Nunca he sabido qué fue primero: si la marca comercial con que Jerry Masucci y Johnny Pacheco rentabilizaron el nombre de Willie Colón como El malo, o la actitud y el talante reales que le habrían ganado la fama de problemático, y que parecía confirmar la imagen de un chico genial de seriedad desafiante y sin el menor deseo de esbozar una mínima sonrisa.
Sea como fuere, hoy ya poco importa, porque desde hace mucho nadie lo duda: William Anthony Colón Román es uno los nombres más relevantes en la música latina, y, en particular, de la llamada salsa, no solo como líder de algunas de las bandas más sólidas y potentes del movimiento de los sesenta y setenta, sino también como compositor, productor, arreglista, cantante e instrumentista.
Junto a Rubén Blades, Willie Colón encarnó la parte más creativa y original —y por ende menos tradicionalista y mimética— dentro del movimiento salsero promovido por Fania Records, contraponiendo el osado vanguardismo de sus conceptos musicales a la vertiente más tradicional, apegada principalmente al legado de La Sonora Matancera, defendida y concretada por Johnny Pacheco. En sus temas y arreglos dio preeminencia a la sección de metales y redefinió el rol del trombón en ella, al tiempo que integró ritmos tradicionales afrocaribeños y latinos a un concepto revolucionario con visible presencia de elementos del rock y el jazz, anunciando otra manera de hacer y entender la música con la que se bailaba.
Su música parecía sustentarse en la experimentación con sus raíces, así como en la interpretación de la psicología y la sociología del barrio como refugio espiritual o bálsamo contra el sentimiento de enajenación de los latinos en Estados Unidos.
Desde su primer álbum de estudio, El malo, de 1967, Willie marcó un territorio muy singular, diríase que personalísimo, lanzando un sonido ecléctico y contemporáneo, que pugnaba por distanciarse de lo inmediato anterior —boogaloo, pachanga, jala-jala, etc.—, pero con profundas raíces en la música cubana y afrocaribeña. Trabajó en ese álbum debut con voces portentosas como Yayo El Indio, Elliot Romero y el mítico Héctor Lavoe.

En la segunda mitad de los sesenta, la banda de Willie estaba reputada como una de las mejores en la escena latina de Nueva York, marcando el nuevo sonido de la música afrocaribeña hecha en la Gran Manzana.
Me atrevo a asegurar que en Cuba no fue tan conocida la etapa inicial de Willie Colón con Héctor Lavoe en Fania, sin duda un período poderoso y trascendente, que tuvo su esplendor entre 1967 y 1975. De ese momento salieron poco más de una decena de álbumes con los que, de paso, ambos redefinieron la imagen del latin lover desafiante y villano, potenciada además como marca de identidad en el diseño gráfico de sus discos.
Nosotros conocimos primero al Willie Colón de su etapa revolucionadora y espectacular en binomio con Rubén Blades, iniciada en 1977 con el álbum Metiendo mano. Tanto talento conjunto no podía dar otra cosa que obras legendarias, y eso fue el álbum Siembra, el segundo que realizaran Colón y Blades, considerado hoy un clásico y, por algunas fuentes, el álbum más vendido en la historia de la llamada salsa. Con Willie en la producción musical, en algunos de los arreglos y su voz en los coros, los textos de Blades —«Pedro Navaja», «Plástico», «Siembra» y otras— cantados por él encarnaron la capacidad de contar nuestras historias, las crónicas urbanas que fueron espejos para los jóvenes del Bronx, de El Barrio, pero también del Caribe insular, músicas de denuncia, cuestionamiento y crítica, algo inédito hasta ese momento en la música bailable que proponía Fania. Muchos vieron ahí el nacimiento de un nuevo estilo, que prefirieron llamar «salsa consciente».

El sonido del trombón y los arreglos durísimos de Willie Colón sellaron la historia de amor de mi generación con aquella música que nos sabía a Cuba, pero que llegaba renovada de un modo que no habíamos podido imaginar y de la que desde entonces no hemos podido prescindir.
Cuando Fania All Stars se presentó en La Habana en 1979, como parte del famoso Havana Jam, Willie Colón fue uno de los varios músicos de la agrupación cuya ausencia se hizo notar. Según la prensa, trabajaba en varios proyectos impostergables (tampoco estuvo en otro momento trascendental: el famoso concierto de Fania All Stars en Zaire. A día de hoy, existen varias versiones que explican el motivo de su ausencia, casi todas de índole personal). En Cuba, los que ya le conocían lo lamentaron mucho, porque las canciones de Siembra sonaban con aire fresco por la isla.
Para 1981, cuando sale Canciones del solar de los aburridos, los cubanos seguíamos, más que con ningún otro nombre de la salsa newyorkina, in love con Colón y Blades, y mucho que bailamos con «Madame Kalalú», «Ligia Elena», «El telefonito» y un bossa que ya conocíamos, porque era nuestro. Hablo de «Y deja», del binomio autoral que formaban los cubanos Piloto y Vera.
Casi desconocido en Cuba, porque la censura la había lapidado en su propio país, fue el excelente trabajo de Willie Colón con Celia Cruz, en calidad de productor de tres importantes álbumes. A mi juicio, se trata de uno de los más innovadores en la discografía de La Reina de la Salsa con Fania Records: Only They Could Have Made This Album (1977), Celia & Willie (1981) y The Winners (1987). En ellos, Willie hizo transitar a Celia por géneros diversos y, en ocasiones, inexplorados antes por ella: samba y bossa nova («Usted abusó», «Berimbau»); bomba puertorriqueña («A papá»), rancheras («Tú y las nubes», «Cucurrucucú Paloma»). Otras canciones de corte social como «Dos jueyes» y «Latinos en Estados Unidos», fueron producidas por Willie Colón para Celia.

Agradeceré siempre al Maestro Willie Colón la entrevista que me concedió para mi libro Celia en el mundo (1962-2003), y donde me expresó su deseo persistente: siempre quiso producirle un disco a Celia desde que esta entrara en Fania Records.
Curiosamente, la canción más exitosa del primer álbum que grabaron juntos y, probablemente, de toda la etapa colaborativa Cruz-Colón, pudo no haber sido incluída, según me contara él: «Nos encontramos en la oficina de Jerry [Masucci] y escuchamos números para escoger. A mí me gustaba mucho el número brasileño Usted abusó y quería incluirlo. Celia lo escuchó y me dice: ‘¡Ay, Wilito, yo no puedo cantar eso!’ Yo la convencí, asegurándole que ella lo podía hacer, que era solamente los acordes, un poco diferentes a lo que estaba acostumbrada, pero que ella tenía la habilidad, y lo aceptó».
Celia tenía entonces 51 años y él estaba cumpliendo 27 cuando el álbum Metiendo mano llegó a la cima de las listas de éxitos salseros. Los respectivos mundos musicales y la experiencia atesorada de ambos distan de ser idénticos, pero hay una raíz y una espiritualidad comunes. Solo ellos podían haber grabado ese disco, haciendo trizas las barreras etarias. Celia pudo trascender la sonoridad y el estilo de La Sonora Matancera para atemperarse y dejarse arropar por la experimentación moderna de Willie, y brillar en ella. Del trabajo en el estudio, de la relación artista-productor, Colón recordó 47 años después, en la misma entrevista: «Para mí fue una sorpresa agradable su actitud. Yo había producido a otros artistas de menos talla y habían sido más divos que Celia. Ella fue paciente y abierta a las sugerencias. Cuando yo le pedía: ‘Vamos a hacer otra toma’, cumplía sin quejarse. En realidad, grabamos unas pistas excepcionales, que quedaron para la historia».
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Willie Colón nació en el sur del Bronx, hijo de padres latinos, nieto de una puertorriqueña que murió sin saber hablar inglés y que le compró su primera trompeta, siendo decisiva en su formación y en el reconocimiento de su identidad como boricua. Pasó su infancia y adolescencia en un barrio donde convivían latinos y caribeños de diferentes países y solo se escuchaba música cantada en español. En ese ámbito estuvo expuesto a todo tipo de influencias musicales, si bien en varias ocasiones reconoció que la música cubana y sus grandes nombres —Benny Moré, Arsenio Rodríguez, Celia Cruz— habían sido su escuela y sus grandes influencias.
Algo así le comentó a Leonardo Padura, cuando el escritor cubano lo entrevistó en México en 1991: «Es evidente que la salsa tiene su más profunda raíz en el son cubano, y que fue debido al clima político y al bloqueo que en los años sesenta llegó menos información de Cuba. Esa ruptura fue un elemento decisivo para el nacimiento de la salsa, que brota como un injerto del folklore musical de otros países latinoamericanos al tronco del son cubano. Y justamente este elemento es el que distingue al son de la salsa: mientras el son tiene una estructura específica, la salsa es toda libertad, y puede arrancar con un guaguancó y terminar con un aguinaldo puertorriqueño, pasando por una batucada brasileña o un pasaje de Mozart».

Su definición de la salsa, como las de varios de los fundadores del movimiento nucleado en torno a Fania, fue elocuente, pero en los tiempos que corren, cuando se intenta reescribir las narrativas de los orígenes, podría ser polémica: «no es un ritmo ni un género que se pueda identificar y clasificar: la salsa es una idea, un concepto, un resultado y un modo de asumir la música desde la perspectiva de la cultura latinoamericana».
Cuando una entidad musical exhibe tal acumulación de talento y aciertos, se piensa que es improbable su ruptura o disolución. El binomio creativo Blades-Colón —como lo fue también el de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés— ha sido tan influyente para más de una generación de músicos y melómanos. Tan imposible era aceptar su disolución, que nos pasamos décadas esperando por el milagro del reencuentro, por el innegable regalo del abrazo, en voz y espíritu, que ellos mismos se merecían. Pero ya no volverán a reunirse. La erosión implacable del tiempo, las quimeras que un día fueron banderas abrazadas en común, las canciones que se resistieron a ser cantadas en solitario, el pragmatismo que reemplazó a las utopías, el color de las lentes para ver el mundo, las lealtades cuestionadas, el abrazo insuficiente… ¡qué se yo! ¡Serían tantas las presuntas causas!
El sábado 21 de febrero de 2026 se ha marchado Willie Colón, casi como mismo llegó a los escenarios y a los estudios de grabación, como si aquel chico rebelde, de sonrisa difícil y gesto desconfiado, no lo hubiera abandonado nunca. La diferencia es el legado, restallante, polisémico, incuestionablemente trascendente de su música. Polémico en ciertas esencias, auténtico y convincente en muchas otras. Imposible de ignorar y mucho menos de olvidar.
