Hace unos días, en las honras fúnebres de los 32 militares cubanos muertos en Venezuela, volví a ver a mi represor. Su rostro salió en la televisión. Ya no recordaba su cara, aunque creía haberla visto otras veces. Siempre que emitían alguna bazofia propagandística en las Razones de Cuba, le encontraba cierto parecido en otras personas.
Sí recordaba su voz, sus gritos y amenazas. También el sonido del estómago de aquel hombre que, mientras hablaba, escupía pedazos de comida a medio tragar, a pocos centímetros de mí. Y esa panza curtida que, fruto de su glotonería, marcaba el relieve del pulóver. Recuerdo la mirada de asco y el sentir despavorido porque no olvidaba que, de haber querido, una orden suya habría bastado para desgraciar mi vida.

Los hombres
Estamos en agosto de 2022, en una casa de protocolo ubicada a pocos metros de El Pedregal, zona limítrofe entre La Lisa y Playa, y dos agentes de la Seguridad del Estado me interrogan por tercera vez.
Manuel, primer teniente de la Seguridad del Estado, es jurista, graduado en la Universidad de La Habana, y represor de profesión. El agente que me atiende. El que, desde el inicio de la escalada represiva, me ha llamado. El único que repite. Al que odio no solo por reprimir, también por ser mi carcelero.
El primer interrogatorio fue en un pequeño cuarto de tres por tres, en la estación de Zapata y C, justo un día después de un frustrado viaje a Argentina. Debía participar en Media Party, la conferencia de innovación en medios más importante de América Latina, a la que había sido invitado tras casi un año de formación en manejo de datos y recursos multimedia desde el Centro Internacional para Periodistas (ICFJ). La salida sin retorno fue estropeada por oficiales de inmigración del aeropuerto José Martí, bajo órdenes de la Seguridad del Estado.

En el segundo encuentro, en Playa, había logrado que, al mencionar la falta de garantías y la no existencia de un proceso penal, aquel esbirro aceptara a regañadientes las contradicciones entre su trabajo y los mínimos estándares del derecho internacional. Implícitamente reconocía las violaciones de derechos humanos y que respondía a una dictadura. Ese día informó sobre las condiciones necesarias para eliminar la regulación migratoria, los interrogatorios y permitirme, a pesar de las circunstancias, continuar con mi vida: la renuncia escrita o por redes sociales al ejercicio periodístico en medios independientes, el decomiso de los medios de trabajo y la grabación de un video. También avisó cuándo sería el tercer interrogatorio. Teóricamente el último. Para ellos, el más importante.
Cerca de las dos de la tarde, a un costado del hospital Frank País, Manuel esperaba dentro de un automóvil para dirigirnos a la casa de protocolo en la que, durante horas, intentarían quebrarme para obtener una confesión que, de forma discrecional, sería sacada de contexto para ser utilizada en un linchamiento mediático contra elTOQUE, medio independiente en el que había trabajado durante medio año. Ese era su verdadero objetivo.
En el volante del Geely azul iba alguien hasta ese entonces desconocido. Juan Carlos, teniente coronel, cerca de sesenta años. Casi siempre malhumorado. Se presentó como el jefe. Pidió que me sentara a su lado e inmediatamente le ordenó a Manuel que revisara mi ordenador y luego el teléfono que más adelante procedería a decomisar.
A los diez minutos de trayecto detuvo el automóvil. En frente, una casa enorme, protegida por un alto muro de mampostería que no permitía ver el interior. Juan Carlos tomó su móvil e hizo una llamada. «Estoy afuera», dijo. Inmediatamente alguien abrió la puerta. René, cincuenta años, hombre negro, fumador. Intercambió un par de palabras a Juan Carlos y se perdió al interior de la casa. Apenas volvería a verlo, durante par de minutos, mientras fumaba su segundo cigarrillo.
La sala era amplia. En el centro, un sofá extenso en el que coloqué el ordenador y el móvil para distanciarme de Manuel. Del otro lado, su jefe. Frente a nosotros, una mesa con botellas de agua, galletas y otros aperitivos que, durante casi cuatro horas de amenazas, chantajes y arbitrariedades, fueron devorados por mis captores.
Tras una breve presentación, Juan Carlos insistió en las implicaciones y las consecuencias que traerían para mí continuar el ejercicio del periodismo independiente. Creía que, fruto de la juventud e inexperiencia, yo estaba confundido, me sugería que pensara más en la familia y satanizaba a la dirigencia del medio para el que trabajaba.
Cuando la discusión subía de tono, empezaban a descalificar: gusano, apátrida, mercenario al servicio del imperialismo yanqui. Una y otra historia soporífera sobre Girón, Angola o su exaltación a la divinidad de Fidel Castro. El discurso infantil de una generación vieja. Un ejercicio paternalista de convencimiento ajeno. Capcioso e inefectivo. Que solo generaba rechazo y repulsión.
Manuel mantuvo el silencio casi todo el tiempo. Apenas se limitaba a lanzar alguna que otra acotación, tal como sucedió después de firmar el documento del decomiso, cuando su jefe cuestionó la renuncia que días antes había publicado en redes.
—¡Le dije que podía publicar lo que quisiera! —dijo Manuel.
—¡Mucha repercusión! ¡Demasiado ácida y distante de la realidad! —replicó él.
—¡Es mi verdad! —añadí.
Gritos.
***
Hora y media después, ordenarían traer el almuerzo. Camarones, carne de res, queso. Un manjar. No quise darles el lujo de tenerme comiendo en una imagen. Mi estómago sonaba y a duras penas me resistía. «Puedes comer cualquier cosa, no te vamos a envenenar», dijo Juan Carlos con una media sonrisa. Lo secundó Manuel. Un clon barato de su jefe. Agarré una botella de agua, la destapé y los miro seriamente.
«Vamos, terminemos de una vez», ordenó el jefe para que Manuel montara sobre el trípode la vieja cámara no profesional con la que intentarían obtener mi declaración. De pronto, un apagón eléctrico. Por unos segundos tuve la absurda esperanza de que no se grabarían el video. Juan Carlos necesitaba fumar, y yo tomar un poco de aire. Salimos. Caminé por el jardín para calmar el nerviosismo. Afuera estaba René, fumando en silencio. Comentaba algo, pero no los escuché. Solo pensaba en largarme de aquel sitio. Me sentía lejos.
De vuelta en la sala, abrieron cortinas para disipar la oscuridad. La luz roja de la cámara comenzó a parpadear. Manuel guardaba silencio, mientras su oficial superior me preguntaba el nombre, el año de graduado, el medio en el que trabajaba y cuánto tiempo llevaba ahí. Luego, el curso en Argentina, la prensa en Cuba, los Estados Unidos, el financiamiento.
Respondí y ordenaron parar la grabación. Así varias veces. Como no decía lo que esperaban, subieron el tono. «¿De dónde sale el dinero del medio? ¡Son mercenarios!», dijo. Respondí que no lo sabía pero que, como otros proyectos latinoamericanos con distintas líneas editoriales, el medio podía ser beneficiado con fondos de gobiernos o colaborar con organizaciones que los recibieran, sin que ello condicionara al periodista. Que elTOQUE, a mi entender, mostraba un país distinto al de un oficialismo acrítico desligado de la realidad. Aquel hombre entró en cólera. Preguntó si era suficiente, a lo que Manuel asintió con la cabeza antes de detener la grabación.
Según él, podía continuar con el periodismo, pero nunca en medios independientes. Un salvoconducto para, únicamente, ejercer de propagandista oficial. «No, gracias», afirmé. En caso de retomar mi trabajo, en territorio nacional o fuera de él, me expondría a la apertura de un proceso penal. No era un aviso del riesgo al interior de Cuba, era la confirmación de que, en caso de ejercer en el exilio, no debería retornar. Libertad o cárcel.
El teniente coronel se ofreció a llevarme a casa si esperaba unos minutos pues se había averiado el automóvil y tenían que arreglarlo. Decidí regresar caminando. No quería pasar más tiempo en aquel sitio, con esa compañía. Caminaba de vuelta, sintiendo una extraña culpabilidad. No había mentido para salvarme ni había delatado a nadie, pero no podía evitarlo. Me sentía incapaz de borrar la sensación de no tensar la cuerda un poco más, de no joderme más tiempo, de no haberme inmolado. Quizá valía la pena, quizá no. Solo quería pasar página, quitarle la angustia a mi gente, aunque fuera tan alto el coste profesional y humano. El trauma.
En noviembre de 2022, la Seguridad del Estado utilizó, tras una chapuza de edición, parte del video en un linchamiento mediático. Mi rostro salió en televisión nacional, acusado de mercenario y asalariado de una potencia extranjera. Apenas podía utilizar las redes sociales para mi defensa. Sin réplica en los medios independientes. La permanencia en Cuba no tenía ningún sentido.
Horas antes de la salida, Manuel llamó para avisar que conocía mis trámites y que, pese a tener vigente la regulación, no tendría problemas para marcharme. No creí en su palabra.
***

Hace tres años, el 17 de enero de 2023, me largué de Cuba. Y no pienso regresar. No debería hacerlo.
He olvidado muchos detalles de esos días. Voluntariamente o no. De a poco, aunque cuesta mucho, intento construir mi proyecto de vida lejos de un lugar que, de pensarlo, solo reaviva el trauma y el dolor y la nostalgia. Que a ratos siento mío y a ratos entiendo ajeno. Y que reaparece constantemente para dinamitar mi estabilidad emocional.
Me pregunto cómo los represores se expusieron esta vez a salir en la televisión. Entre impunidad y descuido, me inclino por lo segundo. A la Seguridad del Estado le encanta proyectar un aura de control absoluto, aunque muchas cosas queden fuera de su alcance. Un represor nunca quiere ser reconocido, aunque se sienta impune, porque teme a las responsabilidades en el futuro. Sus jefes pudieran escapar, ellos no. Solo son pobres peones. Siempre prescindibles.
A día de hoy, todavía guardo hacia ellos un odio insano que me supera. Que nada logrará hacerlo desaparecer. Quizá, en su momento, solo lo consiga la justicia transicional a la que aspiro. Algún día conoceré su nombre y lo tendré delante y, en un tribunal, frente a los suyos, lo llamaré como lo que es. El tiempo hablará y ya nos veremos las caras.
