Cuba: La democracia improbable y el juego de la historia

    Resulta difícil contribuir con alguna novedad y sensatez al debate sobre Cuba, en estos tiempos de crisis agudas y cambios inminentes. Es difícil no perderse en el mar sin brújula de artículos, opinólogos e influencers, que ocupan las redes sociales e incluso publicaciones más establecidas como diarios, revistas y plataformas digitales. Quizá sea preferible guardar distancia, dejar al tiempo hacer su labor de decantación de las ideas. Por eso prefiero abrir zoom y situar mi análisis, prudentemente, fuera del radio de la agonía inmediata que sufre el país.

    Casi un mes después de la violenta acción de Estados Unidos en Venezuela, para la extracción espectacular de Nicolás Maduro, el 29 de enero de 2026, el presidente de Estados Unidos publicó una orden ejecutiva que tenía como objetivo sancionar con aranceles a cualquiera que se atreviera a vender petróleo a Cuba, bajo la excusa de considerar a la isla como una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional y la política exterior norteamericana, lo que exigía una respuesta inmediata para proteger a los ciudadanos e intereses de Estados Unidos. Las excusas plantean que Cuba se alinea con países hostiles (léase China y Rusia), acoge sus ejércitos y capacidades de inteligencia, recibe a grupos terroristas internacionales e incita al caos al diseminar la ideología comunista. Esta orden, que pretende «contrarrestar la influencia maligna de Cuba en la región», tiene que ver con la perspectiva desde la cual pretendo analizar la situación del país en el contexto global, su lugar en la geopolítica actual.

    Por estas razones se impuso, de facto, un bloqueo energético a la isla que ya dura más de tres meses, con la sola excepción de un navío petrolero ruso atracando en puerto cubano. Cuba sobrevive, desde entonces, en un estado de semiparálisis general que afecta todas las actividades del país y agudiza una cotidianidad de privaciones y escasez, pero no colapsa totalmente. Se crea el impase de una nueva realidad, a la espera de una solución negociada o súbita, una calma antes de la tormenta.

    Hasta aquí los hechos. Abramos ahora el lente para pensar en las razones por las que esta medida cambia cualitativamente la perspectiva de análisis sobre la crisis. El efecto inmediato viene porque todos los posibles suministradores de crudo acatan la orden ejecutiva. Ni los mejores amigos, ni los más solidarios gobiernos se atreven a desafiar el edicto imperial, se secan los suministros y Cuba queda aislada dentro del espacio geopolítico de influencia de los Estados Unidos, de donde será difícil escapar en la situación actual. Eso sitúa el tema Cuba no solo en el ámbito de exigencia por la democracia y la apertura de mercado; la sitúa en el escenario geopolítico y le confiere valor simbólico dentro de ese juego de poder. En Cuba no hay recursos naturales importantes, aun considerando las reservas de níquel y cobalto, pero el alineamiento de la isla dentro de la visión geopolítica estadounidense cerraría un ciclo de histórico cuyo peso en el imaginario político es considerable. 

    El desmembramiento de la órbita comenzó 1961-62 con la invasión a Bahía de Cochinos y principalmente con la Crisis de los Misiles, en donde la revolución cubana sale victoriosa y a través del acuerdo entre Khrushchev y Kennedy, Cuba se convierte en un enclave soviético en el Caribe y en un electrón libre, fuera de la órbita de influencia de los Estados Unidos, cuya relación con la isla se redefine, desde entonces, de forma negativa y hostil, a pesar de los breves episodios que protagonizaron Carter y Obama. La garantía de seguridad (de eso se tratan las alianzas geopolíticas) desaparece con el fin de la Unión Soviética, pero Cuba no se reincorpora al área de control de Estados Unidos. Queda a la deriva, busca asideros y lo encuentra en la alianza con Hugo Chávez y la revolución bolivariana de Venezuela. El subvencionado petróleo ruso es sustituido por el petróleo ideológico venezolano, también subvencionado. Cuba ha evitado por décadas verse presionada por el sistema del petrodólar dominado por Estados Unidos. Hasta el 3 de enero de 2026. Y este hecho define mucho el grado real de soberanía del país, que se sintetiza en la falta de soberanía energética, talón de Aquiles cubano.

    La nueva visión geopolítica de Trump decide desempolvar la doctrina Monroe, atendiendo a la nueva configuración multipolar que desafía su hegemonía mundial. Aquí entramos en la teoría de la historia y en los patrones que marcan los ciclos de hegemonía y su decadencia, por lo que trataremos de visualizar la frágil posición e inserción de Cuba en ese macro-panorama. 

    El historiador francés Fernand Braudel, en su trilogía Civilización Material, Economía y Capitalismo, dedica el volumen tercero, llamado Tiempo del Mundo, a abordar un concepto que sería desarrollado después por otros autores, el concepto de Economía Mundo, diferente del concepto de Economía Mundial, que sería la economía global tomada como un todo universal. La Economía Mundo, en cambio, tiene otras características, se define dentro de límites geopolíticos y geográficos definidos y posee una autonomía relativa y una temporalidad histórica, sujeta a un ritmo propio de evolución y decadencia. Funciona desde un centro dominante que ejerce una atracción jerárquica, en torno al cual gravitan las zonas periféricas dependientes y subordinadas.

    Las Economías Mundo se prefiguran desde la antigüedad, cubriendo largos períodos históricos y asumen el ritmo en los grandes sistemas económicos que nacen, se consolidan y mueren. A pesar de existir hoy una economía global dominada por el capital internacional con su sede económica en New York, también conviven otras Economías Mundo paralelas que han existido a través de la historia y resurgen como polos alternativos. Estos conceptos han tenido un desarrollo teórico consistente en la obra de autores como Immanuel Wallerstein y su teoría del Sistema-Mundo, Giovanni Arrighi y Los Ciclos Hegemónicos, la conocida Teoría de la Dependencia del argentino Rául Prebish, al que sumo la Teoría de los Ciclos Largos de Nikolai Kondratiev, economista soviético poco conocido, que ya había citado en un artículo anterior. Kondrátiev es antecesor de todos los autores mencionados anteriormente y su influencia en Wallerstein resulta explícita. En la base de esta pirámide de análisis se encuentra la visión crítica de la historia y de la economía política de Karl Marx, que funciona como substrato metodológico general.

    Marcel Villa. La Habana habla en colores.
    Marcel Villa. La Habana habla en colores.

    Cuba, como nación con alto grado de dependencia, está sujeta a esos vaivenes de la dinámica de la historia, influenciada por su determinismo geográfico, que pudo ser contrarrestado por más de medio siglo. Ahora la presión multipolar redefine un nuevo orden de las Economías-Mundo, que ya eran antiguas, pero jugaban un papel subordinado en la hegemonía occidental. Hablamos de la emergencia de China como espacio centrífugo de Asia y su expansión económica global. Rusia como reconstrucción de un eje euroasiático heredado del imperio zarista y la Unión Soviética. También emerge el mundo árabe e islámico, que empieza a buscar su espacio propio, consciente de su papel como reserva de energía fósil, con grupos fragmentados de diferentes niveles de influencia, dígase el eje de Arabia Saudita y los países del Golfo Pérsico, o Irán y Turquía, ahora pautados por las lecciones que dejará la guerra de Irán. Finalmente hay un eje occidental fraccionado, donde Estados Unidos impone su primacía frente a una Europa decadente y reserva para sí su zona de influencia geográfica directa, que es el continente americano en su totalidad, al que Cuba pertenece.

    Lo que ha sucedido con Cuba es que las fronteras de la Economía-Mundo en torno a Estados Unidos dejaron de ser porosas. Al abandonar la globalización de la mano de Trump (y sospecho que así será durante las próximas administraciones, sean demócratas o republicanas), Washington ha decidido reconstruir su área de influencia; minada, más que todo, por el peso de China en esos mercados, donde se ubica como el mayor socio comercial, y también por las incursiones rusas en temas militares y geoestratégicos. Doblegar a Venezuela y convertirla en un protectorado, con una obvia ayuda desde adentro, era el primer paso para limitar esa influencia. La lógica indicaba que después vendría Cuba, que clasifica como un tabú histórico para la visión dominante de Estados Unidos, con toda la importancia simbólica que ese hecho reviste. 

    Queramos o no, a partir de la orden ejecutiva de Trump, Cuba ya está definitivamente bajo la influencia directa de la zona gravitacional que la Economía Mundo Estados Unidos reclama para sí. Quizá siempre lo estuvo desde su relación negativa, como periferia rebelde que pretendió durante un largo período contrarrestar la fuerza centrífuga negativa norteamericana, a través de la alianza con otras Economías Mundo distantes que la sustentaron y que ahora, cuando la redefinición de fronteras las han puesto a prueba, han desaparecido. 

    Cuba sufre un proceso acelerado de entropía social, fenómeno que explica la tendencia continua de un sistema al desorden, a la pérdida de energía cuando no hay corrección, cuando se niega que el desgaste natural de todo orden lleva a un cambio desde adentro para revertir el giro entrópico. En este caso, la incapacidad interna se ve superada y el cambio llega desde afuera con la imposición desde Estados Unidos, quien ejerce, a través de la fuerza, forzado por el propio proceso global, el control en su zona de influencia.

    Vivimos una época que, desde esta visión de análisis de la historia, podemos llamar de descentramiento, seguido por un nuevo proceso de recentramiento. En un mundo dividido en zonas de influencia económica y geopolítica, cada espacio de economía-mundo no consigue existir sin un centro de gravedad. Esos recentramientos, escasos y específicos de la historia, siempre vienen acompañados de crisis profunda, conflictos bélicos y destrucción del orden anterior, tal como lo que estamos viviendo.

    Aquí entra otra cuestión, relacionada con los contenidos de la nueva realidad. El equilibrio se da a través del control de la tensión y la convivencia entre las economías-mundo que pujan entre sí y determinan el orden global. En este cuadro, la democracia como valor abstracto deja de ser un horizonte de legitimidad del sistema y empieza a padecer una crisis sistémica empujada por una fuerza mayor, los imperativos de la acumulación del capital, a través de la tecnología, el control geopolítico y, en última instancia, la guerra. La democracia sufre las presiones de competencia geopolítica y se vuelve rehén de sus dinámicas, porque la democracia no consigue funcionar como valor abstracto, más allá de los límites autoritarios del capital. De lo contrario, entra en choque frontal con el propio sistema del capital, especialmente cuando se expande al campo de la relación trabajo-capital e incursiona en los sistemas económicos reales.

    El tan deseado cambio en Cuba depende de la macro dinámica de la transformación global y sería ingenuo, cuando menos, esperar que cualquier tipo de intervención de Estados Unidos, desde su contexto interno actual, diseñe un panorama democrático auténtico, diría mejor sustantivo. Primero, porque la opción de cambio radical implica, en la negación de toda la estructura política actual, el desmonte institucional y legal del estado cubano tal como es hoy. La radicalidad y monolitismo del modelo cubano obliga a soluciones igualmente radicales. Segundo, porque al no existir un espacio para el ejercicio de la política, no existen las contrapartes necesarias y de forma articulada para el juego democrático, que lleva tiempo para formar una atmósfera política nueva. Tercero, porque a Estados Unidos ya no necesita más usar la máscara de la democracia y el libre mercado, ya que su interés explícito apunta al control geopolítico y al poder. El mercado sabemos que no es libre, y la democracia no es necesaria para asegurar el control. 

    Desde cualquier ángulo de análisis veo improbable una democracia en Cuba a corto plazo, solo atisbos de una nueva oligarquía, que emerge alineada a la reinserción de Cuba a la órbita de los Estados Unidos como Economía Mundo dominante en su zona de influencia. Con esto no quiero decir que los esfuerzos emancipatorios son vanos, ni que las revoluciones son imposibles, ni que el determinismo geográfico no pueda tener soluciones compensatorias, ni que los intentos de superar los imperativos hegemónicos del capital sean solo utopía, sino que su éxito depende, en buena medida, de la forma en que esos procesos se conducen conscientemente, a través de las contradicciones que enfrentan en su desarrollo y de su capacidad de auto-regular y sustentarse por sus propias fuerzas, sin perder de vista la inevitable entropía que sufren en el camino y su lugar exacto en el tiempo de la historia. Ese panorama de estrategia, mesura y juego político, ese entender el «tiempo de la historia» no se vislumbra para Cuba, sino como una farsa desarticulada de actores políticos en franca desventaja, sin capital moral y con muy poca autonomía real para sustentar sus decisiones. Opino que el alineamiento de Cuba a la órbita de la Economía Mundo de Estados Unidos es prácticamente inevitable. Su mayor o menor grado depende de la forma de regular las tensiones que inevitablemente existirán en ese proceso, porque Cuba ha pagado un precio alto por sus elecciones geopolíticas, y si las fuerzas políticas actuales consiguen, bajo cualquier forma de adaptación, quedarse con cierto control, mantendrán una inercia desafiante para la estrategia de control centrífugo de Estados Unidos. De ahí que todo dependa de la radicalidad del giro político, que de una forma u otra tendrá lugar en un futuro muy cercano, donde la democracia no será el actor protagónico de esa puesta en escena.

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