El aire está muy cargado en las calles de La Habana. Huele a basura quemada, a una tensión inevitable. No es solo el calor agobiante del mes de mayo, sino una sensación colectiva, casi palpable, de que algo grande, impredecible y tal vez irreversible va a ocurrir. «Se siente como los días antes del 11 de julio, pero con más rabia y más miedo», dice en voz baja Marta Elena Quintana de 52 años, dependiente de una cafetería en el Reparto Buena Vista de Playa. «Hay hambre, no hay luz ni petróleo, y ¿qué es eso de que ahora los pinchos americanos entran y salen como Pedro por su casa? ¿Qué va a pasar con nosotros cuando reviente todo?»
Desde hace varios meses, la crisis energética pasó de la intermitencia al colapso. El suministro de petróleo venezolano se secó por completo. Los envíos mexicanos y rusos, cada vez más esporádicos, tocaron fin, salvo por el último buque ruso que llegó hace poco más de un mes. Sin reservas estratégicas, la red eléctrica nacional entró en catarsis. Apagones de 18, 20 y hasta 22 horas diarias se volvieron la norma en la capital y gran parte del país. Hospitales reprogramaron cirugías, los alimentos se perdían en neveras sin corriente y el ánimo de la gente se pudría a la misma velocidad.

Carlos Roberto Mendoza, 44 años, taxista en Centro Habana, me cuenta que «ya ni duerme. Con este calor y sin ventilador ni aire acondicionado, uno se pasa la noche sudando y pensando cómo va a alimentar a los hijos al otro día. El gobierno sigue diciendo que es el bloqueo. Pero llevamos más de 60 años con bloqueo y nunca había sido tan grave. Aquí también hay mala gestión, una corrupción inmensa y un desgaste total del sistema».
La frustración se cocinaba a fuego lento mientras La Habana se convertía en un imán para la prensa internacional. Corresponsales de CNN, Reuters, AP, BBC y otros medios llevan semanas, o meses, en la isla, presintiendo que cubrirán la nota geopolítica más importante de los últimos años en América Latina: el posible fin del modelo comunista tal como se conoce desde 1959. Patrick Oppmann, jefe de la oficina de CNN en La Habana, ha estado en las calles documentando cacerolazos y contenedores en llamas.
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El miércoles 13 de mayo la rabia salió a plena luz del día. En San Miguel del Padrón, decenas de residentes hartos de la oscuridad se concentraron a gritos frente a la sede del gobierno municipal. Fue una protesta distinta, por ocurrir bajo el sol y frente a las autoridades. En Reparto Buena Vista, Lawton y otros barrios volvieron los cacerolazos nocturnos, bloqueos parciales de calles y, en varios puntos, cestos de basura incendiados como señal de desesperación. Esa misma noche, testigos grabaron camiones cargados de brigadas especiales del Ministerio del Interior (boinas negras), mientras se movilizaban rápidamente hacia las zonas «calientes». El internet fue cortado o severamente restringido en varios municipios: solo 2G funcional o wifi intermitente. El guion fue el mismo que el 11J: control y represión, selectiva en este caso.

Asimismo, casi nadie pudo seguir en vivo ese día la conferencia de Vicente de la O Levy, Ministro de Energía y Minas. En una ironía que resume el absurdo del momento, el funcionario reconoció públicamente la falta total de combustible, pero la mayoría de los cubanos, sin electricidad, se enteró después, por rumores o redes sociales de la información nada novedosa. La O Levy no ofreció soluciones nuevas, solo más llamados a la «resistencia» y culpas externas.
Jorge Alberto Ramos, 39 años, desempleado, de Plaza de la Revolución, cree que «la gente protesta diariamente porque ya no hay nada que perder. Pero el miedo está ahí, no sé si de parte de ellos o de nosotros. Miedo a que esto explote como el 11 de julio y termine mal, o esta gente no suelte el poder a tiempo y lleguen los estadounidenses y acabe peor. Nosotros solo pagamos los platos rotos».
En este punto, La Habana está patas arriba, pero más bien expectante, porque el cansancio es demasiado. Puede palparse en cada esquina. Periodistas extranjeros recorren los barrios, el gobierno se atrinchera y el ciudadano común alterna entre la esperanza de que por fin algo cambie y el terror a que ese cambio traiga más dolor.
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El jueves 14 de mayo, mientras la ciudad aún se recuperaba de la noche anterior, llegó la noticia que nadie esperaba tan abiertamente: el director de la CIA, John Ratcliffe, aterrizó en la isla para reunirse con altos generales del Minint y con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como «Raulito» o «El Cangrejo», nieto predilecto de Raúl Castro. La reunión, confirmada por ambas partes, ocurrió en medio de la peor crisis energética en años. Horas después, el gobierno cubano aceptó —tras iniciales resistencias— una donación de 100 millones de dólares en ayuda humanitaria de Estados Unidos, que sería gestionada principalmente por la Iglesia Católica dentro de la isla, entidad que siempre ha mediado en casos similares.
«Esto no es ayuda gratis. Aquí hay un mensaje claro: o cambian según lo que queremos o lo cambiamos nosotros», me dice Manuel Alejandro Iglesias, vecino de Centro Habana de 47 años. «Yo salgo a protestar porque ya no aguanto más. Mi esposa y yo nos turnamos para abanicar a los niños por las noches. Ver que la CIA entra así, tan directo, me da esperanza de que algo se mueva… pero también me entra pánico. ¿Qué pasa si hay un vacío como en Venezuela y todo se jode más?»
La liberación de Sissi Abascal Zamora, la Dama de Blanco más joven, se produjo casi al mismo tiempo. La activista, excarcelada tras años presa por el 11J, partió hacia Miami junto a su madre: que la madre abandonara Cuba también era la premisa fundamental impuesta por el gobierno para que Sissi saliese de prisión. Esto simbolizó para algunos un gesto de distensión; para otros, una admisión de debilidad ante una presión momentánea. María Elena Lara, 61 años, ama de casa en el Reparto Buena Vista, cree que «liberaron a esa muchacha que nadie conoce para calmar las aguas, pero no pueden calmar nada ¿Y la luz? ¿Y la comida? Lo que tienen que hacer es liberar a todos e irse pal carajo».
El hartazgo no es solo por la electricidad, sino por décadas de promesas incumplidas, tira y afloja con las proyecciones de desarrollo del pueblo, corrupción visible en todos los sectores gubernamentales, sobre todo en las élites militares que controlan GAESA, y una economía que castiga la iniciativa individual. Muchos cubanos sienten que el gobierno ya no gobierna, solo administra el declive. Esa es la razón por la que Ramón Soto, un señor jubilado de 69 años, residente del municipio Playa, «dice que llevamos más de 60 años oyendo que el problema es el bloqueo. Pero cuando llegaba un barquito ruso o venezolano, la luz venía. Ahora ni eso. El problema es la incapacidad de este sistema para producir y ser competente en el mercado mundial. Estoy cansado, pero temo que un cambio desde afuera nos convierta en otro país intervenido. Esto no llega a agosto».
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Tras la reunión en la tarde del jueves 14 de mayo con el director de la CIA, John Ratcliffe, y altos generales cubanos, las suspicacias aumentaron. En dicha reunión no estuvo el presidente cubano Miguel Díaz-Canel, y sí el nieto de Raúl Castro, demostrando, nuevamente, dónde yacen los poderes reales de la isla. Esa misma semana, la empresa minera canadiense Sherritt International había anunciado el cierre progresivo de su vínculo operativo con Cuba, temiendo las nuevas sanciones estadounidenses contra GAESA. Es un golpe duro para el gobierno cubano: Sherritt ha sido una de las pocas fuentes estables de ingresos en divisas a lo largo de tres décadas.
En paralelo, reportes indican que el gobierno estadounidense tiene preparados cargos formales contra Raúl Castro por el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate en 1996. Aunque simbólico, el movimiento forma parte de una presión sostenida sobre la cúpula histórica, y su posible publicación sería el 20 de mayo, fecha alegórica porque el propio gobierno estadounidense había anunciado ese como un día posiblemente importante para el «caso Cuba». De la misma manera, es la fecha de la instauración de la República a principios del siglo XX. La élite cubana y todo lo relativo a ellos parece estar ahora bajo un escrutinio inédito, y esos cargos formales podrían ser un «Caballo de Troya», tal como ocurrió con Maduro en Venezuela.

Un informático vecino de El Vedado, quien no quiso mencionar su nombre, lo resume con claridad: «La CIA en La Habana, ayuda humanitaria aceptada a la cañona, Díaz-Canel que no se porta por ninguna parte y posibles juicios contra Raúl. Los comunistas están llegando al límite. Hay esperanza de que por fin caiga esta dictadura, pero también siento que habrá un vacío de poder. Y si ese espacio lo llena los militares, no hay diferencia, pero si lo llena los cubanoamericanos de afuera también es un problema. El pueblo solo quiere comer, tener luz y ser libre… lo demás se irá viendo».
Las detenciones y el acoso selectivo son constantes. Los últimos meses ha incrementado la instigación a jóvenes. El acoso a Ana Bensi, la detención a los jóvenes de El 4tico, el encarcelamiento sumario a un menor de edad en las protestas de Morón en marzo son algunos ejemplos del temor, la mano dura y también la negligencia del aparato represor. Que el gobierno saque a las boinas negras, así como la interrupción del internet en las zonas de riesgo de protestas masivas, establece una alerta sobre el descontrol de las calles. Las protestas diurnas y la presencia masiva de prensa internacional hacen más difícil ocultar la magnitud del descontento.
A todo esto, AXIOS, medio que ha cubierto verazmente los acontecimientos últimos entre Cuba y Estados Unidos, reportó recientemente que, según inteligencia clasificada, Cuba habría adquirido más de 300 drones militares. Algunos funcionaros estadounidenses vinculan el hecho a la cooperación cubana con países como Rusia e Irán. La noticia ha generado aún más tensión. Un acto así es negligente y torpe. Estados Unidos es la primera potencia militar del mundo, y Cuba tiene una capacidad armamentística extremadamente limitada. Un enfrentamiento militar cara a cara dejaría al gobierno cubano sin posibilidad de negociar nada a su favor, además de que sacrificaría vidas sin sentido.
Elena Patricia Ortega, 40 años, ama de casa de Cayo Hueso, expresa el miedo que recorre muchas zonas de la isla: «Mi hijo de 16 años me pregunta todos los días qué va a pasar. Le digo que tenga paciencia, que no le haga caso a lo que oye por ahí, que me pregunte a mí cuando tenga una duda, pero por dentro tengo el mismo miedo que él. Estoy harta de toda esta mierda. La gente ya no cree en los discursos ni en el noticiero. Nadie quiere que en Cuba haya una guerra, por eso quiero que se vayan ellos, que aquí nadie va a dar su vida por esa Revolución que solo ven ellos desde sus barrigonas.”
El pueblo cubano, como siempre, es el último en enterarse de las grandes decisiones, pero el primero en pagar sus consecuencias. Nadie sabe con certeza qué ocurrirá en las próximas semanas. Podría ser una explosión social mayor, una transición negociada y dolorosa, un nuevo atrincheramiento del régimen que solo postergue lo inevitable, o incluso un conflicto militar en cualquier formato. Lo que sí está claro es que el modelo actual ha agotado su capacidad de respuesta. Décadas de mala gestión económica, supresión de libertades y corrupción institucional han llevado al país al borde del precipicio. En cada paso hay un error que deteriora más la vida del pueblo, que la tensa más, que la empobrece…
