En ese sonido, en esa resistencia, en el movimiento de las agujas con la corona, encontré la continuidad que había sostenido toda la vida del reloj: un hilo mecánico y rítmico que ajustaba el pasado (la vida de mi padre), el presente (momento en que lo recibo el reloj y lo uso) y el futuro (el reloj en mi destino).
Los colores vivos, y cada elemento que lucen, son toda una experiencia visual. La gente que los observa bailar puede verse también reflejada en los espejos que cada uno porta en el disfraz. Es un gran jolgorio, un disfrute colectivo: yo soy tú, tú eres yo.
Un poeta menor no necesita legarnos versos impresionantes (eso los salva del vacasagradismo). Los poetas menores son como pétalos que caen sobre el césped de un cementerio abandonado, sin el estrépito de los modismos ni las pedanterías del canon.