La nación Potemkin que el régimen aspira a mantener está llena de fisuras por las que escapan las historias de un país que se cae a pedazos, y esta oleada represiva contra la prensa independiente es un esfuerzo desesperado por sellarlas.
Sospechas que ha llegado la primera hora del castigo para los agentes del régimen; que al fin le toca al exilio cubano saborear el plato frío de su revancha, una tan dulce como inesperada.
El primer grupo de migrantes llegó aquí hace cinco años, y había gente de cada rincón del mundo. No se conocían de nada, pero los unía casi todo: haber huido de la guerra, la miseria, el crimen organizado o la persecución política; haber viajado miles de kilómetros hasta la Ciudad de México. Y, sobre todo, los unía un deseo: llegar a Estados Unidos.
Dice Gorki Águila: «Yo soy el incómodo. Yo soy el tipo que dice lo que muchos piensan, pero no quieren decir. Eso es la libertad. Y, asere, ser libre puede ser duro, pero es divertidísimo».
El Periodo Especial fue bastante preciso en cuanto a fechas, excepto por su final, que ningún consenso logra ubicar en el tiempo. Algunos, medio en serio medio en broma, dicen que nunca llegó. En cambio, a la situación actual es difícil encontrarle un inicio exacto, y hasta un nombre definitivo, pues en los últimos cinco años ha pasado de ser una «situación coyuntural» a un «ordenamiento económico» y, después, «reordenamiento económico» y, más tarde, «economía de guerra».
Las masivas protestas del 11 de julio de 2021 demostraron que el miedo podía romperse. Las que hoy recorren Cuba demuestran que esa lección sobrevivió a la represión.