formación que se intenta impartir en las aulas y la manera en que esas herramientas se utilizan realmente en la práctica estatal.
El fin de todo
Tras el colapso de enero de 2025, el deterioro del edificio continuó. En diciembre de ese mismo año se registró otro derrumbe en el lateral, apenas semanas después de que arquitectos y especialistas advirtieran públicamente sobre el riesgo inminente de nuevos colapsos. Para entonces, algunas personas seguían entrando al inmueble para buscar materiales entre los escombros.
A principios de 2026, en la madrugada del 10 de febrero, se produjo otro colapso adicional, el más grande de todos. Hubo varios heridos, y testigos declaran que también hubo fallecidos entre los que presuntamente vivían dentro del edificio, aunque la prensa no reportó nada sobre el tema. Este hecho obligó a cerrar la circulación en parte de la zona, principalmente en la calle Belascoaín. Finalmente, casi un mes después, las autoridades iniciaron trabajos de demolición preventiva ante el alto riesgo estructural.
El edificio es hoy una loma de escombros y polvo. Dos cintas señalan el peligro de pasar por la calle en la que estaba la entrada principal, y una grúa sigue parqueada allí, como sinónimo de que continuarán los trabajos para mover los escombros, que parecen infinitos. Hoy el ISDi sigue existiendo como institución en una sede que recién empieza. Los estudiantes continúan formándose, los profesores siguen impartiendo clases y los proyectos de diseño siguen produciéndose, pero el edificio que durante años fue el centro de esa vida académica ya no está.
La escuela que enseñaba a diseñar terminó convirtiéndose en un ejemplo involuntario de lo contrario, de cómo las cosas pueden dejar de sostenerse, y de lo que ocurre cuando una estructura —arquitectónica o institucional— se mantiene demasiado tiempo a base de parches.
En la noche del pasado 6 de marzo, algunas personas cruzaban la cinta de seguridad de la calle Belascoaín para llegar a sus casas. La mayoría se detuvo a observar por varios segundos la inmensidad de los escombros, mientras se tapaban la boca y la nariz para no respirar el polvo que aún permanece en el aire. Miraban como se mira a un animal raro en el zoológico, pero ninguna padecía el dolor de la orfandad que hoy tienen muchos alumnos, egresados y el mundo del diseño cubano en general. Al ISDi lo dejaron caer. Sus directivos, la propia Universidad de La Habana y las instituciones educacionales del país, son también el brazo de la grúa que golpeó varias veces la fachada de la escuela y terminó de destruir un emblema para siempre.
