El día que Silvio Rodríguez recibió un fusil AKM en una ceremonia oficial, muchos se quedaron perplejos. La imagen recorrió el país y las redes con una velocidad que no tuvieron sus últimas canciones. No fue un acto militar ideológico cualquiera. Fue un gesto simbólico en un momento en que la represión, la escasez y el cansancio han convertido la vida cotidiana en un territorio áspero. Para muchos, la foto confirmó una distancia que llevaba años creciendo entre muchos de los artistas más influyentes de Cuba y el público que siempre los ha considerado refugio inequívoco.
La escena no sorprendió a todos por igual. Algunos la vieron como una continuidad lógica de su trayectoria política, o sea, que vieron como algo normal que un cantautor recibiese la réplica de un arma de fuego de manos del presidente (presidente vestido de militar, valga la aclaración). Otros la sintieron como una ruptura definitiva; una voz históricamente cerca de lo justo y de los jóvenes, que ahora, de manera oficial y en vivo y en directo, se alejaba de esta postura.
En cualquier caso, la ceremonia dejó expuesto un problema que ya no podía ocultarse y que se ha vuelto tangible en los últimos años: muchas de las figuras importantes de la cultura cubana han decidido alinearse con el poder en el momento en que el país ha necesitado de voces fuertes en los sectores de la cultura y de la imagen pública; voces que acompañen el descontento social, no que lo maquillen, o que le intenten dar un lavado de rostro.
La relación entre el público cubano y varios de sus artistas más emblemáticos se ha tensado hasta el punto de fractura. No se trata de diferencias ideológicas, sino de decisiones públicas que contradicen la obra que los hizo relevantes. La contradicción no es un asunto estético. Es de confianza. Por tanto, la entrega del AKM a Silvio fue uno de esos momentos que, para varios, marcan un antes y un después. La solemnidad del acto, la liturgia militar, la sonrisa contenida del trovador sosteniendo el arma: todo parecía diseñado para reforzar una narrativa que ya no dialoga con la realidad del país. Pero si de algo estamos claros, es de que Silvio Rodríguez Domínguez es una de las llamadas «vacas sagradas» que pudo haberle colgado el teléfono a la figura de poder que lo llamó para darle la noticia de este bélico aval, y, por supuesto, eso no hubiese repercutido en su persona.
En un contexto de presos políticos, apagones interminables y tensión social, la imagen cayó como un recordatorio de que algunos símbolos culturales habían decidido permanecer del lado del poder incluso cuando la población vive su etapa más dura en décadas.

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La sensación de desconcierto ya venía desde antes, cuando Jorge Perugorría, durante un evento en el Festival de Cine de Málaga, España, atribuyó la crisis cubana al «bloqueo energético de Trump». La frase se viralizó por su desconexión con la realidad. La crisis eléctrica en Cuba es anterior, estructural y ampliamente documentada. Perugorría lo sabe. El país lo sabe. Incluso, en el filme que fue a presentar como director, Neurótica anónima, las escenas sobre los apagones y las mismas viñetas de la destartalada Ciudad Habana contradicen la esencia del concepto que quiso transmitir la película. La pornomiseria se ha vuelto, desde hace décadas, un símbolo lastimoso. Pero la mayor desconexión con el espectador fue poner escenas de Fidel Castro al final de la película como si el cine cubano existiese gracias a él. Muchos espectadores se molestaron en la proyección del Yara, y por supuesto siempre estuvo el séquito de «segurosos» aplaudiendo desaforadamente.
Las palabras de Perugorría en Málaga fueron interpretadas como un intento de proteger una postura estatuaria, para proteger así los negocios que mantiene en La Habana: un bar, una galería, un restaurante. Espacios que dependen de permisos, licencias y una relación estable con las instituciones. Aunque se puede afirmar que tiene mucho más que eso, tiene poder y un formato mafioso dentro de la cultura cubana. La figura del actor que encarnó a Diego en Fresa y chocolate, una de las imágenes cinematográficas disidentes más grandes en la historia de un país en dictadura comunista, quedó en tensión con el empresario que necesita que el sistema no lo toque.
El quiebre más ruidoso para muchos jóvenes ocurrió cuando el dúo Buena Fe y específicamente Israel Rojas, después de las protestas del 11 de julio de 2021, defendió al gobierno con una firmeza y agresividad inesperadas. En entrevistas y redes sociales, mantuvieron su postura y se les empezó a conocer como una agrupación oficialista. El punto más caótico fue cuando acusaron a parte de su público de no entender sus letras, de ser «anormales», de dejarse manipular. El contraste con canciones que hablaban de desgaste, frustración y de sueños fue demasiado evidente. Para muchos seguidores, el dúo había decidido colocarse del lado del discurso oficial justo cuando la gente más necesitaba una voz que reconociera el dolor colectivo. La canción «Soy», que decía en una de sus líneas más vitoreadas: «…lejos de esta mierda, llena de egoísmo…» había quedado en panfletaria mentira; o quizás su público nunca entendió eso.

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La lista de desplazamientos no termina ahí. Ray Fernández, trovador que construyó una carrera a partir de canciones que retrataban el absurdo cotidiano con una ironía feroz y crítica, adoptó después del 11J un discurso que parecía justificar al mismo aparato que había desacreditado durante años. Sus letras habían sido un inventario de la burocracia, la corrupción y la ineficiencia. Por eso su giro desconcertó tanto. Para muchos, fue la confirmación de que la crítica, en su caso, había sido un ejercicio estético más que una convicción real. Semana tras semana posteaba en Facebook sus opiniones, escribiendo décimas contra cualquiera que lo insultase o insultase a la «Revolución» (una de tantas fue dedicada a la exactriz de cine para adultos Mia Khalifa). A merced del olvido quedaron canciones como «El Gerente» y «Mama ando contento», o incluso los versos: «Etecsa, Etecsa qué manera, generas más dólares que cualquiera»o «y el salario de mañana ¿qué bolá?».
Algo similar ocurrió con el cineasta Eduardo del Llano. Los cortos de Nicanor fueron, durante mucho tiempo, un espacio de sátira directa contra el poder. Del Llano logró lo que pocos: convertir la crítica en un producto cultural masivo y además popular. En los últimos años, sin embargo, sus declaraciones públicas han mostrado una tendencia a relativizar la responsabilidad del gobierno en la crisis actual. Esa suavización contrasta con la contundencia de su obra. La sensación que queda es la de un autor que, en un momento decisivo, prefirió la distancia de su narrativa artística previa.
La decepción que producen estos gestos tiene un peso íntimo. En un país donde las instituciones no representan a la ciudadanía, los artistas ocuparon durante décadas un lugar simbólico que iba más allá del entretenimiento. Eran acompañantes, testigos, cómplices. No porque fueran opositores, sino porque su obra ofrecía un espacio donde la realidad podía ser nombrada sin miedo.
Muchos recuerdan algún concierto de Carlos Varela de los noventa, cuando la canción Guillermo Tell decía: «…ahora le toca al padre la manzana en la cabeza» y el público gritaba muchísimo, reaccionaba de forma desproporcionada, como si con esa frase se hubiera caído el comunismo. Porque una frase mínima, metafórica, bastaba para que la gente gritara, se desahogara… el cubano de ese tiempo se conformaba con muy poco, una insinuación era una pequeña forma de libertad, y eso daba la música. Como Carlos Varela es otra de las «vacas sagradas», su reacción pública al 11 de julio dejó que desear. Citó al Papa Francisco en un post de Facebook: «Dice el Papa Francisco que las dictaduras…» No, Carlos, dilo tú.

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Cuando figuras de este tipo se alinean con el poder en momentos de crisis, el golpe no es ideológico, sino emocional. El público siente que pierde un refugio y que las voces que lo acompañaron durante años ahora son un versículo más del relato que los oprime. La decepción se vuelve una forma de duelo, no por la obra, que sigue ahí, sino por la relación que uno tenía con ella.
El ejemplo más irónico fue cuando Fernando Bécquer, acusado de delitos sexuales, decidió públicamente afirmar se trataba de un ataque de la disidencia para desprestigiarlo y acabar con su carrera. El propio Bécquer trató de alinearse desde una postura política con los intereses del gobierno, pero hasta el propio gobierno se dio cuenta que había un interés, en extremo descarado, por salvar su pellejo.
Separar al artista de la persona es un ejercicio difícil en un país donde la opinión pública tiene un costo vital. Las declaraciones y acciones de un artista influyen en la percepción que el público tiene de su obra, pero también en la legitimidad simbólica del poder. Cuando una figura admirada respalda al gobierno en momentos de represión, su voz se convierte en un instrumento político. Al menos muchos lo ven así. La sombra de esas decisiones ocupa el pasado. Canciones, películas y cuentos que antes parecían gestos de lucidez, ahora adquieren otro significado.
La Cuba de 2026 es un territorio donde la paciencia se agotó. La gente vive entre apagones, colas interminables, salarios que no alcanzan, vigilancia, censura y miedo. En ese contexto, las metáforas que antes funcionaban como válvulas de escape ya no bastan. El público no quiere guiños. Quiere claridad. Las vacas sagradas podrían hablar sin temor a represalias graves. O, en detrimento, que se callen. Su prestigio y su visibilidad les dan una protección que no tiene un joven que protesta en la calle. Sin embargo, han optado por el silencio o por la defensa del discurso oficial. Esa elección tiene consecuencias. No solo para ellos, sino para la relación que el país mantiene con su cultura.
El público, que durante años encontró en esos artistas un espacio para respirar, descubre que está solo. Y esa soledad pesa más que cualquier desencanto. Los ídolos no caen por un error. Caen cuando dejan de acompañar; y la Cuba de hoy tiene esa distancia que se siente como una pérdida, una que todavía no sabemos cómo procesar, pero que posiblemente nos esté confirmando que aún restan más lutos por vivir.
