La Habana quema sus basureros

    Iba en una moto eléctrica desde La Lisa hasta La Ceguera, el trayecto cotidiano que surca Marianao sin tocarlo. No era el transporte idóneo, pero no pasaba nada más, y cuando nada pasa, uno se monta en lo que aparece. Incluso me salía más barato que los precios pregonados por algunos buquenques en la piquera del Hospital Frank País. Ahora mismo, en febrero de 2026, no es un detalle menor, sino una forma de supervivencia, pensar y escoger en qué uno se mueve.

    La tarde caía sin electricidad. La moto avanzaba en silencio y muy despacio, como si también estuviera cuidando la poca batería que le quedaba para dar algún viaje más. El humo empezó por zonas. 

    Antes de cruzar el puente, en la frontera de los municipios, me percaté de una bruma leve. Después tramos densos. Luego la confirmación: una especie de fogata. No detallé mucho, ni reparé en la razón del fuego en ese basurero, hasta que la escena empezó a repetirse en varias esquinas. Se veían chispas lejanas en las entrecalles de barrios que uno pronuncia con naturalidad: Los Pocitos, Pogolotti, una parte de Buena Vista. No era un incendio aislado de tres cajas de cartón. Era una secuencia.

    —Eso es algún Movimiento —dijo el chofer de la moto.

    Lo dijo convencido. Como quien ha encontrado una explicación funcional y la repetirá a cada pasajero que monte esta semana. Algunos buscan una excusa para aliviar la necesidad, otros para creer que algo puede cambiar.

    No respondí. Uno nunca sabe quién es el párroco al que se confiesa en una moto eléctrica que atraviesa barrios oscuros. Además, si el hombre estaba aprovechando la escasez de combustible para multiplicar carreras, ¿qué sentido tenía entrar en teorías? Pero la palabra quedó flotando: Movimiento. Aunque la realidad, sin embargo, suele ser menos organizada.

    La crisis de la basura en La Habana (octubre de 2025)
    La crisis de la basura en La Habana / Foto: ‘El Estornudo’

    ***

    En La Habana, los camiones de recogida no están pasando con regularidad. Falta combustible. Faltan vehículos operativos. Fallan piezas. La logística se rompe por donde siempre se rompe. Y la basura —que no entiende de crisis— sigue saliendo de las casas todos los días. Se acumula en las esquinas. En parques. En contenedores rebasados. Crece durante días, a veces semanas, hasta convertirse en una pequeña geografía del abandono. El formato psicológico de «la ventana rota». Lastimosamente nos hemos acostumbrado a esa «rotura», los vertederos son parte indiscutible del panorama cubano y habanero.    

    —Cuando el olor se vuelve demasiado insoportable, un chorrito de luz brillante, alguien prende un fósforo y resuelve un problema— comenta Mercedes, una vecina de 100 y 51 en Marianao.

    La quema de basura está ocurriendo de día o de noche. Cerca de viviendas, de escuelas y hospitales. El fuego no distingue. El ojo humano es quien debería hacerlo, pero acaso el cansancio, tanto hartazgo, tantas posposiciones, ¿no nos llevan al punto de querer echar nosotros mismos el chorro de luz brillante o gasolina?

     —No siempre son vecinos. A veces son trabajadores de comunales —dice, tapándose la boca, Ernesto, un transeúnte en La Ceguera.

    La línea entre improvisación y decisión institucional es difusa, cuando el problema es visible y urgente.

    La crisis de la basura en La Habana (octubre de 2025)
    La crisis de la basura en La Habana / Foto: ‘El Estornudo’

    Atravesamos una nube espesa. El conductor acelera y yo aguanto la respiración. Pienso en algo que he leído en estos días: que ese humo no es simple neblina urbana. Que contiene partículas finas, dioxinas, residuos de plástico y metales pesados. Que agrava el asma, la bronquitis, cualquier fragilidad pulmonar previa. Pensé también en mis propios pulmones, que no son precisamente ejemplares.

    El humo no tiene ideología, pero tiene efectos. Las autoridades de la salud pública han reconocido el problema. Han dicho que el Estado no promueve la quema de basura. Que no es una política. Que se buscan alternativas: reciclaje, economía circular, métodos de recogida más modestos, triciclos, incluso tracción animal. También han señalado la escasez de combustible y recursos como causa principal del deterioro. Todo eso puede ser cierto y, al mismo tiempo, insuficiente. Porque mientras las declaraciones circulan, las esquinas arden y hay miles de personas tragándose un humo tóxico por culpa de la incompetencia de algunos. 

    En redes sociales el debate se multiplica. Hay quienes advierten sobre los riesgos sanitarios. Señalan que quemar basura libera sustancias tóxicas que no solo ensucian el aire, sino que pueden tener consecuencias más graves a largo plazo. Otros culpan a la crisis estructural. Otros a la ineficiencia. Otros al embargo. Las explicaciones compiten entre sí, mientras el humo entra igual por la nariz. 

    Pero el problema no empieza en la esquina donde arde el basurero. Empieza mucho antes, años atrás, en un sistema de recogida que se fue quedando sin combustible, sin piezas, sin transporte, sin calendario. El Estado torpe fue incapaz de buscar una solución o alternativa real a mediano plazo. Camiones donados, de alta calidad, cayeran en el cementerio de la chatarra. El retraso se normalizó y la frase «mañana pasa el camión» se volvió una costumbre.

    Basureros en La Habana / Foto: El Estornudo
    Basureros en La Habana / Foto: El Estornudo

    La basura fue acumulándose como se acumulan las promesas incumplidas. Bolsas negras reventadas por perros, latas abiertas por la lluvia, colchones abandonados como si alguien hubiera decidido mudarse del país sin llevarse la cama. Días, semanas. La gente pasa y tira una jaba sin siquiera apuntar. ¡Total! Seguro cae arriba de otra jaba previa. Los contenedores azules de plástico en extinción perpetua. No hace falta, pensaría cualquiera. Una pila que se convierte en núcleo. Luego en montaña. Luego en punto de referencia: «Dobla derecha cuando veas el basurero, pregunta por Margot».

    Y cuando el olor se impone, el fuego aparece como solución primaria. El fuego es rápido. El fuego reduce volumen. El fuego da una ilusión de limpieza. También da luz. En una ciudad donde la electricidad se interrumpe con frecuencia, la llama, para algunos ilusos, cumple una doble función: elimina y alumbra. La escena se repite barrio tras barrio. La Lisa, Marianao, San Miguel del Padrón. No hace falta coordinación ninguna. Hace falta hastío perpetuo, la molestia de años y años e incluso una gran necedad.

    El humo no es neutro, en este caso. No son tres papeles quemados. Hay plástico derretido, restos orgánicos fermentados, pañales, medicamentos vencidos, cables, todo lo que una ciudad consume y desecha. Las partículas finas no se ven, pero se alojan. Las dioxinas no hacen ruido, pero permanecen. La combustión incompleta entra en los pulmones, y también se liberan metales pesados capaces de atravesar la barrera hematoencefálica que protege el cerebro.

    Recientemente, mediante una nota oficial, el Gobierno de La Habana alertó y explicó sobre estos problemas: el impacto que tendría en la salud la inhalación del humo, los riesgos respiratorios, trastornos neurológicos, el cáncer, y el agravamiento de enfermedades previas como el asma. También comentó los posibles daños al medio ambiente o la destrucción de recursos valiosos. Pero la primera de las ideas desarrolladas por la nota fue el concepto de «quema de basura», refiriéndose al proceso de incineración de desechos sólidos en lugares no autorizados o en condiciones no autorizadas. La basura es una de las potestades estatales, y posiblemente la más abandonada.

    ***

    —Tiene que ser algo organizado —insistía el chofer de la moto eléctrica.

    Miré otra fogata a lo lejos. Luego otra. Demasiadas para ser casualidad y muy dispersas para creer que se trataba de algo organizado.

    —No creo —le dije—. A lo mejor la gente está cansada.

     El hombre frenó un poco, me miró con cara de lástima y concluyó:

    —La gente aquí aguanta todo lo que le tiren.

    Tal vez no hay ningún Movimiento. O tal vez sí, pero no como lo imaginamos. No clandestino. No planificado. Un movimiento más elemental, más simple: el cansancio acumulado. La necesidad inmediata de eliminar el mal olor, aunque el remedio sea más tóxico que la enfermedad.

    La moto eléctrica siguió avanzando, rentable y silenciosa, atravesando aquellos barrios con piras en muchas esquinas. Desde arriba, pensé, La Habana debe parecer una constelación baja: pequeños incendios domésticos iluminando lo que el sistema no consigue iluminar. Una ciudad que se está alumbrando con sus propios desechos.

    Llegamos a La Ceguera. Bajé y pagué el viaje bajo un cielo abierto. Probablemente alguna toxinas se habían introducido en mi sistema respiratorio. A lo mejor ir en un almendrón cerrado hubiese sido mejor, pero habría costado el doble. El aire seguía áspero. Un humo lejano a mis espaldas.

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