Días antes del arranque del Clásico Mundial de Béisbol, fui al primer juego de práctica entre República Dominicana (RD) y los Tigres de Detroit, celebrado en el estadio Juan Marichal de Santo Domingo. Lleno hasta la bandera, los fanáticos gritaban, deslumbrados, con el line-up del equipo local. Como venezolano, dudé hasta último momento qué outfit vestir para el juego, dada la sensible rivalidad entre los peloteros de RD y mi país. Al final, elegí una gorra de mis queridos Leones del Caracas, cuyos símbolos pasaron casi desapercibidos entre el rojo, azul y blanco predominante.
Ese día sentí alegría por volver al estadio, pero también preocupación. Los más de 2 mil millones de dólares que alinearon en el equipo quisqueyano —el más caro de cualquier deporte en el mundo— brindaron una fiesta de jonrones, pitcheo y perreo que metía miedo y confirmaba el favoritismo del conjunto. Los Tigres de Detroit fueron destrozados. La confianza de los dominicanos en su propia versión del Dream Team hacía ver chiquitico a Venezuela, incapaz de disputar el título del Clásico. La sexta edición del evento iniciaría poco después en Tokyo, San Juan, Houston y Miami.

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Llevo quince años viviendo en República Dominicana. Mis dos hijos nacieron y han crecido aquí. De todos los lugares a los que podía haber migrado, este me brindó —entre otras ventajas— la posibilidad de compartir la pasión por la pelota.
RD es una potencia mundial del deporte. No solo por la cantidad de peloteros que aportan a las Grandes Ligas, sino porque han construido la liga de invierno más competitiva de la región. Son los reyes absolutos de títulos en Serie del Caribe y consiguieron el primer título latinoamericano del Clásico en el año 2013. Por eso no me costó adaptarme a las noches de béisbol en el estadio en República Dominicana: comida y bebida disponible, buenas conversaciones sobre pelota y la idea de relajar al contrario cuando tu equipo va ganando y la de aguantar la pela cuando va perdiendo.

Venezuela, igual que Dominicana, Cuba, Puerto Rico, México, Panamá y la costa caribeña colombiana, tiene una larga tradición beisbolera a partir de la presencia e influencia estadounidense de finales del siglo XIX y comienzos del XX en todos esos países. Pero no fue sino hasta 1941, cuando Venezuela ganó la Serie Mundial de Béisbol Amateur celebrada en La Habana, que el juego se estableció como el deporte nacional en mi país. Así lo confirmó el legendario shortstop Alfonso «Chico» Carrasquel en una entrevista: «(Los Héroes del 41) No solamente le dieron una fantástica victoria a la Venezuela deportiva sino que convencieron a la sociedad venezolana de que nos permitiera a los niños y a la juventud jugar béisbol y hacer deporte».
Tengo conciencia de mi primera afición cuando, a finales de enero de 1987, dormía una tarde de domingo por culpa de una fuerte gripe que se me había pegado en el colegio. Papá me despertó para decirme que los Leones de Caracas habían vencido a los Tigres de Aragua, alcanzando su campeonato número dieciséis.

Esa, que fue la época dorada del equipo capitalino (ganó seis coronas en diez temporadas), también coincidió con el florecimiento de algunos de los referentes de la Venezuela que hoy impregna parte del imaginario global: mujeres hermosas (ganaron cuatro coronas de Miss Universe y World en ese mismo período), un país aún próspero gracias al petróleo, y la producción de culebrones que inundaron millones de televisores del mundo de entonces.
Después, papá me llevó al estadio Universitario para ver mi primer Caracas- La Guaira y me regaló la gorra. Dentro, el grupo de samba que animaba a los Tiburones desde las tribunas tronaba a un ritmo demencial para anunciar que los suyos habían anotado la primera carrera del partido. Cuando los Leones respondieron un par de innings después, sus fanáticos ripostaron con un cántico que recuerdo desde entonces: «Ahora sardina, tócame la samba».
Fue amor a primera vista con el espectáculo deportivo más popular de Venezuela. Entendí que los fanáticos éramos capaces de influir decisivamente en el desarrollo del juego, tal como lo comprobaría por enésima vez durante el Clásico Mundial de Béisbol en 2026.
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Luego de la década dorada del Caracas, los noventa fueron una debacle para la novena capitalina. Solo ganaron un título en enero del año 95, la tercera vez que volví con papá al estadio. Todavía conservo la entrada plastificada de aquella final contra las Águilas del Zulia. Omar Vizquel fue el Jugador Más Valioso.
Unos pocos meses antes, en octubre de 1994, había ido también a un juego de exhibición, del que quizás quede archivo hemerográfico, entre los Leones y un equipo de Cuba que contaba con figuras como Orestes Kindelán y Omar «El Niño» Linares.


Durante esa década y la primera parte de los dos mil viví decepción tras decepción con el estancamiento del equipo. A la par, crecían los Cardenales de Lara, los Tigres de Aragua y las Águilas del Zulia, pero sobre todo la némesis del Caracas: los Navegantes del Magallanes.
Magallanes es el equipo del pueblo en Venezuela, el segundo con más títulos, y el primero en el país en ganar una Serie del Caribe. Igualmente, me enseñaron a perder en una época en que las decepciones amorosas y las preocupaciones económicas también empezaban a pegarme.
Bueno, lo más parecido al Magallanes en RD son los Tigres del Licey. Por eso no podía elegirlo para practicar mi fanatismo en este país. En su lugar, decidí hacerme fan de las Estrellas Orientales, que solo han ganado tres campeonatos en más de cien años, el más reciente en 2019.
Los dominicanos tienen una forma intensa de vivir la pelota. Además de conocer el arte de este deporte, usan la frase «dar cuerda» para el ritual muy perfeccionado de joder la paciencia del fanático contrincante. Me costó un poco entenderlo al principio, por los traumas peloteriles de mi primera juventud, pero al fin lo vi en full performance durante el enfrentamiento entre RD y Venezuela el pasado 11 de marzo, durante la fase de grupos del Clásico Mundial.
Esa noche, ambas novenas llegaban invictas con tres victorias y la clasificación a cuartos de final asegurada. Invité a unas amistades al colmado para ver el juego y dar cuerda. Di y recibí. Venezuela perdió. En el colmado sonaba Yailin la más viral a todo volumen. Nadie bailaba, tampoco hablaban cuando Venezuela recortó la distancia y estuvo a un batazo de ganar el juego. Grité varias veces «¡No teman!» y reímos. Un amigo regañó al dj y este cambió a Yailin por una salsa.
Las críticas al equipo venezolano arreciaron. También me arreché con Omar López por no poner a Eugenio Suárez, que había sacado 49 para la calle la temporada anterior en las Grandes Ligas. Perdí momentáneamente la esperanza, tantas veces arrebatada desde el 2006, cuando se organizó la primera edición del Clásico.
Ese año yo tenía el ego beisbolero por las nubes. Los Leones habían ganado la Serie del Caribe gracias a una definición rocambolesca; la pelota había golpeado la cabeza del shortshop dominicano antes de internarse en el right field. Creí que mis ídolos de niñez y adolescencia —Galarraga, Vizquel, Bob Abreu, Ramón Hernández, Johan Santana— eran capaces de derrotar a cualquiera.
Venezuela no ganó ni esa edición ni las siguientes, aunque siempre llevó buenos equipos. Para la contienda del 2026, el país estaba rankeado como el cuarto candidato al título, detrás de USA, RD y Japón. De los grandes equipos latinos, era el que más quedaba a deber, luego del título dominicano del 2013 y las finales disputadas por Cuba y Puerto Rico.
Esa misma noche del 11 de marzo, poco después de la derrota contra Dominicana, se corrió el rumor de que los jugadores venezolanos se habían encerrado a conversar en privado un largo rato. No sé sabe qué pasó ahí, pero a partir de ese momento Venezuela venció merecida y sucesivamente a Japón, Italia y los Estados Unidos. Y ganó el Clásico.
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Entre las decenas de reacciones en cadena tras el logro más importante de la historia de los deportes colectivos en Venezuela, mi amigo E., desde Caracas, me escribió la palabra «conmovedor». «A esos chamos se les siente nobleza y le ponían espíritu al juego», me dijo.
Es costumbre la práctica religiosa en muchos peloteros. Para cuidar su propia salud y conseguir buenos contratos, no se dejan en manos solo del entrenador físico y un buen agente. Pero, además, lo que este grupo de peloteros comenzó a hacer diferente a los demás fue establecer un rito justo antes del inicio del partido. Primero con algo de timidez, luego con más confianza y al final con desenfreno.
No es cierto lo que dijo Omar López, que ese ritual ya se practica en los dugouts de la liga venezolana. Aunque sí es verdad que el tambor forma parte de la siempre difusa identidad nacional. Se escucha en las fiestas de todas las clases sociales y constituye el momento de devoción y parranda más importante del país durante la celebración de San Juan.
Ese atrevimiento trajo a la mesa una nueva herramienta para ganar el Clásico: un símbolo metafísico para influenciar la suerte.




En el dogout, el tambor venezolano se convirtió en santo y seña. Santo por la tradición sincrética que se le metía por los pies y las manos al ritmo del cumaco. Seña porque era una forma de decir «esto somos y aquí estamos», pero no al estilo haka neozelandés para intimidar al oponente, sino más bien para envalentonarse en lo interno, entre ellos mismos. Casi un saludo masón.
Los muchachos adaptaron el rito. En la tradición, el baile sigue siendo en el centro de una rueda, pero en parejas de hombre y mujer. Evidentemente, la mayoría no eran los mejores bailarines. Sin embargo, un par de ellos tocaban los cueros, otro grupo se animaba a bailar, y también lo usaban en mímica cuando lograban un buen batazo y alcanzaban las bases.
Japón parecía hipnotizado por ese ritmo. Aunque sus siempre fieles seguidores alientan las nueve entradas con cánticos y trompetas, el equipo nipón no logró descifrar el pitcheo relevo venezolano y sucumbió a la remontada vinotinto. Me pareció poético el out final de ese juego: Shohei Ohtani, la súper estrella del deporte actual, elevando un flaicito al shortstop, la posición por la que Venezuela fue conocida en el mundo del béisbol durante tanto tiempo: Carrasquel, Aparicio, Guillén, Vizquel.
Algunos japoneses, confiados en que su equipo llegaría a la instancia final, compraron billetes para los últimos juegos, y entonces los podías ver con las camisas y gorras de Venezuela, alentando a la novena que les negó la posibilidad del bicampeonato consecutivo.
En Venezuela, esa victoria subió los decibeles del apoyo colectivo a su selección, según me contó mi amigo L., también desde Caracas: «Se celebró locamente la victoria contra Japón. A partir de ahí, todo el mundo dijo ‘¡mierda!’».
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En semifinales, tocó el turno de Italia, la revelación del torneo. Comandada por Francisco Cervelli, excatcher venezolano que jugó —entre otros— con los Yankees y Pittsburgh durante doce años. De raíces italianas, Cervelli manejó 15 mil kilómetros dentro de ese país europeo durante tres meses, para convencer a su núcleo de jugadores locales de que él iba a competir en serio durante el Clásico.
Retirado a destiempo del terreno, y con la capacidad maximizada para entender y llevar el juego que tienen los receptores, Francisco y su grupo vencieron en primera ronda al todopoderoso USA y al competitivo México, antes de batir a Puerto Rico en los cuartos de final.
Mientras RD celebraba con chaquetas, selfies y mancuernas forradas de plátano, México con el gorro charro y Gran Bretaña ajustando un bearskin a su jonronero, los jugadores de Cervelli servían espressos cuando estos volvían al dugout luego de haber hecho un buen lance. Así fueron acumulando victorias que convirtieron al Espresso Azzurro en un fenómeno mediático en un país acostumbrado a los éxitos futbolísticos.
Cuando Italia se enfrentó a Venezuela, el equipo de República Dominicana había sido eliminado la noche anterior en la otra semifinal contra los Estados Unidos. Imagino que Cervelli tuvo el corazón dividido, pero quería tocar la historia de ser finalista. La toletería de su equipo fue contenida por el relevo criollo y, en cambio, la apuesta de usar a sus dos ases de pitcheo para frenar los bates chamos fue desbordada en el séptimo inning, con cuatro hits consecutivos.
Para ese entonces, ya no volví a traicionar la cábala y solo veía los juegos en mi casa, ajeno a la posibilidad de dar y recibir cuerda de mis amistades dominicanas. No fui el único. Otro amigo, al que llamaremos D., me contó su propia macumba desde fuera de Venezuela: «Estoy en proceso de mudanza a Colombia y solo pude ver los juegos en el hotel, sin más nadie. Establecí mi ritual cabalístico: la misma ropa que usé en la victoria anterior, la gorrita que me compré en el aeropuerto. Viví cada out sin redes sociales, a la antigua».
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Es verdad que la final soñada era contra RD. Creo que hubiese sido inevitable volver al colmado con misamistades. Pero con el equipo estadounidense había una cuenta pendiente. De los cinco enfrentamientos entre ambos países en el Clásico Mundial, Estados Unidos había ganado tres, y el último había sido el más doloroso. La noche del 18 de marzo de 2023, el shortstop Trea Turner conectó un dantesco Grand Slam que cambió la inercia del juego y sepultó las esperanzas venezolanas de seguir avanzando en aquella edición.
También había razones de orgullo. Estados Unidos inventó el béisbol y es dueño del negocio a través de la Major League Baseball (MLB), cuyos equipos deciden quién juega y quién no en el Clásico, la franquicia global que crearon hace veinte años. Las mayores casas de apuestas daban al equipo estadounidense como el máximo favoritismo, luego de haber conformado un Dream Team que, hombre por hombre, solo podía compararse con República Dominicana.

Además, había un factor geopolítico, después de que el 3 de enero una incursión militar estadounidense extrajera a Maduro de Venezuela. Lo particular es que, a pesar de que muchos lo celebrábamos, el juego contra los norteamericanos no tenía un sabor de agradecimiento. Los periodistas habían preguntado varias veces al mánager Omar López sobre la situación política de su país y López siempre se había negado a hablar del tema.
«Fue un guiño de la historia que nos tocara una revancha con los gringos en Miami y que les ganáramos. Es hermoso», dijo mi amigo L. desde Caracas, luego del triunfo del equipo en la final, tres carreras por dos. Mis amigos domis me habían escrito antes del juego: «Toda Latinoamérica con ustedes». Lo agradecí y estuve de acuerdo.
Cuando cayó el último out, abracé a mi esposa, a una amiga (los niños dormían hacía rato) y luego corrí hasta el balcón para gritar «¡Campeones, no joda!». Después se hizo silencio.
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La mía fue una celebración mínima al lado de las miles que vi en redes sociales durante los días siguientes. Lluvia de cerveza, refresco y agua sobre multitudes extasiadas en muchas ciudades de Venezuela, tal como tantas veces viví en los estadios de pelota de mi país. Jóvenes que paseaban en carros por las calles, sobre «urnas» de cartón con banderas estadounidenses. Abuelitos que veían el juego en su tv pequeña. Vecindarios enteros juntándose en espacios públicos para celebrar. Miles de personas a pie, en motos, en vehículos, saliendo con su bandera e indumentaria de la selección. Un camión de Orden Público de la temida Guardia Nacional Bolivariana repleto de jóvenes que le saltaban adentro y encima.
Mi amigo L. en Caracas lo vivió en carne y hueso: «Sí, las calles se encendieron el día de la final, una vaina muy espontánea. Parecía que la gente estaba contenida de salir a celebrar, y salieron. Eso me pareció hermoso. Luego dieron el día feriado y empezaron a pasar motos frente a casa, miles de motorizados. No era una caravana política, la gran mayoría de los motorizados tenían a su culito atrás, papá. Sin casco, vamos a estar claros, porque estamos en Caracas. Y en medio de la vaina, carros humildes con música, la gente bailando, motopiruetas… un desnalgue”.
Fuera del país, circularon videos de personas celebrando mientras cumplían sus turnos nocturnos de trabajo, dando gritos mudos frente a las pantallas, con el salto bien medido en países donde el ruido nocturno conlleva multa. En la soledad de su cuarto de hotel bogotano, D. tuvo una experiencia más íntima: «Lloré burda, marico. Lloré como un carajito de diez años. Y los abracé a todos. Todavía estoy sensible y creo que no es por el béisbol, sino porque esta vaina me sacudió la vergüenza de ser venezolano. Son muchos años fuera, muchos años con preocupación cada vez que me iban a revisar el pasaporte, montarme en un taxi y decir que eres de otro país pa’ que no te pregunten mucho. Ese día dije ‘¡No joda, Viva Venezuela!’, marico».
Mary Montes, periodista especializada en béisbol, comentó en una entrevista que, tras la victoria, los peloteros le preguntaban en el terreno de juego: «Mary, ¿Qué sabes de lo que está pasando en Venezuela? ¿Están celebrando? ¿Están en las calles?». Más tarde, la prensa de MLB le pidió a Maikel García, Jugador Más Valioso del torneo, una declaración: «Agradecido por el apoyo de los venezolanos en el mundo entero. Sabemos que están regados en todo el mundo. Nosotros lo hicimos por esos venezolanos que salieron del país para una mejor vida; le pudimos dar esta felicidad».
