El gobierno cubano quiso enseñar músculo político tras el ataque del 3 de enero sobre Caracas y organizó dos jornadas seguidas de eventos masivos, remitiendo la decadente actualidad a sus buenos viejos tiempos.
Estas fotografías no intentan explicar Cuba. Tampoco resumen su crisis. Se sitúan en otro umbral: el de hacer visible su forma de desgaste.
No aparecen...
El tambor le concede arrojo a la garganta de quien canta. Marca el estado de ánimo, dice por dónde fluirá la sangre de la canción, de sus coros, sus pregones. Sea un golpe potente o una simple caricia, sin él no corre na por las venas.
En las profundidades de la crisis multidimensional que hace años vive Cuba, la inundación, el fango, los destrozos del viento en los cultivos y en las casas, los objetos perdidos… no son solo las cicatrices pasajeras de un desastre natural.
Inmediatamente, la policía del lenguaje ha protestado porque Luis Manuel Otero no ha replicado ningún lema de obediencia ni se ha comportado como un pionero. Estos oficiales tienen delante de sí el testimonio vivo de alguien que venció al castrismo, pero lo que necesitan es que el castrismo no deje de triunfar.
Si hasta hace poco le robaban el tiempo, ahora le han quitado su espacio. Su nueva condena será observar, a la distancia, que Cuba ni siquiera es aquella que dejó de ver el 11 de julio de 2021.
El país está roto. No existen los avengers para salvarnos, y sí una casta de millonarios pedófilos que son nuestros dueños. Ellos pueden decir quién se queda y quién se va. Si no les gusta lo que publicas, pueden ir por ti.
Leandro Eduardo Campa fue (o es) un escritor nacido en La Habana, Cuba, en 1953. Llegó a los Estados Unidos con el éxodo del Mariel. Medio vagabundo, elegante y mitómano (según dicen), vendía prendas falsas en las calles de South Beach o de la Pequeña Habana.