El consenso sobre Cuba tiene una lógica simple: la crisis es política, el gobierno impide los cambios económicos necesarios, hay que cambiar el gobierno. Muy práctico todo.
Lo que ese consenso llama «cambio económico» es, en términos precisos, reforma: modificaciones en las reglas de juego de la economía —propiedad, comercio, tributos. Liberar las fuerzas productivas, como se puso de moda decir. De aquí en adelante lo llamaremos reformismo económico, que es lo que es.
Pero la pregunta que falta hacer en voz alta es la que importa: ¿puede el reformismo económico, luego del cambio político, resolver el colapso que enfrenta Cuba hoy?
El propio reformismo no tiene respuesta. No existe una sola publicación reformista que exponga un diagnóstico serio del problema —del problema, no de sus síntomas— y que diga cuántos recursos hacen falta, de dónde salen, y cómo exactamente las reformas lo resuelven y en cuánto tiempo. Sin números que planteen al menos la condición de posibilidad, todo es opinión vestida de análisis.
Pero la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia. Hay que ver si las reformas pueden, en la práctica, resolver esto.
El punto de partida es la magnitud real del problema. Restablecer la infraestructura del país costaría, según estimaciones propias basadas en estándares internacionales —metodología IGA— unos 60 mil millones de dólares. La cifra puede ser mayor o menor según la estimación, pero, en cualquier caso, será inmensa.
¿Puede una economía reformada generar eso? Si Cuba tuviese un rendimiento promedio del 30 por ciento y reinvirtiera todo ese rendimiento, tardaría 21 años en acumularlo. Sin embargo, para rendir al 30 por ciento necesita funcionar bien. Y para funcionar bien necesita inversión. Esa es la trampa de la pobreza: no se puede producir sin capital, y no se puede acumular capital sin producir. Un círculo que el reformismo, convenientemente, no menciona. Es una idea ya vieja, establecida, en la ciencia económica.
La historia tiene una respuesta para esa trampa, y es bastante consistente: los grandes saltos económicos del siglo XX no se autofinanciaron. Se financiaron con préstamos masivos. El Plan Marshall inyectó entre 13 a 17 mil millones de dólares de la época en Europa occidental. La reconstrucción japonesa contó con 2.2 mil millones de dólares de la época. En los casos emblemáticos, el capital externo fue la condición de posibilidad, no el premio al final del camino.
Podría objetarse que el exilio cubano asumiría ese rol. ¿Alguien tiene evidencia real, más allá de declaraciones grandilocuentes? La misma comunidad que no se organiza para cosas más sencillas difícilmente financiará una reconstrucción de esta escala. Sería un accidente de la historia mundial, sostenido únicamente por la vanidad del aldeano.
Lo que queda es la única vía que ha funcionado en contextos comparables: fondos de instituciones internacionales, como el Banco Mundial y, en particular, el Banco Interamericano de Desarrollo. Acceder a esos fondos implica cambiar totalmente el sistema político cubano —y cumplir una serie de procedimientos y estándares que nadie está preparando hoy.
Ahí está el nudo que el debate ignora. Si mañana cae el castrismo, nadie tiene nada concreto para presentarle con urgencia al BID. No hay propuesta, ni hay equipo, ni hoja de ruta financiera; no hay nada.
Sin ese dinero, no hay reconstrucción. Los cubanos quieren construir el capitalismo olvidando de dónde sacar el capital. La crisis no es solo política. Hay una variable económica central sin la cual el cambio político no alcanza. Ignorarla tiene un costo conocido: el subdesarrollo indefinido. Ningún país se ha desarrollado sin el dinero necesario. Cuba no será la excepción.
Tenemos un grave problema político. Tenemos (también) un grave problema económico.
Por último, vale destacar que el camino para construir un país próspero, lejos de ser un imposible, constituye un reto. El verdadero peligro no está en asumir ese reto, sino en que el proyecto de una nueva nación cubana sea encabezado por quienes desconocen un diagnóstico realista de la Cuba de hoy, e ignoran las soluciones correspondientes.
