Un amigo con unas cuantas horas de vuelo internacional me comentó con ocurrencia hace unos años: «Aproximadamente un cuarto del equipaje de los cubanos que vivimos en la isla, cuando regresamos, parece un cesto de basura. Cargamos con todo lo bueno que nos regalan, lo que compramos, pero también con lo desechable». Y acotó: «Fíjate que hasta las “vajillas del avión”, si es posible, las cargamos de vuelta». Los objetos de nueva adquisición como esos utensilios plásticos se sumaban –y se suman, aunque hoy en menor escala– a un arsenal de herencias acumuladas en cada hogar cubano, como mínimo por tres generaciones.
Todo comenzó después de 1959 cuando, poco a poco, y luego drásticamente, se transitó de la racionalización a la escasez, y de esta hacia la desaparición total de muchos artículos del diario vivir. Nada se desechaba, solo si se rompía sin posible reparación: envases plásticos, metálicos; cristalería; ropa en desuso que se pudiese transformar en otras cosas; botellas y pomos de cristal, ya sin sus contenidos, podían servir para adornar vitrinas y mesas en función de búcaros y floreros… ¡Y qué decir de los muebles heredados de familias ya ausentes!
A inicio de los años setenta ocurrió un proceso transformador en lo relativo a la distribución y adquisición de productos. Con la instauración de la cadena de tiendas «Amistad», se afianza lo que fue conocido —uno más entre tantos términos ambiguos creados por el Estado socialista cubano— como «Mercado Paralelo», que consistía en una más amplia comercialización de mercancías (ropa, calzado, aseo, alimentación, ornato doméstico, etc.) provenientes de los países socialistas a precios ya no subvencionados. Como su nombre indicaba, su implementación no implicaba la desaparición de los productos racionalizados con anterioridad. Se sumaba esta fuente de «provisiones» a la producción nacional prevaleciente desde los años sesenta, que asimismo fue creciendo con más variedad en perfumería, textiles, artesanía, artículos de plástico tanto decorativos como de embalaje (las cajas de bombones de producción nacional, vendidas en tiendas de cierta prestancia, así como las de galletas, distribuidas por la libreta de abastecimiento en fechas festivas, se convertían luego en «cofres» de joyas y bisuterías o en costureros…).
Una idea fija, obsesa regía tanto el acto de comprar como el de conservar: se podía acabar todo en cualquier momento, dejaría una vez más de existir tal o cual producto atractivo estéticamente o al paladar, como tantos otros echados de menos o, en el peor de los casos, desconocido para la generación nacida en los sesenta y setenta. Las viviendas se volvieron museos arqueológicos de un sinnúmero de artículos que cambiaban sus primigenias funciones, lo cual implicaba, de alguna manera, una disminución de su valor de origen (una merma), y se sumaron a otros tantos adquiridos y no usados debido a cierto afán de guardar para cuando fueran más necesarios. En los ochenta, las viviendas siguieron engrosando sus depósitos: en la alacena de la cocina guardábamos los «potecitos» de disímiles productos lácteos (quesos fundidos, yogures de búfala, smetanas) comprados entonces en el gran almacén Mercado Centro, radicado en el corazón de Centro Habana (y todavía nombrado por muchos «Sears», como si se hubiera detenido la historia); los pomos de cristal de añoradas jaleas servían después para conservar un sinfín de cosas (desde condimentos hasta tornillos), e incluso podían ser decorados para trabajos escolares con caritas y sombreros. En fin, lo nunca imaginado en el reciclaje.
En 1989, mientras caía el muro berlinés, se levantaba a una velocidad vertiginosa un impredecible cerco de mayores escaseces en esa isla dependiente y cada vez más improductiva en que se había convertido Cuba. El sucesivo desplome del régimen socialista de los países de Europa del Este (con la disolución de la URSS en 1992) daría paso de inmediato a una etapa más aguda de desabastecimiento dada la ausencia de subvenciones. El eufemísticamente llamado «Período especial» se encargó de derribar la aparente utopía de la no desaparición que había emergido en la relativa bonanza de los primeros años de la década anterior, y entonces todo, absolutamente todo, se recicló, sustituyó y ocupó el lugar necesitado. Los jabones, cosméticos, perfumes de origen polaco, checo, soviético, y los cortes de telas de distintas procedencias geográficas y los de la industria artística «Telarte» salvaron por un tiempo las ausencias y hasta adquirieron valor de intercambio, según las demandas de los más favorecidos o precavidos.

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Desde el año 2012, María Antonia Cabrera Arús (La Habana, 1973), socióloga y profesora adjunta de la Universidad de Nueva York (NYU), colecciona todo un arsenal de objetos (ya va por más de diez mil), tanto de carácter utilitario (enseres domésticos o de profesiones, vestuarios, adornos, afeites…), como documentos, diplomas, distintivos, carnets usados y comercializados en Cuba desde 1959 hasta 1989. Ella clasifica con meticulosidad y las fuentes proveedoras, así como la etapa histórica de producción y la fecha de adquisición (suya) de cada artículo. Todo este catálogo puede encontrarse en los proyectos de humanidades digitales Cuba Material y Archivo del Socialismo Cubano (ArchCuS).
Ese gran archivo que crece sin detenerse, documenta y preserva significados y prácticas relacionados con la cultura material de la vida cotidiana cubana en las décadas mencionadas, y ha ido segmentándose temáticamente según las inspiraciones o coyunturas: véase la exposición neoyorquina Pioneros: Building Cuba’s Socialist Childhood (curada en 2015 co entre Cabrera Arús y Meyken Barreto) o la crónica artística El eco de las cosas: los años ochenta en la colección Cuba Materia (Rialta Ediciones, 2025), volumen publicado en colaboración con el fotógrafo Xavier Tavera Castro. De un año antes, y aparecido bajo el mismo sello editorial, es el poemario La merma. Un producto en existencia de Legna Rodríguez Iglesias (Camagüey, 1984), ilustrado con 50 objetos de esa colección y, por consiguiente, lo que podríamos denominar un proyecto literario concebido a cuatro manos.
La merma. Un producto en existencia es, sin dudas, un libro raro, un libro impredecible, un libro excéntrico. En la sección de cierre, titulada «Mensajería», encontramos la transcripción de un diálogo electrónico entre la poeta y la coleccionista a que nos revela ideas en torno a la concepción del volumen, algunas de las cuales fueron transformándose luego o bien no llegaron a concretarse. Al mismo tiempo se percibe en ese intercambio la fascinación con que la poeta y narradora cubana recibió visualmente el arsenal memorístico que comprende la colección curada por María Antonia Cabrera Arús.

Si no se accede previamente al diálogo electrónico referido, se puede pensar que hay una directa relación entre texto e imagen. No es así en absoluto. De hecho, en la mayoría de los casos, se hace necesario desentrañar en la lectura no ya solo el valor metafórico de las palabras empleadas, sino los contextos de surgimiento, validez y trascendencia del objeto fotografiado para intentar acceder a la esencia que el arte poético pretende transmitir.
Cada objeto posee un «código» personal y oculto, pero al mismo tiempo todos se asemejan, porque la razón de su existencia (de su conservación) radica en las carencias, el racionamiento, y en consecuencia son, en conjunto, muestras de la imposición en el amplio espectro de su uso. Al observarlos, la poeta se remonta no solo a su vida en Cuba (tengamos en cuenta que Legna Rodríguez Iglesias nace en 1984 y vive en la isla hasta el año 2015), sino básicamente al pasado de la familia dentro de la cual creció y a las posesiones acumuladas por esta, inevitablemente incorporadas a su acervo cotidiano. Así, artículos como una taza de café de las vajillas españolas Duralex, vendidas en los años setenta en Cuba, o un polvo facial Minuet, de producción nacional de más o menos la misma época, podrían haber sido adquiridos y usados por la abuela, la madre o cualquier otro ascendiente de la escritora y seguir conservándose. La taza fotografiada del dossier de Cabrera Arús, y que ilustra el poema «Pies de palo» (p.38), está mellada, le falta su asa, ha reciclado su función y ahora es depósito de bebida alcohólica barata que embota los sentidos y tumba sobre un catre… dejando los pies fuera de él: falta el asa, falta el sostén principal. Puede ser más elaborado aún el simbolismo poético cuando el nombre o la marca comercial del artículo es lo que tira de la cuerda y hace brotar imágenes inconexas. Vemos entonces, por ejemplo, cómo la escritora obvia la mínima diferencia en la grafía del nombre del polvo facial («Minuet») con la palabra minué o minuete (del francés menuet), antiguo baile francés ejecutado por dos personas muy unidas en representación e intenciones artísticas, y justo es el nombre lo que sirve para elegir su centro poético: la dualidad, un parto gemelar («La mamá de los mellizos», p. 58).

Es muy posible (y de alguna manera se transmite la información en «Mensajería») que varios poemas recogidos en La merma ya estuvieran escritos antes de que Rodríguez Iglesias tuviera a su disposición el dossier Cuba Material, y que al enfrentarse con su carga emotiva evocara aquellos idóneos para determinados objetos, o incluso que algunos fueran corregidos para una mayor adecuación. Todo es válido en la lectura poética y, si alguien al ver la imagen que precede el texto poético, experimenta un impacto de recuerdos o reflexiones diametralmente opuestos a los que encierran sus líneas, pues mejor… Mayor enriquecimiento para la memoria.
A mi entender, según la experiencia personal del lector, aquellas imágenes de los objetos cuyo uso y razón de ser están más centrados en las políticas e ideologías que imperaron en las etapas históricas indicadas, son las más propensas a la fluctuación semántica. Y es que distintivos, fundas artesanales que los preservaban, lemas incluidos en ciertos objetos, carnets, pasaportes oficiales… transmiten de una u otra manera obligatoriedad, recurrencia e imposición de principios patrióticos, ritornelos agobiantes, vacíos que marcaron la formación de la niñez, la adolescencia y hasta los inicios de la adultez de al menos dos generaciones nacidas después de 1959. Así, ante el broche de Pioneros Moncadistas (alusivo a la rebeldía de los asaltantes al cuartel santiaguero, pero no exactamente promotor de que los niños mantuviesen similar actitud), probablemente usado por la autora en su uniforme de la Enseñanza Primaria, ella reacciona a favor de su particular rebeldía («Moncadista siempre lista», p. 12). En su texto echa por tierra la consigna, la evocación de solo un fragmento de la historia de luchas (que pareciera ser la única), el impuesto colectivismo… «Narra», en oposición, cómo ha defendido y triunfado su individualidad, rasgo que la Revolución de 1959 socavó y vilipendió por todos los medios posibles.

Ese humor corrosivo que caracteriza casi toda la obra de Legna Rodríguez Iglesias también emerge en muchos textos de La merma como medio eficaz para cuestionar el totalitarismo, la precariedad de principios repetidos hasta la saciedad, la imposición de un credo vestido con una falsa unanimidad. De ahí que, por ejemplo, ante textos poéticos derivados (o ajustados) a la representación gráfica de un manual de instrucciones de un televisor soviético, adquirido por una significativa cantidad de la población cubana (única opción en su momento), de un talonario de sellos de la emulación sindical, o de una radio portátil, nada más y nada menos que de marca Pionero, el lector familiarizado con aquel entorno material puede reír pese a lo trágico del contexto histórico.


El denominador común de todos esos objetos, y de las acciones relacionadas con ellos, es justamente la «masividad», aquel igualitarismo deprimente (y en esto reside lo trágico): el «pueblo» se agrupa para emular, para votar por un concepto y no por un candidato («Pletórica», p. 46), para enajenadamente asistir en el estadio a la Serie Nacional de Béisbol o escucharla mediante el radio portátil, quizás ganado en una emulación («Gloria en las alturas», p. 44), o para ver la novela brasileña que noche a noche lo transporta a un mundo de fantasía y luz del que se carece. Legna Rodríguez Iglesias se burla, lo pone todo en solfa. Vale la pena citar unos fragmentos:
Los televisores
Las novelas brasileñas
sirven para llorar
a las nueve de la noche
todo el pueblo está llorando […]
si un pueblo enérgico
y viril llora
es porque empezó
la novela brasileña.
Aunque a lo largo de La merma. Un producto en existencia la abstracción es el procedimiento básico que rige la relación entre objetos de aquella Cuba material y los textos poéticos, y si bien los tres epígrafes que dividen el volumen no delimitan líneas temáticas precisas, creo percibir una mayor cercanía entre ciertos pasajes o incidentes probablemente autobiográficos y las fotos de los objetos que preceden los últimos 16 poemas del volumen. Como parte de esos «incidentes» están la familia, la matriz en varias de sus acepciones (madre, molde, recipiente) y los avatares cotidianos de su vida en Cuba. De tal manera, «una felpa» rojiza para el cabello viene a evocar las trenzas que la madre intentaba tejer para ella y su hermana («Las Rodríguez», pp. 88-89), pero es igualmente símbolo de tejido sanguíneo; la imagen de un portavasos con el peor de los diseños gráficos posibles es la muestra más fehaciente de la pésima calidad de los servicios turísticos, de la rigidez partidista en sus instalaciones oficiales («Mar y tierra», pp. 96-97), y la duplicidad de unas cucharas metálicas se vuelve símbolo de puertas paralelas, de la relación binaria entre la poeta y la casa natal que se arrastra al margen de cualquier escenario nuevo que la acoja («Las puertas del Paraíso», pp. 112-113).

María Antonia Cabrera Arús, con su tenacidad inquebrantable, no menosprecia ningún objeto que narre las experiencias materiales de aquellas tres décadas de la vida en Cuba, mientras que Legna Rodríguez Iglesias, con sus poemas desgarradores unos, satíricos otros, epatantes en su léxico y en rupturas del sistema, entreteje memoria y sentimientos que pueden ir desde el amor hasta el rechazo visceral. La merma. Un producto en existencia es un mínimo fragmento, convertido en arte, de esa historia tejida mediante las sugerencias, la evidencia y el afán de no olvidar.

